ANTONIO CAPONNETTO: LA VUELTA DE OBLIGADO

LA VUELTA DE OBLIGADO


Este 20 de noviembre del 2010 se cumplen 165 años de la batalla de la Vuelta de Obligado. La gloriosa y memorable fecha no les pertenece a quienes hoy oficialmente la festejan. Tampoco al partido que representan, ni a los agentes regiminosos que alrededor de ese partido medran y lucran corruptamente. Rosas no admite comparación con sus ídolos populistas, ni cuadra su presencia en ninguna galería de próceres latinoamericanos, a más de uno de los cuales hubiera lanceado a campo traviesa.

Las celebraciones gubernamentales son ultraje y mentira. El Rosas que reivindican no existió. El Rosas que existió los habría fusilado.

Nada de esto ya importa. Vencedor del tiempo y del espacio —como los héroes genuinos— los argentinos cabales rinden tributo a su memoria, a quienes cayeron en la Vuelta de Obligado, y a quienes —cuando hacerlo supuso riesgos fieros— reivindicaron la verdadera talla del Ilustre Restaurador de las Leyes.

Quieran hacer justicia los versos que enhebramos:

Ni cuzcos ladradores ni doctores me traigan,
ni tibios lomos negros de chiripá o levita,
que no vengan logistas a hollar estas barrancas,
donde el duelo y la sangre supieron darse cita.

Auséntense los torvos, cismáticos o flojos,
espadas sin cabeza, sin blasón ni coraje,
esta Vuelta del río reclama en sus orillas
la vieja aristocracia del sufrido gauchaje.

Ninguna voz rendida se escuche en el remanso
del Paraná poblado de recuerdos fecundos,
ninguno se presente de los que han hocicado,
una vez y por siempre los he llamado inmundos.

Que no lleguen tampoco los que enturbiaron nombres
de patriadas antiguas galopando en montón,
ni los profanadores de la historia se acerquen,
sólo quiero a los fieles de la Federación.

¡Encadene el oleaje, mi General Mansilla,
atenace torrentes, eslabone los vientos,
que silven los boyeros, y en las cañas tacuaras
flameen los pendones amarrados con tientos!

¡Usted, Coronel Thorne, desenvaine cañones,
camarada Quiroga: honre al padre que hereda,
Capitán Tomás Craig, ancle el buque al pellejo
y usted, Ramón Rodríguez, con su furia proceda!

Si la tierra trepida sabrán los extranjeros,
que las almas batallan con leal veteranía
invisible y perenne como un yelmo de plata
como ajorca que enlaza la fiel soberanía.

Comandante Barreda, Artillero Palacios,
alumbren las estrellas de este patrio noviembre,
y en el último ataque que cada puño sea
la semilla que labre, que coseche y que siembre.

Nada importa esta tarde que la proa invasora
nos aventaje en fuego de metrallas filosas,
mis mazorqueros tienen bayonetas caladas
y me sigo llamando Don Juan Manuel de Rosas.

Resistí a los falsarios, la conjura de escribas,
en mil páginas negras que fraguó belcebú,
venceré a los que intenten torcer mi empuñadura,
yo soy el heredero del sable de Maipú.

Mañana cuando lleguen las horas más aciagas,
aunque ni un ceibo quede en mi pampa plantado,
Señor, se alce una boca para gritar de nuevo:
No han de pasar por esta Vuelta de Obligado.

Antonio Caponnetto

9 comentarios sobre “ANTONIO CAPONNETTO: LA VUELTA DE OBLIGADO

  1. ¡Que dias de gloria tuvo la Argentina en esos años!

    El maestro Caponnetto siempre esta al servicio de la Causa de Dios y de la Patria. ¡Oremos porque pronto ocupe el lugar que debe ocupar guiando a los argentinos de bien!

    Tambien recordemos a nuestro amigo Isidro Corbacho, que nos dejo prematuramente, pero que sin duda estara en los pagos celestiales con los heroes de Obligado y de Malvinas.

  2. No soy argentina, pero me gusta el verdadero patriotismo, no el patrioterismo!!!
    Muy buenos esos versos!!!
    Los acompaño desde mi Patria , y Dios quiera algun día vuelvan esa clase de heroes, y no los fantoches de ahora!!

  3. EL HIMNO DE OBLIGADO

    Por J.L.Muñoz Azpiri (*)

    El canto nacía estentóreo y salvaje…

    Recodo del río Paraná donde se desarrolló el combate. Cuando sonó el primer cañonazo enemigo, Mansilla bajó el brazo derecho y cerró de un golpe el catalejo. Todo estaba consumado. El crimen era un hecho. La cuarta guerra exterior del país comenzaba. El héroe alzó el brazo de nuevo, dio la señal convenida y el Himno Nacional Argentino estalló en la barranca. La primera bala francesa dio en el corazón de la patria.

    La segunda bala francesa cayó sobre el Himno. El canto nacía indeciso en el fondo de las trincheras excavadas entre los talas, trepaba resuelto por los merlones de tierra, se deslizaba ágil por las explanadas de las baterías, corría animoso por los claros de grama esmaltados de verbenas, se animaba con furia animal en el monte de espinillos, y ascendía estentóreo y salvaje, en el aire de oro de la mañana de estío. Allí, hecho viento, transformado en ráfaga heroica, ganaba la pampa, el mar, la selva, el desierto, la estepa y la cordillera y uniendo de un extremo al otro del país la voz de júbilo con la de protesta, la de la imprecación con la del entusiasmo cívico, creaba un clamor de alegría y borrasca, incomparable y único.

