PADRE CASTELLANI: LA PARUSÍA

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LA PARUSÍA

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– Lacunza ¿cuándo vivió y por qué está en el “Index”?

La Parusía es hoy día el punto más importante de la Sagrada Escritura. Para el católico es un dogma. La Iglesia no ha definido nada acerca de la enconada división que existe hoy entre “literalistas y alegoristas”, discusión que comenzó en el siglo IV: tiempo no le ha faltado.

Parusía es el nombre técnico de la Segunda Venida de Cristo: es palabra griega que significa entre otras cosas “venida, llegada”, o sea “adviento” o “advenimiento”. San Mateo la usó una vez en su Evangelio: En ese tiempo significaba principalmente la llegada solemne de un Rey a una de sus ciudades. Los Apóstoles la siguieron usando para significar el retorno glorioso de Cristo. Estamos cerca del adviento en el cual tiempo la Iglesia predica dos domingos acerca del “Adventus” del Señor; el cual está en el Credo: “Creo en la resurrección de la carne… y desde allí ha de volver a juzgar los vivos y los muertos”.

Creo que es el punto más viviente de la exégesis de la Escritura: son profecías por cumplirse. Las antiguas profecías referentes a la primera Venida, se han cumplido y han sido estudiadas profundamente; para los fieles no son problema; existen listas ordenadas de los vaticinios mesiánicos hebreos y su cumplimiento, de las cuales la más conocida es la de Blas Pascal. Las profecías de la Segunda Venida no se han cumplido todavía; y existe acerca dellas una viva lucha subterránea de la que los fieles no suelen estar enterados. Incluso le puede venir a uno una condena fulminante de un Monsiñore que NO sabe de qué se trata y a quien le ha llegado una acusación malintencionada de un politicastro argentino.

Las antiguas profecías hoy no son problema: sin embargo para los Santos Padres eran ellas (y no los milagros) el principal argumento pro la Divinidad de Cristo: en parte por la razón obvia de que la Primitiva Iglesia se dirigía primeramente a los judíos, los cuales tenían las profecías y las tenían por inspiradas e infalibles, y no admitían como inspirados los Evangelios, donde están los milagros.

En 1919 siendo estudiante (o mejor dicho “novicio” en Córdoba) le dije a uno de mis profesores, el P. Luis Parola: “Las profecías no me convencen mucho. Los Santos Padres eran hombres inteligentes y hábiles y las Profecías hebreas constituyen una masa enorme de literatura. ¿No sería posible que los Santos Padres primeros hayan acomodado rasgos sueltos y versículos separados desa literatura a la imagen de Cristo que ellos ya conocían? ¡No deliberadamente por supuesto!”. El me miró un momento, y luego me dijo: “Hágalo”.

“-¿Cómo?”. “Haga eso, pruebe a hacer eso: tome las escrituras y trate de hacer un retrato con ella de Alejandro el Magno, Carlomagno, San Francisco de Asís, Napoleón o cualquier personaje de la historia que conozca”. La respuesta es contundente efectivamente e imposible. La vida del Rey Mesías está reseñada (o espejada) en las antiguas profecías desde su nacimiento en Belén hasta su Pasión y Muerte y Resurrección, junto con los sucesos concomitantes, como la destrucción de Jerusalén, la dispersión de los judíos y la fundación de la Iglesia. Sería enteramente risible querer acomodar las profecías a cualquier otro personaje, no solamente real, sino solamente posible. Para burlarse de los ataques de los hipercríticos germanos, un ironista francés (cuyo nombre se me escapa ahora) escribió un libro en que con el método de los sabios incrédulos probó, ¡que Napoleón no había existido!. “Napoleón Bonaparte, mito solar”.

Si eso es verdad tomando las profecías sueltas, hay un hecho todavía más aplastante y es el conjunto dellas. El núcleo dese conjunto, que como un hilo conductor corre a todo lo largo desde el Génesis a Malaquías, es el Rey Mesías y el Reino del Mesías: el cual va a aparecer en Israel un Rey extraordinario y va a fundar un Reino Universal, y ese Rey está marcado hasta el tiempo de su aparición en las setenta semanas de Daniel. Daniel hizo la profecía más clara acerca del Reino Mesiánico y marcó su aparición a 70 semanas de años de su profecía; cerca de 500 años; y esos 500 años se estaban llenando cuando apareció Cristo y por eso había tal efervescencia religiosa en Palestina entonces; efervescencia en la cual se injertó la prédica de Juan el Bautista y la de Cristo. Hoy día los judíos tienen un mandato en el Talmud: “Maldito sea el que compute los años de Daniel”. En efecto, los años de Daniel son fatales para el judío que todavía espera la llegada del Rey Mesías. Han pasado ya cerca de 2.500 años.

