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EL ESTILO ORAL
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Los Libros Santos están en estilo oral—es decir han sido primero recitados y después transcriptos. Este es un descubrimiento muy importante para el estudio de la Escritura, hecho por el Padre Jesuita Marcel Jousse (mi maestro en París) en 1932, que hoy día ha penetrado lentamente en Alemania e Inglaterra, muy poco en Francia y casi nada en España.
Expondré en esta lección lo que no dije en la Introducción de mis Comentarios al Evangelio; es decir, el fundamento científico del estilo oral. Tomaré como apoyo una pregunta que me hizo un joven, vendedor librero:
– ¿Cómo escribió Jesucristo?
– Jesucristo no escribió.
– ¿Cómo tenemos entonces los Evangelios escritos?
– Transcriptos, más bien que escritos.
Y le informé que los Evangelios primeramente habían sido recitados.
– Entonces todo el Cristianismo queda en el aire—dijo él.
Vamos a dejarlo en el aire por un momento y después asentarlo de nuevo, explicando como surgieron los Evangelios con lo cual su autenticidad, en vez de quedar arruinada, como él decía, queda robustecida.
Cristo no escribió los Evangelios, ni tampoco los dictó a Mateo, Marcos y Lucas; no los dictó sino en un sentido muy especial. El primer Evangelio, el de Mateo, fue transcripto unos 7 años después de muerto Cristo; quizás un poco más, pero no más de 18 años; el último Evangelio, el de Juan, unos 40 o 50 años. ¿Y entretanto? Entratanso se trasmitieron por “tradición oral”.
-¿Quiere decir que los fueron aprendiendo de memoria unos de otros?
-En cierto sentido, sí.
-Pero eso es insegurísimo; realmente si la fe cristiana de que Cristo es Dios se basa en esos 4 folletos…
-En efecto, se basa en esos 4 folletos; no tenemos otros documentos sobre los dichos y hechos de Jesús de Nazareth. Pero no son insegurísimos: todo lo contrario.
¿Cómo han llegado a nosotros estos singulares folletos que han hecho tanto ruido y efecto en el mundo? ¿Cuál ha sido la forma de su composición? ¿Y cómo prueba Ud. todo eso? Marcel Jousse probó su descubrimiento en forma estrictamente científica en una “memoria” bastante dura de leer intitulada “El estilo oral rítmico y mnemotécnico en los pueblos verbomotores”.
Vamos a apurar más la objeción del joven librero con un ejemplo: supongamos que hoy se escribiera una vida de Hipólito Irigoyen por un autor que ni siquiera pone su apellido, firma Gabriel o Robustiano; en ella no hay referencia a ningún documento, todo son conversaciones de Irigoyen con el autor; en ella se narran algunos hechos de Irigoyen enteramente extraordinarios; pongamos que una vez hizo parar la lluvia con una palabra o paralizó con un grito a los soldados del General Uriburu.
Supongamos más: que todos los documentos acerca de Irigoyen hubiesen sido aniquilados, la fe de bautismo, el diploma de abogado, la colección del diario “La Época”; y de todos los diarios donde hay una mención de Irigoyen.
Supongamos más aun; no se ha escrito 7 años después de su muerte, sino 50 años; y todo el que lee ese libro está obligado a creer ese libro, a pagar un impuesto del 60% de todos sus bienes al partido Radical del Pueblo, y a morir por ese partido, si fuere necesario.
Esto es lo que aparece a los ojos del librero al considerar los Evangelios. Evidentemente ese libro sobre Irigoyen no podría ser creído, no tendría autoridad. ¿Y qué habría que pensar si medio mundo o más lo creyera? Que medio mundo o más se había vuelto loco. Así a aparecen a los ojos del librero los católicos.
Vive, como todos nosotros, en el mundo del estilo escrito; pero… ha existido otro mundo diferente, el mundo del estilo oral, del cual quedan rastros y muestras, incluso en la lengua de los niños, de los borrachos y de algunos locos; y también de los grandes oradores y los grandes poetas. Por medio de la ciencia—por medio de investigaciones científicas muy prolijas y cumplidas, podemos salir desde mundo al que estamos acostumbrados y trasladarnos por un momento al mundo palestino de hace 2.000 años, al mundo del Rabbí Jeshuª ben Nazaret, que pretendió el título que es su nombre, Salvador, “Jeshuª”.