    La voz clara y sonora de Mansilla acaudillaba los ritmos heroicos. El eco pasaba de una garganta a la otra; partía de los pechos de acero que amurallaban la patria y se confundía y entrechocaba sobre los muros de las baterías. Las notas prorrumpían de los bronces y tambores majestuosamente, con corrección inigualable, como en un día de parada. La banda del Batallón 1º de Patricios de Buenos Aires, que ejecutaba el himno al frente del regimiento inmortal, solo encontraba extraño en esta formación de tropas que, en vez de ser un jefe, fuese la Muerte quien pasara revista. Lo demás era lo acostumbrado desde los tiempos de Saavedra y la trenza con cintas. La hueste asistía impecable a la inspección, en tanto la metralla francesa e inglesa llovía sobre las filas sonoras y abría claros en la música y el verso.

    Los huecos se cubrían con premura y renacía la estrofa, redoblada y heroica. Cada voz sustituta centuplicaba la fuerza del canto. La oda se había constituido en una marejada incontenible de estruendo y de furia.

    Toda la barranca ardía en delirio con las voces. Cantaban los artilleros, los infantes, los marineros, los jinetes, los jefes, los oficiales y los soldados, los veteranos de cien encuentros y los novicios que por primera vez, olían la sangre y la muerte. La misma tierra quería hendirse para cantar. Parecía pedir la voz de todos los pájaros para acompañar en el canto a quienes la amparaban hasta morir abrazados sobre ella, crucificados sobre su amor, dándole a beber generosamente de su propia sangre. Cantaban allí los camaradas de aquellos que custodiaba en su seno, y que murieron defendiendo su pureza criolla en los campos, sobre los ríos y las montañas, en los páramos frígidos y a la sombra de los montes de naranjos donde dormían cálidamente, bajo la lluvia votiva del azahar.

    Los viejos patricios de Buenos Aires, los capitanes que cruzaron la cordillera con el Intendente de Cuyo y libertaron los países que se recuestan sobre un mar donde se pone el sol, los oficiales que habían combatido contra el Imperio del Brasil, destrozando a lanzazos los cuadros terribles de la infantería mercenaria austríaca, los marineros de camiseta rayada, cubiertos de cicatrices, que habían cañoneado y abordado naves temibles al mando del Almirante, en el río y en el mar, luchando en proporción de uno a veinte con la mecha o el sable en el puño, todos los que habían hecho la patria y no deseaban vida que no se dedicase a sostenerla, se hallaban allí y cantaban religiosamente, con la mirada arrasada y el corazón desbordante de ternura por los recuerdos, la canción que hablaba de cadenas rotas, de un país que se conturba por gritos de venganza, de guerra y furor, de fieras que quieren devorar pueblos limpios, de pechos decididos que oponen fuerte muro a tigres sedientos de sangre, de hijos que renovaban luchando el antiguo esplendor de la patria y de un consenso de la libertad que decía al pueblo argentino:¡Salud!La canción era seguida por juramentos de morir con gloria y el deseo que fueran eternos los laureles conseguidos.

    Jamás resonó canción como aquella. Los que habían conseguido los laureles pedían frente a la muerte que fueran eternos, los que vivían coronados por la gloria adquirida luchando con el fusil, el sable o el cañón, a pie, a caballo o sobre el puente de una nave, en defensa de su Nación, juraban morir gloriosamente si la vida debía comprarse al precio del decoro y el valor.

    Los proyectiles franceses e ingleses caían ahora sobre la protesta, el desafío o la muerte, el orgullo y la voluntad. La voz, engrosada y magnificada por el eco, había recorrido de una frontera a otra de la tierra invadida, y retornaba al lugar de su nacimiento para recobrar vigor y lanzarse esta vez hacia el frente, en procura de los agresores. Descendía presurosa por la barranca, corría sobre la playa de arena, alcazaba la orilla del río, volaba sobre el espejo del agua y se lanzaba al abordaje sobre los invasores, repitiendo un asalto sorpresivo y desenfrenado. Trepaba por las cuadernas de las quillas, se encaramaba por las bordas, hacía esfuerzos desesperados por amordazar los cañones de 80 milímetros, de 64, de 32, las cien bocas que vomitaban fuego sobre las baterías de menor alcance, lograba poner el pie en las cubiertas, brincaba a lo puentes donde se hallaban, condecorados y magníficos, Tréhouart, el capitán de la Real Marina Francesa y el Honorable Hothan, de la armada de Su Majestad, con uniformes de gala, cubiertos de entorchados, dirigiendo con el catalejo el bombardeo implacable e impune; ascendía por los obenques a las gavias y las cofas y giraba sobre las arboladuras lanzando un grito recio y retumbante. Luego descendía sobre el río y soplaba en el mar, y a través de las olas, cabalgando sobre el agua y la espuma, pisaba la tierra desde donde las naves habían partido y se retorcía en remolinos briosos y épicos en busca de oídos para requerir, demostrar, probar, retar y herir.

    La canción aludía a los derechos sagrados del hombre y el ciudadano, a los principios de igualdad política y social, al respeto por la propiedad ajena, a la soberanía de la Nación, a la obligación de cada ciudadano de respetar la ley, a la libre expresión de la voluntad popular, al respeto de las opiniones y creencias ajenas, a la abolición de los obstáculos que impiden la libertad y la igualdad de los derechos. La voz hablaba de la injusticia de la metralla, y ésta, tal como si hubiera interpretado la protesta del canto, hería ahora el seno de la voz, en acto obstinado, buscando rabiosamente el corazón de la canción.