Existen por tanto dos hechos enormes que se conjugan formando un milagro mayor que la resurrección de un muerto: son como vertientes históricas que confluyen en un punto, que es Cristo.

Una vertiente es la historia antigua que conocemos mejor de todas, de un pueblo que tiene la mayor y mejor literatura de todos los antiguos: en él y en ella, una inmensa esperanza de un Rey Salvador, llamado así “Jeshuª”, Jesús, y de un Reino Universal justo y santo se va concretando en pormenores más precisos cada vez hasta llegar al tiempo, que es el 752 de Roma y primero de nuestra era; y la otra vertiente correlativa tomando desde nosotros que estamos aquí desciende hasta esa misma fecha a través de toda la historia de Europa y el mundo hasta ese mismo punto, reflejando como un espejo la otra vertiente, esa inmensa expectación.  ¡Y estas dos vertientes cubren más de 40 siglos!. Eso solamente lo puede hacer un Ser que sea dueño de toda la historia, que esté por encima de los tiempos; no lo pueden hacer ni el artificio o malicia de los hombres ni el azar o casualidad mucho menos. “Si yo me engaño, oh Dios, -decía el Canciller Juan Gerson- eres Tú quien me ha engañado”.

Este es el milagro de las profecías: todas las profecías particulares han sido atacadas una por una (y defendidas) desde que existe la Iglesia; pero su conjunto es absolutamente inatacable. Ahora bien, si las profecías antiguas, las profecías que quedan se van a cumplir también. En esta conferencia tratamos de nuestro futuro; del futuro del mundo y del futuro personal de cada uno de nosotros.

La exégesis de toda la Escritura voltea hoy día en torno de la exégesis del Apokalipsi; y la exégesis del Apokalipsi voltea en torno del Capítulo Veinte. Esta es la situación neta. Este capítulo puede interpretarse alegóricamente o bien literalmente; es decir, o es una alegoría o “mito”, o es una profecía. No hay otra salida.

El capítulo XX, que leeré al final, predice esencialmente dos resurrecciones al fin del mundo; y entre ellas un largo período de tiempo (“1.000 años”) de prosperidad de la Iglesia, llamado “el Milenio” o el Reino Milenario.

He traducido un libro llamado “La Iglesia Patrística y la Parusía” del P. Jesuita español Florentino Alcañiz que acaba de salir al público. En él se recogen simplemente todos los dichos de todos los Santos Padres y Doctores de los primeros cinco siglos.

El Resultado es el siguiente: todos los Santos Padres que han hablado del punto creen literalmente en el Reino Milenario; no creen en la interpretación alegórica; ni menos en la interpretación literal crasa o carnal del heresiarca judío Kerinthos o Cerinto; a la cual algunos atacan fieramente.

Hay pues tres interpretaciones posibles del Apokalipsis y nada más que tres: dos católicas y una herética.

1º) La interpretación literal patrística. Ella cree, como he dicho, que habrá en efecto dos resurrecciones después de la Venida de Cristo y la derrota del Anticristo, y un nuevo reino de Cristo en la tierra de gran paz y prosperidad; y este espacio de tiempo será el Juicio final, con la resurrección Universal, también de los malvados, al final. Los que exponen totalmente esta doctrina son San Ireneo Obispo de Lyon en el siglo II, y el retórico Lactancio, el maestro de San Agustín en el Cuarto siglo; pero es común a toda la Iglesia. También el poeta romano Commodiano en un largo poema en hexámetros llamado “El Juicio”; y en gran parte uno de los cuatro Doctores Máximos de la Iglesia Latina, San Ambrosio, también maestro de San Agustín. Todos los demás fragmentariamente. Naturalmente estoy hablando de los escritos que nos quedan: muchas obras dese tiempo se han perdido y nos quedan fragmentos o solamente el título.

