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KIRKEGOR EXÉGETA
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Suren Kirkegord, que es dado como el padre del existencialismo actual, es un gran exégeta de la Escritura. Eso nadie lo ha dicho hasta hoy que yo sepa. Bien, los argentinos podemos hacer algo también: decir algo almenos.
(Entre paréntesis, no es el padre del existencialismo actual; aunque ese movimiento muy variegado comienza con él –o mejor dicho, con la difusión de sus libros por todo el mundo. Sastre es un formulador del ateísmo, y lo que es peor, de la desesperación demoníaca: Kirkegor cree en Dios como quién respira, es un hombre religioso, demasiado religioso, si eso es posible o “monstruosamente religioso” decía él irónicamente. Estaba empapado de la Sagrada Escritura desde el principio de su vida; y entendió la Escritura para su vida y por medio de su vida; ese fue el instrumento y la finalidad de su exégesis: una exégesis de un género especial.)
No es pues un exégeta profesional, desos que hacen comentarios de un libro versículo por versículo; desos hay muchos. Es un existente, como decía él (jamás dijo que era un “filósofo existencial”; al contrario, rechazó la filosofía, que en aquel entonces se llamaba Hegel) es un existente que con la experiencia de su vida –vida profunda- entiende con una especie de relámpago de intuición libros enteros de la Escritura, no este o aquel versículo solamente.
Me parece hay que remontar hasta San Agustín para topar un entendimiento tan profundo de los Libros Santos; sin despreciar en esto a los exégetas que están entremedio, que son de otro género.
¿Dónde interpreta Kirkegor? En toda su inmensa obra. Interpretó el libro de Abraham y el libro de Job en dos novelas que escribió a los 28 años junto con diez sermones, o sea “discursos edificantes” (los llamaba así, porque él no era sacerdote o pastor, aunque quiso serlo). Interpreta pasajes sueltos o versículos en todos sus sermones que son 13 o 14 tomos. En su libro “Dominios del amor” sobre la caridad, interpreta todas las epístolas de San Juan y trozos de su Evangelio.
En su “Concepto de la Angustia” interpreta el dogma del pecado original, y el pecado en general; y en la “Teoría de la desesperación” (libro que en su verdadero título es “La enfermedad mortal”) interpreta la resurrección de Lázaro, y una gran cantidad de textos del Nuevo Testamento acerca del sentimiento religioso y del sentimiento antirreligioso.
En las “Nonadas Filosóficas” expone la doctrina de la Redención y de la Gracia en una ingeniosa parábola; y en su continuación, llamada “Postdata definitiva no científica acerca de Nonadas Filosóficas” (que es una postadata diez veces más larga que la carta, la cual tiene solo 100 páginas) hay un capítulo sobre la interpretación de la Escritura en que K. pone en su lugar a los “hipercríticos” germánicos, que querían interpretarla sin la fe: aunque reconoce que sus trabajos dellos son valiosos para la lingüística (K. era un gran lingüista). En este libro capital hay solamente 22 citas directas de la Escritura (las he buscado cuidadosamente) y muchas más citas de filósofos, pues se trata de un libro filosófico; aunque todo el impregnado del conocimiento de la Biblia.
Finalmente hay dos libros finales: el “Examen del Cristianismo” o “Ejercicio sobre el Cristianismo” compuesto de tres cuadernos, y otro libro compuesto de dos: “Pruébate a ti mismo” y “Júzgalo tú mismo” que son pura exégesis del Evangelio para mostrar que la Iglesia Luterana había abandonado los “Consejos” de Cristo, no sólo en la práctica más en la predicación. Contienen la sustancia de su tremendo ataque periodístico a la Iglesia del Arzobispo Mynster (no de Cristo) que le costó la vida; y que se publicó póstumamente con el título de “El Instante: ataque acerca de la Cristiandad”. El editor Rueda acaba de publicar me dicen un libro de K. titulado “La Religión y el Amor”. K. no escribió ningún libro con ese título: se tratará supongo de una selección de su “Diario” con ese tema; no creo se trate de “Dominios del amor”. Rueda ha publicado varios libros de K., mediocremente traducidos—o menos.
Dejando otras piezas menores, creo que he hecho mi punto de que K., bueno o malo, fue un exégeta.
Estos libros que nombré son difíciles para el no iniciado en Kirkegor; y la iniciación a Kirkegor es también difícil: hay que entender su vida con sus libros y sus libros con su vida: ambos forman un bloque.
