P. MÉRAMO: EL TRIUNFO DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

El Triunfo del Inmaculado Corazón de María

 

Este triunfo del Inmaculado Corazón de María, que todo católico espera, hay que situarlo bien, para que no degenere en una utópica esperanza, al sacárselo de su contexto.

Utópica esperanza porque muchos, en espera de este triunfo, piensan o hacen consistir la crisis actual de la fe y de la Iglesia como si se tratase de una crisis más, como una crisis pasajera; y no la consideran como una crisis última y terminal, una crisis irreversible humanamente hablando, y cuya solución exige la intervención divina, personal de Dios, es decir la Parusía, el retorno glorioso de Cristo Rey (dogma de fe).

Cristo Rey, con todo el poder de su Gloria y Majestad, es el único que puede destruir, con su sola presencia y el aliento de su boca, las potencias infernales del mal arraigadas dentro de la Iglesia.

Esta no es una crisis pasajera, no puede serlo, porque dada la envergadura universal y la gravedad espiritual, al punto de perderse totalmente la fe, no dejan otra perspectiva posible. Negarlo es estar ciegos de remate. La historia nos conduce, junto con la Teología de la historia, a calificar, diagnosticar, que el mal, la crisis de fe actual, es apocalíptica. Sus dimensiones obligan a pensarlo así, máxime si tenemos los signos irrefutables del fin de los últimos tiempos. Baste recordar que estaba profetizado que la diáspora del pueblo judío tendría su fin, hacia el fin de los tiempos, cuando regresaran de nuevo a la Tierra Prometida; y esto es un hecho acontecido en 1948 (hace 60 años).

Si a esto sumamos la crisis descomunal que pública y oficialmente se viene dando desde Vaticano II, con el cúmulo de errores y herejías que están desmantelando la Iglesia, que cada vez más se parece al despojo total, incluyendo el sagrario vacío de la liturgia de Semana Santa…, si las cosas siguen así, nadie quedaría en pie; ni los fieles que resisten heroica y fielmente firmes en la Fe de siempre, en la Tradición Católica; todos sucumbirían, como muchos ya sucumbieron; y no hace falta dar nombres, pues los hechos están a la vista.

Esta crisis de fe, con toda la ola Revolucionaria de autodestrucción de la Iglesia, no puede no ser algo apocalíptico por su amplitud, gravedad y perversión; pues se cae en lo absurdo; y estulto o ignorante se tiene que ser para no verlo.

Esta crisis no puede ya nadie remediarla humanamente, sólo con la intervención del cielo se remediará. Pensar de otro modo es caer en la tentación del Progresismo, si bien se mira, pues para el Progresismo las soluciones se obtienen por las solas fuerzas intrahistóricas y del hombre. Por eso, para él la historia evoluciona dialécticamente para bien, aportando (por el fruto y el trabajo del hombre, además tecnificado) las soluciones que establezcan el bienestar y felicidad del hombre en esta tierra, cual Paraíso Terrenal, promovido tanto por el Comunismo y el Capitalismo, que buscan la felicidad en esta tierra y que trabajan para realizar el Paraíso en esta tierra, sin dogmas que dividan.

De aquí que, amalgamados, el Comunismo y el Capitalismo se fusionen en una democracia socialista tecnólatra, por lo que decía el Padre Castellani con ojo previsor: «El Capitalismo y el Comunismo, tan diversos como parecen, coinciden en el fondo; digamos, en el núcleo ‘místico’: ambos buscan el Paraíso Terrenal por medio de la Técnica, y su ‘mística’ es un mesianismo tecnólatra y antropólatra…» (El Apokalypsis de San Juan, ed. Paulinas, Buenos Aires 1963, p. 347).

Por eso los poderes de este mundo, como dice el Padre Castellani: «Propician la amalgama del Capitalismo y el Comunismo que será justamente la hazaña del Anticristo». (Ibid. p. 184).

Esta perversa fusión se hubiera quizás evitado si Rusia hubiera sido consagrada al Inmaculado Corazón de María, con lo cual se resaltaría dignamente la intervención divina a favor de la exaltación de la Madre de Dios como preámbulo a su definitivo triunfo.

Como no se realizó lo pedido por Dios, no debemos extrañarnos por lo que dijo el Padre Castellani con profunda visión, refiriéndose al liberalismo y al comunismo: «El modernismo coaligará a los dos; y los fusionará al fundente religioso. El modernismo es el fondo común de las dos herejías contrarias, que algún día –que ya vemos venir– las englobará por obra del PseudoProfeta». (Los Papeles de Benjamín Benavides, ed. Dictio, Buenos Aires 1978, p. 45).

¿No es esto lo que estamos hoy viendo y que, por tanto verlo, se nos ha hecho casi normal, común, al punto que no se aprecia la gravedad de la situación, buscando curar un sida con una aspirina?

Y todo esto barnizado piadosa y devotamente con la falsa ilusión de una restauración por el triunfo de María fuera de contexto, el cual es apocalíptico, para después de la Parusía y no antes.

Antes podría haberse dado una cierta (relativa) paz como arras, preludio del Triunfo definitivo, total, universal del Inmaculado Corazón de María, que no se puede jamás separar (como no se separó tampoco en la Cruz) del Sagrado Corazón de su Divino Hijo.

El triunfo del Inmaculado Corazón de María es el triunfo del Sagrado Corazón de Jesús, es el Triunfo de los Sagrados Corazones de Jesús y María, es el Triunfo de Cristo Rey y María Reina. Y este triunfo no puede ser efímero, relativo, parcial; tiene que ser total, universal, pleno, realizándose la gran promesa: un solo rebaño bajo un solo pastor, anhelo que late consciente e inconscientemente en el corazón de los hombres y de la humanidad.

Pero el gran peligro, la gran tentación, es querer realizarla intrahistórica, intramundanamente, como advierte el Padre Castellani, una vez más: «Hoy día es un fin político lícito y muy vigente por cierto, la organización y unificación de las comarcas del mundo en un solo Reino –que por ende se parecerá al Imperio Romano. Esta empresa pertenece a Cristo; y es en el fondo la secular aspiración de la Humanidad; pero será anticipada malamente y abortada por el contracristo –ayudado del poder de Satán» (Ibid. p. 188).

Situar o esperar el triunfo del Corazón Inmaculado de María antes de la Parusía es un error; y lógicamente también lo es situarlo antes del Anticristo, puesto que será derrotado por Cristo Rey, como dicen las Sagradas Escrituras: «Y entonces se hará manifiesto el inicuo, a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca y destruirá con la manifestación de su Parusía.» (II Tes. 2, 8).

Y San Agustín dice lo mismo al respecto: «La última persecución que ha de hacer el Anticristo, sin duda la extinguirá con su presencia el mismo Jesucristo, porque así lo dice la Escritura ‘Que le quitará la vida con el espíritu de su boca y le destruirá con sólo el resplandor de su presencia’.» (La Ciudad de Dios, lib. XVIII c. 53).

Hay toda una conspiración tácita para deslindar el Tercer Secreto de Fátima de su contexto apocalíptico, y esto lo podemos ver expresado en las siguientes palabras del hermano Michel de la Saint Trinite, que escribió uno de los libros sobre Fátima más completo y revelador: «La enseñanza de Jesús y de los Apóstoles sobre ‘los últimos tiempos’ parece haber desaparecido totalmente del pensamiento de nuestros teólogos y de nuestros Pastores.» (Toute la Vérité sur Fatima, Tomo III, p. 515).

«Sor Lucía, lo hemos visto, no temía decir al P. Fuentes que los mensajes de Nuestra Señora implican que nosotros hemos entrado ‘en los últimos tiempos del mundo’. Este tema pertenece efectivamente al tercer Secreto, y tenemos ahora una prueba sólida en la declaración del Cardenal Ratzinger a Vittorio Messori, en agosto de 1984. Después de haber afirmado que él ha leído el Secreto, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe responde al periodista que le pregunta por qué el secreto no ha sido nunca revelado: ‘Porque, según el juicio de papas, no agrega nada a todo eso que un cristiano debe saber de la revelación: un llamado radical a la conversión, la gravedad de la historia, los peligros que pesan sobre la Fe y la vida cristiana, y luego del mundo. Y después la importancia de ‘los últimos tiempos’ […]. Pero las cosas contenidas en este tercer Secreto corresponden a eso que anuncia la Escritura… (Jesús, Nov. 1984, p. 79).» (Ibid. Tomo III, p. 520).

Con esta declaración, del entonces Cardenal Ratzinger y hoy Benedicto XVI, no quedan dudas del tenor apocalíptico del Tercer Secreto, negarlo sería pura estulticia, o ignorancia, y sabemos que no hay nada más atrevido que la ignorancia.