Imaginemos estar en el cerro llamado “los cuernos de Hattim”, en una quiebra de las montañas que circundan el lago Genezareth, el año 31 o 32 de nuestra era. Hay un hombre vestido de blanco sobre uno de los dos “Cuernos” o mogotes roqueños, que puede ser visto por la muchedumbre situada al pie, en el “Valle de la Paloma”. El hombre tiene el lago a sus espaldas y las suaves colinas que lo rodean; a su frente la cumbre lejana y nevada del monte Hermón; a su izquierda Nazareth y el monte Tabor, a su derecha la ciudad de Bethsaida Julia.
Los que lo seguían estaban en grupos de pie, y sentados como podían, en las anfractuosidades de las peñas; podían ser 5000 hombre, quizás más quizás menos, pero no menos de 1000: “turba multda”, es decir, muchedumbre grande, venida de todas parte de Judea o de fuera de Judea. Vistas las fotografías que tenemos del lugar, es imposible a un hombre, aunque fuera un Esténtor, hacerse oír a gritos hasta la falta del mogote, como piensa José María Bover; y no hay otro lugar en toda Judea más propicio para hacerse oír que esta especie de púlpito natural. La pregunta: “¿Cómo predicaba Cristo a esas muchedumbres que nos describe el Evangelio?” Hasta hoy era una preguntad incontestada, era simplemente incomprensible. ¿Cómo predicaba? ¿A gritos? ¿Con altoparlante?
El hombre vestido de blanco con una vincha roja en las sienes sobre el turbante se puso de pie e hizo el signo de que comenzaba el “Sermón del Monte”, que decimos nosotros; en realidad, su Recitado-Improvisación-Oral”. “Abrió la boca” (άνόίξαν τα στόμα) dice el Evangelio; y si habló, naturalmente abrió la boca; pero esa expresión significa el signo convencional con que el recitador indicaba su comienzo, o pedía atención. Y pausadamente, moviéndose rítmicamente, dijo esta cantinela:
“Dichosos los que tienen alma de pobres
Porque dellos es la Malkûtha (el Reino)
Dichosos los sufrientes
Porque son ellos quienes serán consolados
Dichosos los dulces
Porque ellos heredarán tierras
Dichosos los hambrientos de justicia
Porque ellos serán saciados
Dichosos los piadosos
Porque ellos alcanzarán piedad
Dichosos los limpios de corazón
Porque son ellos los que verán a Dios
Dichosos los hijos de la paz
Porque serán llamados hijos de Dios
Dichosos los perseguidos por la causa del bien
Porque dellos será la Malkûtha (el Reino)
Dichosos seréis cuando os persigan
Y os calumnien
Digan las peores cosas mintiendo
Contra vosotros por mi causa
Alegráos y saltad de gozo entonces
Pues vuestro premio es grande en la Malkûtha
Porque igual hicieron con los profetas
De antes de vosotros.”
Son las ocho bienaventuranzas, la apertura u obertura del Sermón Montano. Los que las oyeras por primera vez—pues nosotros estamos aburridos de oírla—no necesitaron intérpretes, porque eran ellos los allí aludidos, los pobres, los dulces, los perseguidos: oyeran una especie de poemita sencillo que se abre y cierra con una misma palabra, la “Malkûtha”, palabra mágica para los hebreos: el Reino del Mesías; poemita en cuyo interior hay una especie de juego de palabras—“los hijos de la Paz / los hijos de Dios”—de repeticiones, de antítesis, un delicado ritmo y un delicado artificio que lo hacía sumamente fácil de retener de memoria.
Jesús se sentó de nuevo, y se levantaron los Doce y repitieron ante el Maestro al pie de la letra (al pie de la voz) el Recitado; y después, bajando de la cima, se repartieron entre los grupos; y entonces se levantaron uno o dos de cada grupo—los jefes del grupo—: repitieron ante los Apóstoles el recitado y se distribuyeron a su vez entre los otros grupos. Al poco rato el recitado estaba memorizado por centenares u centenares de oyentes. Esta era la “imprenta” de los antiguos pueblos de estilo oral.