Tengo que darles por ende una silueta de su vida antes de darles su interpretación del libro de Job en su novelita “La repetición”—o la Restitución o la Compensación, o la Reduplicación (Die Wiederholung).
Hay tres incidencias insignificantes en la vida deste hombre singular, que no tuvo otras: tres fruslerías, tres futesas: una creencia supersticiosa de un hombre muy religioso medio chiflado, su padre; la ruptura de su noviazgo; y una trivial frase de alabanza en la oración fúnebre para un Obispo luterano de otro Obispo luterano; y esos tres traspiés triviales (para mí) fueron tres terremotos (para él). Son tres bombas atómicas para el progreso, como dicen hoy. (Ya te van a dar progreso, hechicera época mía).
La maldición:
El Padre del filósofo creía supersticiosamente que Dios lo había maldecido porque él había maldecido a Dios: siendo pastor de cabras, sobre un cerro de Jutlandia, arrecido de frío y de hambre, maldijo a Dios. Hoy día el gran crítico Holemberg, autor de la mejor vida de Kirkegor que conozco, sostiene con mucha probabilidad que el padre perpetró otra falta atroz, y que Kirkegor lo supo. Es muy probable, mirado sus argumentos. El caso es que al padre, casado segunda vez y vuelto un rico comerciante y rentista, la sombría religiosidad de que estaba poseído, le dictó la creencia de que se iba a secar como un árbol maldito y que todos sus hijos iban a morir antes de los 25 años, o bien, antes de los 33; sobreviviéndolos él a todos, como en el cuento del italiano. Tuvo naturalmente siete hijos, y dio la causalidad que los tres primeros murieron antes de los 25, y una hija a los 33 años.
Suren (o Suero, que ese es el nombre en español) el último de los hijos, que había sido criado en esta religión fatídica—de lo cual él se queja continuamente pues lo marcó para toda la vida—cuando vio que pasó de los 25 años, se volvió otro hombre: parece mentira… dejó la vida vaga, disipada y desesperada que llevaba, reanudó sus estudios de teología, sacó el doctorado y se puso a trabajar como ningún hombre ha trabajado en esta vida: en el espacio de 12 años hizo una obra genial, que en la edición alemana de Diederichs que manejo, va a dar más de 100 tomos. “El invierno de 1835 me precipitó en la vía de la perdición”, escribe. Tenía 22 años. La “perdición” de Kirkegor fue una perdición muy especial. No fue un libertino vulgar y silvestre: durante dos años o tres fue algo peor, y mejor: fue un desesperado, casi un demoníaco. (Una de sus categorías).
Pero esta mala infancia lo marcó. “Yo no he tenido infancia, yo he sido siempre viejo”. Su relación con Dios Padre es la misma relación que con su padre, y su relación con el Arzobispo Mynster es la misma relación: una mezcla de rebeldía y de sumisión tímida. Hoy día muchos autores católicos, por ejemplo Aranguren, Sciacca y su discípulo argentino Carturelli, otro argentino, el Dr. Laurí, René Jolivet… afirman que la religión de K. es sombría, amarga, desesperada, luterana, inhumana, egocéntrica, antisocial, etc. Es un error. Hay en él plantada una religión así, la religión de su padre, en un estrato inferior, como si dijéramos; y hay otra religión que reacciona fuertemente contra esta marca de Caín; y la domina poco a poco, en un interminable “itinerario de la mente a Dios”. Eso es justamente toda la obra de Kirkegor: una especie de cuaderno de ruta de un camino espiritual, de la “Subida al Monte Carmelo”, que diría San Juan de la Cruz. La religión de K. es “dialéctica”, como decía él: otra de sus difíciles categorías. Todo en K. es dialéctico; es decir, está machimbrado de dos cosas contrarias que se apuntalan mutuamente: la “thesis” y la “antithesis” de Hegel, apuntalándose entre sí; pero sin la syn-thesis.
Quedémonos con un consejo de K.: “No hay derecho a educar a un chico como me educaron a mí; me echaron la carga de una religiosidad que aun para un adulto sería excesiva. Nadie me habló del niño Jesús, me plantaron delante de un crucifijo ensangrentado. Si a un niño se lo educara en un miedo tremendo a romperse una pierna, a fin de que no se la rompa, por eso mismo ese niño se la romperá más fácil que otros. Así lo hicieron conmigo respecto al Pecado. Y para mi padre, el Pecado era el pecado de la carne…”
¿Fue un gran pecador K.? – No.
