EL ATELIER DE SAN JOSÉ: LOS ESPONSALES DE SAN JOSÉ Y MARÍA SANTÍSIMA

LOS ESPONSALES

DE SAN JOSÉ Y MARÍA SANTÍSIMA

Mientras San José, en su taller, se dedicaba a sus humildes tareas de carpintero, su espíritu permanecía unido al Señor. Sabía que se aproximaba el tiempo en que se manifestaría Dios, y sus labios suplicaban, con palabras del profeta: Cielos, derramad vuestro rocío, y que las nubes destilen al Justo; ábrase la tierra y germine el Salvador.

Todos los justos, en aquella época, repetían esa oración en Israel con tanto más ardor cuanto que todos los signos anunciaban como inminente la venida del Mesías.

De hecho, en una humilde morada de Nazaret, Dios ya había designado a Aquella que había de traerle al mundo. Se llamaba María y era el fruto tardío de Joaquín y de Ana. El nacimiento de la que todas las generaciones iban a saludar con el título de Bienaventurada no se había hecho notar. Era, exteriormente, semejante a las demás niñas, pero en su interior Dios la había revestido de santidad y de perfección.

La tradición unánime de los Santos Padres dice que pasó su infancia en el Templo de Jerusalén, a donde Ella mismo quiso que la condujeran para ofrecerse al Señor: en virtud de los privilegios con que había sido colmada, había comprendido que la única sabiduría de una criatura consiste en entregarse irrevocablemente a su divino Maestro y ponerse en cuerpo y alma a su servicio.

Sin renunciar por eso al amor, antes al contrario, escogiendo el Amor eterno y principal, había hecho voto de virginidad.

Pertenecía, por supuesto, a la descendencia de David, de la cual había de nacer el Mesías, y deseaba, con más fuerza que cualquier otra mujer en Israel, ver realizadas las promesas de Dios y colaborar en ellas, pero como no se consideraba digna del favor divino, había ofrecido al Señor su virginidad en holocausto, con objeto de que llegara cuanto antes la hora anunciada de su intervención y para ponerse al servicio de la Madre del Mesías.

En aquella época, la virginidad, aunque estimada en el pueblo hebreo, era cosa excepcional. La espera del Mesías aguijoneaba tanto los espíritus que la renuncia al matrimonio equivalía a negarse a contribuir a la llegada de quien debía restablecer el reino de Israel.

Además, cuando se trataba de una hija única, ésta debía, según la Ley, casarse con un pariente, a fin de que la herencia paterna no fuera a pasar a familias extrañas.

Por eso, en su momento, los parientes de María se empeñaron en encontrar un marido para ella.

Cuando se lo propusieron, nada objetó, ya que a nadie había revelado el voto que había hecho, convencida de que no la habrían comprendido y menos aprobado. Confiaba exclusivamente en Dios para salir de aquella situación delicada y, en apariencia, contradictoria. Lo único que pedía al Cielo era que pusiese en su camino a un hombre capaz de comprender, estimar y respetar su promesa de virginidad, a fin de contraer con ella una unión cuyo fundamento fuese tan sólo un amor espiritual.

Dieciséis razones o conveniencias aduce Alberto Magno que nos descubren el soberano acuerdo y profundo consejo del Altísimo al disponer que la Madre de Jesús fuera casada y no soltera, unas conducentes al crédito del Salvador, otras al honor de María, y algunas a nuestro propio bien y consuelo.

Queriendo el Señor acomodarse al estilo común de los mortales y ocultar al demonio el misterio de la Encarnación, era conveniente y necesario que la Virgen fuera desposada. Éralo igualmente para que, por una parte, su Hijo no fuese tenido por ilegítimo y, como tal, perseguido por los judíos, y por otra, conservara María su buena fama y no fuese castigada por mala doncella; prefiriendo Jesús ser considerado como hijo de José, a consentir que se pudiese dudar de la honestidad de su Madre.

