EL DESQUITE DE LA MUJER
Para el Congreso Mariano de 1946
La mujer se levantó sin ruido y se inclinó sobre el nidal de sus hijos, de donde había surgido un gemido. Los cuatro dormían sobre un montón de grama y en medio de animales. La mujer se arrodilló al lado y apoyó sobre una roca su cabeza. No podía dormir.
En el borde superior de la caverna, se veía una estrella extraordinariamente grande. Los pinos de los farallones susurraban suavemente, como el ruido de un río lejano.
La noche era templada y clara. La mujer comenzó a llorar hilo a hilo sin ningún sollozo, por nada, por un no sé qué, por la general inquietud y angustia indeterminada que sienten las mujeres acerca de sus hijos y forma parte del instinto materno.
Ahí estaba el mayor, llamado Poseí-un-hombre-por-Dios: encogido, los puños cerrados, la cabeza replegada sobre el pecho, ensortijado y moreno, su inquietante tesoro.
El segundo, llamado Esto-es-mi-nuevo-paraíso, estirado, rígido en su posición habitual, la boca levemente abierta, cara al techo; los brazos derechos y envarados, inmóvil. La madre, que ya sabía lo que era la muerte, se sobrecogió al verlo y lo tocó levemente; el niño se movió y gimió.
Las mellizas dormían al lado, descuajaringadas en posiciones inverosímiles, los graciosos y rechonchos miembros como desparramados, las cabecitas amorosas juntas, a la vez iguales y diferentes, La mujer sintió invadirla de nuevo la tierna y absoluta maravilla ante esa cosa nueva y milagrosa, el niño. Tú-también-serás-madre y Mujer-y-hermana dormían profundamente al lado de los varones.
Miró más allá y vio a su hombre, Tierra-Roja, medio envuelto en el pedazo de piel fulva manchada de sangre, tal como había llegado rendido por la caza; y por primera vez en su vida le pareció ver una especie de bestia, un animal de presa; sofocó inmediatamente un primer movimiento levísimo de repugnancia. Recordó el golpe con que el padre al llegar había arrojado por tierra al caprichoso hijo mayor, el golpe que a ella le pareció tremendo. El golpe fue moderado y merecido, porque le estaba pegando al otro; pero ella lo recibió en pleno corazón, y ahí no fue moderado.
Sin dejar de llorar pronunció de nuevo sus nombres, las palabras inventadas por ella, los cuatro disílabos extraños que en el primer idioma tienen preñez y fuerza de frase: Kain’m, Abheil, Ajdah, Leizrha. Eso, que estaba ahí amontonado era lo único absolutamente que le quedaba en el mundo, esos cuatro seres vivos que rompiéndola por el centro le habían enseñado el Miedo y el Dolor, la cara interior de la Muerte.
De golpe la primera mujer fue visitada por la majestad de la tristeza, una tristeza más inmensa que el día de la condena, una tristeza de sudar sangre, mezcla de todas las pasiones: una cólera sorda contra Dios, que iba a hacer sufrir y morir a sus hijitos por una culpa de ella; una angustiosa ansiedad de todo lo que irían a pasar en esta vida, un horror en la médula de los huesos, como un cuchillo en un nervio, de que ellos podían también pecar y perderse.
Eva sintió que su corazón desfallecía. Conoció que su deseo rencoroso de vengarse de Dios, de que Él también sufriera y muriera, que fuera un niño impotente sujeto a una mujer, era culpable.
Invocó a Dios contra su corazón malvado, contra esas impulsiones malas que nacían ahora en él y eran en su cabeza como una corona de espinas.
Se sintió pesada, fatigadísima sobre la tierra, impotente a todo. Miró a sus hijos, y miró a los hijos de sus hijos, y más allá a innumerables hijos nacideros de los hijos de sus hijos, y de todos se sintió ser la madre. Sintió el dolor de todas las madres: que toda mujer que había de concebir y dar a luz era ella misma, que por eso se llamaba ahora Euah, sucio Manantial-Viviente, la primera y la última de todas las madres.