2º) Casi al mismo tiempo que los Apóstoles, viviendo el Apóstol Juan, un hereje de origen judío, Kerinthos, suscitó una complicada herejía con una interpretación carnal o crasa de las profecías escatológicas: que según él predicen la restauración o instauración del poderío judío en el mundo por medio de Cristo,  un reino mundano en el cual los judíos cristianos se van a vengar de sus enemigos incluso por medio de guerras (imaginemos a Jesucristo sentado en un trono en Jerusalén con un Rattenbach y un Alzogaray al lado) la restauración de la ley de Moisés con la circuncisión, el Templo y los sacrificios de animales; o sea, la idea de los fariseos en tiempo de Cristo y finalmente, como recompensa por las penurias sufridas por los justos, grandes fiestas, festejos y francachelas, bastante carnales al parecer, si no obscenas; lo cual pone furioso a San Jerónimo. Digo “al parecer” porque no nos ha quedado una sola línea de los escritos de Kerintos; conocemos su herejía por las refutaciones, casi siempre indignadas, de los Santos Padres. “Milenismo carnal, milenismo craso o kiliasmo” se llama esta herejía.

Encontrarán Uds. en la literatura actual con mucha frecuencia escritos sobre el “milenarismo” (mejor es decir “milenismo”) dividido en dos: “milenismo espiritual y milenismo carnal”. Esta división ocasiona fácilmente el error de creer hay un género llamado milenismo y dos especies dél, el espiritual y el carnal. No hay tal cosa: existe la interpretación literal de los Padres de la Iglesia y su corrupción por Kerinthos; una herejía; y así como un hombre vivo y un cadáver no pertenecen al mismo género, al género hombre  – dice Aristóteles; pues el cadáver pertenece al género “restos” o “corrupción”, así la doctrina de la Epístola de Bernabé, del mismo siglo I y la de Kerintos del siglo I no pueden alinearse juntas ni referirse al mismo género; como la doctrina de Lutero y la de San Agustín no son dos clases de augustinismo. Este error es hoy día frecuente; y el culpable, por desgracia, es San Jerónimo; como veremos,

3º) La 3º interpretación es el “alegorismo” inventado por el hereje donatista Tyconio en el siglo IV, la cual adoptó San Agustín después de ser milenista o literalista (en el sermón 259) y le comunicó un enorme impulso hasta nuestro días, en que es la más frecuentada enseñanza, aunque no la única como pretenden muchos alegoristas; no lo pretendió San Agustín por cierto, el cual expresamente dice que no sabe si es la verdadera. Lo veremos al final.

Entre estas tres opiniones existe hoy una guerra que no es nada fría. Lo curioso es que el milenismo carnal de Kerinthos, tan grosero, subsiste en nuestros días, en algunas sectas protestantes, como los “Testigos de Jehová”, o “Mormones”, que andan aquí entre nosotros; y otra reciente secta yanqui, llamada “La Nueva Dispensación” que según el Dr. Murria en su Comentario al Apokalipsis tiene cinco millones de adeptos, es decir, como toda la población de Bs. As.: todo en EE.UU. es “rascaciélico” o kolosalista.

Puesto esto voy a leerles algún ejemplo de la interpretación patrística, explicar la virazón de la exégesis en tiempo de San Agustín y exponer brevemente las dos exégesis católicas.

Esta creencia de que el mundo va a durar 6.000 años (desde Adán, no desde el comienzo de la creación) se repite en muchos Santos Padres, y es “una tradición judeocristiana muy antigua y muy respetable”, dice Menéndez Pelayo. ¿Es de fe? No. ¿Está en la Escritura? No; sino en una interpretación patrística de sendos versículos de David y de San Pedro. De modo que si la “ciencia moderna” llegara a probar que el hombre está sobre la tierra hace 15.000 años (o quince millones, dicen algunos, que necesitan todo ese tiempo para transformar al mono en hombre) si lo llegare a probar, digo, (que hasta hoy no lo ha hecho) entonces habría que abandonar esa tradición como un error. Por ahora no veo la necesidad. El darwinismo no pasa de ser una hipótesis sin prueba ninguna; y esas cifras enormes sobre la aparición del hombre sobre la tierra dependen del darwinismo.

