MONS. STRAUBINGER: JOB: LAS PRUEBAS DEL JUSTO

EL MISTERIO DEL MAL, DEL DOLOR Y DE LA MUERTE

 Comentarios y Ensayos de Monseñor Juan Straubinger sobre el Libro de Job

 

LAS PRUEBAS DEL JUSTO

EL SENTIDO DE LAS PRUEBAS

Entramos con esto al caso concreto del misterio de Job: ¿Para qué sufrimientos si no son castigos? ¿Para qué remedios si no existe enfermedad?

He aquí el problema que tortura nuestra inteligencia y que nadie podría afrontar con la sola razón, sino con aquella luz sobrenatural de la fe que nos enseña, según San Pablo, a «someter todo entendimiento a cautividad en obediencia de Cristo» (II Cor. 10, 5).

Entonces la pregunta ¿por qué sufre el justo? se aclara plenamente y el Espíritu Santo nos da la respuesta: «Porque la sabiduría… le prueba desde el principio en medio de las tentaciones… Entonces le afirmará, le allanará el camino, le llenará de alegría, le descubrirá sus arcanos y le enriquecerá con un tesoro de ciencia y de conocimiento de la justicia (Ecli. 4, 18 ss.).

Si Job hubiese sabido esto, sus penas habrían tenido inmenso lenitivo, porque no sólo se habría librado de esa cavilación que agrava el dolor con la angustia de querer vanamente hallarle una explicación; sino también que habría visto en todo momento en su prueba ese carácter de privilegio que implica el ser elegido por la Sabiduría, esa superioridad que señala Bossuet en su estudio sobre «La eminente dignidad de los pobres en la Iglesia», y que no es en definitiva sino la gran paradoja del Sermón de la Montaña, donde aprendemos que todas esas cosas que el mundo llama desgracias, son «bienaventuranzas».

Esta doctrina de la prueba del justo es exactamente la que nos enseñó Jesús al decirnos que su Padre, el Viñador, corta por inservible el sarmiento que no da fruto, y al que produce lo poda para que dé más frutos» (Juan 15, 1 s.).

¿No es acaso explicable esta ley del progreso? ¿Acaso el Rey podría elegir para esposa a una pastora, sin pulirla según los modales de su rango? ¿O podría elegir un privado, sin alejarlo de las disipaciones mundanas para que pudiese estudiar los altos negocios del Estado?

Tal fue el caso de Job, y así hemos de mirarlo, a menos de prescindir del dogma del pecado original y hacer de aquél un personaje de tal manera imposible, que carezca de la realidad necesaria para ser aleccionador.

Es decir, pues, que Job era justo, pero ni él ni nadie entre los mortales pudo poseer tal perfección que no fuese susceptible de aumentarse a los ojos del Divino Rey.

Agreguemos aquí, ya que se trata de recoger lecciones, que el misterio revelado por Jesús en el citado texto, llega más lejos aún, cuando Él añade: «Vosotros ya estáis limpios, o causa de la palabra que os he predicado» (Juan 15, 3). Lo cual nos muestra que el contacto permanente con las palabras del Evangelio, puede hasta librarnos de las pruebas.

¿Acaso no es eso lo que entendió David, al decir (Salmo 1) que un tal hombre, que medita la palabra de Dios día y noche, será como un árbol junto al río, para el cual no habrá sequía como para los demás, y dará con certeza su fruto en tiempo oportuno… esto es, sin necesidad de ser podado.

LA ELECCIÓN

No puede decirse que el caso de Job sea regla general. Es precisamente su carácter singular lo que nos lo presenta como un misterio que necesitamos desentrañar.

La regla general, sobre la cual nos hablan muchas veces el Antiguo y el Nuevo Testamento, es la que está contenida en el Salmo 127: El hombre fiel a Dios será próspero también en esta, vida y gozará del fruto de sus trabajos junto a la esposa, comparada a la parra fecunda, rodeada en su mesa de sus hijos como renuevos de olivo.