Y de su inmenso arrepentimiento nació un amor colosal hacia todos sus hijos, una especie de viento arrollador y solemne que iba a buscarlos hasta el fin de los siglos y trataba desesperadamente de acariciarlos, de cubrirlos y de protegerlos. Pero sintió que no podía nada; y el viento arrollador la empujó hacia atrás, la arrojó sin que ella pudiera impedirlo a los días pasados, a los tiempos sin horas de la amistad con Dios, al Paraíso.
Por primera vez después de siglos, pensó en el Paraíso. Nunca pensaba en el Paraíso, cuya imagen indeleble había de emponzoñar de nostalgia eternamente la sangre de sus hijos: el recuerdo de su pérdida le producía náuseas de muerte. Pero ahora se vio de golpe sobre el césped blando, debajo de los terebintos, a la orilla de los ríos grandes como el mar, gozando del dominio danzante de su cuerpo intacto, libando la miel primera de todas las cosas, tomando posesión deslumbrada de la natura nueva y sumisa, los pies desnudos sobre el terrible terciopelo dorado de los enormes felinos dominados por la luz de los ojos del ser inteligente, sentada como en un trono sobre las rodillas de su hombre.
Recordó sus largos coloquios con Adán inocente, sus juegos de doncella arisca, de hermanita salvaje, el diálogo primigenio y eterno en el cual se inventaron todas las lenguas, a partir de los primeros gestos totales, cuando comprendieron el valor inteligente de los sonidos y empezaron a jugar con ellos como dos niños gozosos.
Pero su recuerdo más lancinante era el de sus coloquios con Dios: el éxtasis del atardecer, la oceánica invasión del dueño invisible, la pérdida del yo y la fusión perfecta con la causa infinita de todo, esa pasividad vibrante surcada como por relámpagos de deliciosas palabras en silencio, que venía cuando quería y se iba cuando quería, como la brisa de la tarde, dejándola después por un rato con la sensación de que nada existía y que la creación era una sombra vana.
Justamente por allí empezó la tentación, por querer tener la disposición del éxtasis, «seréis como dioses». Eva se estremeció de horror y desdicha. Había codiciado lo que es estrictamente divino, quiso ser dueña del embeleso total, tenerlo cuando quisiera y sobre todo darlo, sí, ser capaz de comunicar cuando quisiera el éxtasis boca a boca a otra criatura que por lo tanto tuviera que adorarla; como la adorara allí mismo embriagadoramente aquella nueva criatura fulgurante que ostentaba vagamente las vivísimas formas del ofidio.
Eva se postró en el suelo, en un total reconocimiento de su error, en una conciencia traspasadora de su infatuación y su ignorancia. Ya era tarde. Pero ella sabía que la justa e irrevocable sentencia estaba unida a una misteriosa misericordia, cuyo signo eran esos mismos hijos que se le dieran en lugar del Paraíso, uno de los cuales aplastaría un día a la poderosísima serpiente.
Miró de nuevo su doloroso paraíso. De la boca de Abel surgió de nuevo el gemido, sordo, articulado en las sílabas ma-ma, el fonema misterioso que la penetraba, la palabra que ella nunca había dicho a nadie. Un inmenso anhelo de decirlo a alguien surgió de su soledad infinita.
Sintió el deseo absurdo de decírselo al Dios lejano y perdido, pero decírselo en medio del éxtasis antiguo en que su boca lo tocaba; decirlo y que Él lo tragara; el deseo de ser hija chiquita de alguien, de esconder como Abel en un regazo su pequeñez y su desolación infinita, de resignar por un momento la carga insoportable de ser madre de todos los vivientes, responsable única de toda la vida.
Todos aquellos que habían de ser sus hijos, serían hijos bastardos de Dios al mismo tiempo, hijos de mala madre, inficionados de más en más por la tara de su cuerpo maculado.