Vueltos los Apóstoles, Jesús se levantó de nuevo y profirió otro recitado:
“Habéis oído que fue dicho a vuestros padres:
No matarás
Y el que mate será reo de pena capital.
Yo empero os digo
No insultarás…”
Etcétera: el recitado de la “Corrección de la Ley” o “Compleción de la Ley”, atravesado de arriba abajo por la palabra broche: “decir”: “fue dicho, yo digo, el que diga”…
Así se produjo el Sermón del Monte en un día entero o en varios días—el cual está resumido en el Evangelio de Mateo, puesto por escrito unos 8 o 9 años después. Los Apóstoles llevaban memorizados en sus cabezas—en sus músculos laringobucales—los Recitados del Maestro y los recitaban a los grupos de gentes que se lo pedía: era su oficio. Ese era el “Apostolado”—bien diferente de los “apostolados” de hoy día. Apóstol significa “enviado”; es decir, depositario de un mensaje inviolable y autorizado por el autor del mensaje.
¿Cómo se prueba que esto fue así?
Como les dije, hoy día existe todavía este sistema: aunque exista en forma imperfecta, juntando las diversas formas imperfectas se sacó en limpio el sistema completo, el cual fue una verdadera institución en todos los pueblos antes de la introducción de la escritura, el documento y el libro. La prueba experimental la hicieron los etnólogos, los exploradores, los misioneros, los lingüistas con muchísimos idiomas y lugares, cuyos testimonios juntó pacientemente el P. Jousse en su “Memoria”; pero la ciencia no quiere saber solamente los hechos sino principalmente el por qué; y entonces surgió una teoría genial acerca del Lenguaje humano, que Jousse bautizó “la psicología del gesto”.
Los idiomas de los hombres son el producto de una evolución de la expresión natural humana (la cual no es animal solamente, sino animal-intelectual), evolución que tiene tres estadios: el estilo manual, el estilo oral y el estilo escrito. Y el principio de esa evolución es el “gesto”.
¿Qué gesto?
El gesto tomado en su sentido más general.
Si estudian Filosofía en el Instituto Nacional del Profesorado, en Primer año les enseñarán el Origen del lenguaje en esta forma:
“Los Tradicionalistas, como el Conde de Maistre, pretenden que el lenguaje lo enseñó Dios a los hombres.
Los Positivistas enseñan que el lenguaje viene de una convención o convenio.
Max Müller dice que el lenguaje viene de una onomatopeia o imitación.
Los darwinistas dicen que el lenguaje es una transformación de los gritos y gruñidos bestiales de nuestros antepasados los monos…” Etcétera.
El lenguaje viene del Gesto. En el principio era el Gesto. Los gestos de la cara llamamos “muecas”, los gestos de la mano “ademanes”, los gestos de todo el cuerpo “actitudes”, y además existen gestos fónicos, de las cuerdas vocales, laringe, lengua, paladar y dientes, la “voz”. Llamamos a todo esto con el nombre general de “gesto”: etimológicamente la palabra tiene ese significado; de los verbos gésere y gestare: en latín se llama gesto a todo el comporte humano, incluso las facciones de la cara; en castellano antiguo a la cara llamaban “gesto”—hombre agestado, malgestado, biengestado…
Virginibus tiriis mos est gestare pharetram”
dice la Reina Dido en Virgilio, “Las muchachas tirias estamos hechas a gestar el carcaj”—a llevar el arco y la aljaba a la espalda.
En suma, “gesto” significa la cara y el ademán y la actitud y el movimiento y el porte—y por extensión también los “hechos” del hombre: gesta Dei per francos, los hechos de Dios por medio de los francos; “cantar de gesta”, canción de las hazañas; la gesta de la Independencia; gestación, gesticulación, gestionar, gerundio—la palabra ha ido ramificándose hasta llegar a “gerente”, el mánager de los ingleses, el que maneja con las manos.
Pero hay mucho más. Hay gestos internos que expresan nuestras emociones y son a la vez causa material o soporte dellas: echaba fuego por los ojos—la cara se le endureció—tiemblo de sólo pensarlo—los ojos se le reviraron—se me heló la sangre—se me puso la piel de gallina—se me aflojaron las piernas—se me pusieron los pelos de punta—se me derritieron las entrañas—se me hizo agua la boca—se me pudre la sangre—me castañetearon los dientes—se me nubló la vista—solamente el verlo me enferma—no lo puedo ver—me saltó el corazón de gozo—me da en el estómago—me revuelve las tripas—me quedé mudo—me dio un choque en todo el cuerpo… todos gestos internos.
