O CÓMO MONS. TISSIER SIGUE CONTRADICIENDO LO QUE LA FRATERNIDAD SAN PÍO X HA DICHO SIEMPRE
Día tras día descubrimos cosas más graves. ¿Dónde está la verdad y dónde comienza la mentira?
No puede ser sólo una cuestión de memoria… (Gracias a nuestro comentaristas)
Extracto de la Biografía de Monseñor Marcel Lefebvre
(páginas 529-535. Los destacados son nuestros)
Capítulo 17
«ADHIERO A LA ROMA ETERNA»
(1971-1976)
3. SUPRESIÓN DE LA FRATERNIDAD
Conciliábulos romanos y visita canónica
Pasó un año. El Seminario alcanzó la cifra de noventa y cinco seminaristas, lo que puso «a más de un episcopado en verdadero estado de alarma», como escribió el Cardenal Garrone a Monseñor Adam el 9 de marzo de 1974. De cada seis o siete seminaristas franceses, uno iba a Écône.
Garrone fue obligado a actuar por el Cardenal Secretario de Estado, Jean Villot, que le prometió al episcopado francés poner el asunto en regla. El Secretario permanente, Monseñor Etchegaray, aseguró que «en seis meses Écône sería un asunto resuelto». Los tres jefes de los dicasterios implicados, el de Seminarios, el del Clero y el de Religiosos, se reunieron y tomaron resoluciones que recibieron «la aprobación del Santo Padre»; y luego, el 5 de marzo, «obedeciendo las directivas recibidas» (¿de Villot?), invitaron a los dos Obispos interesados: Mamie y Adam. La reunión tuvo lugar el 26 de abril en la sede de la Congregación de Seminarios. Ahí se examinaron las mencionadas «resoluciones» y se decidió pedir a Monseñor Lefebvre «que explicara clara y expresamente su adhesión a las directivas conciliares», y que aceptara las normas que regulaban «la apertura de casas en otras diócesis.»
De regreso a Friburgo, Monseñor Mamie convocó al Arzobispo: «¿Cómo van sus futuras implantaciones?», le preguntó el 30. El Prelado le respondió: «Precisamente voy a Roma para ver al Secretario de la Congregación de Religiosos, y explicárselo.» El 4 de mayo fue recibido por Monseñor Augustin Mayer, intrigado por la fundación de la casa de Albano. También hablaron de Suresnes y Armada (Estados Unidos).
— ¡Bueno! —dijo el Secretario—. Pero ¿y su liturgia?
— No veo otra opción que sea útil a la Iglesia —explicó Monseñor Lefebvre—. Es una cuestión teológica. Usted puede darse cuenta de la gravedad de la situación: tiene sus causas y también sus remedios. Ahora bien, no se pueden adoptar fragmentos de esa reforma sin adherir totalmente a ella; y en ese caso, el Seminario cerraría en tres semanas.
— Es muy grave —replicó Augustin Mayer, sorprendido y preocupado.
Pero la situación era «muy grave», no en Écône, sino en Francia. El reclutamiento en los seminarios, donde estaban en vigor la reforma litúrgica y la correspondiente concepción del sacerdocio, era paupérrimo: en octubre de 1973 sólo hubo ciento treinta y un nuevos seminaristas.
Durante el verano de 1974 una persona que estaba de vacaciones pasó por Écône y pidió ver a Monseñor Lefebvre, que no lo reconoció bajo el clergyman.
— ¡Cómo! —exclamó el Obispo de Estrasburgo (pues de él se trataba)—. ¿No reconoces a Arthur?
— ¡Oh! ¡Monseñor Elchinger! —dijo Monseñor, reconociendo, por fin, a su antiguo compañero de seminario, Léon-Arthur Elchinger.
Enseguida, «Arthur» le preguntó:
— ¡Parece que tienes mucha gente! En Estrasburgo la cosa no anda muy bien que digamos. ¿Cómo te las arreglas?
