que por vosotros se hizo pobre, siendo rico,
para que vosotros por su pobreza
os enriquezcáis.
(II Cor. VIII:9)
¡Helás! esto no se puede negar. Y con todo, si es así, que el Hijo de Dios bajó del cielo, dejó de lado Su gloria, se sometió al punto de ser despreciado y tratado cruelmente, resultando condenado a muerte por Sus propias creaturas—por aquellos que Él había hecho, y a quiénes Él había preservado hasta ese día, y que incluso entonces los sostenía en su vida y existencia misma—¿es razonable que un acontecimiento tan notable no nos conmueva? ¿No se cae de maduro que debemos estar en una condición decididamente irreligiosa, si no sentimos un poco de gratitud, un poco de simpatía, un poco de amor, que nos estremezcamos un poco, nos reprochemos un poco, veamos un poco lo bajo que somos, sintamos un poco de arrepentimiento, un poco de deseo de enmienda, como consecuencia de lo que Él ha hecho y padecido por nosotros? O más bien, ¿acaso un Benefactor tan grande no puede exigir de nosotros una gratitud desbordante, una extrema simpatía, ferviente amor, profundo temor, amargo reproche, profundo arrepentimiento, apasionados deseos y añoranza por tener un corazón nuevo? ¿Quién podría negarlo? ¿Y por qué, mis hermanos, no es así? ¿Por qué las cosas nuestras son como son? ¡Helás! Con gran dolor del alma estoy en condiciones de anticipar que el tiempo seguirá su curso, y la semana de Pasión, el Viernes Santo y la Pascua pasarán de largo, y luego las semanas que siguen, y muchos de ustedes estarán exactamente donde estaban—ni por pienso más cerca del Cielo, en vuestras vidas y corazones, ni un milímetro más cerca de Cristo, sin impresión duradera alguna por el pensamiento de Sus mercedes y vuestros pecados y deméritos.
Pero, ¿por qué pasa esto? ¿Por qué comprendemos tan poco el Evangelio de nuestra salvación? ¿Por qué nuestros ojos son tan débiles, y nuestros oídos tan duros para entender? ¿Por qué tenemos tan poca fe? ¿Tan poco del cielo en los corazones? Por esta única razón, mis hermanos, si se me permite explicarme en una sola palabra: porque meditamos tan poco. Si uno no medita, naturalmente no queda impresionado.
¿Qué es meditar sobre Cristo? Se trata sencillamente de esto, pensar habitual y constantemente sobre Él, sobre su vida y sus sufrimientos. Es tenerlo presente como Uno al que podemos contemplar, adorar y dirigirnos a Él cuando nos levantamos a la mañana, cuando nos acostamos, cuando comemos y cuando bebemos, cuando estamos en casa o en el extranjero, cuando trabajamos, o caminamos, o descansamos, cuando estamos solos, y también cuando estamos en compañía; esto es meditar. Y mediante esto, y de ningún otro modo, nuestros corazones llegarán a sentir como debieran. Tenemos corazones de piedra, corazones duros como los adoquines de nuestras calles; la historia de Cristo no nos impresiona. Y con todo, si hemos de ser salvados, tenemos que adquirir corazones tiernos, sensibles, vivos; nuestros corazones tienen que resultar rotos, deben ser roturados como la tierra, y cavados, y regados, y arados, y cultivados, hasta que se conviertan en jardines, jardines del Edén, aceptables a los ojos de nuestro Dios, jardines en los que el Dios Altísimo pueda caminar y morar; lleno, no de zarzas y espinas, sino de plantas aromáticas de dulces perfumes, con árboles y flores celestiales. El árido y yermo desierto debe hacer brotar manantiales de agua viva. Si nos hemos de salvar, antes deben cambiar nuestros corazones; en una palabra, hemos de adquirir lo que no tenemos por naturaleza: fe y amor; ¿y cómo se logrará esto, con la gracia de Dios, sino es mediante la reverente y frecuente meditación a lo largo del día?
San Pedro describe lo que quiero decir, cuando dice, hablando de Cristo, “Al que amáis sin haberlo visto: en quien, no viéndolo ahora, pero sí creyendo, os regocijáis con gozo inefable y gloriosísimo” (I Pet. I:8).