La dichosa paz de la vida patriarcal —»tanta cuanta cabe en este destierro»—; la historia de Tobías, etc., son ejemplos de esas bendiciones con que Dios premia a sus amigos en la tierra.

Advirtamos que ello explica, en parte, aunque no la justifica, esa, insistencia fanática con que los amigos de Job invocan tal regla, para deducir que si éste no goza de las prosperidades prometidas a los justos, no puede ser sino un pecador.

De ahí que en la dialéctica de los amigos abunden esos argumentos que son exactos si se los considera parcialmente, al punto de que San Pablo cita como verdad enseñada por la Escritura, las palabras de uno de aquéllos, Elifaz de Teman: «Porque la sabiduría de este mundo, dice el Apóstol, es necedad delante de Dios», y agrega, citando el libro de Job: «Porque está escrito: Yo prenderé a los sabios en su propia astucia» (I Cor. 3, 19; Job 5, 13).

El error de los amigos está en querer atar la libertad de Dios, y suprimir todo misterio en su conducción de las almas, siendo así que nuestra vida espiritual está llena de misterios; de ahí la palabra «mística», como lo sabe cualquiera que ha vivido la experiencia religiosa.

No advertían ellos que Dios podía confirmar la regla poniendo excepciones que contuviesen más altas enseñanzas. Porque la sabiduría de Dios, dice San Pablo, se trata en el misterio (I Cor. 2, 7).

En realidad tenemos un precedente en el caso de Tobías, llamado «semejante al santo Job» (Tob. 2,12 ss.), que en medio de su prosperidad sufre una gran prueba, que mantiene su preciosa fidelidad, y no obstante los insensatos consejos de su mujer, no sólo no se rebela, sino que «no se contrista contra el Señor» (Tob. 2,13) y que finalmente es colmado de bendiciones en su familia y descendencia.

Tobías, ejemplo de la más completa felicidad del hogar cristiano, lo es también de la prueba del justo, y el Ángel Rafael insinúa ya, en una breve sentencia, todo el misterio de la elección divina que había de desenvolverse a fondo en el libro de Job: «porque eras acepto a Dios, fue necesario que la tentación te probase» (Tob. 13, 13).

LAS PRUEBAS DE JOB EN EL PLAN DIVINO

Este carácter de las pruebas de Job, como tentación de su fe, resulta claramente del pacto inicial, en que Dios acepta el desafío de Satanás. Ya verás, le dice éste varias veces, cómo Job te desprecia en tu cara (1, 11; 2, 5).

Dios que todo lo sabe, permite entonces la tentación, no sólo porque prevé que Job saldrá triunfante y beneficiado, sino que también el mismo divino Padre se dispone a darle primero la fuerza para triunfar y luego el premio del triunfo. Con lo cual vemos verificarse lo que dice San Agustín: «Dios corona (premia) en nosotros sus propios dones.»

Si Job resulta un arquetipo en esto de las pruebas que no son castigos, no podemos decir, ni mucho menos, que fuese único en la materia: «Y si delante de los hombres han padecido tormentos, nos dice la Sabiduría, hablando de los justos, su esperanza está llena de inmortalidad; su tribulación ha sido ligera y su galardón será grande; porque Dios hizo prueba de ellos y hallólos dignos de sí» (Sab. 3, 4-5).

Hemos de insistir en el postulado firmísimo de que Dios permitió la prueba de Job como un acto de su misericordiosa providencia, sabiendo que Job saldría triunfante, y que entonces se cumpliría con él la promesa eterna: «No son de comparar los sufrimientos de lo vida presente con aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros» (Rom. 8, 18), y también la promesa temporal: «Muchas son las tribulaciones de los justos, pero de todas los librará el Señor» (S. 33, 20).

¿Acaso la prueba del justo Job duró toda su vida? No, por cierto. Apenas fue una etapa de ella. El mismo Jesús, varón de dolores, que padeció infinitamente más de cuanto somos capaces de pensar, no estuvo sin embargo toda su vida clavado en la Cruz. Sus persecuciones, luchas, ingratitudes, duraron tres años. El sumo tormento de la Pasión duró una noche y una mañana. El de la Cruz terminó en tres horas.