¿Cómo se las arreglaba? Mas bien, ¿cómo pararlo? Esa era la pregunta que agitaba a Francia, Friburgo, Sion y Roma.
La tormenta estalló de repente el 11 de noviembre de 1974: después de desayunar, Monseñor reunió a toda la comunidad de Écône para anunciarles la llegada, ese mismo día, de dos visitadores apostólicos para realizar una investigación de parte de las tres Congregaciones romanas por disposición del propio Pablo VI.
En el pasillo del claustro, mientras esperaba a los visitadores, Monseñor Lefebvre le confesó al Padre Aulagnier:
«Ya sabía que nuestro rechazo de la nueva misa sería tarde o temprano una piedra de escándalo, pero habría preferido morir antes que tener que enfrentarme con Roma y con el Papa.»
A las nueve de la mañana llegaron Monseñor Albert Descamps, Secretario de la Comisión Bíblica, y Monseñor Guillaume Onclin, Secretario adjunto de la Comisión para la Revisión del Código de Derecho Canónico. Durante tres días, los dos Prelados belgas interrogaron a sacerdotes y seminaristas, sosteniendo ante ellos afirmaciones teológicas aberrantes, ya que consideraban como algo normal e inevitable la ordenación de personas casadas, no admitían una verdad inmutable y cuestionaban la realidad física de la Resurrección de Cristo. Nunca fueron a la capilla, ni tampoco presentaron a su partida ningún protocolo de su visita para que lo firmara Monseñor Lefebvre.
Sin embargo, al Padre Gottlieb le habían dicho: «El Seminario es bueno en un noventa y nueve por ciento.» Y el Padre pensó: «¿Noventa y nueve por ciento? Eso significa un uno por ciento para la Misa, lo cual no es mucho.»
A una feligresa que fue a ver a Monseñor Adam el 11 de noviembre para decirle: «Ahora sólo quiero la Misa de San Pío V, me voy a Écône», el Obispo le respondió fríamente: «No se preocupe; de todos modos, pronto se logrará la unidad de la Iglesia.»
Monseñor Lefebvre partió el 16 de noviembre hacia Roma. El 21, mientras iba a una de las Congregaciones que deseaba visitar, un guardia suizo, impasible hasta el momento, se dirigió bruscamente a él:
— «Monseñor, ¿todavía espera algo de esta gente?»
Atónito, el Arzobispo no dijo nada, recordó la visita canónica, comprendió que no podía esperar nada de las Congregaciones y, de regreso a Albano, «en un momento de indignación», como diría después, redactó de un tirón, sin ninguna tachadura, una admirable declaración de principios que presentó el 2 de diciembre a la comunidad de Écône:
«Ésta es la postura del Seminario y de la Fraternidad desde el principio —dijo—, pero con términos más claros y definitivos, a causa de la amplificación de la crisis»
La declaración del 21 de noviembre de 1974
Toda la reforma «tiene su lógica» —explicaba el Arzobispo—: a misa nueva corresponden nuevos catecismos y nuevos seminarios. Todo esto es fruto del liberalismo, del protestantismo y del modernismo, que se manifestaron en el Concilio y condujeron a la Iglesia a su ruina. Estamos entre la espada y la pared, y hemos de manifestar nuestra elección. Sin ninguna rebelión, elegiremos lo que la Iglesia siempre ha creído y practicado. Por consiguiente,
«Adherimos de todo corazón y con toda nuestra alma a la Roma católica, guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias para el sostenimiento de esa fe; a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad.
«Por el contrario, nos negamos y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y, después del Concilio, en todas las reformas que de él surgieron…»
Monseñor Lefebvre no había acabado de leer su declaración cuando los seminaristas aplaudieron, conscientes de que vivían un momento crucial. El Prelado, dejando de lado cualquier prudencia humana y a la luz de la fe, acababa de declarar abiertamente la guerra al conjunto de la reforma posconciliar.