Esto importaba también a nuestro provecho; primeramente, porque por el testimonio de San José se comprobaba haber nacido Cristo de Madre Virgen; y después porque, habiendo sido María casada y viuda, sirviera de ejemplar y consuelo a todos los estados de vida de la tierra.

Invitada, pues, por el Sumo Sacerdote a contraer matrimonio con uno de sus parientes, María le manifestó su voto de perpetua virginidad. El Pontífice no quiso, en asunto de tanta importancia, por sí solo tomar decisión alguna; ya que si estaba escrito que deben cumplirse los votos hechos a Dios, parecíale, sin embargo, que no podía autorizar un uso desconocido en la nación judía.

Por lo tanto, convocó a los notables del pueblo y a los doctores de la ley, para resolver con ellos lo que debía hacerse. Todos estuvieron concordes en que debía consultarse al Señor. Por lo que, puestos en oración, el Sumo Sacerdote entró en el santuario, y he aquí que mientras oraban —dice San Jerónimo (De ortu Virg.)— se oyó desde lo recóndito del propiciatorio una voz que declaró ser voluntad del Altísimo que reunidos todos los descendientes de David aptos para el matrimonio, fuera dada María por esposa al joven en cuyas manos hubiera florecido la vara, según la profecía de Isaías: Y saldrá una vara del tronco de Jesé, y un renuevo florecerá de sus raíces (XI, 1. Estas palabras se refieren a la descendencia de David).

Comunicada esta disposición divina a todos los jóvenes de las familias de David, y reunidos éstos en el Templo con una vara en la mano, mientras los sacerdotes elevaban a Dios fervientes plegarias, vieron con asombro los presentes florecer la vara que José llevaba, y al mismo tiempo bajar del Cielo sobre su cabeza una luz muy viva.


Con este prodigio se puso ante todos de manifiesto que San José era el esposo destinado por el Señor a María Santísima, de igual manera que una vara florida había señalado a los hebreos en el desierto que Aarón estaba destinado para el sumo sacerdocio.

Muchos no admiten esta narración, extraída de los Evangelios apócrifos. Con todo, la hemos referido porque, además de ser apoyada por la Tradición y por la piedad de los fieles, demuestra el elevado concepto que en los primeros siglos cristianos se tenía de la dignidad de María Santísima y de las virtudes de San José.

¿A quién escogió, pues, el Señor para dignidad tan sublime? ¿Qué mortal fue el afortunado que diera la mano de Esposo a la que debía ser juntamente Virgen y Madre de Dios?

A la semejanza espiritual, que ya hemos considerado en otra oportunidad, convenía que se añadiese la debida proporción de linaje, fortuna y edad, para evitar las disonancias inherentes a los matrimonios desiguales; y si acerca de las dos primeras circunstancias no existe divergencia alguna entre los escritores sagrados, pues el Evangelio es terminante en la afirmación de que no sólo ambos esposos pertenecían a la casa y descendencia de David, y eran además parientes cercanos, no sucede lo mismo en lo referente a la edad, pues tanto en lo que toca a la que tenía la Santísima Virgen cuando se desposó con San José, como en la de éste cuando tomó por esposa a María, se han emitido muy encontradas opiniones.

Según Nicéforo Calixto, la Reina Inmaculada fue entregada por esposa a San José, y entraba en los quince años recibió la embajada del Arcángel.

Abulense dice que ya tenía los dieciséis cumplidos cuando se dirigió a Belén, para empadronarse.

San Alberto Magno discrepa notablemente de los anteriores y, ateniéndose a cálculos humanos, sostiene que hasta los dieciocho años la mujer no es idónea para ser buena madre; por lo cual juzga con Cayetano que, debiendo suponer en la Virgen toda congruencia, así en la naturaleza, como en la gracia, para ser digna Madre de Dios, estaría ya de lleno en los veinticinco años cuando se ligó con lazo conyugal.