Tuvo un deseo inmenso de ser madre otra vez, pero madre de un ser absolutamente puro, más intacto que ella en su perdida virginidad paradisíaca; el deseo disparatado de ser madre de Dios mismo, o por obra de Dios.
Y sintió con horror que ese deseo imposible y casi sacrílego era más fuerte que ella, y que la arrastraba vertiginosamente hacia la pasividad de otrora, hacia el estado antiguo, en que se bañaba, en el seno de la Deidad, como en un mar aniquilante de delicias.
Sintió que su cuerpo se levantaba en el aire; o por mejor decir, no sintió mas su cuerpo, como si estuviese por encima del mundo entero y al lado de aquella solitaria estrella, el lucero de la tarde, Venus. ¡Tembló!
Entonces, en su exceso quiso, temblando, decir a Dios las dos sílabas ma-ma.
Gimió su alma, mareada como quien se siente trastabillar en un abismo.
Pero, en vez de decirle a Dios las no acostumbradas sílabas, con un gran temblor de su cuerpo y sin saber lo que decía, ¡lo llamó Hijo!

Castellani tuvo santa intención pero todo esto es teórico, como cuando uno estudió en la facultad y sale. Lo primero que nos toca no está en ninguna parte, en ning{un libro, y no lo estudiamos. La Iglesia debería formar MIL VECES MEJOR a las parejas, pero no lo hace. Las forma con obviedades y cursilerías (como lo que hay acá arriba)luego la vida llega como un Tsunami y uno no sabe que hacer. La mayoría piensa : «bueno, lo que aprendí del cura es una linda intención, pero no pasa nunca» (luego esto lo traslada a todo, al final el Evangelio es un cuento chino). Eso porque no se les dijo la verdad de entrada.
Estimado Bebel: no entiendo qué quiso usted decir.
Para mí el texto es brillante; muy atrevido, poético, hermoso, pero (en mi ignorancia) no veo conflictos respecto a lo doctrinal con lo que enseña la Iglesia.
El camino de Eva hacia María, muy bueno.
Gracias por este post.
Cacho
De doctrina católica se poco, aunque no soy una bestia total. Lo mío es mas bien convicción y sentimiento. Lamento que no me entendió y será porque me expliqué mal. No creo que Castellani haya cometido errores doctrinales, siempre lo tuve (creo no equivocarme)por una persona muy inteligente y culta. No, no se trata de eso. Se trata de que todo lo que es familia es mayoritariamente super-conflictivo y la IGLESIA en lugar de prevenirte te hace ver la serie PAPA LO SABE TODO ( para mi generación) o digamos como ese tipo de los Simpsons que tiene anteojos y su familia es perfecta y adecuada a lo cristiano (para las nuevas generaciones). La Iglesia podría cumplir una enorme función espiritual y social (esto último de rebote porque la función de la Iglesia primordial es trascendente, ultra mundis)si alertara, previniera, informara, etc. a los futuros esposos de que puede ser la familia que están tratando de formar. Esto como un pograma que venga del Vaticano, como una materia, así como el latín unifiaba la misa, lo mismo, todos el mismo verso. La gente joven necesita orientación, que no tiene. Se les da charlas idiotasy palmaditas en la espalda. Poco laburo de los curas. El tema es muy largo y tal vez con este, pesque usted un poco más mi inquietud.
de verdad qe se me ha hecho complicado el tema con todo respeto.. me ha quedado picando el tema, no termine de comprenderlo.. si algien puede aportar algo peqeño de verdad se lo agradeceria..
Bebel
La Iglesia hizo eso que usted está pidiendo hasta el vaticano II, salvo en momentoos de herejías.