El 27 de noviembre, les había confiado a sus profesores:
«Sean cuales fueren las sanciones que se tomen contra nosotros, no hay que obedecer en estas condiciones, sino guardar la fe. Aunque se vayan diez, veinte o cuarenta, yo me quedo.»
Ahora bien, el 2 de diciembre nadie lo abandonó; por el contrario, algunos seminaristas se precipitaron al teléfono para confiar a sus padres su alegría de sentirse fortalecidos por esa declaración.
El Padre Barbara, de paso por Écône, recibió del Prelado su texto y se apresuró a publicarlo en Forts dans la foi, junto con un sermón de San Atanasio contra los arrianos: «Ellos tienen las iglesias, pero nosotros guardamos la fe.» Muy pronto, la declaración se difundió a través de Itinéraires y otras revistas.
El 21 de enero de 1975 los dos visitadores remitieron su informe a los tres Cardenales en presencia de Monseñor Mamie. El Cardenal Garrone blandió en el aire la declaración de Monseñor Lefebvre: «¡Miren ustedes!» A partir de ese momento, las cosas se sucedieron con rapidez: el 24, Monseñor Mamie le solicitó al Cardenal Tabera que lo autorizara a retirar la aprobación de su predecesor a la Fraternidad. Las tres Eminencias consideraron que esa medida debía ir precedida de una admonición, y el 25 convocaron a Monseñor Lefebvre para conversar con él, según decían, sobre «algunos puntos que nos dejaron algo perplejos» después de la visita canónica.
El Prelado se reunió con los tres Cardenales el 13 de febrero.
«El informe de los visitadores es muy favorable —dijo Garrone—, pero sintieron un aire de oposición al Concilio y al Papa. Vea —le dijo, señalando el número de Itinéraires que tenía en su escritorio—, su declaración confirma esas sospechas: ¡usted está contra el Papa y el Concilio!»
Monseñor Lefebvre contraatacó:
«¿Y los nuevos catecismos heterodoxos? ¿Y la nueva misa, que no es más que la misa de Lutero? ¿Y la apertura al comunismo? ¿Y los masones, que ya no están excomulgados? ¿Y la libertad religiosa, que pone a todas las religiones en pie de igualdad?»
El 3 de marzo tuvo lugar una segunda sesión. Tabera exclamó: «¡Usted deja que lo llamen Atanasio!» Garrone gritó: «¡Usted tiene la idea fija del liberalismo!», y después de añadir: «¡Está loco!», confesó que «la Iglesia se encuentra en estado de búsqueda.» Se llegó así al siguiente diálogo fundamental:
— Su manifiesto es inadmisible, les enseña a los seminaristas a depender de su juicio personal, de la tradición tal como ellos la entienden.
¡Eso es libre examen, el peor de los liberalismos!
— Eso es falso —replicó el Prelado—, lo que forma nuestro juicio es el magisterio de la Iglesia de siempre.
— Usted reconoce el magisterio de ayer, pero no el de hoy. Ahora bien, el Concilio es magisterial, como se lo escribió el Sumo Pontífice al Cardenal Pizzardo en 1966.
— La Iglesia es así: conserva su Tradición y no puede romper con ella, ¡es imposible!
Es verdad que, como decía Garrone, el magisterio vivo, el de hoy, es regla de fe; pero, como le replicaba Monseñor Lefebvre, sólo es regla de fe si está regulado a su vez por el de ayer, por la Tradición. En caso de una alteración del magisterio, la Tradición es la que juzga.
La Fraternidad suprimida
No obstante, el Cardenal Garrone excluía cualquier alteración posible del magisterio, que es una regla de fe absoluta. Por lo que se refiere al Concilio —decía—, es cierto que se vio seguido de una crisis en la Iglesia, pero él no era la causa.