Del principio deste período apostólico, la Didajé y la Epístola de Bernabé, voy a saltar al final del período, a Lactancio, escritor africano que fue maestro de San Agustín. En su gran libro “Instituciones Cristianas”; que nos ha sido conservado entero, Lactancio hace una reseña de la interpretación tradicional (llamémosla  “milenismo espiritual” si quieren) larga y completa, casi tan completa como la de San Ireneo dos siglos antes. En ella hay una página muy curiosa que voy a leer, una descripción de cómo serán los últimos tiempos; es decir, lo que llaman “la gran apostasía”: cuando las naciones cristianas perderán su cristianismo, y lo que es peor, lo adulterarán. Dice así:

Tenemos en los arcanos de las Sacras Letras que el Patricarca de los Hebreos pasó al Egipto con toda su familia y parentela apremiado por la carestía de los alimentos; y que su posteridad, habiendo habitado mucho tiempo en Egipto y crecido en sector numeroso, siendo oprimida con yugo de esclavitud grave e insoportable, hirió Dios a Egipto con llaga insanable y liberó a su pueblo sacándolo por el medio del mar, rasgadas las aguas y apartadas a una y otra parte, para que el pueblo caminara por lo seco; mas tentando el Rey de los Egipcios seguir a los fugitivos, volvió el piélago a sus cauces, y el Rey fue atrapado con todo su ejército. Prodigio tan claro y asombroso, aunque por el momento mostró el poder de Dios a los hombres, sin embargo fue principalmente signo y prefiguración de una cosa mayor, la cual parecidamente Dios ha de hacer en la última consumación de los tiempos. Pues liberó a su gente de la pesada esclavitud del mundo. Pero como entonces era uno solo el pueblo de Dios, y estaba en una sola nación, entonces sólo Egipto fue golpeado. Mas ahora, porque el pueblo de Dios congregado de entre todas las lenguas, habita entre todas las gentes, y es dominado y oprimido por ellas, ocurre que todas las naciones, es decir, el orbe entero, sea azotado con justo flagelo, para librar al pueblo santo y cultor de Dios. Y como entonces acontecieron prodigios con que la futura derrota de Egipto se mostrara, así en el final sucederán portentos asombrosos en todos los elementos, por la cuales se entienda por todos el final inminente.

Aproximándose pues el término de este ciclo, es forzoso que se inmute el estado de las cosas humanas y caiga pues más bajo aún, a causa de la maldad creciente; de tal modo que aun estos tiempos nuestros en que la injusticia y la malignidad creció al sumo grado, en comparación con aquel extremo insanable, se podrían tener como felices y realmente áureos.

Pues de tal manera escaseará la justicia; y crecerán de tal modo la codicia y la lascivia, que si algunos entonces fueren buenos, serán presa de los malevos y atropellados de todos modos por los injustos; sólo los malos serán opulentos, y los buenos se debatirán en la pobreza y en la vejaciones.

Se confusionará todo el derecho y perecerán las leyes. Ninguno entonces poseerá nada si no fuere adquirido o defendido malamente: la audacia y la fuerza lo poseerán todo. No habrá confianza en los hombres ni paz ni humanidad ni pudor; ni verdad. Y así tampoco habrá seguridad ni gobierno derecho, ni refugio contra los males.

Toda la tierra se alborotará, y rugirán guerras por doquiera; todas las gentes andarán en armamentos y se resistirán mutuamente. Las naciones fronterizas pelearán entre sí. Y Egipto el primero de todos pagará el castigo de sus estúpidas supersticiones y será cubierto de un río de sangre. Entonces la espada recorrerá la tierra, segándola toda y postrando las cosas como mies madura. [1]

Y de esta confusión y devastación, la causa será que el nombre Romano, por el cual se rige el orbe (me horroriza el decirlo, pero lo diré porque ha de suceder) será quitado de la tierra y el dominio volverá al Asia, y de nuevo mandará el Oriente; y el Occidente servirá.

Ni debe extrañar a nadie que un reino tan potentemente cimentado, tanto tiempo y por tan magnos varones, y con tan grandes munimentos confirmado, todo no obstante un día caerá. Nada hay creado por fuerzas humanas que las mismas fuerzas humanas no puedan destruir: porque mortales son las obras de los mortales; pues los otros reinos anteriores, habiendo luengamente florecido, sin embargo también murieron…

¿De donde sacó Lactancio esta descripción del futuro? En la Escritura no está o está solamente indicada en embrión; por tanto la sacó de la tradición apostólica; y del espectáculo de su propio tiempo, de la persecución de Diocleciano, que él presenció en su juventud, y cuyo final vio. ¿De donde sacó Lactancio esta profecía que “lo hace temblar” de que el Imperio Romano y el Orden Romano iba a ser abolido, y que el Asia iba a dominar de nuevo en el mundo? En el Apokalipsis se dice que en los últimos tiempos “se va a secar el río Eufrates para dar paso a los ejércitos asiáticos para contra Europa”. Eso significa que una barrera entre el Asia  y Europa va a caer, la cual en aquel tiempo era el Río Eufrates. Esa barrera hoy día ha caído: China y Rusia se yerguen amenazantes sobre Europa. Pero ¿de dónde sacó lo del Imperio Romano abolido? No está en el Apokalipsis; probablemente de San Pablo.