No obstante, la opinión común, hermanada con la tradición y los usos de los judíos, que no solían diferir tanto las bodas de sus hijas, es que María Santísima se casó entre los catorce y los dieciséis años de edad.

Esto sentado, parece lo natural que su esposo, escogido por Dios y formado por Él para constituir un matrimonio armónico por la perfecta semejanza de los cónyuges, había de tener una edad proporcionada a la de su esposa.

Además, para sufrir las fatigas de tantos caminos y peregrinaciones tan largas, cuales fueron las que emprendió San José en compañía de la Virgen y de su Hijo, y para ganarles cómodamente el sustento con el trabajo de sus manos, como lo hizo por tantos años, menester eran fuerzas de robusta edad, pues la flaqueza y decrepitud de la vejez más hubieran servido de pesadumbre y embarazo que de alivio y socorro.

De todo esto se infiere que, si no pueden fijarse exactamente los años que tenía San José al tomar por esposa a la Virgen María, puede admitirse fundadamente que el Santo Patriarca se casó con la que había de ser Madre del Verbo alrededor de los treinta años de edad, si no antes.

Pues bien, cuando María supo que José era la persona elegida, sus temores se disiparon. Seguramente le conocía, pues era pariente. Apreciaría su fe, la elevación de su alma y amaría a este hombre sencillo, de manos callosas, de mirada limpia y de gestos reposados y graves. Sabría que vivía apartado del mal, a la espera ardiente de la venida del Mesías.

José, por su parte, no habría permanecido insensible al misterioso encanto que emanaba de la persona de María. Habría detenido la mirada en su rostro lleno de pureza y se habría sentido profundamente conmovido, como ante la revelación de algo indeciblemente grande. Pensaría que así debían ser los Ángeles cuando se mostraban en sus apariciones.

María, en su primer encuentro, tuvo que darle a conocer su resolución de permanecer virgen, para evitar que su matrimonio quedara invalidado, y lo haría posando en él su mirada clara y dulce. Hablaría con la misma sinceridad que usaría más tarde con al Ángel de la Anunciación, ya que, convencida de que sus palabras hallarían una resonancia profunda en el alma de ese hombre justo, no tendría inconveniente en proponerle que la acompañara en su camino virginal.

Esperaba de él, su futuro esposo, algo más que un simple asentimiento: la promesa de que respetaría su voto sin que nadie le hiciera cambiar de parecer.

Santo Tomás piensa que antes de comprometerse con José, María recibió de Dios la seguridad de que él tenía las mismas disposiciones que Ella (cfr. IV Sentencias, dist. XXX, q. II, a. 1).

Debemos admitir también, con gran parte de la Tradición, que San José había hecho, a su vez, un voto de virginidad y que, al contraer matrimonio, no hizo más que seguir una costumbre que tenía casi fuerza de ley.

Cuando terminara el encuentro, sintiendo compenetradas sus almas con una armonía sin disonancias, uno y otro exultarían de gozo. El Corazón de María rebosaría de paz y seguridad. El alma de José se dilataría con un inmenso deseo de ternura protectora.

Descendiente de reyes, no poseía palacios, corte, opulencia o celebridad, pero Dios le acababa de dar, con María, un tesoro tal que, a su lado, los de Salomón le parecían miserables. Y en su espíritu, un texto del Libro de la Sabiduría, se le ofrecía como la expresión perfecta de sus sentimientos desbordantes de felicidad: Por Ella y con Ella, poseeré todos los bienes

Uno y otro, pues, ofrecieron a Dios su virginidad como un don que sabían le sería agradable, aunque no podían sospechar las consecuencias. ¿Cómo iban a prever que renunciando a engendrar según la naturaleza se estaban preparando para recibir el más sublime de los dones?

No podían saber que su unión virginal era obra de Dios, algo preparado y ordenado por El con vistas a la venida al mundo del Mesías.