Ante ese muro de incomprensión doctrinal, Monseñor Lefebvre manifestaba:
«Se me había invitado a una conversación y, en realidad, tuve que vérmelas con un tribunal resuelto a condenarme.»
En cuanto a su declaración, les dijo a los tres Cardenales:
«Podría escribirla de otra manera, pero no podría escribir otra cosa.»
En Écône, durante ese tiempo, el cuerpo docente, empeñado en corregir el manifiesto, se reunió para redactar una «declaración moderada».
«Monseñor —le pidieron—, retire su primer texto y firme éste.»
Sin embargo, el Arzobispo no cedió en Écône como no lo había hecho en Roma. No se retractó de su declaración. A partir de ese momento, en Roma, su ruina era segura.
En efecto, el 25 de abril, el Cardenal Tabera le aseguró a Monseñor Mamie que «tenía la autoridad necesaria para retirar las actas y las concesiones» de su predecesor. Por desgracia, era cierto. Como la Fraternidad no había recibido el Nihil obstat de Roma, no era aún una sociedad de derecho diocesano, sino que seguía estando en la fase preliminar de pia unio. Por eso, el Obispo podía disolverla por razones graves. La razón grave a los ojos de aquellos hombres, aunque no lo fuera a los ojos de Dios, era la «declaración».
Así pues, el 6 de mayo Monseñor Mamie le informó a Monseñor Lefebvre que retiraba la aprobación otorgada por su predecesor, y el mismo día los tres Cardenales apoyaron esa decisión con la aprobación de Pablo VI. Precisaban además que, una vez «suprimida» la Fraternidad, el Seminario y todas sus obras perdían el derecho de existencia.
La réplica de Monseñor Lefebvre fue triple: primero, la magnífica peregrinación a Roma organizada por la asociación Credo en Pentecostés de ese año santo y presidida por Monseñor Lefebvre con todo su Seminario, mostrando así su adhesión a la Roma de siempre; luego, una carta de sumisión al sucesor de Pedro, escrita en Albano el 31 de mayo, y que incluía una súplica de revisión de su «proceso»; y finalmente, un recurso al tribunal de la Signatura Apostólica contra la decisión de Monseñor Mamie, presentado el 5 de junio.
No es el Obispo de Friburgo —decía—, sino la Santa Sede, la que tiene el poder de suprimir la Fraternidad (este primer punto es discutible); además, he sido juzgado por cuestiones de doctrina, y sólo la para la Doctrina de la Fe es competente en esta materia; finalmente, si mi declaración es condenable, la condena debe restringirse a mí y no extenderse a mi obra.
El recurso fue rechazado el 10 de junio: la medida tomada por Monseñor Mamie fue sólo la ejecución de las decisiones de la comisión cardenalicia aprobada in forma specifica por el Papa. Una apelación interpuesta el 14 de junio solicitó entonces la prueba de esa aprobación específica; pero no hubo respuesta, porque el Cardenal Villot, Secretario de Estado, le escribió al Cardenal Staffa para prohibirle que recibiera la apelación.
El 29 de junio de 1975 Monseñor Lefebvre ordenó a tres sacerdotes y trece subdiáconos en Écône, mientras que Pablo VI le escribía ese mismo día una carta en la que le exigía su sumisión, acto que «implica necesariamente» la aceptación de la supresión de la Fraternidad con todas sus consecuencias prácticas, y la aceptación del Concilio, «que no tiene menos autoridad, e incluso, en algunos aspectos, es más importante que el concilio de Nicea.»


El sábado 11 de septiembre de 2010, Radio Cristiandad publicó un post titulado “¿Qué se trae debajo de la manga Mons. Williamson?”
Dos párrafos de ese Comentario Eleison atrajeron mi atención. Se trata de una misma pregunta, pero reiterada:
“¿Por qué es que la FSSPX no puede aceptar ahora ser regularizada por Roma, y resolver las diferencias doctrinales después?”