Cristo se ha ido; no se lo ve; nunca lo hemos visto, sólo leemos y oímos hablar de Él. Es un dicho antiguo, “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Ténganlo por seguro, así será, así ha de ser, en lo que concierne a nuestro bendito Salvador, a menos que nos esforcemos continuamente durante el día en pensar sobre Él, su amor, sus preceptos, sus dones y sus promesas. Hemos de hacer esfuerzos de memoria para recordar lo que leemos en los Evangelios y en los Libros Santos acerca de Él; hemos de traer a la memoria lo que hemos oído en la iglesia; hemos de rezarle a Dios para que nos permita recordarlo, para que nos bendiga cuando lo hacemos, y que nos obligue a hacerlo con un espíritu sencillo, sincero y reverente. En una palabra, hemos de meditar, pues todo esto es meditación; y aun el más iletrado de los hombres puede hacerlo, y lo hará si quiere.
Ahora bien, sobre tal meditación, o pensamientos sobre los hechos y padecimientos de Cristo, diré dos cosas; la primera, que sería por demás obvio, excepto que, si no lo dijera, parecería que lo he olvidado, siendo que lo doy por sentado. Es esto: que al principio tal meditación en modo alguno resulta agradable. Lo sé; la gente lo encontrará al principio ejercicio harto tedioso y sus mentes se deslizarán muy aliviadas hacia otros tópicos. Es verdad: pero considerad, si Cristo pensó que vuestra salvación valía el gran sacrificio de padecimientos voluntarios, ¿no deberíais pensar (cosa que les incumbe directamente) que vuestra propia salvación vale el pequeño sacrificio de aprender a meditar sobre aquellos padecimientos? ¿Se les puede pedir menos que eso, después que Él hizo la obra—sólo que creamos en ella y la aceptemos?
Y mi segunda observación es la siguiente: que aquella meditación será capaz de ablandar nuestros endurecidos corazones muy de a poco, hasta que por fin la historia de las tribulaciones y penas de Cristo llegue a conmovernos de veras. No se hará la cosa pensando sobre Cristo una o dos veces. Se trata de perseverar silenciosa y constantemente, teniendo pensamientos sobre Él ante la vista, y así poco a poco adquiriremos algo de calor, de luz, de vida y de amor. No nos daremos cuenta de que estamos siendo cambiados. Será como el brote de las hojas en primavera. Uno no las ve crecer; y por mucho que nos fijemos, no detectamos su crecimiento. Pero cada día, a medida que pasa, les ha hecho algo; y uno puede quizá decir, cada mañana, que están más adelantadas que ayer. Así es con nuestras almas; por cierto que no cada mañana, pero en ciertos períodos podemos constatar que estamos más vivos y religiosos que antes, bien que en el intervalo no tomamos conciencia de que progresábamos.
¿Y bien? A modo de ejemplo, diré unas pocas palabras sobre la voluntaria humillación de Cristo, como para sugerirles algunas ideas, que en verdad, debieran tener presente en todo tiempo, pero muy especialmente en este tiempo santísimo del año; pensamientos que en alguna pobre medida (quiera Dios) los preparará para el día en que verán a Cristo en el Cielo, y, en el entretanto, los preparará para verlo en su Fiesta Pascual. La Pascua ocurre sólo una vez al año; es corta, como cualquier otro día. ¡Oh, que podamos aprovecharnos mucho de ella, que le saquemos el máximo provecho, que la podamos disfrutar! ¡Oh, que no pase como cualquier otro día, sin dejarnos ninguna fragancia para recordarla luego!
Venid, pues, mis hermanos, en este tiempo, antes de que comparezcan aquellos solemnes días, y pasemos revista a algunas de las privaciones del Hijo de Dios hecho hombre, lo que debería ser la materia de vuestra meditación durante estas santas semanas.