“Me dio un choque en todo el cuerpo”. Si oigo un portazo imprevisto, o un tiro, se estremece todo mi cuerpo. ¿Está seguro Ud.? Está equivocado. Vibra todo el cuerpo lo mismo, pero tan tenuemente que no llega a la conciencia. Eso lo probó el psicólogo Feré por medio de la balanza de Mosso y lo había descubierto antes Maine de Biran. Toda sensación, por tenue que sea, es una vibración, es decir, un gesto. Se creía que la vista era una excepción, la visión parece estática, una cosa como un espejeo o una fotografía. No. El Dr. Nuel ha probado que la visión está calzada sobre delicadísimos movimientos musculares y nerviosos, un “haz de reflejos cerebrales”, que dicen hoy; pero no solamente cerebrales—también musculares. ¿Pensamos con el cerebro? No: pensamos con todo el cuerpo; y decimos que algunos piensan solamente con las patas—o con el estómago. “No hay una sola dracma del cuerpo del hombre que así como vive, no piense”. La gente ruda tiene una religión “somática”, es decir, no tener el sentimiento religioso sino por medio de movimientos, por ejemplo, andar de rodillas desde la puerta de la catedral de Catamarca hasta la imagen de la Virgen del Valle, cosa que algunos sacerdotes prohíben. El sentimiento religioso también tiene tres estadios, somático, psíquico y pneumático.
La psicología experimental ha venido a dar la razón a los antiguo que decían “la vida es movimiento”:vita in motu decía Aristóteles; es decir, es gesto. El placer, por ejemplo, es la conciencia de una dinamogenia armoniosa—el dolor es la conciencia de una dinamogenia inarmónica; y el lenguaje es una dinamogenia dirigida y significativa: algunas mujeres no pueden pensar sin hablar; y algunos varones también. Una especie de danza continua y maravillosa es lo que llamamos vida; y el tambor es el corazón. Por eso la danza es la primera de las bellas artes y de donde salieron todas las otras; y el origen del lenguaje es estadio manual rítmico e imitativo.
El gesto vital humano se compone de explosión energética, significación, imitación y ritmo. Si buscamos cómo se arregla el cuerpo para producidor movimientos, el método es siempre el mismo. Consiste en utilizar ciertas sustancias que se pueden llamar explosivas, y que, semejantes a la pólvora, no esperan sino una chispa para estallar. Hablo de los alimentos, especialmente de las substancias ternarias, hidratos de carbono (el azúcar principalmente) y grasas. Tenemos una suma de energía almacenada, presta a producir movimiento. Esta energía ha sido gradualmente, imperceptiblemente robada al sol por las plantas; y el animal que se nutre de una planta, o de otro animal que se ha nutrido de una planta (como cuando comemos gallina) hace simplemente pasar a su cuerpo un explosivo que la vida fabricó almacenando energía solar. Cuando hace un movimiento, libera la energía almacenada… Esto nos dice la química biológica. Esto es el cuerpo del gesto, lo que llamaremos “explosión energética”. El alma es su sentido o significación; y el hombre por su intelecto es capaz de percibir ese sentido; y así en vez de decir “tuve miedo”, dice “se me pusieron los pelos de punta”.
El hombre es capaz de más: es capaz de dar adrede un sentido a sus movimientos en orden a decir cosas; es decir, es apto a representar, a mimar. El hombre es el animal más imitador que existe, dice Aristóteles; y de allí—añade oscuramente—nació la poesía. Y todos sus gestos están sujetos a una ley absolutamente universal, que rige desde los movimientos de los astros hasta el latido del corazón, que llamamos el “ritmo”: que no podemos definir anoser con la palabra “medida”, una cierta medida, y el hombre es capaz de darse cuenta del ritmo y buscarlo apropósito, y de ahí nace otra vez la poesía, la música, el canto, y la danza que es combinación de las tres cosas (el pericón con relaciones) y después el estilo oral, que también es combinación de las tres cosas. De modo que, científicamente, los movimientos expresivos del hombre (y todos lo son en algún modo) o sea sus “gestos”, constan de 4 elementos, dos esenciales, el cuerpo y el alma, explosión energética y sentido; y dos propiedades, el ritmo, propiedad del cuerpo, la mímesis, propiedad del alma.