“¿No podría la FSSPX, para obtener de Roma la preciada regularización que solamente Roma tiene la autoridad de otorgar, aceptar un acuerdo práctico a través del cual ninguna parte de la doctrina Católica sería negada, pero a través de la cual las diferencias doctrinales entre Roma y la FSSPX se pondrían entre paréntesis por el momento?”
A esta pregunta de Monseñor Williamson publiqué dos comentarios, que repito ahora para refrescar la memoria:
1º) Lo más grave de todo este Comentario de Mons. Williamson es la frase subordinada:
“para obtener de Roma la preciada regularización que solamente Roma tiene la autoridad de otorgar”
¿Por qué? Por varias razones:
1a) Porque en ella no hay distinción alguna entre la Roma Eterna y la Roma neomodernista.
2a) Porque ella implica que, contra lo que siempre se ha afirmado, la FSSPX no tiene aprobación canónica, no está en regla y necesita ser regularizada.
3a) Porque se acepta que la Roma neomodernista tiene autoridad para otorgar esa aprobación canónica.
4a) Porque, de aceptar las tres primeras razones, ya no existen diferencias doctrinales entre Roma y la FSSPX.
¡ALERTA ROJA!
La frase subordinada ¡ES PRINCIPAL!
¡PELIGRO!
2º) Monseñor Fellay, contrariamente a lo sucedido hace tres semanas, no lo ha desmentido aún.
No hay, pues, más que rendirse ante la evidencia: la FSSPX no goza de estado canónico y, en consecuencia, todas las sanciones romanas, desde 1976, son válidas.
Monseñor Williamson acaba de serruchar la rama sobre la cual estaba asentada la FSSPX.
Ante esto, todas las cuestiones que plantea no tienen ningún interés.
Ahora bien, mis afirmaciones son corroboradas por Monseñor Tissier de Mallerais:
“En efecto, el 25 de abril, el Cardenal Tabera le aseguró a Monseñor Mamie que “tenía la autoridad necesaria para retirar las actas y las concesiones” de su predecesor. Por desgracia, era cierto. Como la Fraternidad no había recibido el Nihil obstat de Roma, no era aún una sociedad de derecho diocesano, sino que seguía estando en la fase preliminar de pia unio. Por eso, el Obispo podía disolverla por razones graves. La razón grave a los ojos de aquellos hombres, aunque no lo fuera a los ojos de Dios, era la “declaración”.”
“No es el Obispo de Friburgo —decía—, sino la Santa Sede, la que tiene el poder de suprimir la Fraternidad (este primer punto es discutible)”
Los dos Obispos, con la autorización, al menos tácita, de Monseñor Fellay, han serruchado la rama sobre la cual estaba asentada la FSSPX.
Por lo tanto, ante esto, todas las cuestiones que plantea Monseñor Williamson no tienen ningún interés.
Incluso si la FSSPX no aceptase nunca un acuerdo práctico, sería necesario, tarde o temprano, obtener de Roma la preciada regularización, que solamente Roma tiene la autoridad de otorgar…
Incluso si ninguna parte de la doctrina Católica fuese negada, sería necesario, tarde o temprano, obtener de Roma la preciada regularización, que solamente Roma tiene la autoridad de otorgar…
Incluso si las diferencias doctrinales entre Roma y la FSSPX no se pusiesen nunca entre paréntesis, sería necesario, tarde o temprano, obtener de Roma la preciada regularización, que solamente Roma tiene la autoridad de otorgar…
Sin embargo, lo más grave persiste:
Ya no hay distinción alguna entre la Roma Eterna y la Roma neomodernista.
Se acepta que la Roma neomodernista tiene autoridad para otorgar esa aprobación canónica.
Y por lo mismo, ya no existen diferencias doctrinales entre Roma y la FSSPX.
¡ALERTA ROJA!
¡PELIGRO!