Adolfo Jesús Astinza
N o puedo afirmar nada en forma general sobre este tema, pero en lo que me tocó vivir y escuchar en parientes y amigos, antes del Vaticano II, por lo menos en la ciudad de Buenos Aires, era lo mismo que hoy, por supuesto que con los retoques propios del tiempo (hoy mas velocidad, por ejemplo). Hablo especificamente del tema pre-matrimonial. Mi caso fue aparte pues yo tenía parientes religiosos y en especial un cura amigo de mi futura esposa y mio (con edad de ser nuestro padre casi). Pero a los demás, se les daba un discurso irreal, muy optimista, cuando lo que uno necesita es un maestro, no un «motivador». Formar una familia que funcione en forma mas o menos aceitada y que de fruto (hablamos de amor, espíitu, condutta)es tan fácil como encontrar un judío pobre.
Estimado Bebel:
Concuerdo contigo en que los sacerdotes debieran tener muchas prolongadas charlas con los futuros cónyuges, a fin de hacerles tomar conciencia del compromiso que están asumiendo ante Dios y ante la Iglesia (es decir todos nosotros) en el momento de contraer matrimonio. Si la pareja duda, vacila, o no está dispuesta a asumir este compromiso, pues que se casen sólo por civil.
Lamentablemente todos sabemos que muchas parejas se casan «por Iglesia» sólo «para la foto», porque las iglesias son lindas, y a las novias vestidas de blanco les gusta desde el punto de vista meramente estético.
De todas maneras, según tengo entendido, el Sacramento del Matrimonio se lo confiere un contrayente al otro, la función del sacerdote es bendecir la unión, pero no otorgar el Sacramento. Si estoy errado agradeceré me aclaren el punto.
Ahora, sigo sin entender qué tiene que ver con el post :)
Cordiales saludos.
Señor Astinza,
Con todo respeto, creo que la última frase de su comentario no es precisa. Ya que la Santa Iglesia aún durante las herejías, ha sido, es y será nuestra Madre y Maestra Infalible. Siempre ha enseñado la verdad.
En estos días, la Iglesia está viva y sigue cumpliendo su misión divina.
Dios le guarde
Cacho
Voy a ser muy breve y solamente tomo un tema de la familia, la madre. La madre que describe Castellani, no es común, es dar como ejemplo de futbolista a Pelé. El fue una excepción y entonces el que no sabe cree que son todos así. Y eso no es así y es muy peligroso, un asunto muy pero muy peligroso. Con las palabras no se juega y muchas veces el mensaje de la Iglesia franelea con las palabras. Las madres en la vida real las hay de muchos tipos y ya solo comprender eso o porque Dios lo permitió es un asunto difícil que requiere tiempo. Lo más fácil es lo poético (Castellani) y casi irreal, y así también lo mas irresponsable. La pedofilia de toda la vida de la Iglesia, solo para dar otro ejemplo ( de la que mi abuela me contaba que le contaba la suya, y eso quiere decir que estamos hablando de Europa en el siglo XIX) es lo mismo, el misso criterio. Adiestrar a la tropa que va a enfrentar la muerte usando soldaditos de plomo. La sangre, los nenes muertos, los lisiados y loss pedazos de cerebro esparcidos en la tierra los ocultamos cuando justamente ese horror es la guerra. ¡ De veras sirve la poesía ? ¿ Para que exactamene ? Yo voy a un médico para que me cure no para que me cante una vidalita.
Alicia
Dije: «en momentos de herejía», no en cuanto a la Iglesia, sino en cuanto a la herejía, como es el caso actual.
Señor Astinza,
Sus palabras fueron: «Bebel La Iglesia hizo eso que usted está pidiendo hasta el vaticano II, salvo en momentoos de herejías.»
En ellas expresa usted el verbo hacer en pasado: hizo. Lo cual significa que ya no hace. Además agrega hasta el vaticano segundo, …..
bueno, ahí está lo escrito por usted, yo solo quise precisar. E insisto, la Iglesia Católica enseña y cuida a sus hijos. Ayer, hoy y siempre.
Si no fuese así, ¿cómo habría de cumplirse la promesa de Jesucristo : «las puertas del infierno no prevalecerán y estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos….»