    Los defensores eran ya los árbitros de la batalla. El enemigo había entendido la voz y comprendía que el triunfo pertenecía, por derecho propio, al atacado, cualquiera fuera el desenlace de la acción. Ya no significaba nada vencer en el encuentro y cobrar el botín de la conquista para conducirlo a la tierra donde estallarían aclamaciones y vítores junto a los arcos de triunfo. El adversario cantaba estoico frente a la muerte; cantaba vivamente, alegremente, enhiesto e impasible, sin responder al fuego, como queriendo demostrar que era más importante terminar con aquel canto, antes que defender la vida y resguardar la defensa del paso. Los cañones de 80 golpeaban el vacío, asesinaban la nada; las granadas explosivas no acallaban la música ni podían matar la poesía. La lucha era imposible: ¡Si al menos los defensores hubieran dejado de cantar!…

    Cuando la voz dejó de escucharse hasta en su último eco, Mansilla recogió de nuevo el catalejo, tomó la espada, y alzando el brazo nuevamente, dio orden de iniciar el fuego contra las naves. La barranca ardió en llamas y comenzó el cañoneo que se sostendría por espacio de ocho horas…Pero la hazaña principal estaba cumplida, con el Himno entonado frente al adversario y que escucharían después los siglos. La música de los cañones sólo componía el acompañamiento de este canto. El héroe había legado a la patria su tesoro más puro de heroísmo, de exaltación emocional y de pasión patriótica: el Himno ganaba de paso, igualmente, la batalla de la Vuelta de Obligado.

    (*) José Luis Muñoz Azpiri (h), nació el 22/06/57 en Buenos Aires, cursó estudios superiores de Historia en la Universidad del Salvador y de Antropología en la UBA y la Escuela Nacional de Antropología e
    Historia de México.
    Egresado del Curso Superior de la Escuela de Defensa Nacional, integra el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Ejerce el periodismo en diversos medios nacionales y extranjeros. Su último libro (2007) es «Soledad de mis pesares» (Crónica de un despojo).

  4. ¿POR QUE EL 20 DE NOVIEMBRE ES EL DIA DE LA SOBERANIA?

    Por José María Rosa

    El 13 de enero de 1845 en París, noche nevosa según el testimonio de uno de los presentes, François Guizot, primer ministro de Luis Felipe, rey de los franceses, reúne a cenar en el Ministerio de Relaciones Exteriores a los técnicos del Plata que se encontraban en la capital de Francia.

    De dicho ágape surgirá la intervención armada anglofrancesa, y su posible colaboración brasileña en los asuntos internos de las repúblicas sudamericanas.

    Concurren el embajador de Inglaterra Lord Cowley, sir George Ouseley, que partiría al Plata llevando la intimación a Rosas, Mr. De Lurde hasta entonces Encargado de Negocios francés en Buenos Aires, el almirante Mackau, ministro de Marina, y que conociera a Rosas en 1840 cuando fue a llevarle la paz por instrucciones de Thiers, Mr. Desages director general del Ministerio, y el vizconde de Abrantés en misión especial de Brasil para acoplarse a la proyectada expedición.

    Los Antecedentes de la Intervención Desde 1842 andábase en ese negocio. Francia había fracasado en su intento de imponerse por la fuerza de sus cañones y de su dinero “que sembró la guerra civil” a la Confederación Argentina gobernada por un hombre del carácter férreo de Rosas.

    Hacia 1842 la política de la «entente cordiale» de Inglaterra y Francia hizo renacer la posibilidad de una nueva intervención, esta vez combinadas las fuerzas militares de ambas naciones: no era admisible que los pequeños países surgidos de la herencia española obraran como si fueran Estados en uso pleno de su soberanía y se negaran a recibir los beneficios “libertad de comercio, tutelaje internacional, libertad de sus ríos navegables” de las «naciones comerciales».

    Había que hacer, en primer lugar, de la ciudad de Montevideo una factoría comercial, de propiedad común anglofrancesa, desde donde dominar la cuenca del Plata después, establecer la ley de los mares “es decir, su libre navegación” a los ríos interiores argentinos, y finalmente dividir en mayores fragmentos esa Confederación Argentina que Rosas se había empeñado en mantener incólume del naufragio del antiguo y extenso virreinato del Plata.

    De allí la nota conjunta que los ministros inglés y francés en Buenos Aires (Mandeville y De Purde) habían pasado a Rosas apenas producida la batalla de Arroyo Grande. Diciembre de 1842: prohibíase ayudar a Oribe a recuperar su gobierno oriental y se amenazaba con tomar las medidas consiguientes si los soldados argentinos atravesaban el Uruguay en unión con los orientales para expulsar las legiones extranjeras que mantenían a Montevideo.

    Pero Rosas quedó sordo a la amenazas: contestó poco más o menos que en las cosas argentinas y orientales mandaban solamente los argentinos y los orientales. Consecuente con su respuesta el ejército aliado de Oribe, atravesó el Uruguay, y en febrero de 1843 empezó el sitio de Montevideo, defendida por las legiones extranjeras y por el almirante inglés Purvis.

    En febrero de 1843 esperábase por momentos la intervención conjunta amenazada por la nota de Mandeville y De Lurde que Rosas había osado desafiar. Pero no llegaba. Es que 1843 no había sido un año propicio para la entente cordiale, amenazada de quebrarse por la cuestión del matrimonio de la joven reina de España.

    La misión del argentino Florencio Varela De allí el desdichado fracaso del abogado argentino Florencio Varela, enviado a Londres en agosto de 1843 por el gobierno de la Defensa de Montevideo a indicación del almirante inglés Purvis.

    Llevó instrucciones para convencer al canciller Aberdeen de que la «causa de la humanidad» reclamaba la inmediata presencia de la escuadra británica en el Plata.

    Gestionaría también la «tutela permanente» inglesa a fin de salvar al Plata en adelante de la barbarie nativa. Intervención y tutela retribuidas “lo decían las instrucciones” con la libertad absoluta de comercio y la libre navegación de los ríos.