La virginidad de María era necesaria para operar la Encarnación del Verbo: Así como Dios produce a su Hijo en la eternidad por una generación virginal —dice Bossuet—, así también nacerá en el tiempo, engendrado por una Madre Virgen.

La virginidad de San José no era menos importante, ya que debía salvaguardar la de María.

He aquí, pues, dos almas vírgenes que se prometían fidelidad, una fidelidad que consistía sobre todo en proteger su mutua virginidad.

Obran al contrario, según todas las apariencias, de lo que era preciso hacer para contribuir personalmente a acelerar la hora del advenimiento del Mesías.

Han renunciado al honor de ver un día una cuna en su hogar, pero precisamente a causa del valor y del mérito de su renuncia, van a merecer que Dios en persona venga a poner un niño en medio de esta matrimonio virginal. Y ese Niño será su propio Hijo.

Sin saberlo, acaban de firmar un contrato y de pronunciar una promesa que les capacita para recibir la misión excepcionalmente grandiosa que Dios les va a encomendar.

Manifestada, pues, la voluntad de Dios a María, se efectuaron los esponsales.

Entre los hebreos, el matrimonio consistía en la promesa, o esponsales, y la boda, o sea la recepción de la novia en casa del esposo.

Los esponsales se celebraban con solemnidad, debido a que se reunían las dos familias, con algunos testigos del acto. El novio presentaba a la novia, o bien al padre de ella, un anillo de oro o algún otro objeto precioso, o a falta de él, un simple escrito, con el que se obligaba a recibirla por esposa.

Las ceremonias de aquellos santos Desposorios se verificaron, según los más célebres escritores que han tratado de este asunto, con una sencillez propia de los antiguos tiempos de Israel. Era, según costumbre de aquel pueblo, un miércoles, y con arreglo a cálculos probables, el 23 de enero del año 754 de Roma, o 4000 del mundo, cuando los novios se reunieron en un salón adornado con todo el esplendor que consentían los haberes de los desposados; y allí, conforme al uso recibido, se colocaron debajo de un dosel, con la cabeza cubierta de un velo, que llamaban Taled.

Las ceremonias que luego seguían eran éstas: el presidente de la sinagoga, o el más próximo pariente del esposo, llenaba una copa de vino, y se la daba a beber al novio, diciendo: Bendito sea el Señor, que crió al hombre y a la mujer y ordenó el matrimonio.

En esto el pretendiente libaba, y ponía el anillo en el dedo de su esposa, con estas palabras: He aquí que eres ya mi esposa, según el rifo de Moisés y de Israel.

A lo que contestaba la doncella, dándole la mano: Yo te acepto por marido en nombre de Dios.

Y los presentes, especialmente los de mayor edad, decían en alta voz: Nosotros somos testigos.


Créese comúnmente que los Desposorios de la Virgen y San José se celebraron en Nazaret, aunque no faltan quienes atribuyan esta gloria a Belén, y alguien opine que se verificaron en el Templo de Jerusalén.

El anillo nupcial de San José, descubierto en el siglo X, durante el pontificado de Gregorio V, se conservó en Chiusi de Toscana por espacio de ciento cincuenta y cuatro años, y de allí pasó a Perusa, donde se guarda con gran veneración en la magnífica catedral de San Lorenzo, de la cual, por el período de algunos años, fue Obispo-Cardenal el celosísimo Pontífice León XIII.

Los Bolandistas refieren algunos milagros obrados por medio de esta prenda veneranda, comprobados por la sana crítica.

Los esponsales o desposorios equivalían al matrimonio, y ya los prometidos se llamaban esposo y esposa. El tiempo de los esponsales duraba un año entero, y pasado éste, se celebraba la boda, o sea, según dijimos, la esposa era conducida solemnemente a casa del esposo.

Celebrados los esponsales, San José volvió a su casa, y María Santísima a la de sus padres, en Nazaret, donde se dedicó a la oración y a los trabajos manuales.

La Santa Iglesia conmemora el 23 de enero los desposorios de San José y María Santísima.