EL ATELIER DE SAN JOSÉ: EL CARPINTERO DE NAZARET

EL CARPINTERO DE NAZARET

Sería falso imaginar que San José, cualesquiera que fuesen su humildad y su santidad, se hubiese desinteresado de la herencia moral y espiritual transmitida por sus antepasados.

Las promesas hechas a David y a su descendencia ocupaban un lugar demasiado importante en las Escrituras para que él se creyera con derecho a desdeñarlas.

Se sentía solidario con los de su estirpe que le habían precedido, bien para mostrarse digno de sus virtudes, bien para rescatar sus faltas, bien para crear, con su sola presencia en el seno de esa raza predestinada de la que habría de salir el Mesías, un testimonio agradable a Dios.

No desconocía, pues, sus orígenes. Releería a veces la lista genealógica de sus antepasados, no para enorgullecerse, sino para recordar a cada uno de los que se sentía deudor. Sabía que llevaba en las venas sangre de Abraham, cuya fe viva y obediencia total le habían valido ser bendecido en su posteridad. Sangre de Jessé, del que Isaías había dicho: Un vastago surgirá de ese tronco.

Así pues, sintiéndose hijo de reyes y de profetas, de patriarcas y de pontífices, heredero de una sangre que incluía todo lo que la tribu de Judá consideraba más ilustre, ¿ignoraría acaso que la corona, sobre todo después de la extinción de la noble familia de los Macabeos, pertenecía a su estirpe por derecho?

Príncipe por nacimiento, San José se encontraba, sin embargo, reducido a la modesta situación de artesano de pueblo. En lugar de vivir en las fértiles tierras asignadas antaño a su tribu, habitaba en Nazaret, humilde villorrio sin pretensiones poblado por agricultores y pastores, de tan mediocre reputación que, según señala el Evangelio, un proverbio decía que de Nazaret no podía salir nada bueno.

En Nazaret, efectivamente, vivía San José; y al cumplir los doce años se convirtió, como todo buen israelita, en «hijo de la Ley», es decir, que ante Dios y ante los hombres, quedaba obligado oficialmente a cumplir todas las prescripciones legales, todos los ritos judíos.

También a esa edad tendría que escoger un oficio, no sólo porque era pobre y tenía que ganarse el pan, sino también porque se trataba de una obligación impuesta por las costumbres sagradas de Israel.

Lejos de ser algo despreciable entre los judíos, el trabajo manual estaba considerado como un medio de ser bendecido por Dios. Todo judío, incluso si era un rabino o un hombre rico, debía aprender un oficio y saber trabajar con sus manos.

San José escogió el oficio de carpintero. Así pues, sin bienes ni herencia, vivía del trabajo de sus manos, sin lamentarse por ello. Más feliz en su pobreza que Augusto en el primer trono del mundo, estaba contento con su suerte, ya que Dios quería que fuese pobre.

Cuando iba a la sinagoga, todo lo que escuchaba le recordaba el lujo y el esplendor que había rodeado a sus antepasados. Al regresar a su humilde morada, no se sentía nostálgico, envidioso o amargado. No se avergonzaba de su delantal de cuero ni se quejaba de la Providencia que le había despojado de todo.

Y cuando iba a Jerusalén para celebrar las fiestas legales, donde encontraba a cada paso vestigios de aquella gloria pasada, tampoco experimentaba ningún sentimiento de amargura.

Sin prevalerse jamás ante los hombres de su título de descendiente de David, sin pensar en absoluto en darse importancia, le bastaba con ser lo que Dios había querido que fuese, aplicándose a su oficio con tanta dedicación y cuidado como si tuviese que regir un reino.

Sin embargo, su pobreza no restaba nada a su nobleza, antes al contrario le revestía de ese brillo discreto a que hizo referencia Jesús en su Sermón de la Montaña, y que le hacía príncipe privilegiado de la primera bienaventuranza. Hijo de David por la carne, lo era mucho más todavía por el corazón y el espíritu. Representaba exactamente ese «justo» que su antepasado había cantado por adelantado acompañándose del salterio.

Su rostro reflejaba su dignidad y, más todavía, su santidad. Bajo sus hábitos artesanos, había unas maneras que llamaban la atención, pues no se solían encontrar entre gentes de su oficio. Tenía en su actitud y en su compostura un no sé qué de digno y sosegado que imponía respeto; en su rostro un aire de dulzura y de bondad, y en sus ojos un mirar limpio y profundo.

Los evangelistas San Mateo y San Marcos, para designar el oficio de José utilizan un término cuyo sentido general es el de artesano obrero.

La palabra faber es común al faber íerrarius, que quiere decir herrero, y el faber lignarius, carpintero.

Si nos atuviéramos sólo al significado de esta palabra, podría creerse que José era herrero, ebanista…, que ejercía, en fin, uno u otro de los múltiples oficios a que en aquella época se dedicaban los artesanos.