¿Tuvo un hijo natural? – No.
¿Temió haber hecho un hijo natural? – No. Probablemente murió virgen. Son paparruchas de los autores avivados, que rechazo sin dar razones, como hay que hacer con las paparruchas.
¿Por qué rompió su compromiso con Regina Olsten?—el segundo terremoto de su vida. ¡Ay, nadie lo salva jamás! dijo él. Probablemente no lo supo él mismo hasta próximo a su muerte, a los 44 años. Es un enigma. “Yo soy un enigma”—decía él.
Era impotente. Era homosexual. Era masturbador o “muelle”. Tenía una fijación incestuosa en su madre. Era loco, simplemente, era esquizofrénico, dice el médico danés Helweg, que escribió un libro para probarlo. Paparruchas. Paparruchas puercas, a la moda de nuestra adorable época.
Pero nosotros sabemos ya por qué rompió. El escribió cuasi proféticamente: “Y he aquí por qué, no solamente mis escritos, sino también mi vida, la intimidad estrafalaria de toda la maquinería, serán objeto de interminables estudios”. (Diario 1847) Esto se ha cumplido.
He aquí los hechos “estrafalarios”; se comprometió con Regina Olsten el 10 de septiembre de 1840 con gran contento de ambas familias; rompe el 11 de octubre de 1841 con gran desolación de ambas familias y de la novia, “una acción estrafalaria”, fue calificada. Estrafalaria viene del italiano “strafare”, hacer con demasía. Pues bien, sí, K. lo hacía todo con demasía.
Procura aparecer a los ojos de Regina como un desleal y un mal hombre, a fin de que ella pueda ser feliz, que se des–enamore dél; escribe para eso el “Diario de un seductor” y “La Repetición”, con los libros de Abraham y de Job, con la esperanza dialéctica (o sea doble, o disyuntiva) de: o bien recuperar a Regina, o sea, de que Dios se la devolviera por “repetición”, como al santo Job devolvió sus bienes; o bien, librarse de su amor para siempre. Ninguna de ambas cosas consiguió. Regina, que por supuesto no había entendido palabra de los dos libros, se casa con un profesor de K., Fritz Schlegel, y él continúa amándola toda su vida, y cavilando (este gran cavilador) por qué, en el fondo, no quiso casarse teniendo amor: ese amor enteramente romántico que lo sostiene en su trabajo realmente sobrehumano. De modo que Dios en definitiva le dio la “Repetición”, como veremos, su trabajo.
Escribe un libro: “¿Culpable? ¿O no culpable?” con su cavilación de un año acerca de si rompía o no, un libro único en la literatura mundial; porque K. no transcribe ni describe su perplejidad, sino que la transmite directamente al lector, le pone un caos en la cabeza: inventa un aparato de palabras para trasmitir un estado de espíritu. No es un libro sobre la angustia (ese vino después) es una descarga de angustia como una descarga eléctrica.
En la hora de la muerte recién se aquieta: dice enigmáticamente que no se casó porque toda su vida llevó un aguijón en la carne, como San Pablo, aunque quizás no el mismo aguijón o espuela que San Pablo. Aquí entran las paparruchas.
Una cosa sabemos cierta: que K. rompió su compromiso por un motivo de índole religiosa.
¿Qué motivo? Dejando a un lado las paparruchas, y dejando las sutilezas, a veces muy inteligentes, de los críticos, por ejemplo:
Que él era un intelectual nervioso incapaz de decisiones graves.
Que él era todo espíritu y vio no le convenía el matrimonio.
Que vio no podía hacer feliz a una muchacha vulgar, etc.
El motivo hondo de elegir el celibato fue simplemente el mismo motivo que tiene la Iglesia para imponer el celibato a los sacerdotes; aunque NO visto clara sino oscura y ambiguamente—por él, dialécticamente como todas sus cosas—. A no ser después de una rumia de 12 años al fin de su vida. ¡Este gran Rumiante! Recordemos que hizo su camino espiritual, su “itinerario de la mente de Dios”, enteramente solo: sin ninguna Iglesia; rechazó la Iglesia Luterana y no entró en la Iglesia Católica, quizás por falta de tiempo. Dice su traductor inglés el pastor Walter Lowrie que si K. hubiese vivido un poco más, hubiese entrado en la Iglesia Católica; y se hubiese puesto enseguida a escribir contra el Vaticano. Lástima murió tan joven, a los 45 años.