Gran lección es ésta para recordar lo pasajero de las penas, como también lo fugaz de los goces de aquí abajo, a fin de no alegrarnos desmesuradamente por éstos, ni entristecernos por aquéllos.

El recuerdo de los innumerables beneficios recibidos de Dios (S. 102, 2) y de las incontables veces que lo había consolado en su tribulación (S. 70, 20) acompañaba a David en sus insomnios (S. 62, 7) a fin de no caer en el desaliento. «¿Es posible, empezaba diciendo, que Dios me abandone para siempre…? ¿O pondrá fin a sus misericordias?» (S. 76, 8-9). Pero luego agregaba: «Hago memoria de las maravillas que has hecho desde el principio, y medito todas tus obras, y considero todos tus designios» (ibid., 12-13). Y entonces, consolado, concluía: «Oh Dios, santo es tu camino. ¿Qué Dios hay que sea grande como el Dios nuestro? Tú eres el Dios autor de los prodigios» (ibid., 14-15).

LAS PRUEBAS DE LOS JUSTOS

EN EL PLAN DIVINO

Pero es necesario que ahondemos todavía para comprender mejor el plan divino en la prueba del justo, y más aún como cristianos, o sea como hombres a quienes se ha concedido el ser hijos de Dios, mediante la fe en la Redención de Cristo (Juan 1, 12), como invitados al gran Banquete del Cuerpo Místico, pero que para ello necesitan revestirse del traje nupcial (Mat. 22, 12).

Si los justos del Antiguo Testamento ya se salvaron por la fe en la Promesa del Redentor, y no por la Ley, la cual nadie cumplía plenamente (Juan 7, 19; Gal. 3, 11; 6, 13; Rom. 7, 11), ¿cuánto más necesaria no será, esa fe viva en los méritos de Cristo, después de la Encarnación y de la Pasión?

Y sin embargo, nuestra fe es pobrísima, como ya lo reprochaba Jesús a los Apóstoles. Tan pobre es, que no hay nada bastante pequeño con que compararla, ya que si fuera solamente como el mínimo grano de mostaza, podríamos mandar a los árboles que se trasplantasen sobre el agua del mar, y nos obedecerían al instante, según la asombrosa promesa del mismo adorable Salvador (Luc. 17, 6).

Entendamos, pues, que lo que Dios necesita probar en nosotros, no es la resistencia física, como en los animales, ni «nuestras» virtudes, pues es dogma de fe que ninguna virtud tenemos propia. Es la fe (II Pedr. 1, 7), el crédito que damos a los misterios revelados; es la confianza que tenemos en la eficacia salvadora de la Redención; es, como dice San Bernardo, el aplicarnos verdaderamente a cada uno de nosotros, el valor de la Sangre de Cristo. Es esta una verdad muy sobrenatural, que difícilmente admitimos la bastante en la realidad de nuestra vida espiritual.

De ahí la necesidad de la prueba. Porque el cristiano cuya fe no es viva, el que no se siente justificado por los méritos de Cristo que se le aplican mediante esa fe (Ef. 2, 8), fatalmente incurrirá en uno de los dos extremos: o la tremenda desesperación, viéndose incapaz de justificarse por sí mismo y no teniendo quien lo salve, o la detestable presunción del que se cree suficiente para salvarse por su solo esfuerzo.

De ahí, pues, la necesidad que todos tenemos de ser probados en la fe: para que la comprobación de nuestra impotencia nos enseñe a recurrir al Padre Celestial, y a poner en Él toda nuestra confianza, por los méritos de su Hijo Jesucristo. Véase Mat. 6, 33.

En cuanto al género de esas pruebas, notemos que no se anuncia al cristiano especiales enfermedades o miserias. Lejos de ello. Jesús promete que el Padre nos dará por añadidura cuanto necesitamos, si buscamos con preferencia su Reino, esto es, si lo amamos sobre todas las cosas.