Del carácter apocalíptico del Tercer Secreto de Fátima no debe quedar duda alguna, como podemos observar después de estas palabras del libro del Hermano François de Marie des Anges, que resume los tres tomos del Hermano Michel de la Saint Trinite en uno solo: «Sabemos por fuentes seguras que Sor Lucía, interrogada sobre el contenido del tercer Secreto por una de sus parientes, dio un día esta respuesta: ‘Está en el Evangelio y en el Apocalipsis, leedlos.’ Y la vidente indica igualmente en otra ocasión los capítulos VII a XIII del Apocalipsis. El último Secreto se sitúa luego en el marco apocalíptico…» (Fátima, Joie Intime Événement Mondial, ed. C.R.C. 1993, p. 422).

Aunque Sor Lucía no hubiera dicho esto, es evidente que Fátima y todas las otras apariciones o manifestaciones de la Santísima Virgen, después de casi dos siglos, son apocalípticas, como muy bien lo hace ver Mons. Iván Cadavid: «Se notó que el llanto de la Virgen en Siracusa concuerda con muchas circunstancias anunciadas en varias profecías apocalípticas y que él viene a ser una lógica conclusión de los Mensajes Marianos dentro del reinado del Virgen, fijado por varios santos profetas postestamentarios para los ‘últimos tiempos’ (Grignion de Monfort, Juan Bosco, Ana Catalina Emerich y el mismo Mensaje de Fátima). […] Lo único que queremos anotar es la singular coincidencia de todos los hechos contemporáneos con varias profecías escatológicas, y con las expresas palabras de Cristo sobre ‘las señales del fin’.» (El Llanto de María en Siracusa y la Incógnita de Nuestros Azarosos Días, ed. San Juan Eudes, Bogotá 1958, p. 92).

«En los tiempos que vivimos parecen cumplirse todos los vaticinios del Antiguo Testamento y las señales que dio Cristo a sus apóstoles sobre el final castigo del mundo.» (Ibid. p. 98).

«¡Se necesitaría tener los ojos cerrados y la mente obnubilada para no ver lo extraordinario de nuestros tiempos!» (Ibid. p. 100).

Si esto dijo dicho autor antes del Vaticano II y de todo el desastre postconciliar en el orden eclesiástico, ¿cómo nosotros hoy no vamos a verlo mucho más claro?; el no hacerlo es la prueba contundente de lo espeso de las tinieblas y del embotamiento de las mentes.

Y continúa diciendo Monseñor Cadavid: «Claramente podemos deducir que ese inconsolable llanto no es más que el epílogo de Fátima y, quizás, la corroboración de las profecías de La Salette y Heede, que a la vez, vienen a concordar con las demás profecías apocalípticas de San Malaquías, de don Bosco, de San Pío X, de San Gaspar de Búfalo, de la Beata Ana María Taigi, etc.» (Ibid. p. 83).

«El tercer secreto se relaciona con el Triunfo del Corazón Inmaculado de María. ¡Pero bien sabemos que tan sólo Lucía y Pío XII conocen dicho secreto y que versa sobre algo terrible que acontecerá al completo Reinado del Corazón de María! (Ibid. p. 65).

«¡Post tenebras lux! ¡Después de tan desastroso castigo, vendrá el anunciado Reinado total de María y con él la paz, la virtud, la santidad… en el mundo! (Ibid. p. 115).

«María reemplaza ahora a los patriarcas y profetas. Recordemos a Lourdes, Fátima, etc. Esta nueva e importante misión está muy de acuerdo con las proféticas palabras de San Grignion de Monfort y que dicen: ‘Así como María fue la vía por la cual vino por primera vez el Redentor al mundo, así Ella será nuevamente el camino de su segunda venida (la Parusía)’. Y agrega: ‘El Reinado de María, está reservado para los últimos tiempos’. En el mismo sentido se pronuncian San Juan Bosco, Santa Catalina Emerich y los Mensajes Marianos especialmente La Salette y Fátima. (…) Siracusa parece que sea el remate de todos esos llamamientos celestiales.» (Ibid. p. 32).

El triunfo que todos esperan, y que esperamos, no es un triunfo incompleto, parcial, mitigado, pues es y debe ser un triunfo completo, pleno, universal; es un triunfo absoluto, no un triunfo relativo, es como si comparásemos un gran banquete (y con octava de festejo) con una merienda rápida y frugal, tomando este ligero refrigerio por el de una comida en forma.

Con o sin consagración de Rusia, el triunfo final del Corazón de María se realizará. La paz relativa (cierta paz), que como un pequeño refrigerio (merienda), como anticipo al gran banquete nupcial si se hubiera consagrado Rusia sin que esta esparciera sus errores comunistas o socialistas, es decir el humanismo ateo (secular, laicista), por todo el mundo, y condicionando al Vaticano; esa paz relativa no puede, ni se debe miopemente confundir con el triunfo total, pleno y absoluto.

No se puede confundir un triunfo y una paz relativos, con el gran triunfo y paz plenos, que sin condiciones se dará al fin y al cabo, al final, finalmente.

Por esto, el Triunfo del Inmaculado Corazón de María no se puede esperar sin el Triunfo de Cristo Rey, cuando venga en gloria y majestad. El Triunfo del Inmaculado Corazón de María es inseparable del Triunfo del Sagrado Corazón de Jesús, es el Triunfo de los Sagrados Corazones de Jesús y María, y separarlos es dividir a Cristo, es disolver a Jesús, que es lo característico del Anticristo, «qui solvit Jesus«, según la expresión del apóstol del Sagrado Corazón, el discípulo amado, San Juan Evangelista.

Citaremos algunos textos más, que nos vienen en apoyo a lo afirmado:

«Faltaríanos, pues, el terrible y corto castigo, y, después, el completo reinado del Corazón de María. ¡Lo uno y lo otro parecen ya vecinos!» (Iván Cadavid, Op. cit. p. 108).

«Cumplido semejante castigo vendrá el completo Reinado del Corazón Inmaculado de María: la paz, la tranquilidad y religiosidad que precederán al verdadero fin.» (Ibid. p. 32).

«Todo parece indicar: primero: que estamos en ‘el principio del fin’, o sea, que en esta cuarentena de años que nos distancian del año dos mil post Christum, puede verificarse las últimas batallas de la tierra y los últimos castigos a los mortales. Segundo: que después de semejantes trastornos y pruebas, tendría lugar aquí en el mundo ese reinado de la justicia, tantas veces anunciado en las Sagradas Escrituras, y ahora en los Mensajes Marianos.» (Ibid. pp. 9293).

«En nuestro siglo vivimos el comienzo del Reinado de María, anunciado para los últimos tiempos. Es decir: estamos en los finales de las batallas anunciadas en el paraíso terrenal cuando el Creador dijo a la infernal serpiente: ‘Ella (María) quebrantará tu cabeza’.» (Ibid. p. 48).

«Es precisamente en estos dos siglos de responsabilidad humana, cuando Dios en su bondad infinita, ha querido establecer las dinastías marianas, o sea, que ‘reservó para los últimos tiempos el reinado de María’. ‘Si por María ha comenzado la salvación del mundo’ (repetimos con San Grignion de Monfort), ‘por María debe ser consumada’. Siendo María la vía por la cual Cristo ha venido a nosotros por primera vez, Ella lo será también cuando vuelva la segunda. (Ibid. p. 44).

El triunfo del Inmaculado Corazón de María (total, pleno y universal) tendrá lugar después de la derrota del Anticristo (versión política) y del AnticristoPseudoprofeta (versión religiosa), producida por la Parusía de Cristo Rey, como lo podemos ver en los dos textos siguientes, en los cuales Monseñor Iván Cadavid alude en su libro, que venimos citando:

«Monseñor Cristino Morrondo en su obra ´Catástrofe y Renovación’ (Jaén 1924), defiende con lujo de erudición hermenéutica (citando la Biblia, los símbolos y los Santos Padres), ese reinado de paz que sobrevendrá al juicio que hará Jesucristo a los vivos en su propia carne, y que antecederá al juicio de los muertos. (Recuérdense las palabras del Credo: vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos.» (Ibid. p. 117).