San Pablo escribió a los Tesalonicenses, que creían con espanto que el fin del mundo estaba encima, y creían erróneamente que eso era enseñanza del mismo Pablo, que no podía ser todavía el fin del mundo porque estaba de pie aún el Obstáculo y el Obstaculizador, (palabras en griego), una palabra griega, Obstáculo, que él pone en neutro y en masculino; o sea, “Lo que ataja” y el “El Atajador” que “mientras no sean retirados” no puede aparecer el Anticristo, según el Apóstol.

Los Santos Padres creyeron que el Katéjon, o sea el Obstáculo del Anticristo era el Emperador y el Imperio Romano; o sea, que la Ley, la Autoridad y el Orden Romano impedían que levantara cabeza la maldad, la perversidad, lo Demoníaco; supuesto que lo perverso y demoníaco existía entonces y existe hoy y existirá siempre, aunque sofrenado ahora por el Orden Romano. El Orden Romano no se extinguió con la caída del Imperio de Julio César, sino que se conservó y pasó a la Cristiandad; y pasó mejorado; e incluso un Rey con el título de Emperador Romano hubo siempre en Europa hasta ahora, es decir, hasta el año 1806 cuando el audaz italianito Napoleón Bonaparte fundando la Confederación del Rhin despojó de su título de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico al Emperador Francisco II de Austria.

El Orden Romano, que es para mí lo mismo que para los Santos Padres el Obstáculo del Anticristo, está hoy día bastante descalabrado y atacado a fondo[2]. Las columnas del Orden Romano son la Familia, la Propiedad Privada, el Ejército y la Religión, lo vengo predicando hace más de 20 años; y esas cuatro columnas están minadas hoy en todas las naciones, incluso las católicas; y el Comunismo tiene por programa paladino deshacer esas cuatro columnas. De modo que la predicción de Lactancio es sumamente actual.

Y desta confusión y devastación la causa será que el Nombre Romano (no dice que el César, dice el “Nombre Romano”, es decir, la romanidad por el cual hoy se rige el orbe (me horripila decirlo más lo diré pues suceder ha) será quitado de la tierra y EL DOMINIO VOLVERÁ AL ASIA; y de nuevo mandará el Oriente y el Occidente servirá.

Volviendo a nuestro tema; Lactancio expone cumplidamente casi todos los puntos capitales del “milenismo espiritual”, a saber:

1-Surgirá en el mundo el Anticristo, un ser personal no colectivo, un Tirano, el “Emperador Plebeyo”.

2-Perseguirá a la Iglesia hasta extinguirla—aparentemente.

3-Durará poco la persecución: tres años y medio.

4-Cristo volverá entonces y con una palabra (con “un aliento de su boca”) derrotará al Tirano.

5-Resucitarán muchos muertos, lo mismo que pasó cuando resucitó Cristo: “resucitaron algunos y aparecieron a muchos”—dice el Evangelio.

6-Seguirá una época de paz y tranquilidad para la religión, una Iglesia realmente nueva, que durará mucho tiempo, bajo la influencia de los resucitados.

7-En ese tiempo próspero es posible (aunque no seguro) que sigan resucitando los Justos poco a poco según sus méritos. Y eso sería lo que llamamos “el Juicio Final”.

8-Después se entibiará poco a poco a la fe; habrá en el mundo malvados (naturalmente, el hombre seguirá siendo libre y habrá manchas o rincones en el mundo donde no reinará la fe; como había en Europa durante la Edad Media; por ejemplo, los Albigenses, que se sublevaron el siglo XII, y pusieron en peligro a toda Europa.

9-Gog y Magog se sublevarán contra Jerusalén; un Rey, una Raza que están también nombrados en Zacarías profeta, el cual predice también esta sublevación. Los Santos Padres creen que Gog y Magog designan a los Escitas, “tan blancos como crueles” – dice Cervantes en el Quijote; es decir, a los pueblos que hoy llamamos Rusia y Siberia.

10-Un fuego inteligente bajará, morirán en el mismo instante todos los vivientes, resucitarán los condenados al infierno (si es que no han resucitado antes y han sido ellos los que han atacado la Ciudad Santa, como ponen algunos), y será el Juicio Universal; o mejor dicho el término del Juicio Universal.