De la tercera fruslería que fue terremoto, es decir, ataque final a la Iglesia Luterana, diré poco, pues no pertenece a mi tema de hoy; basta decir que el fondo de su terrible libro contra los pastores sus cófrades es que han repudiado el celibato sacerdotal, y todos los “consejos” de Cristo, lo más alto y lo más bajo de la moral cristiana, la cúspide y el cimiento. Fue una frase del Arzobispo Martensen, el sucesor, en el entierro del Arzobispo Mynster, en que lo llamó “un testigo de la verdad”, lo que desencadenó la tormenta que había estado hinchándose durante 8 años, o durante toda su vida. Un “testigo de la verdad” es un Apóstol, o bien un Mártir, cosas que Mynster no fue ni de lejos. K. se desencadena como un rinoceronte, carga contra toda la Iglesia Danesa de la cual su hermano Juan era Obispo, hace el último esfuerzo de su vida (compuesta de esfuerzos) y muere. El mismo día que sacó del banco los pocos pesos (o “riscdáels”) que le quedaban, cayó desmayado en la calle, y algunas semanas después murió en un hospital.
Murió como un santo, como decimos vulgarmente; pero un santo excomulgado. Su amigo Busen le dijo:
-¿Quieres recibir la comunión?
–Si me la trae un laico sí, si me la trae un pastor, no.
–Eso no está bien, Suren.
-¿qué quieres? Son funcionarios del gobierno.
–Entonces ¿crees que estás en gracia de Dios?
-¡Sí!
La muerte de K. tiene la serenidad de la muerte de un santo; o por lo menos, de un sabio.
“Saluda de mi parte a todos los hombres; díles que los he amado” – dijo a Busen. Sí, incluso a los curas. “Conozco a los hombres y sin embargo los tolero”—dijo un gran español. K. diría: “Conozco a los hombres, me han hecho sufrir lo indecible, y … los amo”.
“Los curas son unos caníbales”—reza el nº 9 de “El instante”. Publicó 10 números de ese periódico hecho todo y editado por él: el undécimo se encontró hecho sobre su mesa cuando murió. [1] Los curas son unos caníbales y por tanto él los ataca como un caníbal: el abstruso y austero filósofo se convierte en un polemista y en un periodista popular, casi populachero: él, que odiaba tanto el periodismo. Creyó que Dios se lo pedía y lo hizo. ¿Se lo pedía Dios? Por los frutos que produjo su obra (en él mismo y en todo el mundo) parece que sí. Y además porque los incrédulos de todo el mundo, más algunos católicos, lo tratan ahora de loco.
Si adoptamos la doctrina de Lombroso de que todos los genios son dementes, entonces ¡que Dios nos dé muchos dementes desta clase! Dejémonos de paparruchas; el genio no es la demencia; el genio es lo contrario de la demencia. Si ha habido genios dementes quiere decir que no han sido del todo dementes ni del todo genios.
Puesto esto voy reseñarles la interpretación del libro de Job en la novelita psicológica: “La Repetición”.
Puede ser que escribir este libro lo haya salvado de la demencia, eso sí. ¿Demencia por tener que dejar una mujer?—Sí. “Mujeres hay un montón”—le dice Constantino Constancio al héroe de la novela. –No. Para este hombre, para esta clase de hombres, hay una sola mujer en el mundo: el flechazo de Cupido tiene en ellos un efecto fatídico. Es simplemente renunciar a la felicidad, o no, y el hombre no puede renunciar a la felicidad.
Constantino Constancio es el narrador de la novela; es un psicólogo maestro, o al menos se cree tal, y es un hombre de mundo que topa en un viaje con un joven desconocido perdidamente enamorado de una mujer con la cual no sabe si debe casarse o no, y con la cual ha roto abruptamente. K. calca el conflicto novelesco sobre su propio conflicto, cambiando algunos sucesos, naturalmente: poniendo otros sucesos equivalentes; pero el conflicto está allí entero; y es un conflicto supremo. Parecería mentira; pero el caso es que en ese conflicto llovía sobre mojado: sobre el temperamento de K., sobre su humor melancólico, sobre las desgracias que ya había sufrido, sobres su capacidad de amar, sobre su inteligencia extraordinaria; era desos hombres que tienen “emociones verticales” como dicen, emociones enteras que van de un golpe de lo más alto a lo más bajo, hasta el fondo final del alma, esos hombres que en cada puesta juegan todo lo que tienen, que no emplean su alma a pedazos. [2] Dado lo que era K., el conflicto era de vida o muerte; y para mejor, no veía claro si al romper había hecho un bien o no, sus motivos eran “subconscientes”, como dicen hoy. “¿Culpable? ¿O no culpable?”. Era como tirarse de cabeza al abismo por gusto; no por gusto pero sin saber bien por qué.