Primero, teóricamente, fue el estilo manual y corporal; digo teóricamente porque la fonación, el gesto fónico, existió siempre al mismo tiempo, y nunca existió el estilo manual puro, anoser en los sordomudos. Pertenece a la prehistoria del lenguaje, no existe más, aunque existen sus rastros por todas partes. De hecho existen tribus de pieles rojas (el P. Jousse viajó a Norteamérica a estudiarlas) que no pueden hablar de noche si no encienden una hoguera: su lengua se compone de una mistura de ademanes y de sonidos; y estoy por pensar que a los napolitanos y a los judíos les pasa lo mismos. Pero, ¿para qué ir tan lejos? ¿No han visto a una orador, Mussolini, el P. Golía, el dominico alemán Gozzano? La fuerza extraordinaria de su palabra, esa especie de magia o magnetismo, viene de que el cuerpo la acompaña en todo, como si fuese una sola cosa, como de es, o debería ser; es la expresión completa, conocimiento y emoción a la vez. El gran orador danza su discurso. Mussolini se movía poco, pero se movía como un león. Hitler en cambio bailaba literalmente, parecía italiano. El mal orador, el orador de estilo escrito, mueve los brazos o la cabeza al rumbo, sus gestos nos más que descargas de nerviosidad sobrante y sus palabras no encarnan en esos movimientos monótonos, tiesos, envarados, a veces ridículos. Vi a un “gran predicador” en Mendoza que para notar su sermón estaba bien hecho había que cerrar los ojos.
Los niños son un manojo de gestos naturales, que hay que encauzar y no reprimir demasiado; los malos educadores los reprimen demasiado.
“¿Qué es eso de llorar? Los hombres no lloran.”
“¿Te vas a quedar quieta en la mesa de una vez?”
“Ay, la Mónica se porta bien, se porta como una señorita.”
“Por favor, Quico, no señales con el dedo a las personas.”
“Carlitos, no rías tan fuerte.”
“Fernando, no es necesario saltar para decir que estás contento con la bicicleta.”
“Susana, no corras desa manera, ya sos grande, te digo.”
“Lucía, no abraces a nadie en la calle, ya no tenés 7 años.”
Reprimir los gestos es bueno, pues la manera de reprimir las emociones, que forman una cosa con ellas, son los gestos internos que producen los externos; y eso lleva al dominio propio; pero ojo, no demasiado ni antes de tiempo. Nuestra educación toma al niño y lo zambulla en el estilo escrito, leer y escribir; y leer ¡qué cosas, Dios mío! El libro: yo no voy a hablar contra el libro, sería arruinar mi negocio, yo hago libros; pero el libro no es todo; y antes que el libro hay otras cosas. Los deportes: son muy buenos, pero es poco; mucho mejor para encauzar los gestos del niño son el juego, el canto, la danza, el trabajo manual y la mímesis pura o representación teatral; que tenían las buenas escuelas antiguas: en el Colegio de Stonyhurst (que visité en 1933) los muchachos estudian latín y griego, pero representan a Shakespeare continuamente (y hay un profesor encargado exclusivamente del teatro) y cada uno tiene que aprender un oficio manual.
Dejando las aplicaciones pedagógicas de la psicología del gesto (que desenvolví en otra conferencia) volvamos a nuestro tema, la exégesis. Los Apóstoles, en posesión de los discursos del Maestro, compusieron en el mismo estilo otros recitados con sus hechos, sus milagros, su Pasión y Muerte. ¿En dónde? Probablemente en el Cenáculo, donde estuvieron la Virgen encerrados 40 días. Es revelador que los Santos Padres primitivos llaman al Evangelio “La Catequesis Apostólica”. San Pedro se levantaba durante la Cena (que es hoy nuestra “misa”) antes de la Comunión y recitaba un trozo de la vida del Maestro, el que le pedían. Su intérprete o “methurgemán” Marcos, lo traducía al griego o al latín. Los fieles de roma, gentes de estilo escrito, pidieron a Marcos pusiese por escrito la predicaicón de Pedro; a San Pedro no le hizo mucha gracia, pero no lo prohibió—dice el historiador Eusebio. Así surgió el año 55 (o sea 22 años después de muerto Cristo) nuestro “Evangelio según San Marcos”, que es en realidad la predicación de San Pedro.