11-Dios restaurará todas las cosas; y hará “cielos nuevos y tierra nueva”, según está prometido; es decir, cielo y tierra renovados, transfigurados, embellecidos.

Esta es la interpretación que San Agustín recibió de su maestro Lactancio; pero a mitad de su vida, por influjo de San Jerónimo, “se dio vuelta”, tomó la exégesis del hereje Tyconio, y en su libro “La Ciudad de Dios”, cap. XX, propuso la interpretación alegórica del Apokalipsis, que luego veremos: Hubo desde entonces una “reversión de la exégesis”, empezó a primar la exégesis alegórica.

La causa desto fue “el error de San Jerónimo”.

El error de San Jerónimo consiste en que no distingue entre milenismo carnal y espiritual y los ataca a ambos indiscriminadamente, con gran vehemencia. Era bastante furioso el friulano mi paisano y patrono, que no se para ni ante la zafaduría. Hay algunos trozos deste ataque que no me atrevería a traducir aquí ante ustedes (ni me atreví en mi libro) porque ahora serían indecentes; entonces no, la gente era menos delicada. En suma, San Jerónimo juntó en una sola denominación una interpretación católica (la más católica) con una interpretación herética. Si eso no es error, que venga Dios y lo diga.

Hay una singular aunque explicable incoherencia en las imprecaciones del ermitaño de Belén contra el milenismo. En efecto, por un lado lo llama “cuento de viejas, fábulas judaicas, sueños de enfermo, delirios insanos, disparates manifiestos y palabras heréticas y peligrosas” y así por el estilo; y por otro lado dice “no se atreve a condenarlo porque han creído en él los antiguos, ha habido tantos Santos, Doctores y Mártires (los cuales él ha leído y nombra que lo han sostenido…” Esto es una incoherencia; pues si son palabras heréticas y peligrosas, él debe condenarlas; y si tantos Santos las han tenido (todos, prácticamente) entonces no son palabras heréticas y peligrosas. Había una distinción muy sencilla que hacer, el milenismo espiritual yo no lo condeno: es el de los Santos; el milenismo carnal lo condeno; es el de Kerinthos heresiarca. Pero San Jerónimo no la hizo.

San Agustín joven tenía por el viejo luchador respeto, admiración y amistad; tenían los dos continua correspondencia sobre la Escritura. San Jerónimo persuadió a San Agustín y creo que lo asustó. San Agustín cambió de posición y ese fue un acontecimiento religioso enorme.

Pero hay que notar San Agustín hizo la distinción y dijo que el milenismo espiritual él no lo condenaba, que se podía tolerar; y dijo expresamente que la interpretación nueva que él daba, él no sabía si era verdadera; es decir, que no era la única posible, como dicen hoy día los alegoristas, invocando justamente a San Agustín sin honradez o con ignorancia.

El error de San Jerónimo tiene excusas: 1º, parece ser que Kerinthos, o sea, el milenismo carnal, habría crecido mucho y era un peligro para la Iglesia; 2º, por ser parecido a la exégesis de los Santos Padres, tal como una moneda falsa se parece a una buena, muchos fieles insensiblemente resbalaban del uno en el otro; 3º Kerinthos según parece ponía bodas, matrimonios durante el milenio, no solo entre los mortales (lo cual naturalmente es justo) sino entre los resucitados; y quizás matrimonios polígamos a la judía, casarse con muchas mujeres, como ahora los mormones o testigos de Jehová, eso ponía furioso a San Jerónimo (y la furia es mala consejera) y a otros también: expresamente Jesucristo dice en el Evangelio que NO habrá matrimonios entre los resucitados. Algunos Santos Padres fueron algo misóginos, es decir odiadores de mujeres; y San Jerónimo bastante, apesar de su amistad con Paula y Eustaquia, su hija.

Las mujeres no tienen la culpa, Dios las hizo. Los que no las quieren, que se vayan al club y se emborrachen, nadie les manda ir al baile.

Puesto esto ¿cuáles son exactamente las dos interpretaciones del bendito cap. XX. Más o menos ya las saben pero voy a darlas exactamente, para terminar:

Interpretación de San Agustín: la voy a dar exactamente, sin cambiar una línea: es decir, sin hacer lo de Agustín, el cual cambió una línea de la Escritura para acomodar el texto sacro a su exégesis.