El mismo reconocido exégeta Cornelio A Lápide reconoce (como muestra Monseñor Cadavid), lo que hoy niegan muchos por ignorancia atrevida: «Cornelio A Lápide dice que: ‘…este reinado será corporal y glorioso, es decir que los santos con sus cuerpos y sus almas han de reinar con Cristo aquí en la tierra, como reinarán eternamente en el cielo. Mas creo que ese reinado dará principio en la tierra, en el momento de haber dado muerte al anticristo, pues muerto éste y despojado de sus dominios la Iglesia reinará en todo el universo, y el redil lo compondrán judíos y gentiles y después el reino será trasladado al cielo, y por toda la eternidad.’ Toda esta cantidad de citas nos vienen a abrir paso en lo del próximo y completo reinado de nuestra celestial Madre, puesto que a ella, lo repetimos una vez más, encomendó Dios la victoria final contra la serpiente maligna.» (Ibid. p. 118). El texto de A Lápide es el correspondiente a su comentario de Dan. 7, 27.

La vidente de La Salette, advertía del error, en una de sus cartas, y viene a confirmar lo expuesto: «Es un error grande si se quiere poner, fijar el fin del mundo con el fin del Anticristo. Después de la caída temporal, o corporal del Anticristo, la Iglesia florecerá más resplandeciente que nunca, todos los judíos que queden vivos abrazarán la Fe; todos los cristianos que queden vivos serán renovados en una fe viva; no habrá fuera de la Iglesia Católica ninguna religión ni secta, y la paz la más bella, la más universal reinará durante siglos; después de lo cual, la Fe de nuevo se enfriará…» (Document pour servir à l’histoire réelle de La Salette. Lettres de Mélanie, Bergère de La Salette, au Chanoine de Brand, lettre nº 450, p. 320).

Debería ser claro, por la naturaleza del sujeto, que como hace ver el Padre Alcañiz: «el reino de Cristo y el reino del Corazón de Jesús son una misma cosa».La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, Granada 1958, p. 141).

Este reino es el de Cristo Rey, y tal como hace ver el Padre Alcañiz, citando las palabras de Pío XI en su encíclica Miserentissimus: «el Vicario de Jesucristo rotundamente asegura que ha de llegar un día: saboreamos de antemano las alegrías de aquel día venturoso, un día en que todo el orbe, de voluntad y con gusto se someterá obediente al imperio suavísimo de Cristo Rey, un día, pues en que se halle realizado el reinado universal de Jesucristo en la tierra.» (Ibid. p. 142143).

Y con profunda visión, el Padre Alcañiz observa y argumenta: «Si, pues, el reinado de que habla el Papa fuese el del Sagrado Corazón de Jesús, tendríamos afirmado por el Romano Pontífice el reinado universal del Sagrado Corazón. Ahora añadimos que ese reino es, en efecto, el del Sagrado Corazón Divino. En primer lugar, al final del párrafo, tomando otra vez el Pontífice a hablar del reino universal futuro. Lo describe con estas palabras: aunar todos los pueblos en el Corazón del Rey de reyes y Señor de los señores; por donde se ve bien claro que ese reino universal no es otro que el del Corazón Divino.» (Ibid. p. 143).

Y como dice San Luís María Grignion de Monfort, el santo mariano más apocalíptico: «Si, pues, como es lo cierto, deben extenderse por el mundo el conocimiento y el reinado de nuestro Señor Jesucristo, ello será indudablemente una consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la Santísima Virgen María, la cual lo dio a la luz la primera vez y lo hará resplandecer en la segunda.» (Oeuvres Complètes, Traité de la Vraie Dévotion [13], p. 494).

Queda claro que es una misma cosa el Reino de Cristo Rey, el Reino del Sagrado Corazón de Jesús y el Reino del Inmaculado Corazón o el Reino de los Sagrados Corazones de Jesús y María.

No verlo, no aceptarlo, no reconocerlo, es desvirtuar estas cosas en devociones truncadas en su profetismo apocalíptico y su cabal realización.

 

Basilio Méramo, Presbítero.

17 de marzo de 2008.

18 comentarios sobre “P. MÉRAMO: EL TRIUNFO DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

  1. Me parece muy realista la explicación del P. Meramo, y creo que es un gran Don de Dios, el poder captar con toda claridad la realidad actual, de que estamos en la Gran Apostasia, precursora del Anticristo, en contraposición la gran mayoria mundana, que como en los tiempos de Noé, comian, bebian y se casaban.
    Lo que mas me llama la atención de este escrito del P. Meramo, es la parte final, que para muchos les puede parecer noveleada, y que está en contraposición con la actitud oficialista de la Iglesia, en cuanto condena, al Milenarismo, en todas sus formas, no aceptando los escritos al respecto del P. Lacunza, ni a Castellaní, y sin embargo está claramente escrito en la Biblia, e inclusive yo añadiria potencializando al P. Meramo,con lo escrito en el antiguo testamento. El mesianismo metaforicamente profetizado por Isaias, 11,1-10 » El león comera paja con el buey etc. Y desde luego queda claro que ese reino será una misma cosa, el reino de Cristo Rey, el reino del Sagrado Corazón de Jesús, y el reino del Inmaculado Corazón de Maria, o el reino de los Sagrados Corazónes de Jesús y de Maria.

  2. No se comprende de onde el autor saca este error: “Situar o esperar el triunfo del Corazón Inmaculado de María antes de la Parusía es un error; y lógicamente también lo es situarlo antes del Anticristo, puesto que será derrotado por Cristo Rey, como dicen las Sagradas Escrituras: «Y entonces se hará manifiesto el inicuo, a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca y destruirá con la manifestación de su Parusía.» (II Tes. 2, 8).
    El inicuo…«quem Dominus Jesus interficiet spiritus oris sui, et destruet illustratione adventus sui cum…», seria obstado por la consagración y conversión de la Rusia, e esto se entiende que seria el triunfo del Corazón Inmaculado de María. Como se entiende que esta es una intervención divina, del Senõr Jesús, por medio de María Inmaculada antes de Su Parusía.
    Por esto, el Triunfo del Inmaculado Corazón de María… es Triunfo precursor de Cristo Rey, antes que venga en gloria y majestad. Sí, “el Triunfo del Inmaculado Corazón de María es inseparable del Triunfo del Sagrado Corazón de Jesús, es el Triunfo de los Sagrados Corazones de Jesús y María, y separarlos es dividir a Cristo, es disolver a Jesús, que es lo característico del Anticristo, «qui solvit Jesus», según la expresión del apóstol del Sagrado Corazón, el discípulo amado, San Juan Evangelista” mas el Senõr tiene Sus designios y tiempos que no hay que inventar. Lo que es cierto es que hay que atestiguarlo como nos fue enseñado siempre por la Iglesia. Dios opera tras la acción humana.
    Nada hay que inventar y tanto menos quedarse parado esperando la Parusía.

  3. Este cura es un milenarista, pero no de los de alcurnia. Desde el padre Lacunza, que verdaderamente era genial, el milenarismo ha degenerado muy fácilmente en mesiansimos ramplones al estilo de lo que acabamos de leer. Decir que sólo la intervención del Cielo puede detener la crisis, no pasa de una simplonería. Es evidente que en la Iglesia siempre tiene que intervenir lo sobrenatural, pero eso no significa, como estos milenaristas postulan, que debe bajar el mismo Jusucristo con una espada desde el cielo con unos ángeles tocando trompeta y tirando estrellas por doquier. Es una visión infantil, fruto en parte de la ignorancia y en parte de la frustración de no ver frutos materiales de la fe en el orden temporal. Es el mismo vicio que llevó a los judíos a creer en un mesías temporal y guerrero y que se reeditó en el cristianismo por vía del milenarismo.
    Los católicos debemos de estar concientes que nuestro destino en el oreden temporal no es la victoria, sino la derrota. La venida del mesías en gloria y majestad y la restauración de los cielos y la tierra ocurrirá al término de la historia y no antes.

  4. Yo no entiendo algo: ¿entre la derrota del Anticristo y la Venida Gloriosa de Nuestro Señor JesuCristo no hay un tiempo en el medio? en ese tiempo no se supone que habrá paz y la Iglesia esperará triunfante la segunda Venida del Señor??

    espero alguien me saque de esta duda

  5. No hay error ni invento, Arai Daniele, salvo, quizás, su frase «… tanto menos quedarse parado esperando la Parusía». En ningún momento el Padre Méramo sostiene ese quietismo; tal vez sí pueda decirse que la Parusía hay que esperarla de rodillas, luchando el combate de resistencia, único posible ante la irreversibilidad (por medios humanos) de la situación actual.
    Podría considerarse a lo sumo impropia, tal vez, la expresión a que se refiere, pero sería tan impropia como la que más adelante expresa que «El triunfo del Inmaculado Corazón de María (total, pleno y universal) tendrá lugar después de la derrota del Anticristo (versión política) y del Anticristo‐Pseudoprofeta (versión religiosa), producida por la Parusía de Cristo Rey.»
    ¿Antes o después? Ni antes ni después; como bien establece la frase que Usted destaca: «el Triunfo del Inmaculado Corazón de María es inseparable del Sagrado Corazón de Jesús, es el Triunfo de los Sagrados Corazones de Jesús y María,…» O sea, en cierto modo maravilloso pero misterioso, simultáneos, que es lo que más les cuadra a los dos enormes amores sobrenaturales del Redentor y su Santísima Madre. Si la Virgen se hará presente un tanto delante de su Hijo o algunos pasos atrás (sin por ello desmerecer o deshacer la sincronía); el desconocer el modo exacto en que María hará resplandecer a Nuestro Señor en su Segunda Venida (en palabras de San Luis María Grignion de Monfort), son misterios que no desvirtúan la concordancia del triunfo definitivo de los Reyes Celestiales. A eso apunta el artículo, y resaltar una frase que podría mejorarse, para desvirtuar lo expresado y acusar al Padre Méramo de quedarse esperando «parado» la Parusía, me parece un despropósito que no consigue desmerecer las reflexiones publicadas.