    Para cumplir mejor su cometido y documentar la «causa de la civilización», la casa inglesa Lafone confeccionó en Montevideo un record de los actos de barbarie que convenía atribuir a Rosas.

    El periodista argentino José Rivera Indarte, ducho para esos menesteres, recibió el encargo de redactar el record abultándolo de manera que impresionara en Europa: se le pagó un penique por cadáver atribuido a Rosas.

    Confeccionó Las tablas de sangre, que por dificultades de impresión no estarían listas en el momento de embarcarse Varela, pero le llegarían a Londres a los fines de su misión.

    Aberdeen recibió a Varela. El trato no fue el esperado por el argentino. No obstante traducirle Las tablas de sangre, el inglés no pareció emocionarse con los horrores recopilados por Rivera Indarte; tampoco tomó en serio «la tutela permanente» ni las cosas que le ofrecía el ex argentino.

    Le contestará fríamente que Inglaterra defenderá la «causa de la humanidad» dónde y cómo lo creyera conveniente, sin menester de promotores ni alicientes, y se le importaba un ardite cuanto pudieran ofrecerle los nativos auxiliares.

    Inglaterra haría y tomaría lo que más le conviniese, sin otro acuerdo que «con las grandes naciones comerciales» asociadas a la empresa.

    Varela no entiende; nunca entendió nada de la política americana ni de la europea. No comprende ese desprecio hacia «su gobierno» tan favorable a Inglaterra, ni que se hiciera caso omiso de sus tentadoras ofertas; jamás tuvo conciencia de su posición ni sentido de las distancias.

    Váse de Europa “después de una gira por París, donde tuvieron mayor éxito las Tablas de sangre” mohino y decepcionado de los «poderes civilizadores». «La Inglaterra “escribe en su Diario de viaje” no conoce ni sus propios intereses».

    La cena de Guizot En 1844 las cosas mejoraron y la `entente cordiale` pudo reanudarse. Más alerta Brasil que el despistado gobierno de Montevideo, envía entonces su comisionado: el vizconde de Abrantés.

    Aberdeen lo recibe mejor que a Varela; al fin y al cabo Brasil era un imperio constituido y no un gobierno nominal de ocho cuadras escasas, mantenido a fuerza de subsidios y de legiones.

    Pero Inglaterra no quiere la participación de Brasil en la empresa a llevarse en el Plata; no le convenía fortalecer ese imperio americano ni darle entrada al Plata.

    Como Abrantés representaba a un emperador no podía despedirle a empujones, como lo hizo con Varela; lo hará más diplomáticamente, pero lo hará.

    Tras conversar con Abrantés en Londres (que también ha venido a hablarle «de la causa de la civilización», oyendo del inglés el despropósito de «que la existencia de la esclavitud en Brasil era vergüenza mayor que todos los horrores atribuidos a Rosas por sus enemigos», lo despacha a París.

    Allí se arreglará la intervención en definitiva y la posible participación de Brasil.

    Pero eso es la cena de Guizot en el ministerio la noche del 13 de enero de 1845. Muy a la francesa se discutirá la acción en la sobremesa. Y al servirse el café y el coñac, Guizot abre el debate sobre el interrogante ¿Qué propósito y qué medios dar a la intervención? Abrantés no se anima a postular «la causa de la civilización» después de lo ocurrido con Aberdeen.

    Las Tablas de Sangre podían ser útiles para impresionar al gran público, pero evidentemente no producían efecto en los políticos.

    Sin embargo, todos son partidarios de pretextar ostensiblemente la «causa de la civilización», pero agregándole las «necesidades de las naciones comerciales», la «independencia de Uruguay, Paraguay y Entre Ríos» que había que preservar de la Confederación Argentina, y la «libre navegación de los ríos» argentinos, orientales, paraguayos y entrerrianos.

    En cuanto a Rosas… Mackau, que lo ha conocido en 1840 hace su elogio: es un patriota insobornable, un político hábil, un gobernante de gran energía y un hombre muy querido por los suyos.

    Desde luego, es un obstáculo para los planes de la intervención y costaría llevarlo por delante; aunque contra las escuadras combinadas nada podría hacer.

    De Lurde, que también lo ha conocido en Buenos Aires, se desata en elogios para Rosas: su gobierno ha impuesto el orden donde antes imperaba el desorden; tal vez los argentinos se hubieran acostumbrado a obedecer a una autoridad y pudiera reemplazárselo por otro gobernante más amigo de los europeos, pero la cuestión es que Rosas no cedería a una intervención armada: «se refugiaría en la pampa y desde allí hostilizaría a los puertos».

    A su juicio la intervención irá a un completo fracaso; mejor era dejar las cosas como estaban y tratar con Rosas de igual a igual «sacándole los beneficios comerciales posibles».

    Abrantés está de acuerdo, en parte, con De Lurde. Pero no cree que la intervención iría a un completo fracaso. Combinadas Inglaterra, Francia y Brasil, su fuerza sería irresistible; a Rosas podría perseguírselo hasta el fondo de la pampa. Pero, eso sí, deberían emplearse todos los medios para obtener el triunfo.

    En caso de no emplearse medios eficaces (expedición marítima y fuerzas de desembarco en número aplastante), mejor era olvidarse de una intervención y «no exponerse a la irritación de un hombre como Rosas».

    Ouseley trae le palabra de Inglaterra. Nada de expediciones de desembarco que por dos veces habían fracasado en Buenos Aires (1806 y 1807).