Y principalmente, pareciera que Él le habla a los pobres. Vino en pobreza. En el texto de hoy, San Pablo dice: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo que por vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros por su pobreza os enriquezcáis.” Que los pobres no vayan a suponer que sus tribulaciones son de su exclusiva pertenencia, y que nunca ningún otro las padeció. El Altísimo Dios, Dios el Hijo, que había reinado con el Padre desde toda la eternidad, supremamente bendito, Él, incluso Él, se convirtió en un hombre pobre, y sufrió los rigores de los pobres. ¿Cuáles eran esos rigores? Supongo tales como los que siguen—que tienen alojamientos deficientes, mala ropa, que no comen lo suficiente, o su alimentación es mala, que disponen de pocos placeres y diversiones, que son despreciados, que dependen de otros para mantenerse, y que carecen de perspectivas para el futuro. Ahora bien, ¿cómo fue el caso con Cristo, el Hijo del Dios Viviente? ¿Dónde nació? En un establo. Supongo que no muchos sufrieron indignidad tan señalada; nacido, no en un ambiente apacible y confortable, sino en medio del bruto ganado; ¿y cuál fue su primera cuna, si así se puede llamar? Un pesebre. Así fueron los comienzos de su vida terrena; ni tampoco mejoró su condición a medida que crecía. En una oportunidad dice, “Las raposas tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; mas el Hijo del hombre no tiende dónde reclinar su cabeza”. No tenía casa. Era, cuando empezó a predicar, lo que ahora llamaríamos despectivamente un vagabundo. Hay personas que se ven obligadas a dormir donde pueden; así, en buena medida, parece haber sido con nuestro bendito Señor. Oímos que Marta era hospitalaria con Él, y de otros; pero, aunque poco se nos dice sobre el particular, pareciera por lo que sí se nos dice, que vivió una vida más dura que cualquier paisano de pueblo. Durante cuarenta días estuvo en el desierto: ¿dónde piensan que durmió entonces? En cuevas de roca; ¿y quiénes le hacían compañía? Peores compañeros que entre los que nació. Nació en una cueva; pero por lo menos, cuando nació, las bestias que lo rodeaban, el buey y el burro, eran mansos. Pero durante los cuarenta días de tentación estaba “con las bestias salvajes”. Esas cuevas en el desierto están llenas de creaturas feroces y venenosas. Allí durmió Cristo; e indudablemente, no fuera por el invisible brazo del Padre y Su propia santidad, habrían caído sobre Él.
Más todavía, el frío es otro rigor que nos afecta. También Cristo soportó esto. Permanecía noches enteras en las montañas. Se levantaba antes del alba y buscaba lugares solitarios para rezar. De noche andaba sobre el mar.
El calor es un padecimiento que no nos aflige mucho en nuestro país, pero resulta muy formidable en las regiones orientales, donde vivió nuestro Salvador. Cuando el sol está alto, los hombres permanecen en sus casas, no sea que les haga daño; con todo leemos de Él que un mediodía estaba sentado en el pozo de Jacob, cansado como estaba de su viaje.
Observen también esto, a lo que ya me he referido. Durante su ministerio andaba constantemente de viaje, y eso a pie. Una vez anduvo montado para entrar a Jerusalén, para cumplir una profecía.
Nuevamente, soportó hambre y sed. Cuando en el pozo tenía sed y le pidió a la Samaritana que le diera agua para beber. Tenía hambre cuando ayunó durante cuarenta días en el desierto. En otro tiempo, cuando se hallaba activamente dispensando obras de misericordia, Él y Sus discípulos no tenían siquiera tiempo de comer pan (Mc. VI:31). Y en verdad, andando de aquí para allá como lo hacía, pocas veces podría haber dado por descontado que ese día comería. ¿Y con qué clase de comida se alimentaba? Anduvo mucho en la vecindad de un mar interno o lago, llamado el mar de Genesaret o Tiberíades, y Él y Sus Apóstoles vivían de pan y pescado; una dieta exigua como la de los pobres hoy en día, o quizá más exigua aun. Oímos, en una ocasión famosa, de cinco panes de centeno y dos pequeños peces. Después de Su resurrección proveyó para su Apóstoles: “brasas puestas, un pescado encima, y pan” (Jn. XXI:9). Da la impresión de que era el régimen habitual.