  6. Mi posición que ya he explicado muchas veces en internet coincide parcialmente con la dada por el P.Méramo (un saludo y un abrazo padre). Pero tengo reservas y divergencias notables.
    He aquí el resumen de mis divergencias con el Padre. (Expliqué mi posición en este foro de Radio Cristiandad en algunos comentarios , incluso hace poco, y en el blog sobre el «Tercer Secreto de Fátima : http://www.dogmadafe.wordpress.com. También en algunos posts de «Sursum Corda». He aquí un extracto de todo ello:

    1.El triunfo del Inmaculado Corazón de María se anunció en la parte segunda del Secreto de Fátima. Y se circunscribe a todo el contexto de esta segunda parte, o sea al triunfo sobre el comunismo en su cruel persecución durante la segunda guerra mundial y después de ella hasta la caída definitiva del Dragón Rojo que tuvo lugar en 1991. Desde que fuera hecha la consagración al Inmaculado Corazón, de Rusia(el Imperio soviético) y de sus pueblos por parte de Pío XII en «Sacro Vergente amno» en 1952, y hasta la definitiva caída del comunismo en 1991. La consagración fue realizada aunque no con las circunstancias pedidas por la Sma Virgen en Tuy (todos los obispos). Pero de ella se habla en el secreto (parte 2ª) «Al final el Santo Padre me consagrará Rusia (no nombra a los obispos) que se convertirá (conversión ya realizada al dejar Rusia la guerra y la persecución; hay que notar que nada autoriza a esperar una conversión en sentido maximalista y específico a la Iglesia Católica. El término se refiere (como es común en muchas lenguas y sobretodo en portugués- converçäo) a un cambio de conducta, sobretodo si esta es criminal). En este sentido es perfectamente convergente con todo lo anunciado en la 2ª parte de Secreto y en apariciones a la verdadera Lucía en Tuy y Pontevedra.

    2. El triunfo del Corazón Inmaculado está ya conseguido (en este sentido limitado y referenciado a los términos de la 2ª parte del Secreto) desde hace mucho tiempo (desde el año 1952 fue paulatinamente realizándose hasta el año definitivo de la caída del Imperio Soviético en 1991). Después vendría el «algum tempo de paz» expresión que alude a una paz precaria y quizás corta y referenciada al Dragón Rojo del Comunismo en su terrible actividad persecutoria.

    3. No tiene sentido esperar ya este triunfo, ni ofrecer rosarios ni tampoco pedir que un papa consagre Rusia al Inmaculado Corazón.

    4. Ahora hemos entrado en los últimos tiempos del mundo (con más precisión hay que decir el «final de los tiempos»). A los que sin duda se refiere la Tercera parte del Secreto de Fátima.

    5. Como explica hasta la saciedad el fallecido magistral de la catedral de Zamora D.Benjamín Martín Sánchez, ilustre biblista, el «final de los tiempos» es una expresión que hace alusión a los tiempos de los gentiles, que comenzaron con la entrada de los gentiles y paganos en el mismo comienzo de la Iglesia y ahora salen de ella con la «apostasía». Es decir estamos viviendo el «final de los tiempos» de los gentiles. Pero esta expresión no tiene nada que ver con el «fin del mundo». El fin del mundo puede estar lejos todavía sin excluir que esté muy cerca. Nadie conoce cuándo será el fin del mundo. Ni siquiera aproximadamente.
    El fin del mundo vendrá precedido por la venida del Anticristo. A este personaje maldito, «Jesucristo» lo destruirá con el aliento de su boca. Esto sucederá en la «Parusía del Señor». Cristo viniendo en «gloria y majestad» (como dice el P.Lacunza) inaugurará el «reino eterno» en los cielos después de haber juzgado a los muertos resucitados (Juicio final).

    6. El «final de los tiempos» en el que ahora estamos, será acompañado de algunas señales entre las cuales la «apostasía», la predicación del evangelio en todo el mundo, y la vuelta de los judíos a Israel. La apostasía se realizará tb en la cabeza de la Iglesia. De esto trata la «tercera parte» del Secreto de Fátima (Ciappi, uno de los pocos que lo han leído dice que habrá una apostasía que comenzará en la Cabeza). La iglesia «de medio fiet». La «Iglesia parecerá que ha desaparecido» (Garabandal) es decir «subsistirá» (como dijo el CVII profetizando como lo hizo Caifás) en un pequeño resto e incluso pasará «desapercibida» entre las pocas almas de buena voluntad. Estos fieles se agarrarán a la doctrina secular del Magisterio. De paso hay que decir que es condición para entrar en la gloria el sostener la verdadera doctrina.. Son pocos los que lo hacen y por eso «son muy pocos los que verán a Dios. Son tan pocos que a Mí me da mucha pena» (Garabandal).
    7. Este final de los tiempos acabará, después de muchas miserias, guerras, hambres etc..en las que estamos entrando, con la gran Tribulación, o Día del Señor. No hay nada más profetizado que este acontecimiento, tanto en la Biblia como en la profecía católica. En esta «Gran Tribulación» morirán los malos y perseguidores de la Iglesia pero también algunos buenos. La humanidad se verá reducida a una tercera o una cuarta parte. Nada igual habrá acontecido desde el principio del mundo. Parece ser que será un castigo de fuego mediante astros o fenómenos atmosféricos. Mucho peor que guerras nucleares. Vendrá de Dios.

    8. A esto bien puede llamársele venida del «Señor» que vendrá invisiblemente a juzgar a las naciones y a los vivos (como decimos en el credo). Pero no será la Parusía o Segunda Venida del Señor,que precederá al fin del mundo con el «Juicio final» de los muertos resucitados. Este «juicio de vivos» o castigo terrible (juicio y castigo son términos equivalentes en la biblia) será el colofón del «final de los tiempos». No se puede hablar de fechas pero todo apunta a que está cerca (¿Década o décadas?)
    9.La humanidad y con ella la Iglesia sobrevivirá a esta gran calamidad. Toda la humanidad se convertirá a la única Iglesia:la Iglesia Católica. Se iniciará algo que podríamos llamar el Milenio. Pero no lo será en sentido estricto como pensaban los herejes de Cerinto, ni tampoco un milenio «espiritual» bajo el gobierno visible de Cristo (algunos santos padres). Será el Reinado de Cristo, el Reinado del Sagrado Corazón, el de los «Sagrados Corazones de Jesús y María», el triundo del Inmaculado Corazón, el Reino de María (San Luis G. de Monfort). Pero Cristo reinará sobre «viatores». La condición de esa humanidad será en todo similar a la nuestra. La gente morirá, y los buenos irán al cielo. Se llama reinado de Cristo porque su Iglesia gozará de un triunfo esplenderoso. No habrá sectas ni falsas religiones y mucho menos defecciones internas en la Iglesia). Este «reinado» de Cristo está muy profetizado en la biblia. Como lo demostró el padre Igartua en su libro en dos volúmenes (Bac) titulados «El mundo será de Cristo».
    10. Hay muchas profecías privadas que aseguran que San Pedro y San Pablo, coronarán al nuevo Papa que inaugure esta etapa. Es algo difícil de entender pero sin duda alude a una renovada sucesión apostólica en la línea de los papas, que habría dejado de existir en los tiempos precedentes.
    Hay profecías privadas de santos canonizados que hablan de la «transferencia» de la Sede Romana. Es posible que ya no residan los papas futuros en Roma.
    11. La aparición de un «Tercer Secreto» de Fátima recientemente, que ha gozado de poca repercusión en los medios, habla de la «transferencia» de la Sede Romana (misma palabra que usó Bta. Isabel Canori Mora). También habla de que Roma no ha guardado el «dogma de la Fe». Incluso habla de la destrucción de Roma (¿el Vaticano?) referenciado a la profecía de Daniel que Jesús cita al profetizar la destrucción del Templo de Jerusalén porque la Iglesia judaica no le aceptó (símil de la clueca y sus pollitos) en un impresionante paralelismo con el rechazo ecumenista y liberal de la Iglesia actual que «no guarda el dogma de la Fe» que sin duda es el que pronunció el primer papa ante el Sanedrín «no hay otro nombre por el que podamos salvarnos» (el de Jesús). Ante la profecía de la destrucción de Roma es inevitable acordarse de la de San Malaquías (profecía pseudoepigráfica con seguridad) que termina diciendo «civitas septicollis dirruetur cun Iudex tremendus venerit iudicare populum suum». Basta con tomar este juicio con el sentido enunciado arriba, para comprender que todo apunta a lo mismo. León XIII (con la visión que precede a su exorcismo), San Pío X y San Juan Bosco hablan en términos impresionantemente parecidos.