    Lo que se buscaba era otra cosa, para lo cual el gobernante argentino carecía de fuerza para oponerse: una gran expedición naval que levantara el sitio de Montevideo, tomara posesión de los ríos, y gestionara y mantuviera la independencia del Uruguay, Entre Ríos y Paraguay.

    De Montevideo se haría una factoría para las grandes naciones comerciales; de común acuerdo entre las nacionales comerciales y Brasil, se fijarían los límites de los nuevos Estados del Plata.

    Buenos tratados de comercio, alianza y navegación los unirían con las naciones comerciales.

    Abrantés se desconcierta ante esa repetición de «las naciones comerciales» que parecerían excluir a Brasil, y pregunta cuál sería la participación del Imperio en la empresa. «El ejército brasileño operaría por tierra concluyendo con Oribe».

    Abrantés protesta, pues eso sería «recibir solo la animosidad de Rosas, pues las fuerzas de Rosas se manifestarían por tierra, si los tres aliados participaban en común, también en común deberían emplearse».

    Cowley corta: Inglaterra no enviará expediciones terrestres.

    Mackau no quiere la participación de Brasil «que complicaría la cuestión». Ouseley añade que por una fuerte expedición naval podrían cumplirse los objetivos de la intervención: en cuanto a Rosas y su Confederación Argentina, aislados al occidente del Paraná, no podrían oponerse a lo que se hiciera a oriente de este río.

    Guizot resume las opiniones como final del debate.

    Se emplearían «solamente medios marítimos», a no ser que Brasil quisiera, usar su ejército de tierra; la acción naval sería suficientemente poderosa para hacer a los aliados dueños de los ríos, del Estado Oriental, de la Mesopotamia y del Paraguay, cuya «independencia se garantizaría».

    Estos Estados se unirían con sólidos lazos comerciales y de alianza con los interventores.

    Brasil se retira Abrantés informa esa noche a su gobierno. Ha comprendido que muy diplomáticamente no se quiere la participación brasileña.

    No solamente Aberdeen le ha exigido la renovación de los leoninos tratados de alianza y de tráfico de esclavatura como previos a la alianza, sino Brasil no obtendría objetivo alguno en la intervención.

    Todo sería para las naciones comerciales; que fijarían los límites de los nuevos Estados con el Imperio (desde luego, en perjuicio del Imperio), y serían las solas dueñas de las nuevas repúblicas. Brasil vería cortarse para siempre su clásica política de expansión hacia el sur.

    Además, dejarle la exclusividad de las operaciones terrestres contra Rosas era una manera de obtener el retiro del Imperio, pues Brasil no tomaría exclusivamente semejante responsabilidad. Y dando por terminada su misión se retira de París.

    Empieza la Intervención Gore Ouseley, portando el ultimátum previo a la intervención, viajó a Buenos Aires. Exigió el retiro de las tropas argentinas sitiadoras de Montevideo, juntamente con las orientales de Oribe y el levantamiento del bloqueo que el almirante Brown hacía de este puerto.

    Se descartaba su rechazo por Rosas. Poco después llegaba el barón Deffaudis con idéntico propósito en nombre de Francia.

    Mientras Rosas debate con los diplomáticos el derecho de toda nación, cualquiera fuere su poder o su tamaño para dirigir su política internacional sin tutela foráneas, se presentaron en Montevideo las escuadras de Inglaterra y Francia comandadas respectivamente por los almirantes Inglefield y Lainé.

    Pendientes aún las negociaciones en Buenos Aires, ambos almirantes se apoderaron de los buquecillos argentinos de Brown que bloqueaban Montevideo, arrojaron al agua, la bandera Argentina y colocaron al tope de ellos la del corsario Garibaldi.

    Ante ese hecho -ocurrido el 2 de agosto de 1845- Rosas elevó los antecedentes a la Legislatura, que lo autorizó «para resistir la intervención y salvar la integridad de la patria». Ouseley y Deffaudis recibieron pasaportes para salir de Buenos Aires. La guerra había empezado.

    Obligado (20 de noviembre) El 30 de agosto la escuadra aliada íntima rendición a Colonia, que al no ser acatada es desmoronada a cañonazos al día siguiente. Garibaldi, con los barcos argentinos, de los que ahora es dueño, participa en este acto y se destaca en el asalto que siguió.

    El 5 de septiembre los almirantes se apoderan de Martín García: Garibaldi, con sus propias manos -que más tarde serían esculpidas en bronce en una plaza de Buenos Aires-, arrió la bandera argentina.

    De allí la escuadra se divide. Los anglofranceses remontan el Paraná, mientras Garibaldi toma por el Uruguay y sus afluentes: el corsario se apodera y saquea Gualeguaychú, Salto, Concordia y otros puntos indefensos, regresando a Montevideo con un enorme botín de guerra.

    Mientras tanto Hontham y Trehouart navegan el Paraná en demostración de soberanía, y para abrir comunicaciones con su ejército «auxiliar» que, al mando del general Paz, obraba en Corrientes.

    Pero el 20 de noviembre, al doblar el recodo de Obligado, encuentran una gruesa cadena sostenida por pontones que cerraban el río, al mismo tiempo que baterías de tierra iniciaban el fuego.

    Es el general Mansilla, que por órdenes de Rosas ha fortificado la Vuelta de Obligado y hará pagar caro su cruce a los interventores.

    Al divisar los buques extranjeros ha hecho cantar el Himno Nacional a sus tropas y abierto el fuego con sus baterías costeras.

    Hontham y Trehouart contestan y llueven sobre la escasa guarnición Argentina los proyectiles de los grandes cañones de marina europeos.

    Siete horas duró el combate, el más heroico de nuestra historia (de las 10 de la mañana a las 5 de la tarde). No se venció, no se podía vencer.