El psicólogo Constantino Constancio se pone a aconsejarlo: que seduzca a esa mujer y después la abandone; que le dé celos, dejándose ver por todos con una costurerita que el psicólogo contrata expresamente para eso por un año; que renueve el compromiso, cosa perfectamente factible; que arroje para siempre esa pasión insensata de su corazón; y finalmente, que se vaya al diablo. El joven desconocido no puede hacer ninguna de esas cosas, fuera de irse al diablo. Contesta que está abocado al suicidio, que no ve otra cosa.
Todo está contado con lujo de espesa psicología; psicología “profunda”, como dicen hoy. Es una novela psicológica tan buena como el “Adolfo” de Benjamín Constant, famosa en aquel tiempo; sólo que el Adolfo no tiene nada adentro, fuera de finos análisis psicológicos; y esta tiene filosofía y teología, es decir, exégesis; y además la fe cristiana.
El joven desconocido, el Sinnombre, desaparece y después comienza a escribirle cartas al psicólogo cínico. No se ha suicidado, ha leído el Libro de Job; y siendo un tremendo creyente se ha convencido de la Repetición o Reduplicación: así como Dios devolvió duplicados sus bienes al Santo Job, así tiene que devolverle a él mismo sus bienes después de la prueba; es decir, su felicidad; es decir Regina. Regina puede cambiar volverse una mujer extremadamente religiosa, como era él; puede cambiar leyendo sus libros; y entonces él puede casarse con ella.
Le llega la noticia de que Regina se ha casado. Absolutamente imposible la “repetición” en esta vida—ni en la otra. Tentación de suicidio- y de incredulidad en Dios. K. recibió la noticia del casamiento al terminar “La Repetición”. Rompió entonces el final novelesco de la novela (cosa excepcional en él, que no rompía nunca un papel escrito por él, por lo cual tenemos como 50 tomos de su “Diario”) y puso en su lugar esas cartas ambiguas, dialécticas, impregnadas de una opaca desesperación y de una opaca esperanza al mismo tiempo.
La tentación es vencida: Dios tiene que dar la repetición, la Escritura no puede mentir. ¿En la otra vida? En esta vida. En la otra vida no tiene gracia, eso lo sabemos, para eso no hay que escribir el libro de Job. ¿En esta vida? ¿De qué manera? Yo no lo sé: Dios no puede fallar. Pero entonces desde hoy Ud. va a ser un hombre desesperado, ¡va a expresar lo imposible! – Sí: como Abraham.
Al fin de su vida K. reconoció la repetición. En el momento de la ruptura, Regina (que entre paréntesis era bastante fea) lo volvió poeta; no que no tuviera ya los dones nativos del poeta: Regina despertó esos dones. Y al fin de su vida lo volvió un santo, o digamos por lo menos un “justo”. (Yo le rezo a Suren Kirkegor). Y en el intermedio, ese amor lo sostuvo para elaborar una obra literaria portentosa; la cual inmortalizó a la misma Regina; lo cual a la Regina le importaba un bledo. O sea que Dios ni le quitó el amor a Regina ni se lo dio; pero ese amor lo hizo grande, en esta vida y en la otra. Esa fue la repetición, si quieren ver.
Constantino decía: “Una mujer no significa nada, hay montones de mujeres; y ninguna vale tanto como todo eso”…Kirkegor contestó humorísticamente a esto a fin de su vida diciendo: “Muchos hombres se han vuelto poetas por causa de una mujer, muchos hombres se han vuelto santos por causa de una mujer; pero no ha sido la mujer que han desposado, esa los ha vuelto buenos padres de familia y a lo mejor senadores del Reino, como el honorable senador Petersen. Ha sido la mujer que no han poseído— y que han amado: la mujer lejana e imposible como una estrella.”
