Nuestro excelso Patriarca San José


SAN JOSÉ,
Esposo de la Bienaventurada
Virgen María

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Teniendo, pues, qué comer,
y con qué cubrimos,
contentémonos con esto.
(1 Timoteo, 6, 8).

San José fue esposo legal de María y padre nu tricio de Jesús. Bastan estas dos palabras para su elogio. La gran humildad de que dio pruebas ejerciendo el oficio de carpintero, la solicitud con que rodeó la infancia del Salvador, su respeto para con la Madre de Dios, lo hicieron digno de morir en los brazos de Jesús y de María. ¡Oh dulce muerte! ¿Quieres tú morir como él? Imita sus virtudes e invoca su protección.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SAN JOSÉ

l. San José mereció, por su pureza, el honor de ser elegido por Dios para ser el esposo de su Madre. ¡Qué gloria para ti, oh gran santo, mandar a una esposa omnipotente en el cielo y en la tierra! Imita la pureza, la humildad y la modestia de José, y María se mostrará contigo llena de ternura. Para que llegues a ser un gran santo, haz, siguiendo el ejemplo de San José, todas tus acciones pensando que Dios te ve.

II. Fue el padre nutricio de Jesús, y Jesús le estaba sometido. Admira la humildad del Salvador, que, pudiendo nacer en el palacio de Augusto o de Herodes, prefiere elegirse un padre pobre y desconocido, un padre que debe trabajar con sus manos para procurarle alimento y vestido. A ejemplo de San José, nunca te separes de Jesús: que en todos tus actos sea tu compañero, conversa a menudo con Él. Haz un lugar a Jesús en medio de tus hijos: que tu Señor venga a tu familia, que tu Creador se acerque a su creatura. (San Agustín).

III. San José murió en brazos de Jesús y de María. Tú también quieres terminar tu existencia con una muerte dichosa y santa: ten una gran devoción a San José. Nos asegura Santa Teresa que ha obtenido todo lo que ha pedido por los méritos de San José. Pídele esta última gracia que debe coronar tu vida y hacerte comenzar una eternidad de dicha. Con frecuencia durante tu vida, y sobre todo en la hora de tu muerte, pronuncia los tres hermosos nombres de Jesús, María y José.

La devoción a San José
Rogad por los agonizantes.

ORACIÓN

Haced, Señor, que los méritos del bienaventurado José, esposo de vuestra Santísima Madre, nos ayuden, a fin de que obtengamos por su intercesión lo que nuestra flaqueza no puede merecer. Vos que, siendo Dios, vivís y reináis por todos los siglos de los siglos. Amén.
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Si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen María, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a San José, después de ella, una especial gratitud y reverencia. San Bernardo de Siena

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DEVOCIÓN AL PATRIARCA SAN JOSÉ

No hay devoción alguna -si se exceptúa la que todo cristiano ha de profesar siempre a Jesús y a María- que sea más grata a Dios, ni más sólida en sí misma, ni más fecunda en frutos materiales y espirituales para los hombres, que la devoción al glorioso Patriarca San José. Los teólogos y santos están de acuerdo en afirmarlo.
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La Seráfica Virgen, Santa Teresa de Jesús, que tantas veces había sentido su amorosa protección en el cuerpo y en el alma, se convierte en el más ferviente apóstol de esta devoción, protestando que “si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana se alargara en decir muy por menudo las mercedes que le había hecho este glorioso Santo, así ella como otras personas”. (Santa Teresa, Vida, capítulo 6, n. 8).
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Con todo no deja de recomendarnos, con el más vivo encarecimiento, que “aunque tengamos muchos santos por abogados, hemos de ser particularmente devotos del bendito San José, por lo mucho que alcanza de Dios” (Avisos). Trazándonos, en el capítulo sexto de Vida, el más exaltado panegírico que jamás se haya escrito en honor del Santo Patriarca, y apuntando las más eficaces razones, avaladas por su propia experiencia, para movernos a profesarle sincera y tierna devoción.
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“Querría yo persuadir a todos -escribe la santa- fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona, que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan” (Santa Teresa, Vida, cap. 6, n. 7).
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“No me acuerdo hasta ahora, -continúa- haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma, que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, de este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, (que como tenía nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar), así ahora en el cielo hace todo cuanto le pide” (Santa Teresa de Jesús Vida. n.6)

“En especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los Ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellas”.
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“Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome a este glorioso Santo por maestro y no errará el camino”.

“Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción”. (Santa Teresa de Jesús Vida, cap. 6, n. 8).
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Tal es el tono encarecido, el peso de las razones, y el fogoso apasionamiento, con que la gran Doctora Mística nos recomienda la devoción al Esposo dulcísimo de María y Padre virginal de Jesús.
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El mundo católico es deudor, sin disputa alguna, a la insigne Reformadora del Carmelo, del incremento y difusión que ha obtenido en la Iglesia, el culto ferviente del Santo Patriarca, a partir de aquélla fecha hasta nuestros días.
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Hoy podemos decir que su devoción es, -después de Jesús y María- la devoción más tierna y universal. La devoción, en una palabra, de todo el mundo cristiano. Porque todos: teólogos y escritores, predicadores y aartistas, poetas y músicos, patronos y obreros, obispos y sacerdotes, religiosos y seglares, sanos y enfermos, ricos y pobres, hombres y mujeres, chicos y grandes, niños y ancianos, le consagran, sin distinción, las súplicas más fervientes de sus labios y los afectos más puro de su alma..
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San José fue esposo legal de María y padre nutricio de Jesús. Bastan estas dos palabras para su elogio. La gran humildad de que dio pruebas ejerciendo el oficio de carpintero, la solicitud con que rodeó la infancia del Salvador, su respeto para con la Madre de Dios, lo hicieron digno de morir en los brazos de Jesús y de María. ¡Oh dulce muerte! ¿Quieres tú morir como él? Imita sus virtudes e invoca su protección.
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MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SAN JOSÉ

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I. San José mereció, por su pureza, el honor de ser elegido por Dios para ser el esposo de su Madre. ¡Qué gloria para ti, oh gran santo, mandar a una esposa omnipotente en el cielo y en la tierra! Imita la pureza, la humildad y la modestia de José, y María se mostrará contigo llena de ternura. Para que llegues a ser un gran santo, haz, siguiendo el ejemplo de San José, todas tus acciones pensando que Dios te ve.
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II. Fue el padre nutricio de Jesús, y Jesús le estaba sometido. Admira la humildad del Salvador, que, pudiendo nacer en el palacio de Augusto o de Herodes, prefiere elegirse un padre pobre y desconocido, un padre que debe trabajar con sus manos para procurarle alimento y vestido. A ejemplo de San José, nunca te separes de Jesús: que en todos tus actos sea tu compañero, conversa a menudo con Él. Haz un lugar a Jesús en medio de tus hijos: que tu Señor venga a tu familia, que tu Creador se acerque a su creatura (San Agustín).
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III. San José murió en brazos de Jesús y de María. Tú también quieres terminar tu existencia con una muerte dichosa y santa: ten una gran devoción a San José. Nos asegura Santa Teresa que ha obtenido todo lo que ha pedido por los méritos de San José. Pídele esta última gracia que debe coronar tu vida y hacerte comenzar una eternidad de dicha. Con frecuencia durante tu vida, y sobre todo en la hora de tu muerte, pronuncia los tres hermosos nombres de Jesús, María y José.

EL CASTISIMO SAN JOSÉ ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA
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José significa “Dios me ayuda”.