Esta interpretación dice que los Mil Años del Apokalipsi son “este tiempo”; es decir, el tiempo desde la Primera Venida hasta la Segunda Venida de Cristo. Entonces según eso, este capítulo está mal, no debería ser el 20 sino el primero o el segundo; pues el Cap. 19 trata evidentemente del Anticristo y el fin del mundo. Bueno, dicen Tyconio y San Agustín, este capítulo es una “recapitulación”: el Profeta vuelve atrás y en una nueva visión resume todo lo ya dicho. Símbolo y alegoría.

SIMBOLO Y ALEGORÍA

 Es bastante arduo distinguir bien entre símbolo y alegoría; pero hay que hacerlo si uno quiere hablar de la exégesis literal simbólica y la exégesis alegórica.

Es difícil porque los dos son una comparación, o sea, se fundan en una metáfora, pero la alegoría “es una metáfora continuada”. Por tanto, la alegoría es una metáfora retórica, artificial y larga y el símbolo es una metáfora natural que puede ser muy breve.

A los victoriosos los coronaban con ramas de laurel; de allí salió “los laureles de la victoria” y después quedó simplemente los laureles para designar la victoria: “sean eternos los laureles” No fueron eternos en la Argentina.

Es un símbolo. Una rama de olivo es el símbolo de la paz, una espada es el símbolo de la muerte, una cruz es el símbolo del cristianismo; al cual llama por desdén Bernard Shaw, el “cruztianismo”.

Una alegoría sería por ejemplo si Churchill se pusiese a describir la victoria inglesa en la descripción de un árbol de laurel: la raíz son las tradiciones inglesas, el tronco es la reciedumbre de la raza inglesa, las ramas son las instituciones inglesas, la guerra es un hachazo que le dieron al tronco; y finalmente el árbol floreció en la victoria; como de hecho lo hace.

Podríamos definir el símbolo = una cosa concreta que designa a otra cosa concreta; y la alegoría, una serie de cosas concretas que designa una cosa abstracta, general, o pensada.

El ejemplo clásico es la vida humana alegorizada en una NAVE. Horacio la usó en la Oda XIV, libro I

Oh navis fluctus – aunque esta oda se refiere a la vida política que Lope de Vega imitó en “La Barquilla”:

          Pobre barquilla mía

         Entre peñascos rola

         Sin velas desvelada

         Y entre las olas, sola

         ¿Adónde, dí, te arriesgas

         Adónde, dí, te arrojas?

         Que no hay deseos cuerdos

         Con esperanzas locas.

Yo mismo he usado la misma metáfora continuada en un poema titulado JAUJA.

Aquí surge una dificultad: lo que parece una cosa concreta (La Nave) designa otra cosa concreta, la vida de Lope de Vega. Pero no es así: no designa la vida deste momento de Lope, sino un concepto general de toda su vida como está en su recuerdo y apreciación; o sea, una cosa pensada, no existente.

Sería un símbolo si Lope dijera: “Esa noticia que me da usted me ha hundido como un bote que se va a pique”. En este caso el bote representaría natural y directamente una emoción actual concreta, si me pongo a elaborar esa comparación para representar todas mis emociones, elaboro una alegoría.

Todas las parábolas de Cristo son símbolos y la literatura (o poesía recitada) del Orientes es eminentemente simbólica, como ya notó Hegel en su “Estética”.

Así pues en la interpretación de la Escritura hay el sentido literal crudo (como en los libros históricos) y el sentido literal simbólico, que es el más frecuente, como en el Génesis, por ejemplo; y finalmente el sentido alegórico o traslaticio, que a veces es lícito y a veces ilícito (cuando es demasiado extravagante) pero siempre supone el sentido literal primero o segundo: es derivado, simplemente. Ejemplo de sentido alegórico extravagante es por ejemplo el “gran” Maldonado cuando dice que “los pájaros del cielo” del Evangelio significa “los Príncipes cristianos” ¡Valientes pajarones eran, la mayoría! – por ejemplo Enrique VIII de Inglaterra.

En nuestra interpretación de las Siete fialas del Apok. XV, por ejemplo, les dije:

La Primera Plaga significa la sífilis. Es sentido literal primero, o crudo. El texto dice: “un morbo horrible y vergonzoso”.

La Segunda Plaga, la Copa de Sangre vertida en el mar (la sangre de los justos y siervos de Dios) que vuelve a todo el mar color de sangre y lo envenena, significa, no puede significar literal crudo; luego “literal simbólico”; significa el evenenamiento de las relaciones internacionales.