  7. «Con o sin consagración de Rusia, el triunfo final del Corazón de María se realizará», afirma con católico realismo el Padre Méramo.

    Y permítaseme agregar: en el ser de cada fiel que PERSEVERE HASTA EL FIN.

    Feliz Navidad.

  8. Creo que el tema es más simple: de onde el autor saca tal «error». Porque si es un error esperar que el triunfo de Nuestra Señora anticipe la venida del Señor para juzgar, toda la inteligencia de la solicitud de la Consagración de Rusia perdería su sentido. No se trata de seguir o defender a alguien, se trata solo d no inventer errores inexistentes. Esto si es un error. Saludos.

  9. Publico nuevamente aquí un comentario que puse en el sermón sobre Nuestra Señora de Guadalupe.

    Es complemento a lo dicho por otros foristas, salvo Francisco, que es un maleducado y no merece una respuesta seria.

    Recordemos que el 13 de marzo de este año, Radio Cristiandad publicó un artículo del Padre Ceriani: “Para tener en cuenta y meditar”:

    https://radiocristiandad.wordpress.com/2010/03/13/monsenor-fellay-el-corazon-inmaculado-de-maria-y-la-escatologia/

    En dicho artículo se analizan las declaraciones de Monseñor Bernard Fellay a dos medios oficiales de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X: The Angelus y Fideliter.

    Allí podemos ver que, en su respuesta a la última pregunta del periodista de Fideliter, Monseñor Fellay deja mucho para pensar sobre la cuestión escatológica: “… no habrá triunfo mariano sin restauración de la Iglesia y, por lo tanto, de la Misa con la enseñanza de la fe.”

    Monseñor Fellay pone en primer lugar la restauración de la Iglesia y luego el triunfo mariano… El triunfo mariano queda como supeditado a la restauración de la Iglesia.

    Sin embargo, en la respuesta al periodista oficial de The Angelus, presenta una línea de pensamiento en parte distinta: “El triunfo del Corazón Inmaculado, en cualquiera de sus formas, no se realizó. Eso quiere decir que algo debe aún venir. Y esperamos que con tal triunfo, una parte o toda la crisis actual de la Iglesia también se termine (…)”

    Aquí invierte el orden: primero el triunfo del Corazón Inmaculado de María; seguido de la rectificación de la Iglesia, la cual, sin embargo, no sabe, si será verdadera (completa, se entiende) o sólo de una parte…

    El Padre Ceriani se pregunta: “¿En qué quedamos?”

    Y responde: “Para quienes han seguido el pensamiento de Monseñor Fellay a lo largo de los diez últimos años, queda más o menos claro (dentro de la claridad que se puede esperar de él) que para el Obispo ha de darse primero una restauración de la Iglesia y luego, solamente luego de esa restauración, un triunfo mariano…”

    Y luego hace estas interesantes reflexiones:

    “De todos modos, aunque se invierta el orden y con el triunfo mariano se termine la crisis actual de la Iglesia, se plantea la pregunta: ¿Y después qué?… ¿Qué sigue a ese triunfo mariano? ¿Qué viene después de una verdadera rectificación de la Iglesia? ¿Qué nos espera luego de una gran victoria contra las fuerzas del mal?
    Si no se quiere tergiversar la Sagrada Escritura ni desfigurar las profecías concernientes a los últimos tiempos, se debe aceptar que después de ese triunfo mariano y de esa rectificación de la Iglesia (como si la Iglesia santa e inmaculada necesitase ser rectificada…), de esa gran victoria contra las fuerzas del mal…, tarde o temprano, volverán las tremendas fuerzas demoníacas; y entonces tendrá lugar la tribulación magna, se afianzará la gran apostasía, y se implantará el reino del Anticristo.
    Y esto es así, porque para Monseñor Fellay, y la mayoría de los sacerdotes de la Fraternidad, la actual crisis no es la última, la Iglesia saldrá de ella y, por definición, debe venir otra u otras, una de las cuales será la última, con todo lo que ello implica…
    Por lo tanto, siguiendo la lógica del pensamiento de Monseñor Fellay, el Anticristo deberá aplastar el Reino de la Inmaculada…
    Suena extravagante, ¿no?
    Frente a esta peculiar interpretación, se presenta la de aquellos que creen que la actual persecución irá aumentando hasta su paroxismo; que entonces tendrá lugar la tribulación magna, se afianzará la gran apostasía y se implantará el reino del Anticristo.
    Luego, la Santísima Virgen vendrá a aplastar la cabeza del dragón infernal, como está profetizado en el Génesis, y a preparar el Reino de su divino Hijo con el triunfo de su Corazón Inmaculado, como enseña San Luís María Grignion de Montfort.”

    El Padre Ceriani termina con esta advertencia: “Hay que examinar la posición oficial de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X respecto de estos temas, porque de ello dependen, en definitiva, las medidas que ya se han asumido, las que se deciden ahora y las que se dispondrán en el futuro acerca de las relaciones con la Roma anticristo y modernista.”

  10. Contesto a Francisco que se fue de Mambo, desubicado y cobarde,
    tendrìa que ser màs humilde y entender con el corazòn lo que nos dice el querido P. Basileo, foristas no nos faltemos el respeto, pero
    Francisco sos una roña, Dios me perdonarà por decirte la verdad.
    En Cristo y Marìa.
    Marcela

  11. Antes que nada, es necesario recordarles a todos los que favorecen la «hipótesis» del reino milenario, que la Santa Sede intervino en el año 1942 con una instrucción en la que advierte que dicha «doctrina» no se puede enseñar con seguridad. Por otra parte, la tesis de que un triunfo parcial del cielo se asimilaría a una merienda (un poco grotesca la comparación, ¿no les parece?), no deja de tener su gran significado en cuanto a que Dios sabe cuánto podría aportar ese «tiempecito» a la causa de Cristo y su triunfo final; de pronto, ese tiempo podría resultar determinante en la solución final, en el sentido de que nos prepararía mejor para el combate final contra el Anticristo, por cuanto sería una época de esplendor en la santidad, tan necesaria para sobrevivir en la gracia de Dios ante cualquier enemigo. Para aclarar esto, resulta provechoso leer al Venerable Holzhauser en su comentario al Apocalipsis, en donde esboza la idea de que la sexta iglesia (Filadelfia) corresponde a un período de suma restauración del catolicismo que, a modo de merecido respiro para los cristianos fieles, será al mismo tiempo una recompensa a sus trabajos pasados y una confortación para la suprema batalla final que cerrará la historia. En ese contexto es que se puede hablar, como lo hace San Luis María, de la aparición de los Apóstoles de los Últimos Tiempos, que serán los verdaderos soldados contra el Inicuo, y que serán tan grandes en santidad que superarán a los anteriores así como los cedros del Líbanos superan a los arbustos (lo cual va en consonancia con la necesidad misma de prepararse adecuadamente para luchar contra un enemigo que no tiene parangón alguno). Entonces, no es de poca monta considerar la probabilidad de»un cierto tiempo de paz» antes del final o antes del Anticristo, que bien podría ser el mencionado «reino de María» o la apoteósis de éste, en que brillaría singularmente la figura de la Reina del universo por el dominio efectivo que tendría sobre el mundo y que traería como consecuencia obvia un encumbramiento mayor del reinado de Jesucristo. Ahora bien, en cuanto a lo que ocurriría despues con ese reino es lo que siempre debe ocurrir inevitablemente: la decadencia, y una decadencia peor, que daría, pues, ocasión a la irrupción del Hombre de pecado, pero que en ningún caso se podría entender como un triunfo de éste sobre la Virgen, ya que en definitiva Cristo ha de venir para destruirlo gracias a los méritos acumulados por Ella y sus Apóstoles.