Y a pesar de estas penurias, merece atención el hecho de que a pesar de todo Él y los Suyos tenían la costumbre de darle algo a los pobres. Ni siquiera se permitían aprovecharse al máximo de lo poco que tenían. Cuando el traidor Judas se levantó y salió para traicionarlo, y Jesús les habló, algunos de los Apóstoles creyeron que le estaba dando instrucciones para repartir limosna entre los pobres; y eso ilustra Su práctica.
Y era, como apenas si hace falta agregar, bastante dependiente de otros. A veces lo agasajaron algunos ricos. A veces, como he dicho, personas piadosas les proveían del propio sustento (Lc. VIII:3). Vivió, en sus propias santas palabras, como los cuervos, que Dios alimenta, o como los lirios del campo, que Dios viste.
¿Hará falta que agregue que disponía de pocos placeres, escasas recreaciones? No parece muy apropiado hablar de semejante cosa en el caso de Uno que vino de Dios y que tenía ideas y modos distintos a los nuestros. Con todo, hay placeres inocentes que Dios nos ha dado para compensar las penas de la vida; nuestro Señor se vio expuesto a las penas y bien podría haberse aprovechado de sus compensaciones. Pero se abstuvo. Se ha observado que nunca se refieren a Él como alegre o divertido; a menudo leemos de Él que gemía, se quejaba y lloraba. Era un “varón de dolores, familiarizado con la tribulación”.
Pasemos entonces a otros padecimientos más notables con que se cargó cuando quiso ser pobre. Incluso durante su infancia, María tuvo que huir con Él a Egipto para evitar que Herodes lo matara. Cuando regresó, no era seguro permanecer en Judea, y fue criado en Nazareth, un lugar de mala reputación, donde había estado la Santísima Virgen cuando vino a ella el ángel Gabriel. No necesito decir cómo fue despreciado y perseguido por los fariseos y sacerdotes cuando empezó a predicar, ni cómo otra vez tuvo que huir para salvar la vida que ellos estaban empeñados en tomar.
Otro gran sufrimiento que Nuestro Señor no se evitó fue el que damos en llamar luto, la suspensión del trato con familiares o amigos por razón de su fallecimiento. En verdad, esto no le resultó fácil a quién sólo le quedaba un solo pariente próximo, y tan pocos amigos; pero aun así también padeció esta aflicción por nosotros. Lázaro era su amigo, y lo perdió. Por cierto que sabía que podía resucitarlo, como que lo hizo. Y con todo lamentó amargamente su muerte, por la razón que sea, de tal modo que los judíos se dijeron, “Mirad cómo lo amaba”. Pero un despojo más grande y verdadero, en la medida en que nos animemos a hablar de eso, fue el acto original de humillación en sí mismo que constituyó el hecho de que dejó su gloria celestial para venir a este mundo. Por supuesto que para nosotros este es un misterio insondable de cabo a rabo; y sin embargo se aviene a hablar, a través de Su Apóstol, de un “vaciarse” de Su gloria; de tal manera que sería dable concebir la Encarnación y considerarla reverentemente como un despojo indecible y admirable al que quiso someterse, permaneciendo por un tiempo, como si dijéramos, desheredado, y hecho a imagen de la carne pecadora.
Pero todo estos no son sino el principio de las penas que le estaban reservadas; para verlas en su plenitud hemos de considerar Su pasión. En la angustia que entonces soportó, vemos todas sus otras penurias como concentradas y excedidas; aunque de eso diré poco ahora, cuando su “hora aún no ha llegado”.
Pero sí observaré esto; primero, que resulta admirable y terrible el desbordante miedo que lo inundó frente a las tribulaciones que le esperaban. Esto muestra cuán grandes eran; aunque todo esto parece irrelevante, como si Él hubiese decretado que tenía que pasar por todas las tribulaciones por nosotros, y, entre otras, la prueba del temor. Dice: “Ahora mi alma está turbada: ¿y qué diré? ¿Padre, presérvame de esta hora? ¡Si precisamente para eso he llegado a esta hora!” (Jn. XII:27). Y cuando esa hora llegó, este terror le dio forma al comienzo de sus padecimientos causándole la agonía y el sudor de sangre. Rezó: “Padre mío, si es posible, pase este cáliz lejos de Mí; mas no como Yo quiero, sino como Tú” (Mt. XXVI:39). Y San Lucas agrega: “Y entrando en agonía, oraba sin cesar. Y su sudor fue como gotas de sangre, que caían sobre la tierra” (Lc. XXII:44).