La regla la dio San Agustín: hay que interpretar siempre literalmente hasta donde se pueda; si no se puede por imposible, hay que interpretar simbólicamente ; es decir “literal segundo”.

Sentido alegórico: El P. Bonsirven interpreta la Segunda Copa vertida en el mar por “el castigo de Dios a los impíos”, así en general; es decir, cualquier castigo o cualesquiera impíos en cualquier tiempo. Es inadmisible, pues prescinde del sentido literal.

Estas son las dos interpretaciones católicas del famoso Cap. XX. En el siglo V no eran exclusivas, uno podía aceptar las dos, como typo y antitypo, según hizo San Agustín; hoy día son exclusivas, por lo menos de parte de los “alegoristas”, que ejercen una gran presión en Roma a fin de condenar a los literalistas. Lo que a los fieles más interesa es que estas dos posiciones teológicas se reflejan en dos posiciones filosóficas actuales acerca de la crisis del mundo actual, la posición “progresista” o “evolucionista” y la posición “esjatológica”. Cualquier autor actual que trate las cuestiones actuales está en una de las dos: la posición “progresista” cree que esta crisis se va a arreglar necesariamente, porque el mundo siempre progresa y la Iglesia siempre ha salido bien de todas las crisis; la posición “esjatológica” cree que puede ser no salgamos desta crisis; es decir, que, removido el famoso “Obstáculo” o Katéjon del Anticristo, aparezca el Anticristo y todo lo que sigue; y puede ser también que salgamos, pero a costa de un gran esfuerzo,  y un esfuerzo de índole religiosa: “la conversión de Europa”, lo llama el historiador Belloc. Veremos, dijo el ciego.

Entretanto el cristiano de verdad hace lo que siempre ha hecho, crisis o no crisis: hace su trabajo, que en el fondo es la Salvación de su alma, o sea, los Diez Mandamientos, el amor a Dios y la ayuda al prójimo; con “temor y temblor” por un lado y con paz y sosiego por otro, a causa de su confianza en la Providencia y en las Promesas – y en las Profecías.

El progreso es una realidad en el mundo; pero es el progreso del Bien y del Mal paralelamente; según el Profeta Daniel: “que el Santo se santifique más y que el perverso se emperverse más, y entonces vendrá el desenlace”—como dijo el Ángel al Profeta cuando este preguntó: “¿Y cuándo serán todas estas cosas?”. “Que el Santo…”

Es el gran drama de la historia humana, la lucha del Bien y del Mal, que tiene tres actos: Caída, Redención y Restauración; drama cuya raíz es el albedrío del hombre y del demonio. Dios es el gran “régisseur” deste drama: no va a terminar contra Dios. No triunfará el Mal.

Estamos destinados a cosas muy grandes, seremos espectadores y actores de un drama divino, que terminará en Divina Comedia. Yo no les voy a describir el Reino de Cristo ni el milagro de la Resurrección, con sus triunfos y gozos supremos, como tientan hacer algunos Santos Padres, porque eso derrota mi imaginación; aunque he escrito un cuento “Viaje a Jerusalén” en el fin de mis “Parábolas Cimarronas”; en que trato de figurarme a mi manera correntina cómo podría ser la resurrección parcial y sucesiva de los Santos: me quedo corto, por supuesto. Lo que yo sé es que el Paraíso Terrenal que Dios creó para el hombre, tiene que ser reconquistado y reconstruido algún día, porque sino, la Redención de Cristo no sería cumplida: San Pablo lo dice. Yo siempre he dicho que con que me quiten todos mis males, estoy archicontento:

Enjugará Dios toda lágrima

Y no habrá más muerte

Ni duelo ni grito ni gemido

Porque todo lo de antes se fue.

dice el Apocalipsi; pero sé también que las promesas de Dios (y su poder, su amor y su belleza) van mucho más allá que eso, que Él sea loado; porque “ni el ojo vio ni el oído oyó ni el corazón del hombre jamás soñó lo que Dios tiene preparado a los que le sirven”, dice San Pablo.


[1] Egipto: figura de la capital opresora, sea cual fuere. Ver Apokalipsis, XI:8.

[2] Les diré que el filósofo cordobés Alberto Caturelli, en dos de sus libros (Donoso Cortés,  y El hombre y la Historia) defiende que “El Obstáculo” es el Arcángel San Miguel y el pueblo Judío: ha tomado las dos peores, menos probables, de las interpretaciones dése difícil lugar de San Pablo).