  12. Andas mal Arai Daniele,- Porque primero como corredentora, tiene que venir el triunfo mariano con la consagracion de Rusia, y despues como acertadamente predijo en Fátima la Santisima Virgen vendra un tiempo de Paz.

    Nota del Editor:
    No anda mal Don Arai… Es necesario que el triunfo del Corazón Inmaculado se de inmediatamente y yo diría con la Parusía. La ilusión fantasiosa que ubica este triunfo de María Santísima en una época anterior a la Parusía y al Anticristo debe ser rechazada por fantasiosa pero además por blasfema. ¿Cómo sería ese triunfo si luego reinara el Anticristo? Por eso la crítica de Don Arai Daniele, que por otra parte es un conocedor del tema, está bien fundada. El texto del P. Basilio queda clarificado cuando se lo lee completo. Pero en un principio podría entendérselo en un sentido contrario. Creo que este ha sido el factor del problema.
    De todos modos, como está todo bajo la Divina Providencia, ha servido para clarificar posiciones.
    De hecho no es necesario que se cumpla ahora la Consagración de Rusia para que Reine su Inmaculado Corazón. ¡Reinará si o si! Tal como vendrá la Parusía. Pero no existe posibilidad de que ese Reino ocurra antes de la manifestación del «Impío». No vendrá un Rey y un Papa Santo que reinarán un tiempo de 20 años… Esas son fantasías. Vamos camino acelerado al reino anticrístico. Y diríamos en un plano inclinado.

    1. No puede decir que son fantasías las opiniones de un obispo como el Venerable Holzhauzer, restaurador de la Iglesia alemana en su tiempo. Porque además es el mismo Padre Castellani quien parece respaldarlo sin saberlo cuando comenta el pasaje del Apocalipsis que habla de «un silencio de media hora»; él mismo confiesa que fue el pasaje que más le costó interpretar en su libro, lèalo de nuevo.

  13. Basicamente, lo que dice el P. Méramo es correcto: hay un punto de partida que es la apostasia: «primero tiene que venir la apostasia y manifestarse el hombre impío»: de ello puede deducirse que el anticristo sigue o es la culminacion de la apostasia o -porque el apostol no distingue- que van a la par. Lo que parece totalmente ilógico – y fantasioso y blasfemo como dice el editor- es que el anticristo venga despues del tiempo de paz. En las escrituras está claramente definido ese tiempo de paz, y ese tiempo de paz es despues de la Segunda Venida. Ahora, discrepo con que ese triunfo final tenga lugar SIN la consagracion de Rusia: cuando la hermana Lucía pregunta a Nuestro Señor en 1936 porqué no convierte a Rusia sin que Su Santidad haga la consagración, recibió esta respuesta: «porque quiero que toda la Iglesia reconozca esta consagración como un triunfo del Corazón Inmaculado de María, a fin de extender seguidamente su culto y juntar las devociones a mi Divino Corazón y a ese Corazón Inmaculado»
    Señores, estamos en la Iglesia de laodicea, la iglesia tibia del apocalipsis. La iglesia de Filadelfia fue la iglesia misionera desde Pio VII hata Pio XII. La Virgen «traerá» nuevamente a Cristo con la consagracion pedida y la segunda venida de Cristo le sigue, en dos fases: un juicio de vivos -castigo universal del que quedan pocos sobrevivientes y del que escapen unos pocos, los «transformados»- y un juicio de muertos -juicio final al final de la historia-.
    Para el que dice que esto es milenarismo contesto que esa venida en dos fases pero que es unica y el tiempo de paz que se intercala entre esas dos fases forman un todo y que el milenio del apocalipis es la epoca que precedió al concilio vaticano II o cuando los demonios fueron soltados tiempo antes (lo que coincide con la vision de Leon XIII). Cierto que se dice que los vencedores de la «bestia» viven con Cristo mil años: la explicacion es la tesis de la discontinuidad: el milenio ya fue pero se continua en una solución discontinua en el tiempo de paz, donde los muertos en el Señor «reinan» (salvan sus almas).

  14. Comentario de Monseñor Juan Straubinger

    «Con el cual reinarán mil años»: sobre este punto se ha debatido mucho en siglos pasados la llamada cuestión del milenarismo o interpretación que, tomando literalmente el milenio como reinado de Cristo, coloca esos mil años de los vv. 2-7 entre dos resurrecciones, distinguiendo como primera la de los vv. 4-6, atribuida sólo a los justos, y como segunda y general la mencionada en los vv. 12-13 para el juicio final del v. 11.
    La historia de esta interpretación ha sido sintetizada en breves líneas en una respuesta dada por la Revista Eclesiástica de Buenos Aires (mayo de 1941) diciendo que «la tradición, que en los primeros siglos se inclinó en favor del milenarismo, desde el siglo V se ha pronunciado por la negación de esta doctrina en forma casi unánime». Agrega a este respecto que «las voces milenio y milenario se prestan a confusiones».
    Muchos aún creen que se aplican a los que esperaban el fin del mundo para el año mil, o sus proximidades, como el célebre Apringio de Beja en su Comentario al Apocalipsis (531-548), que decía fundarse en las 70 semanas de Daniel, iniciadas antes de Cristo, o como San Beato Liébana «que presagió que el mundo se acabaría en el año 800».
    Todos los exégetas modernos están de acuerdo en que el período del encierro de Satanás no puede tomarse en sentido absoluto, porque al final es nuevamente soltado el diablo por un tiempo (versículos 3 y 7; cfr. 22: 5).
    También coinciden todos en que ese encierro se Satanás se producirá algún día.
    Donde las opiniones divergen es en cuanto a sostener si ese reinado establecido por Cristo se manifestará entre su segunda venida y el juicio, o tan sólo después en el reino de la gloria, y si tal vez la Iglesia ha de identificarse con ese tiempo de paz imperturbable en que el diablo «no anda engañando a las gentes» v. 3).
    Muchos Padres antiguos, entre ellos Papías, San Justino, Tertuliano, San Hipólito, Lactancio, San Victorino, San Teófilo, etc, siguen la primera opinión, y San Ireneo, el cual invocaba a los «presbíteros» discípulos de San Juan, la defendía como una «verdad de fe tan cierta como la existencia de Dios y la resurrección de la carne».
    Posteriormente varían los criterios, y San Agustín declaró que la abandonaba a causa del abuso que de ella hacían los milenaristas carnales.
    San Jerónimo escribe, con respecto a esas opiniones, que «aunque no las sigamos no podemos, sin embargo, condenarlas, porque muchos varones eclesiásticos y mártires así lo dijeron. Cada uno abunde, pues, en su sentido y resérvese todo para el juicio del Señor».
    La Sagrada Congregación del Santo Oficio puso fin a muchas discusiones declarando, por decreto del 21 de julio de 1944, que la doctrina «que enseña que antes del juicio final, con resurrección anterior de muchos muertos o sin ella, nuestro Señor Jesucristo vendrá visiblemente a esta tierra a reinar, no se puede enseñar con seguridad (tuto doceri non posse)».
    Para información del lector, transcribimos el comentario que trae la gran edición de la Biblia de Pirot-Clamer sobre este pasaje:
    La interpretación literal: varios autores cristianos de los primeros siglos pensaron que Cristo reinaría mil años en Jerusalén antes del juicio final. El autor de la Epístola de Bernabé es un milenarista ferviente; para él, el milenio se inserta en una teoría completa de la duración del mundo, paralela a la duración de la semana genesíaca = 6.000 = 1.000 años. San Papías es un milenarista ingenuo. San Justino, más avisado, empero, piensa que el milenarismo forma parte de la ortodoxia. San Ireneo, lo mismo, al cual sigue Tertuliano. En Roma, San Hipólito se hace campeón contra el sacerdote Caius, quien precisamente negaba la autenticidad joanea del Apocalipsis, para abatir más fácilmente el milenarismo”.
    Relata aquí Pirot la polémica contra unos milenaristas cismáticos, en que el obispo Dionisio de Alejandría «forzó al jefe de la secta a confesarse vencido», y sigue: “Se cuenta también entre los partidarios más o menos netos del milenarismo a Apolinario de Laodicea, Lactancio, San Victorino de Pettau, Sulpicio Severo, San Ambrosio. Por su parte, San Jerónimo, ordinariamente tan vivaz, muestra con esos hombres cierta indulgencia. San Agustín, que dará la interpretación destinada a hacerse clásica, había antes profesado durante cierto tiempo la opinión que luego combatirá. Desde entonces el milenarismo cayó en el olvido, no sin dejar curiosas supervivencias, como las oraciones para obtener la gracia de la primera resurrección, consignadas en antiguos libros litúrgicos de Occidente”.
    Más adelante cita Pirot el decreto de la Sagrada Congregación del Santo Oficio, que transcribimos al principio, y continua: “Algunos críticos católicos contemporáneos, por ejemplo Calmat, admiten también la interpretación literal del pasaje que estudiamos. El milenio sería inaugurado por una resurrección de los mártires solamente, en detrimento de los otros muertos.
    La interpretación espiritual: Esta exégesis comúnmente admitida por los autores católicos, es la que San Agustín ha dado ampliamente. Agustín hace comenzar este período en la Encarnación, porque profesa la teoría de la recapitulación, mientras que, en la perspectiva de Juan, los mil años se insertan en un determinado lugar en la serie de los acontecimientos. Es la Iglesia militante, continua Agustín, la que reina con Cristo hasta la consumación de los siglos; la primera resurrección debe entenderse espiritualmente del nacimiento a la vida de la gracia; los tronos son los de la jerarquía católica, y es esa jerarquía misma, que tiene el poder de atar y desatar. Estaríamos tentados de poner menos precisión es esa identificación. Sin duda, tenemos allí una imagen destinada a hacer comprender la grandeza del cristiano: se sienta, porque reina.
    Sin embargo, quedan todavía muchos aspectos del problema sin solución. Fillón, citando a Vigouroux, observa que es éste uno de los lugares más obscuros de la revelación misteriosa hecha a San Juan y agrega: «Después de haber leído páginas muy numerosas sobre estas líneas, no creemos que sea posible dar acerca de ellas una explicación enteramente satisfactoria».
    No sería, pues, una actitud razonable, ni conforme a las enseñanzas del Sumo Pontífice, el mirar la declaración antes referida como un motivo de retraimiento en el estudio de las profecías escatológicas de la Biblia, sino que, por el contrario, como dice Pío XII, deben redoblarse tanto más los esfuerzos cuantos más intrincadas aparezcan las cuestiones, y especialmente en tiempos como los actuales, que los Sumos Pontífices han comparado tantas veces con los anuncios apocalípticos, y en que las almas, necesitadas más que nunca de la palabra de Dios, sienten la necesidad del misterio y buscan como por instinto refugiarse en los consuelos espirituales de las profecías divinas, a falta de las cuales están expuestas a caer en las fáciles seducciones del espiritismo, de las sectas, la teosofía y toda clase de magia y ocultismo diabólico”.