Por lo demás, fue traicionado hasta la muerte por uno de sus amigos. ¡Ése sí que fue un golpe duro! Ya sentía bastante soledad sin esto: pero en su última prueba, uno de los doce Apóstoles, su amigo, lo traicionó, y los demás lo dejaron y huyeron; aunque luego San Pedro y San Juan cobraron un poco de valor y lo siguieron. Mas pronto el propio San Pedro incurrió en un pecado peor, negándolo tres veces. Cuánto afecto sintió por ellos, y cómo se les acercó con un movimiento natural del corazón a medida que se acercaba su prueba, aunque lo desilusionaron, se deduce a las claras de las palabras que les dirigió en la Última Cena: “Les dijo, de todo corazón he deseado comer esta pascua con vosotros antes de sufrir” (Lc. XXII:15).
Poco después de esto, comenzaron sus padecimientos; y tanto en alma como en cuerpo este Santo y Bendito Salvador, el Hijo de Dios y Señor de la vida, fue entregado a la malicia del gran enemigo de Dios y del hombre. Job fue entregado a Satán en el Antiguo Testamento, pero dentro de ciertos límites establecidos; en primer lugar no se le permitió al Maligno ponerle la mano encima, y más tarde, aunque sí herirlo, no quitarle la vida. Pero Satán tenía poder para triunfar, o lo que él creía que era triunfar, sobre la vida de Cristo, y por eso Él confiesa a sus perseguidores, “Esta es vuestra hora, y del poder de las tinieblas”. Su cabeza fue coronada y desgarrada con espinas, y magullada a fuerza de garrotes; su rostro fue ensuciado con salivazos; sus hombros fueron doblados bajo el peso de la pesada cruz; su espalda fue desgarrada y cortada a latigazos; sus manos y sus pies taladrados con clavos; su costado, a modo de injuria, herida con una lanza; su boca reseca con sed intolerable; y su alma tan entenebrecida que exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt. XXVII:46). Y así colgó de la cruz durante seis horas, su cuerpo entero una llaga viva, expuesto casi desnudo a los ojos de los hombres, “sin hacer caso de la ignominia” (Hebreos, XII:2), vituperado, objeto de befa y maldecido por todos los que lo vieron. Por cierto que no hay ningún otro a quien se le puedan aplicar las palabras del Profeta al pie de la letra: “¿Oh vosotros todos los que pasáis por el camino, mirad y ved, si hay dolor como el dolor que me hiere! Pues Yahvé me ha afligido en el día de su ardiente ira” (Lam. I:12).