Pongamos por ejemplo el Evangelio del Domingo próximo:
-A-
“Y atravesó Jesús en la barca
y andaban con Él turba copiosa
y he aquí un hombre se llegó
y él era Jefe de la Sinagoga.
-B-
Y vio a Jesús
y cayó a sus pies
y gritó hacia Él
y le dijo:
Rabbí, mi hija se muere
Pero ven a mi casa.
Pon tu mano sobre ella
Y sanará y vivirá
-A-
Y se levantó Jesús
y andaba con Él turba copiosa
y he aquí una mujer
que sufría flujo de sangre
-B-
Y oyó a Jesús
y se aproximó por detrás
y tocó su vestido
y se dijo:
Si almenos toco su vestido
seré curada
Y enseguida cesó el flujo de sangre
y fue curada.
Nuestros Evangelios en griego conservan por todas partes trazas del estilo oral; basta traducir una perícopa al arameo, como ha hecho el P. Jousse, para que aparezca el original poemita de los pueblos verbomotores en toda su pureza; y se pueden estudiar todas sus ingeniosas leyes: el gesto proposicional, el paralelismo o repetición del primer gesto en forma de eco, la palabra-broche, los pares de palabras antitéticas, la división en pequeñas estrofas, etc…
Este descubrimiento del “estilo oral” ha traído mucho luz a la exégesis; ha disuelto cantidad de dificultades. Premítanme poner algún ejemplo:
1º) “Los rasgos superfluos” de Maldonado. En la parábola del Convite dice el Rey convidador: “La becerra gorda está muerta, los pollos están adobados”. Los Padres antiguos creían las parábolas eran “alegorías” (no son sino símbolos) querían interpretar todos los rasgos de la narración y se lanzaban por el mar de la imaginación hasta lo estrafalario; por ejemplo, “la becerra gorda significa la Jerarquía, los pollos adobados significa los fieles”. Juan de Maldonado en el s. XVI vio que eso que no andaba y dijo: “Son rasgos ornamentales, rasgos superfluos que no significan nada”—es decir, “ripios”, como si Cristo fuese un mal poeta. No. Es simplemente un clisé de estilo oral, como la cola del perro de Tobías; y dentro del símbolo del Convite significa muy convenientemente: “Mi convite no puede postergarse”. (Sobre esto, la alegoría y el símbolo, veremos más en la conferencia próxima).
2º) En su “Sermón Esjatológico” Cristo dijo: “En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto sea hecho”. Los impíos modernos levantaron una seria dificultad contra Cristo, tanto que se formó una escuela racionalista llamada “escuela esjatológica”, fundada por Julio Wellhausen en 1860 y cuyo jefe actual es ese suizo alsaciano Sweitzer a quien tanto bombo tocan los diarios; la cual sostiene que Cristo erró, que creyó el fin del mundo vendría antes de 40 años; y por tanto, que Cristo era tan hijo de Dios y tan profeta como ustedes y yo—o menos. No. A Cristo le preguntaron dos cosas a la vez, el fin del siglo y la destrucción de Jerusalén; y Cristo respondió las dos a la vez, como hacían todos los nabíes y recitadores—doctores—profetas de estilo oral; es decir, describió a la vez el typo y el antitypo, un suceso próximo y otro remoto.
3º) La Virgen Santísima, al ser saludada por su prima Isabel como Madre del Mesías, prorrumpe en un himno que llamamos el Magníficat:
Mi alma magnifica al Señor
y mi espíritu se alegra en Dios mi Salud-dador (Mi Jesús)
Desde himno que tiene 9 gesto proposicionales dobles, los alemanes sacaron una objeción contra la autencía del Evangelio de Lucas—es decir, de San Pablo: era una invención, una creación literaria: porque es imposible que una muchacha de 14 o 15 años haya podido improvisar de golpe un poemita tan admirable, donde hay 11 o 14 alusiones al Antiguo Testamento. Pero resulta que eso no es ningún imposible para una muchacha de estilo oral que se ha educado en el Templo de Jerusalén. El santo mártir de Foucauld, que vivió como ermitaño entre los beduinos y fue martirizado por ellos, halló que una mujer árabe pobre, de la tribu de imrad, recibió una limosna de un oficial francés, y le agradeció improvisando un himno lleno de clisés de los poetas árabes, de los recitados aprendidos desde chica:
Salgo de mi tienda antes de la plegaria
Una marcha llena de preocupaciones
He dejado allá a Tekadeit y a Lilli
Hambrientos, extenuados, llorando.