    Del Padre Leonardo Castellani, en LOS PAPELES DE BENJAMÍN BENAVIDES:

    «Llámase milenarismo una teoría exegética que, interpretando literal y no alegóricamente el capítulo XX del Apocalipsis estatuye dos resurrecciones, una parcial y otra total, y un reino triunfante de Cristo entra ellas, sobre la tierra, y antes de la íntegra beatitud final; con las consecuencias que de esto se derivan en la interpretación de los Profetas y de toda la Escritura.
    En suma, el milenarismo consiste en creer al Día del Juicio, que es un dogma de fe, no un día material y un lugar geográfico, sino un período y un estado, un ciclo enteramente sobrenatural; y eso no por racionalismo o fantasía, sino por encontrarlo así escrito, a la letra, en las dos grandes profecías postrimeras, Daniel y Juan, con dos textos coincidentes del apóstol Pablo.
    Milenarismo y antimilenarismo representan en la realidad histórica hodierna dos espíritus, dos modos de leer la Escritura, y de ver en consecuencia la Iglesia y el Mundo.
    El milenarismo se apoya en el sentido literal de un pasaje, que, así entendido, abre el sentido literal y trascendental de muchos otros, y por ende transfigura –o configura o desfigura– todo el Libro.
    El antimilenarismo, interpretando el mismo alegóricamente, por huir dificultades o por recelo del abuso del kiliasmo carnal, autoriza por el mismo hecho a aplicar la alegoría a otros lugares oscuros e incluso a toda la Escritura: y los resultados no son indiferentes.
    La historia de estas dos opiniones en breves líneas es la siguiente:
    El milenarismo ingenuo, aún no teológico, fue la opinión de la primitiva Iglesia, como se puede colegir de sus expositores primeros, «grandes varones de la Iglesia y numerosos mártires» –para usar la fórmula de su mismo encarnizado adversario San Jerónimo–, a saber: Papías el Viejo, San Justino, San Ireneo, San Hipólito, Tertuliano, Metodio de Olimpo, Victorino Mártir el primer comentador del Apocalipsis, Lactancio, San Agustín junior, y Tyconio el primer exégeta digamos científico de las profecías parusíacas y hereje donatista por desgracia.
    Del seno de este milenarismo ingenuo brotó la versión crasa, herética o judaizante, que se atribuye a Cerinto o Kerintos, llamada milenarismo carnal o kiliasmo, corrupción de una doctrina en sí misma inofensiva que excitó en su contra el celo de los apologistas y las iras del gran polemista que fue San Jerónimo; el cual sin embargo en todas sus invectivas especifica su blanco que es la carnalidad y grosería del hereje Cerinto y sus seguidores; y advierte que el milenarismo ingenuo no puede ser condenado, por haber sido tenido por muchos Santos Padres y por cierto apostólicos; y rindiendo tributo a la verdad confiesa que «interpretando según el sentido no hay más remedio que ser milenarista» –que judaizar– dice él; y que alegorizando el Apocalipsis, es fuerza alejarse de la tradición exegética tanto latina como griega.
    San Agustín es milenarista en su Sermón 259. Bajo la presión de San Jerónimo, que le amonesta de los peligros muy reales entonces del kiliasmo, propone una interpretación alegórica del Apocalipsis XX en su De Civitate Dei, que no es una retractación absoluta de su exégesis primigenia, sino una interpretación optable dirigida en apologeta contra los abusos del milenarismo carnal; interpretación que fue adoptada por gran parte de la exégesis medieval, que ocupada en edificar la Iglesia no tenía premura en profetizar sobre su fin; y convertida en «exclusiva», por una parte de la exégesis oficial moderna.
    (…) El milenarismo real no enseña otra cosa sino que Apocalipsis XX y I Corintios XV pueden ser interpretados literalmente sin quiebra de la fe ni inconveniente alguno; que así lo entendieron los padres apostólicos y después de ellos, en el curso de la historia, innumerables doctores y santos; que de ello se sigue la probabilidad de dos resurrecciones, una parcial y otra general, con un período místicamente glorioso de la Iglesia Viante entre ellas» (págs. 411-418).
    «Yo no creo que Cristo haya de reinar mil años en la tierra visiblemente, ni después ni antes de la resurrección total o parcial de los muertos. Yo lo que creo es la interpretación literal del capítulo XX de la Revelación más probable que la otra, exegéticamente hablando. Según esa interpretación, habrá dos resurrecciones, una enseguida del Anticristo, otra después de un largo período de tiempo, en el cual tiempo «reinarán los santos con Cristo», visible o invisiblemente, no me meto. Eso dice literalmente y categóricamente el de Patmos. Y el pasaje de San Pablo en Corintios XV:22, lo mismo que su paralelo el de Tesalónicos IV:13; no lo contradice nada, antes al contrario calza allí sin el menor esfuerzo. Y ese largo período de tiempo entre una y otra resurrección es ni más ni menos «el día del juicio» –que como los de la Creación, no ha de ser un día solo– pues dice el sagrado texto: «Y vi tronos y sentáronse sobre ellos y les fue dado el juzgar» (págs. 383-384).
    «Si yo dijera: «Ya que de alguna manera la grey cristiana ha de imaginarse el triunfo definitivo de Cristo, preferible es que lo imagine sobrenatural y después de la Parusía, que no este turbio milenarismo natural en boga hoy día, hijo del racionalismo, del miedo y de las rabiosas ganas de vivir de todo enfermo…»; si yo dijera: «Ya que de todos modos el milenarismo es psicológicamente necesario, preferible es el milenarismo de los Santos Padres…», haría un razonamiento verdadero. Pero no en ese razonamiento se basa el milenarismo mío; que es el bueno. Mi basamento es que no me resulta tragable de ningún modo la interpretación alegórica del capítulo XX del Apocalipsis, la segunda interpretación de San Agustín cuando, apremiado por San Jerónimo, que le ponderaba los peligros del milenarismo en su corrupción carnal, creó genialmente el mito de la edad próxima, la edad de la Iglesia de Tiatira: mito en el sentido de una imagen real que preside como ideal colectivo los movimientos y las creaciones de la historia, en este caso una especie de Parusía parcial se avecinaba, la destrucción del Imperio de Constantino y la inmensa tarea de la creación de la Cristiandad europea.
    El vicio de hoy es dar esa interpretación como exclusiva (lo cual se guardó muy bien San Agustín de hacerlo) lo cual es convertirla en literal, lo cual es contradictio in adjecto. Y eso es pura y simplemente dar por tierra con toda la interpretación del Apocalipsis. Porque si hemos de interpretar por fuerza alegóricamente un capítulo, no sé por qué no podemos hacer lo mismo con todos los demás; y entonces, con toda la Escritura. Perece la regla de oro de San Agustín, perece la doctrina exegética de Santo Tomás, perece la reciente consigna de Pío XII en su encíclica sobre la Escritura. El Apocalipsis se vuelve en centón de adivinanzas.
    La interpretación alegórica, vuelta literal, si bien se mira, tiene contradicciones. Basta poner el texto y la interpretación a dos columnas, y el entendimiento se ve precisado a hacer cabriolas. Vean un poco: «Y vi un Ángel descendiendo del cielo». Así comienza el capítulo XX. Esa conjunción «Y» (kai), que es la continua bisagra del estilo joano, une esta Visión con la anterior, como una narración seguida, naturalmente. ¿Y cuál es la Visión anterior? La derrota del Anticristo y del Pseudoprofeta con todos sus ejércitos; es decir, el fin del mundo, según la interpretación alegórica. Y después de narrar la Parusía, tranquilamente el escritor sagrado, recula veinte siglos o cuarenta, y se planta en la Ascensión de Cristo…
    Hombre, se trata de una recapitulación. Antes de descubrir la gloria del cielo, echa un vistazo fugaz a toda la vida de la Iglesia Militante y Triunfante. Es como un paréntesis.
    Vamos a ver esa recapitulación… fugaz: [Más abajo viene en dos columnas la interpretación alegórica. Luego continua de este modo]:
    He aquí la interpretación alegórica del Milenio, que representaría toda la vida de la Iglesia; y después vendría de nuevo la narración del Combate del Anticristo en otra forma diversa: el diablo suelto de nuevo, Gog Y Magog, un ejército de los cuatro vientos de la tierra, el asedio de Jerusalén por huestes como la arena del mar, fuego que cae del cielo, y el diablo enviado al infierno, donde –dice San Juan– también la bestia y el mal profeta serán torturados día y noche por todos los siglos.
    Bien diverso parece eso de la otra visión del Anticristo. Tan diverso que ya no se pueden conciliar.
    Esta lectura de San Agustín es una anticipación, una imagen que informó como un ideal viviente toda la maravillosa obra misionera y organizadora de la Iglesia del Medioevo. Pero si usted la saca de allí, y le quiere dar sentido literal, dígame usted qué es lo que no se puede hacer de cualquier visión del Apocalipsis con ese método.
    La verdad es que muchos teólogos de nota, mi maestro Billot entre ellos, dan a esa Visión un sentido más concreto; creen –y yo lo he creído mucho tiempo– que esos mil años son literales, pero preparusíacos; que son el tiempo del gobierno social de la Iglesia, que comenzó con Carlomagno y terminó en 1789. Según ellos, el demonio estaría ahora desatado; como parece indicar la oración de León XIII que rezamos al fin de la Misa.
    Así quedamos siempre en las mismas –dije–. No sabemos si hay una o dos resurrecciones; no sabemos si hay un reinado de Cristo sobre la tierra después del Anticristo; o si la caída de la bestia engulle al mundo en fuego y azufre y transforma de golpe la humanidad en el Paraíso superterreno de Dante, después de haberla calcinado.
    No quedamos en las misma –dijo don Benya–, porque quedamos en una u otra, condicionalmente; y excluimos ese gran triunfo temporal de la Iglesia antes de la Parusía, que me parece un peligroso ensueño contemporáneo» (393-398)