    Simplemente, quiso darse a los interventores una serena lección de coraje criollo. Se resistió mientras hubo vidas y municiones, pero la enorme superioridad enemiga alcanzó a cortar la cadena y poner fuera de combate las baterías.

    Bizarro hecho de armas, lo califica Inglefield en su parte, desgraciadamente acompañado por mucha pérdida de vidas de nuestros marinos y desperfectos irreparables en los navíos.

    Tantas pérdidas han sido debidas «a la obstinación del enemigo», dice el bravo almirante.

    ¿Se ha triunfado? La escuadra, diezmada y en malas condiciones, llega a Corrientes, y de allí intenta el regreso.

    En el Quebracho, cerca de San Lorenzo, vuelve a esperarla Mansilla con nuevas baterías aportadas por Rosas. Otra vez un combate, otra vez «una victoria» -el paso fue forzado- con ingentes pérdidas.

    Desde allí los almirantes resuelven encerrarse en Montevideo; transitar el Paraná es muy peligroso y muy costoso.

    Se deshace el proyecto de independizar la Mesopotamia gestionado por los interventores en el tratado de Alcarás porque Urquiza ya no se sintió seguro. Se deshace la intervención.

    Poco después -13 de julio de 1846- Samuel Tomás Hood, con plenos poderes de Inglaterra y Francia, presenta humildemente ante Rosas el «más honorable retiro posible de la intervención conjunta». Que Rosas lo haría pagar en jugoso precio de laureles.

    Por eso el 20 de noviembre, aniversario del combate de Obligado, es para los argentinos el Día de la Soberanía.

    Algunos panegiristas de Varela han negado la imputación de Paz, por no referirse las instrucciones de Varela a la independencia de la Mesopotamia. Pero nada tenían que decir estas instrucciones del gobierno de Montevideo sobre un asunto que le era ajeno. Por otra parte, la imputación de Paz no puede asombrar a quien conozca la política de esos años: la independencia de la Mesopotamia era un viejo propósito acariciado por quienes buscaban fragmentar en mayores porciones al antiguo virreinato. Lo quisieron Inglaterra y Francia en 1845; lo quiso Brasil en 1851. No lo pudieron cumplir los primeros por la enérgica repulsa de Rosas; no lo pudo hacer el último por la oposición inglesa a crearse una republiqueta en beneficio de Brasil. En beneficio suyo -como en 1845 y 1846- era otra cosa. Urquiza no fue ajeno a ambas propósitos de desmembrar la Argentina.

    Volviendo a Varela. Pese a la radical expresión de la Historia de la Academia «La acusación de desmembrar la mesopotamia hecha a Varela -no tenía más falta que la de ser equivocada-. Si llega a formularse nuevamente deberá ser calificada de infundada» VII, 2º sc., p.265), lo cierto es que Varela, Carril y la mayor parte de los unitarios y aún el mismo Urquiza querían desmembrar la Mesopotamia. La prueba documental es terminante y decisiva.

    En realidad, poco importa lo que dijera o pretendiera Florencio Varela. La desmembración de la Mesopotamia no hubiera sido lo más lamentablemente deplorable de su triste misión. Quién tenía instrucciones para ofrecer la tutela permanente de Inglaterra en el Plata, importa poco que hubiera querido dividir administrativamente a su patria en dos o catorce porciones.

  5. ALGUNAS «PERLITAS» SOBRE EL 20 DE NOVIEMBRE EN OBLIGADO…

    Sabido es que el 20 de noviembre último se festejó en Vuelta de Obligado el Día de la Soberanía Nacional…donde la presidenta inauguró un monumento y donde pronunció un discurso bastante aceptable… No era para menos:

    Se nombró la Gesta de Malvinas y la relacion que tuvo con Vuelta de obligado (1845 y 1982)

    Se resaltó la figura señera de Juan Manuel de Rosas y el ocultamiento que de su gestión se vino haciendo hasta nuestros dias..

    Se hizo un reclamo bastante típico dentro de las filas del revisionismo como es la imposición de nombres de calles y monumentos a patriotas olvidados (Nombró cristina Fernández Wilhelm a la heroína Petrona Simonino y las damas de San Nicolás que la ayudaron en los primeros auxilios durante el combate).

    No hubo nombramientos para con el finado y delincuente Néstor Kichner (por fin!!!!), salvo aclamaciones de los militantes pagos que fueron a ese paraíso perdido que es Obligado.

    Pero hubo algunas cosas que el análisis fino pudo percibir: Cristina Fernández Wilhelm hizo una suerte de «linea histórica nacional», y nombró a Rosas, San Martín, MORENO (?), CASTELLI (?) y MONTEAGUDO (???)….. ¿Se olvidó de Perón esta falsa peronista? ¿Por qué? No hay que olvidarse algo que también parece escapar a los que hoy «rehacen» la historia a su antojo: El 20 de noviembre de 1973, y por iniciativa del revisionista José María Rosa, Juan Domingo Perón y los senadores (Cornejo Linares, entre estos), proclamaron como DÍA DE LA SOBERANIA NACIONAL el 20 de Noviembre… El kirchnerismo lo que hizo fue proclamar el Feriado Nacional (medida que se aplaude y celebra) pero no lo instauró como el día de nuestra soberanía, ésto lo hizo el último Perón.

    Hay más: si nos sujetamos al más estricto Revisionismo, notaremos una incoherencia elemental en esos nombres que la presidente tiró el 20 de noviembre último. ¿Sabrán ella y sus asesores que Juan Manuel de Rosas mandó decapitar, por traidor salvaje unitario al hijo de Juan José CASTELLI, de nombre Pedro CASTELLI? Juan José Castelli fue jacobino y hombre revolucionario, contrario al hombre de orden que siempre fue Rosas. Y Castelli fue un antirreligioso a muerte, amén de miembro de la masonería (revistó en la Logia Independencia, en los albores del siglo XIX).