¡Qué mal se comparan nuestras penas con estas! ¡Cuán poca cosa es nuestro dolor, nuestras tribulaciones, nuestras persecuciones, comparados con estas a las que Cristo voluntariamente se sometió por nosotros! Si Él, que no tenía pecado, se sometió a esto, ¿qué tiene de admirable que nosotros los pecadores tengamos que soportar, si a mano viene, una centésima parte de tales cosas? ¡Cuán bajos y miserables somos, al comprenderlas tan poco, al impresionarnos tan poco con ellas! ¡Helás! si sintiéramos como debiésemos, por supuesto que en tiempos tales como los que se aproximan, estos serían motivo de pena mucho peor que la que podría provocarnos la muerte de un amigo, o su dolorosa enfermedad. En tales tiempos seríamos incapaces de experimentar placer en este mundo; habríamos perdido la capacidad de disfrutar de las cosas de la tierra; habríamos perdido el apetito, y nos habríamos sentido enfermos del corazón, y sólo por deber comeríamos, y beberíamos y cumpliríamos con nuestro trabajo. El Santo Tiempo en el que estamos a punto de ingresar sería una semana de duelo, como cuando hay un cuerpo muerto en la casa. En verdad, no podemos sentirnos así con sólo desearlo o creer que así debiese ser. No podemos obligarnos a sentirnos así. No exhorto a este hombre o a este otro a que así se sienta, pues no está en su mano. No podemos suscitar en nosotros sentimientos parecidos; y si podemos, sería mejor que no lo intentáramos, pues sería cosa de artificio y la afectación es siempre mala. Los sentimientos profundos no son sino concomitantes naturales y necesarios de un corazón santo. Pero aunque no podemos con nuestra voluntad sentir de esta manera, y de buenas a primeras, sí podemos emprender el camino que allí conduce. Podemos crecer en gracia hasta sentir así. Y mientras tanto, podemos observar una abstinencia exterior de los placeres inocentes y pequeños consuelos de la vida que nos preparan para sentir así. Podemos meditar sobre los sufrimientos de Cristo; y mediante esta meditación, gradualmente, a medida que pasa el tiempo, seremos conducidos a sentirlos profundamente. Podemos pedirle a Dios que haga por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos, que nos haga sentir; suplicarle que nos de un espíritu de gratitud, de amor, de reverencia, de humildad, de temor de Dios, de arrepentimiento, de santidad y una fe viva.


Es muy bella y clara la exposición que hace el Cardenal Newman al recordarnos como debería ser nuestra actitud frente al sacrificio ofrecido por Nuestro Señor en su agonía salvadora para la humanidad, pero más que todo en nuestro tiempo a las personas pareciese que esa exhortación a la meditación del sacrificio de Jesús está aún más alejada de nuestras mentes. Hay una explicación para ello y es que en los religiosos y fieles se han perdido dos conceptos que son claves y determinantes; ¿cuales son?
1º. El Santo temor a Dios
2º. La existencia del infierno.
No soy teólogo pero deposito mi confianza en las revelaciones que nos ha hecho Nuestra Madre Santísima en sus apariciones en las cuales ella se ha referido muy expresamente que estos olvidos son la causa predominante en la actual indiferencia en los que nos llamamos católicos. Nosotros que deberíamos ser luz en las tinieblas hemos olvidado algo tan básico y elemental que podríamos , al estar frente al juicio de Dios como reos de muerte por no haber alumbrado el camino a los que estaban alejados de Dios o lo habían rechazado.
Me identifico con el señor Cardenal por lo que nos dice en este escrito. Me permito además decir que agregaria que el sentimiento por los padecimientos de Nuestro Salvador Jesucristo, deben ser motivo de recordación permanente, ejercitandolo con El Via Cruc is meditado y el examen previo a la recepción de la Santisima Eucaristia y del sacramento de la Confesión.
Pero hoy se vive «diferente» dicen algunos pastores y cristiano. No hay que dolerse por los padecimientos fisicos de Jesús «porque Èl acepto voluntariamente la decisión del Padre, y que además no quiere nuestras làgrimas sino una sincera conversión». Visto asi estariamos entre dos concepciones monstruosas por su magnitud.
Creo que sería necesario compenetrarse bien del estado de Gracia, para saber quel Jesùs està siempre a nuestro lado, que cuando pecamos nos hace vencer las tentaciones de la postergación ante la necesidad de acercarnos al sacramento de la confesiòn, que cuando nos caemos fisicamente hay unba mano invisible que te toma literalmente y si es su voluntad te salva de la muerte segura, como me ha pasado por almenos siete veces.
Su Sangre derramada lava nuestras heridas, su mirada sobre nuestro de enfermo percorre nuestro cuerpo y nos sana, sus heridas nos dan fuerzas ante las heridas propias y ajenas. Nuestros dolores fisicos se desvanecen cuando apretando los dientes, en forma legitima, quisieràmos decir basta.
Gracias eminencia, gracias, seguirè en el sendero siguièndolo, pidiendo además al Espiritu Santo las fuerzas necesarias a fin que en ese seguimiento deba hacer como El; entregar mi vida fisica.
No deberían citar la fuente de la fuente de la traducción sino la fuente misma, la pagina de jack tollers.