La prueba máxima que está anunciada a los creyentes es la persecución, por la confesión del Evangelio. Por eso, mártir quiere decir testigo. Es lo que más cuesta a muchos, pues preferirían sufrir dolores físicos a sufrir en su amor propio el desprecio y la burla.

Para el que se hace pequeño y confía en Dios, esa prueba se reduce a casi nada, pues, como dice Santo Tomás, el segundo fruto de la Palabra divina, después de darnos la fe, es darnos también el desprecio del mundo, por donde resulta que nuestro corazón, ya no se aflige, y más bien se goza, ante la insensata burla de los hombres.

Entonces comprendemos que el yugo de Jesús es suave (Mat. 11, 30), tan suave, que nos alivia en vez de pesar (ibid., 29).

EL PRIVILEGIO DE LA PRUEBA

Hemos visto, en el capítulo titulado «Elección», que Dios tiene sus privilegiados, escogidos especialmente, como los Apóstoles, a quienes Jesús dijo: «No me elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca» (Juan 15, 16).

Va sin decirlo, que esta elección de privilegio comporta la necesidad de corresponder a ella, de aceptarla con la alegría, la confianza y la gratitud que convienen a quien se siente objeto de una altísima distinción y sabe que ella le trae ventajas incomparablemente superiores a los esfuerzos que pueda demandarle.

La prueba de la tribulación es uno de esos altos dones de Dios, porque trae consigo privilegios muy grandes para el que la acepta en unión con Cristo, según sus propias palabras: «Vosotros sois los que constantemente habéis perseverado conmigo en mis tribulaciones: por eso Yo os preparo el Reino como mi Padre me lo preparó a Mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino, y os sentéis sobre tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel» (Lúe. 22, 28-30).

¿Quién no aceptará, si tiene un ápice de fe, esa gloriosa vocación de su Padre, que lo escoge como a hijo predilecto, a semejanza de Cristo, y para ello lo prueba, simplemente con el propósito de poner rectitud y verdad en su corazón que todos tenemos maleado mientras Dios no lo purifica? «Crea en mí, oh Dios, un corazón puro; y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud» (S. 50, 12).

Este lenguaje del rey David, es el propio de todo hombre que no reniega del Cristianismo. Porque, como no es posible vivir ajeno a Cristo, sino que hemos de estar con Él o contra Él (Luc. 11, 23), no podemos rehuir la luz que viene del Salvador, sin incurrir en la terrible condenación de aquel juicio que el mismo Jesús reveló a Nicodemo con estas palabras: «Este juicio consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, por cuanto sus obras eran malas. Pues quien obra mal, aborrece la luz, y no se arrima a ella, para que no sean reprendidas sus obras. Al contrario, quien obra según la verdad, se arrima a la luz, a fin de que sus obras se vean, como que han sido hechas según Dios» (Juan 3, 19-21).

Por lo mismo que no podemos pecar contra la luz y rechazar la iluminación que nos viene de Cristo, no podemos tampoco renunciar a ese privilegio de la elección, para la cual Él mismo suele prepararnos probando nuestra fe por medio de la persecución, y a veces también de las tribulaciones, que nos ayudan a despegar totalmente el corazón de los bienes aparentes, para arraigarlo en los bienes reales e inmarcesibles (II Cor. 4, 18).

¿Y por qué no podemos declinar el privilegio, y permanecer simplemente en esa penumbra espiritual en que la mayoría de los hombres vegetan, como si no hubieran sido redimidos por la Sangre de un Dios? Jesucristo nos da la respuesta: «Porque se pedirá cuenta de mucho aquel a quien mucho se le entregó; y a quien se han confiado muchas cosas, más cuenta le pedirán (Luc. 12, 48).

¡Ay de los que rechazan la invitación al banquete del Reino! «Pues os protesto que ninguno de los que antes fueron convidados, ha de probar mi cena» (Luc. 14, 24).

Continuará el próximo viernes