    Su hijo, Pedro CASTELLI, se sublevó cuando la Revolución de los Libres del Sur de 1839, movimiento subversivo que fue financiado con dinero francés al sureste de la provincia de Buenos Aires… ¿Recuerdan el nombre de una agrupacion universitaria kirchnerista? LIBRES DEL SUR… En fin

    Bernardo MONTEAGUDO fue otro traidor que cuando estuvo en el Perú con San Martín ROBÓ CUANTO PUDO…no por nada lo matan en Lima. Ver libros que hablan sobre el tema, de autores ingleses más que nada…. Fue sacrílego y profanador de Iglesias allí.

    Otra: impresentable el rol que le cupo a la marxista millonaria Teresa Parodi al malinterpretar el triunfo «Vuelta de Obligado» de Miguel Brascó. Los organizadores del acto tenían pensado contratar a Roberto Rimoldi Fraga pero como es «contrera» al oficialismo ni lo llamaron… Esto era vox populi en Obligado el pasado 20 de noviembre.

  6. Al «Historiador Profesional» Luis Alberto Romero
    De «un escritor aficionado», Oscar Juan Carlos Denovi Secretario General del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas*

    *Respuesta del Dr. Oscar J. C. Denovi al artículo del Prof. Luis Alberto Romero publicado en La Nación el día 18 de noviembre de 2010.