Sin embargo, las más antiguas tradiciones son casi unánimes, tanto entre los Padres de la Iglesia como entre los evangelistas apócrifos: José era «faber lignarus», es decir, obrero de la madera, o dicho de otra forma, ebanista, carpintero.

Verdad es que San Hilario, San Beda el Venerable y San Pedro Crisólogo dicen que fue herrero.

Lo denominan «ferrara igne dominantem», es decir, forjador de hierro tras ablandarlo al fuego.

San Isidoro, por su parte, declara a San José «faberfactor aeris», obrero en hierro y en metal.

Pero esas diversas afirmaciones no tienen nada de contradictorio. A un humilde artesano de pueblo le habría sido imposible especializarse, pues no habría tenido suficiente trabajo; se dedicaba, pues, a realizar tareas diversas, entre las cuales las de carpintería y ebanistería parecen haber sido las principales.

Era, pues, un pequeño y oscuro artesano de pueblo que se ganaba penosamente la vida; y esta oscuridad aparente estaba de completo acuerdo con el espíritu del Misterio de la Encarnación, en el que San José iba a verse implicado.

Era el artesano del pueblo al que se recurría cuando había que colocar una puerta, levantar un muro desplomado, reemplazar un armazón podrido, fabricar un mueble o reparar un útil de trabajo. No sólo confeccionaba todas las piezas de madera que entraban en la construcción de las casas de adobe, sino también ruedas para carros, escardillos, rastrillos, cunas, útiles de cocina, taburetes, toneles, y esos baúles o arcones que, en aquélla época, sustituían a los armarios para guardar la ropa, los vestidos y los víveres.

Los habitantes de Nazaret solicitarían con frecuencia sus servicios; cuando una puerta no cerraba, cuando se rompía la pata de una banqueta, cuando una repisa estaba carcomida, cuando unos recién casados querían poner su casa, se repetía lo que el Faraón decía refiriéndose a su primer ministro: «Id a ver a José».

Su taller, como solía ocurrir en Oriente, estaría situado cerca de su casa, quizá adosado a ella. Como en las tiendas de nuestros pueblos, la puerta estaría siempre abierta y se verían allí carros y arados por reparar, troncos de árboles todavía no aserrados, vigas y tablones de cedro y de sicómoro apoyados en la fachada. Al fondo, las herramientas colgadas del muro.

Es absurdo pensar que San José no fuese un buen artesano, reputado tanto por su destreza y habilidad como por su honestidad y rectitud. Se sabía en Nazaret, y sin duda en toda la comarca, que al dirigirse a él se estaba seguro de pagar un precio justo y recibir una obra bien hecha.

Amaba su oficio y lo conocía a fondo. Lo había estudiado y lo había ejercido con la misma meticulosidad con que escrutaba la Ley de Dios. Sabía que ante el Señor el trabajo no es solo una exigencia, sino también un motivo de orgullo, algo noble y redentor; que lejos de considerarlo una esclavitud, hay que verlo como una forma de oración, como un medio de encontrar a Dios y, a la vez, ganarse el pan y la salvación.

Por eso, transformar un tronco de árbol en planchas, en útiles o en muebles, era un gozo para él. Se preparaba para su tarea como para una ceremonia religiosa. Cuando se ataba a la cintura su delantal de cuero, lo hacía con la gravedad del sacerdote al ponerse la casulla, y cuando se inclinaba sobre su banco de carpintero, llenaba de ilusión y de cariño cada gesto, experimentando un gozo inexpresable en ejecutar los encargos de su clientela.

No se envanecía de nada, pero se sentía feliz satisfaciendo a sus clientes. Les preguntaba qué tal iba el arado que les había hecho, si aguantaba bien el armazón del techo, y el contento que manifestaban se convertía en suyo.

Se pueden aplicar perfectamente a José las frases de Péguy en las que dice que en aquella época el trabajo se consideraba como «un increíble honor» y que se hacía una silla de enea «con el mismo espíritu, el mismo amor y las mismas manos que se alzaron las catedrales».

Por eso, el demonio jamás franqueaba la puerta de su taller. Se sentía confundido y desarmado frente a este hombre humilde. Por listo que fuese, no era capaz de comprender el misterio de quien le parecía a la vez indefenso e inexpugnable. No sabía por donde atacarle, por donde tentarle. Para tener éxito con un alma, necesita encontrar en ella un mínimo de rebelión, un esbozo del Non serviam !

Pero este misterioso carpintero parecía tan feliz aserrando troncos de árboles y dando forma a las ruedas de las carretas, que Satanás odiaba hasta el ruido de su martillo y de su sierra, que, a sus oídos, sonaba como una música religiosa.

El espectáculo de aquel hombre justo era una tortura para él.