  15. A la segunda pregunta de francisco se responde: una posición sostiene que la derrota del anticristo se produce no por la venida de Cristo en persona sino por el soplo o resplandor de su venida, lo que vendría a ser un anticipo. Le seguiria el triunfo de la Iglesia y después sí la venida carnal de Jesus. Esta posición es bastante interesante, y tiene la ventaja de que no puede ser catalogada como «milenarista». Sin embargo, tiene un problema: cuando Cristo viene en su corcel blanco derrota a sus enemigos, se posa con sus pies en Jerusalén segun el profeta Zacarias y esto para defender a su pueblo de los ejercitos enemigos -la derrota de gog de magog- y en el tiempo de paz no hay enemigos ni ejercitos porque «todos conocen al Señor» y «no se levantará pueblo contra pueblo ni se prepararan mas para la guerra». La aparicion de gog al final de un tiempo de paz asi como una ultima rebelion no tienen cabida, dado el caracter definitivo y categórico de las promesas para el tiempo de paz. Además de que Cristo viene en un tiempo similar a los tiempos de Noé -estos tiempos que vivimos- y no en un tiempo de perfeccion espiritual como es el tiempo de paz.

  16. Cicerón, el Vaticano, y el Fin

    Marco Tulio Cicerón, el extraordinario patriota romano que vibró con lo apocalíptico de su época, esperaba al Mesías de Israel, y puso siempre su voluntad al servicio de la libertad y de la justicia hasta morir por ello nos dejó este testimonio en una de sus cartas a Ático, su editor. Tenemos por ella la visión más asombrosa del futuro de Roma, del Vaticano y de una terrible destrucción del mundo. Ofrece para nuestra época mayor precisión y detalle sobre nuestro futuro próximo que las profecías de cualquiera de los profetas de Israel.

    En su puesto oficial como Augur de Roma, tiene el año 52 antes de Cristo una visión que enlaza su tiempo con lo que parece una guerra nuclear que habrá de devastar el mundo. Después de presenciar en los cielos el triunfo de Cesar sobre Pompeyo, y su coronación, ve el magnicidio de Cesar, un nuevo emperador, y el gran incendio de Roma, ve y describe la nueva Roma del Vaticano. He aquí esta última como la describió en una de sus cartas a Ático:

    «…Entonces, en la semioscuridad, apareció de pronto una formidable cúpula como un sol, una cúpula de dimensiones tales como para hacer vacilar al ojo que pretendiera abarcarla. De su cima salía un fuego dorado que se recogió sobre sí para formar una cruz que penetraba un cielo súbitamente tan azul y suave como el ojo de un niño. De las puertas de los muros que se abrían bajo la cúpula muchos hombres salían dignamente, y vestidos de blanco, uno por uno, uno tras otro, cada uno siguiendo al anterior, cada uno con un báculo como de augur, y cada uno moviendo su cabeza con decisión como enfrentando a multitudes invisibles. De sus bocas, al hablar cada uno, salían las palabras: paz, paz a los hombres de buena voluntad.

    «El último hombre en salir elevó aún más la voz que los anteriores repitiendo las mismas palabras. Pero una gran confusión negra y roja comenzó a formarse ante él. La enfrentó resueltamente. Rugieron relámpagos en mil lugares distintos. Se oscurecieron los cielos, se elevaron llamas y fuego y bolas que giraban como soles individuales que, girando y revolviéndose, saltando y cayendo, devoraban todo lo que tocaban. Su horrible y mortal luz fluía sobre el hombre en su níveo atuendo. Les hizo frente sin temor. Pero más y más hicieron aparición, y ahora toda la tierra estaba roja y ardiendo y cayó toda en el caos. “¡Señor, ten piedad de nosotros!” grito el hombre vestido de blanco. Hubo un ruido como de montañas que caían, y vendavales.»

    «Escribió Cicerón a Julio Cesar que le había solicitado el augurio: «He visto augurios que desafían el poder de descripción de cualquier hombre, aún el mío conociéndose mi dominio sobre las palabras. Uno de ellos se refiere a ti, Julio. Mientras te quede tiempo, frena tus sueños de esplendor, triunfo y conquista. Morirás sin duda, como ya te lo había anunciado.»

    «Solo a Ático trata Cicerón de comunicar sus visiones, y Ático queda asombrado. Ático le responde: «Lo que todo esto significa ni siquiera pretendo ponerlo en duda. No pretendo entender la cúpula de dimensiones increíbles, ni la señal sobre ella, el signo infame, la cruz de las ejecuciones. No hay tal edificio en Roma, por lo tanto pertenece al futuro. ¿Quiénes son esos hombres en digno atavío blanco, que exhortan “¡Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!”? Esto me asombra, porque no tiene significado para mí. Lo que viste al final fue la destrucción del mundo. Roguemos que no nos toque presenciar el final como tu lo has visto.»

    Tomado de la obra de Taylor Caldwell «La Columna de Hierro». Capítulo 61.

Los comentarios están cerrados.