    Como de costumbre los historiadores adeptos a la llamada Historia Oficial, comienzan sus admoniciones con un lenguaje sibilinamente despectivo, con el que condicionan al lector no suficientemente informado. En este caso, una vez más, se dice lo siguiente en el artículo “Transformar la derrota en victoria”, del diario La Nación de la edición del 18 de noviembre: “…las tropas de Rosas intentaron inútilmente bloquear el acceso de la flota británica por el río Paraná.” Debió decirse, señor Luis Alberto Romero, pues es él, el autor, las tropas argentinas, y no fue inútilmente según veremos luego. A renglón seguido, continua con su arremetida descalificadora, llamando a quienes sustentamos posiciones opuestas a la versión liberal y en ocasiones falsa o mutilada, “escritores , ” , quienes asumimos la tarea de “ batir el parche y despertar sentimientos e imaginarios de un nacionalismo hondamente arraigado en nuestra sociedad.” Muchas gracias, lo sabíamos, pero nos halaga igualmente.
    A renglón seguido, niega que la Historia Oficial mantuvo oculta la Batalla de la Vuelta de Obligado. Digamos al respecto, en primer lugar, que cuando se hablo de ella, se la llamó combate, disminuyendo su importancia de esa manera, porque entre uno y otro concepto, media una diferencia de envergadura notable. Por los elementos comprometidos por ambos bandos, aun con la notable disminución técnica de los aportados por los argentinos, se trató de una verdadera batalla de la que habla las bajas propias, los daños infligidos a la flota anglo francesa que debió permanecer en Obligado 40 días reparando sus daños, y la opinión de militares de la época, entre ellos del General San Martín.
    Sin duda, tenemos que referirnos a épocas del pasado inmediato y mediato, acerca del ocultamiento en la historia argentina, de este acontecimiento. En escritos del siglo XIX, no lo fue del todo, pero luego en el siglo XX, casi desapareció de los libros, sobre todo de los de texto de los estudios primarios – mención de los acontecimientos – y de los correspondiente a los estudio secundarios. Puedo atestiguar al respecto, porque cursé mis estudios primarios y secundarios entre 1945 y 1960. Uno de los autores mencionados por Romero, como prueba de que la Vuelta de Obligado era citada en los libros del pasado, es José Luis Busaniche, autor que varió de su posición liberal, después de ser informado por escritos revisionistas publicados desde 1939 por el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, y por otras entidades de igual orientación, asentadas en Santa Fe. Pero las publicaciones de Busaniche se conocieron avanzada la década del sesenta. El otro autor mencionado, fue Ernesto Palacio, otro tanto puede decirse de él, puesto que su obra fue publicada y difundida también a lo largo de la década del sesenta. En cuanto a Ferns y Lynch, su difusión fue posterior aún. De modo que en las generaciones de padres de familia ajenos a la lectura de la historia, gravita aun en notable proporción, la historia enseñada en los estudios primarios y secundarios. Testimonio de ello, es la ignorancia increíble de nuestros jóvenes en muchos aspectos, en los que se destaca el pasado argentino..
    Más adelante, vuelve sobre los resultados de la contienda en ese lugar de Obligado, para recordar que fue una derrota. Pero ocurre que la acción a la que se refiere y ahora nos referimos, fue la primera de otras que con las que siguieron constituyeron la guerra del Paraná, guerra no declarada – por los interventores – pero guerra que culmina, meses después, en la Angostura del Quebracho (4/6/1846) con una victoria, victoria parcial, pero victoria al fin, porque en esa Batalla, otra más en la estadística de las olvidadas, por diversas causas, cesó la lucha. En más vino las tratativas diplomáticas, donde la “cazurra y tozuda” diplomacia de Rosas, logró que ambas potencias no solo reconocieran el Paraná como río interior argentino, sino que debieron saludar el pabellón nacional con 21 cañonazos por exigencia ahora si de Rosas. (En las tratativas, intervino el notable jurista Felipe Arana, Ministro de Relaciones Exteriores).
    En un golpe de efecto digno de una escena teatral, Romero refiere luego el éxito de “las fuerzas militares de Rosas”, no de las argentinas, reiterando el viejo truco ya empleado, que sirvió para distraer la atención del lector no advertido, y sigue sirviendo todavía, aunque no con la misma eficacia. Entonces, según Romero, Parlmeston sustituyó a Alberdeen en 1846, y como el segundo era el partidario de la fuerza, mientras Parlmeston lo era de la negociación, triunfó entre la tesis de la negociación. O sea tuvimos paz y victoria, no por mérito propio, sino ajeno.
    Lejos de ello, lo que ocurrió fue que la guerra se había ganado en 1846. No solo por el triunfo en la Angostura del Quebracho, donde nuestras fuerzas incendiaron 7 mercantes de la flota, provocaron innumerables daños a los buques de guerra y mercantes, y numerosas bajas en las tripulaciones, sino que a favor de la altura de los acantilados costeros de esa parte del Paraná, solo sufrieron las fuerzas propias, 4 muertos y un número insignificante de heridos. No era el único factor, hasta pocos días antes del 4 de junio, los barcos se habían cobijado en Corrientes, pero el fracaso de la operación comercial que había impulsado la operación “liberadora” de nuestros ríos, había dejado de ser atractiva- Pero además, las tropas entrerrianas de los ejércitos del gobernador Urquiza, venían sumando triunfos y amenazaban apoderarse de Corrientes, lo que lograron pocos meses después. No solo no había dinero sino seguridad para barcos venidos de Europa. San Martín había sido consultado meses atrás y desde Nápoles había respondido en una nota que se publicó primero en un diario inglés, y luego en uno francés. No se trata del argumento de un Halcón, frente al que sostienen las palomas. Se trata de historia completa, que el señor Romero debiera conocer, ya que tiene los oropeles de investigador del CONICET. Se trata entonces, volviendo a la controversia que suscita el artículo publicado el 18 de noviembre, de honrar lo que inicialmente comenzó a ganarse el 20 de noviembre pese a la derrota de ese día, y prosiguió ganándose el 16 de enero de 1846 en San Lorenzo, en los innumerables combates con artillería volante librados antes del primer mes de ese año, después de este, hasta esa Batalla de la Angostura, y los combates posteriores hasta la iniciación de las negociaciones. Una operación a escala mayor, ya había sido descartada en 1838 por Francia, y lo fue entonces por su alto costo y resultados inciertos, como lo había apreciado San Martín en la mencionada carta de Nápoles- Por lo tanto, bienvenida la celebración del triunfo en la guerra y en la diplomacia, en ambos terrenos triunfó la Confederación Argentina.
    Luego en su artículo se pregunta si la acción fue “nacional”, así, entre comillas. A Romero le parece dudoso. En primer término vamos a señalar que a nosotros, los revisionistas, nos parece nacional todo lo que le conviene a la Nación en el terreno espiritual y material. Aquí hemos desarrollado una cultura que tiene valores y desvalores. Procuramos exaltar los valores y corregir sus opuestos. Por cierto esta es una tarea ardua, pero entre otras cosas, somos revisionistas porque es parte de esa tarea. Luego no ignoramos que lo que hace a lo “nacional” viene de lejos, por ello rechazamos la idea que lo nacional nació en 1810. Más bien pensamos que el espíritu de lo nacional se conforma como la fundición de metales en un crisol. Cada uno aporta lo suyo a la masa común, pero no se individualiza, sino que adquiere como propio lo que otros aportaron junto a su aporte. Así se ha construido nuestra cultura y nada dice que esto puede y debe cambiar. La idea del volgeist que según Romero tenemos los revisionistas, es una idea que esta en una de las versiones del ramillete que compartimos. Pero se equivoca una vez más en atribuirnos una fijación en la idea del espíritu y materialización de lo nacional. Lo “criollo” es una mezcla de etnias hispánicas, indígenas y mediterráneas, con otra de lenguas de igual origen, con una mentalidad que comenzó a formarse cuando los europeos descubridores cortaron sus lazos con el viejo mundo, y entrelazados con los americanos, comenzaron a ver el mundo desde aquí.
    Según dijo el autor mas adelante, en 1845 el Estado argentino estaba en construcción. Esto es cierto, en Enero de 1831 mediante el Pacto Federal se daba la patada inicial para la formación del Estado, después de veinte años de frustraciones. Por dicho Pacto, se formaba la Confederación Argentina, a la que adhirieron todas las provincias. La Nación se había pronunciado en el termino de casi dos años a partir de 1831, y luego se fue perfeccionando lo que había sido improvisado o imperfecto. Rosas sostuvo la unidad de las provincias, como lo comentó Sarmiento, su principal crítico. Y aquí nos encontramos con otro golpe bajo del señor Romero, “…es seguro que Rosas bloqueando el Paraná e impidiendo la libre navegación de los ríos, sostuvo los intereses de Buenos Aires, una provincia que, bueno es recordarlo, hasta 1862 vaciló entre integrar el nuevo Estado o conformar un Estado autónomo.” En primer lugar, la libre navegación de los ríos, era para los barcos extranjeros, ya que los argentinos disponían de esa libertad, en segundo lugar, quienes segregaron la provincia de Buenos Aires y mantuvieron esa situación hasta 1862, fueron los enemigos de Rosas, que la prolongaron hasta 1880 y desataron una cruenta lucha para impedir la capitalización de la ciudad de Buenos Aires.
    Para finalizar esta respuesta que ha abundado en desmontar los hábiles argumentos del señor Romero, aptos para confundir al lector que no conoce historia, diremos que los escritores neorrevisionistas -que el autor del artículo de La Nación confiesa le cuesta llamarlos historiadores- no nos sentimos afectados por las imputaciones que el señor Romero nos adjudica. Mas bien, es un timbre de honor que nos distingue.

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