Ya no hay distinción entre la Roma eterna y la Roma neomodernista, por la sencilla razón de que la profecia de la Salette, si Roma no da marcha atras, se ha cumplido convirtiendose en la sede del anticristo
Lázaro afirma que “ya no hay distinción entre la Roma eterna y la Roma neomodernista, por la sencilla razón de que la profecia de la Salette, si Roma no da marcha atras, se ha cumplido convirtiéndose en la sede del anticristo.”
Pregunto: y si da marcha atrás, ¿qué pasaría en ese caso? ¿No se habría convertido en la sede del Anticristo? ¿O habiéndose convertido en la sede del Anticristo, cambiaría nuevamente para ser la Roma Eterna?
Parece que tenemos una profecía que se cumple y se anula, según las marchas y contramarchas.
No entiendo.
De todo modos, esto no tiene nada que ver con el tema tratado aquí.
No deja de ser interesante, pero está fuera de lugar.
Tengamos en cuenta que Radio Cristiandad no pasa publicidad ni cobra por propagandas.
Y si alguno aprovecha la bondad del Director para pasar la suya, que pague.
Valgame!
El asunto es bien simple: Si esto es asi (si las premisas son ciertas), significa que la tesis sostenida tanto tiempo por la Fraternidad (acerca del Papa Material, no formal), se cae por los suelos: simplemente, si tiene Roma el poder de otorgar la tan preciada regularizacion, de facto, se le reconoce como «formal», no material… o la autorizacion solo seria «material»?
Y en este caso, el Papa, investido con esa «autoridad formal», ya no seria solamente «material»…
Asi que es esto, o brincamos al sedevacantismo… y de ahi, al conclavismo?
¿No entiendo?. ¡Eres. o te haces! Pero por supuesto que entiendes, buenooo a no ser que seas un retrasado mental, y en ese caso eres disculpado, y por supuesto que no estoy fuera de lugar, sino al contrario porque se muy bien lo que estoy escribiendo, y claro que estoy en el tema, mas bien, eres tu el que se sale por la tangente.
Roma está en la linea modernista condenada por San Pio X, se ha negado con sutiles pretestos a revelar el autentico tercer secreto de Fatima en donde se les pone en evidencia por su politica complaciente al pensamiento de los hombres, en contra de los ordenamientos de Dios, y como consecuencia tenemos la gran apostasia apocaliptica que estamos padeciendo, con una descristianización total, y con todo cinismo y desfachatez preguntas. ¡¿ Será Roma la sede del anticristo?!
Eres ciego ¡guia de ciegos! te niegas a reconocer los signos de los tiempos, y pasas por alto la verdad evangelica. «Por sus frutos los reconocereis»
Regreso al planteamiento: La tesis de este articulo (y de los articulos semejantes) es que, a Mons. Leffebre, sus sucesores, lo estan DESVIRTUANDO: estan llevando SU obra por un camino que no era el que el planeo para la Fraternidad.
Ahora bien: Mons. Leffebre siempre se mantuvo (o trato) sobre el ‘punto medio’, sobre el filo de la espada.
Si reconocia a Roma como ‘Formal’, luego entonces, el (y la obra), se hacen complices de los desastres.
Si Reconocia a Roma solo como ‘Material’, luego entonces, no apoya a los que dicen que la Iglesia pierde una de sus caracteristicas: Deja de ser VISIBLE en cuanto a que (humanamente) queda ACEFALA.
Asi pues, el estaba a medio camino: Ni negaba al Papa, pero, tampoco lo reconocia…
Segun esto: lo que los SUCESORES intentan hacer, es que la FSSPX pase de regreso a la esfera de influencia de Roma, y deje de estar en el punto medio.
Si esto se logra (si aceptan un entendimiento con Roma), luego entonces, se nos roba un baluarte de refugio a los tradicionalistas, y tendriamos que dar otro paso para atras, pero, ese paso para atras, ya es irse, de plano, al sedevacantismo, pues la posicion de ‘punto medio’, deja de existir.