Bien, eso por lo menos le pasó a él: nada impide que una esposa lo vuelva también poeta al senador Petersen, tanto mejor. Pero K. responde humorísticamente a Constantino Constancio—responde solamente con su experiencia, toda la que hay.
La exégesis del libro de Job y la doctrina de la “repetición” se incorpora a la filosofía de K. con unos alcances inesperados: el ve que la “repetición” de Job es lo que llamaron los filósofos griegos “reminiscencia” y el filósofo Hegel “la mediación”; pero que es también diferente, es una especie de milagro. [3] El libro de Job consta de dos partes: un relato legendario acerca de la prueba de Job por Satanás al principio, y al final la reduplicación de Dios, como ustedes saben; este relato es su verdadero fondo; y entremedio, un largo poema teológico (pues el autor del libro de Job es un gran poeta) acerca del problema del Mal y acerca de la existencia de su causa, el diablo.
La exégesis siempre se ha fijado en este poema teológico (ver por ejemplo el comentario de Paul Claudel) añadiendo a lo más la refutación de las ideas falsas de los amigos de Job, por ejemplo, que si uno sufre una gran desgracia es por ser culpable de algo feo por más que lo niegue; que los buenos no pueden sufrir agonías extraordinarias, porque hay Providencia; y que los malvados son siempre castigados en esta vida. Pero eso es poco: lo que resuelve todo en este tremendo problema y tremendo poema, es el final, la Repetición; y K. iluminó ese enigma. Es el mismo enigma del “Ciento por uno en esta vida” de Jesucristo; promesa que parece muchas veces no se cumple. En mí no se ha cumplido. Bah, se estará cumpliendo a lo mejor.
¿Es tan importante eso que vio K. para poder llamarlo gran exégeta? Bueno, por lo menos nadie lo vio y lo puso en limpio antes que él; y había ya veinte siglos de exégesis. ¿Qué es lo que vio? Vio que la vida de Job es el paradigma de la vida del justo en este mundo; donde nunca faltarán pruebas; y que cuando el justo es probado en forma atroz, como Abraham y Job, Dios quiere devolverle en esta vida los bienes que le quitó; aunque quizás en otra forma; porque tampoco a los siete hijos de Job que fueron aplastados Dios no los resucitó; le mandó tres hijas más, “famosas por su hermosura”, dice la Biblia. Y no puede fallar la Escritura. Fallamos nosotros; a muchos (como a mí) Dios no les devuelve el ciento por uno de los bienes dejados porque no los han dejado del todo. Lo que en este plano superior hace Dios, tiene que ser oculto, misterioso: “vere Deus absconditus es tic”, veramente un Dios oculto eres tú, dice el Profeta Daniel.
Probablemente no dejamos los bienes deste mundo del todo. Los dejamos como aquel labriego español que fue a la Iglesia y había en la puerta un gran cuadro del Purgatorio con horribles llamas, una bandeja y un letrerito: “Limosna para las ánimas. Un duro, indulgencia plenaria. Duro echado, ánima salida”. Y echó un duro diciendo: “por el alma de mi padre” y le preguntó al Sacristán: -¿Salió el alma? -Por supuesto, dijo el Sacristán. Agarró el duro y dijo: “¡Pues que no sea tonto de volver a meterse!”. He dicho.
[1] (Los curas luteranos son unos caníbales porque comen carne de sus semejantes, comen carne de profeta. Es decir, primero matan a los profetas; después les hacen grandes monumentos, como dijo Cristo; y se subsisten gracias al movimiento religioso que el profeta suscitó o conservó. El fariseo necesita del Santo; porque el Santo con su predicación y ejemplo le conserva la religión, de la cual él vive. “El justo vive de la fe”, dice San Pablo; sí, pero vive de la fe propia; el fariseo vive de la fe de los otros. El fariseo necesita del Santo; pero no vivo—porque cuando vive, ataca al farisaísmo—sino muerto y sepultado y puesto en el calendario).
[2] Como de los españoles dijo un gran español: Que son prestos a jugarse la vida; pero son perezosos a jugar una cosa que sea menos que la vida.
[3] Los franceses dicen: “Plus ¿ça change, plus c’est la même chose”, cuanto más cambia esto, más es la misma cosa. De la Repetición de Job habría que decir al revés: “cuanto más es la misma cosa, más diferente”.