Las langostas son la muerte de los pobres
encontré al capitán que se apiadó de mí.
Es un hombre que se esfuerza por el bien
es valeroso en la guerra, es bienhechor
Tiene los gritos de gozo de las mujeres
tiene méritos delante Dios.
Su desafío nadie lo levanta
A todos los paganos él, los puede.
Y así otras muchas dificultades. Pero el principal servicio que prestó el descubrimiento del P. Jousse a la exégesis es haber liquidado para siempre la famosa “cuestión sinóptica”, que era un embrollo interminable (y todavía siguen enseñando en el Seminario) y haber corroborado también para siempre la autencía de los Cuatro Evangelios y los escritos (o recitados) apostólicos.
En resumen, Cristo “predicó”, es decir, recitó en el antiguo estilo oral rítmico y mnemotécnico usual entonces en Palestina: depositó su mensaje en una cantidad de “imprentas vivientes” controladas celosamente unas por otras. Este estilo oral tiene las siguientes características:
La Primera. No es poesía: aunque a veces muy hermoso, más que la actual poesía (por lo menos la que sale en el Suplemento de “La Nación”) su fin primordial no es estético sino mnemotécnico; producir composiciones que puedan fácilmente ser retenidas por el pueblo, y así conservar (sin imprentas ni pergaminos) los grandes monumentos religiosos, históricos y legislativos de un pueblo.
La Segunda. Esas composiciones no se hacen con palabras sueltas sino con frases hechas, o clisés orales, que son la unidad primordial de todas las lenguas; las cuales se componen no de las palabras sueltas de nuestros diccionarios sino de frases; y por eso existe en ellas una cosa llamada “sintaxis”; la ley del armado de la frase.
La Tercera. Existe en esos pueblos la institución llamada “nabbis” (o profetas, en Israel) de quienes fueron pálido reflejo nuestros “payadores”, que tienen por oficio conservar y transmitir esos recitados; y también crearlos, improvisarlos; entonces se llaman “rabbis” o sea Maestros—como el Rábbi Jeshouª ben Nazareth, que no fue un mendigo sino que tuvo ese honorable e importante oficio: aunque recitaba gratis y vivía de limosna.
La Cuarta. Los “nabbis” no cambian una palabra de los recitados de un Maestro; les estaba prohibidísimo.
La Quinta. Dese modo, los recitados se conservan intacto incluso durante siglos enteros, como ha sido probado experimentalmente; y cuando son puesto por escrito es simplemente para controlar a los recitadores; así el tirano Pisístrato mandó escribir las rapsodias de Homero, cuando se vio que los rapsodas o recitadores empezaban a divergir levemente entre sí.
He aquí la respuesta a mi librero: “¿Cómo escribió Cristo?” Cristo usó para transmitir su doctrina (su Revelación) de un instrumento aun más seguro que si hubiese escrito un libro, mandándolo a la imprenta, y corregido las pruebas. Si abren la antología de mis libros que ha hecho la Comisión Nacional de Cultura se encontrarán con enormes erratas que me hacen decir lo que jamás dije ni pensé. Los libros mueren o al menos envejecen; muchísimos libros del tiempo de Cristo han desaparecido. La trasmisión oral rítmico mnemotécnica vive; y da secuela a innumerables libros. Los sacerdotes que saben las lenguas muertas tienen por misión revivir ante los fieles las palabras de Cristo en el idioma actual.
Así se produjeron “los Vedas” de los hindúes; el “Alkorán” de los musulmanes; y hasta la “Chanson de Roland” y el “Poema del Myo Cid” en el Medioevo; y eminentemente, los Cuatro Evangelios de Jesucristo.
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