De San José únicamente sabemos los datos históricos que San Mateo y San Lucas nos narran en el Evangelio. Su más grande honor es que Dios le confió sus dos más preciosos tesoros: Jesús y María. San Mateo nos dice que era descendiente de la familia de David.
Una muy antigua tradición dice que l9 de Marzo sucedió la muerte de nuestro santo y el paso de su alma de la tierra al cielo.
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Los santos que más han propagado la devoción a San José han sido: San Vicente Ferrer, Santa Brígida, San Bernardino de Siena (que escribió en su honor muy hermosos sermones) y San Francisco de Sales, que predicó muchas veces recomendando la devoción al santo Patriarca. Pero sobre todo, la que más propagó su devoción fue Santa Teresa, que fue curada por él de una terrible enfermedad que la tenía casi paralizada, enfermedad que ya era considerada incurable. Le rezó con fe a San José y obtuvo de manera maravillosa su curación. En adelante esta santa ya no dejó nunca de recomendar a las gentes que se encomendaran a él. Y repetía: “Otros santos parece que tienen especial poder para solucionar ciertos problemas. Pero a San José le ha concedido Dios un gran poder para ayudar en todo”. Hacia el final de su vida, la mística fundadora decía: “Durante 40 años, cada año en la fiesta de San José le he pedido alguna gracia o favor especial, y no me ha fallado ni una sola vez. Yo les digo a los que me escuchan que hagan el ensayo de rezar con fe a este gran santo, y verán que grandes frutos van a conseguir”. Y es de notar que a todos los conventos que fundó Santa Teresa les puso por patrono a San José.
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San Mateo narra que San José se había comprometido en ceremonia pública a casarse con la Virgen María. Pero que luego al darse cuenta de que Ella estaba esperando un hijo sin haber vivido juntos los dos, y no entendiendo aquel misterio, en vez de denunciarla como infiel, dispuso abandonarla en secreto e irse a otro pueblo a vivir. Y dice el evangelio que su determinación de no denunciarla, se debió a que “José era un hombre justo”, un verdadero santo. Este es un enorme elogio que le hace la Sagrada Escritura. En la Biblia, “ser justo” es lo mejor que un hombre puede ser.
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Nuestro santo tuvo unos sueños muy impresionantes, en los cuales recibió importantísimos mensajes del cielo.
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En su primer sueño, en Nazaret, un ángel le contó que el hijo que iba a tener María era obra del Espíritu Santo y que podía casarse tranquilamente con Ella, que era totalmente fiel. Tranquilizando con ese mensaje, José celebró sus bodas. La leyenda cuenta que doce jóvenes pretendían casarse con María, y que cada uno llevaba en su mano un bastón de madera muy seca. Y que en el momento en que María debía escoger entre los 12, he aquí que el bastón que José llevaba milagrosamente floreció. Por eso pintan a este santo con un bastón florecido en su mano.
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En su segundo sueño
en Belén, un ángel le comunicó que Herodes buscaba al Niño Jesús para matarlo, y que debía salir huyendo a Egipto. José se levantó a medianoche y con María y el Niño se fue hacia Egipto.
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En su tercer sueño en Egipto, el ángel le comunicó que ya había muerto Herodes y que podían volver a Israel. Entonces José, su esposa y el Niño volvieron a Nazaret.
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La Iglesia Católica venera mucho los cinco grandes dolores o penas que tuvo este santo, pero a cada dolor o sufrimiento le corresponde una inmensa alegría que Nuestro Señor le envió.

El primer dolor: Ver nacer al Niño Jesús en una pobrísima cueva en Belén, y no lograr conseguir ni siquiera una casita pobre para el nacimiento. A este dolor correspondió la alegría de ver y oír a los ángeles pastores llegar a adorar al Divino Niño, y luego recibir la visita de los Magos de oriente con oro, incienso y mirra.
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El segundo dolor: El día de la Presentación del Niño en el Templo, al oír al profeta Simeón anunciar que Jesús sería causa de división y que muchos irían en su contra y que por esa causa, un puñal de dolor atravesaría el corazón de María. A este sufrimiento correspondió la alegría de oír al profeta anunciar que Jesús sería la luz que iluminaría a todas las naciones, y la gloria del pueblo de Israel.
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El tercer dolor: La huida a Egipto. Tener que huir por entre esos desiertos a 40 grados de temperatura, y sin sombras ni agua, y con el Niño recién nacido. A este sufrimiento le correspondió la alegría de ser muy bien recibido por sus paisanos en Egipto y el gozo de ver crecer tan santo y hermoso al Divino Niño.
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El cuarto dolor: La pérdida del Niño Jesús en el Templo y la angustia de estar buscándolo por tres días. A este sufrimiento le siguió la alegría de encontrarlo sano y salvo y de tenerlo en sus casa hasta los 30 años y verlo crecer en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.
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El quinto dolor: La separación de Jesús y de María al llegarle la hora de morir. Pero a este sufrimiento le siguió la alegría, la paz y el consuelo de morir acompañado de los dos seres más santos de la tierra. Por eso invocamos a San José como Patrono de la Buena Muerte, porque tuvo la muerte más dichosa que un ser humano pueda desear: acompañado y consolado por Jesús y María.

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SAN JOSÉ, EL SANTO DEL SILENCIO.

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Es un caso excepcional en la Biblia: un santo al que no se le escucha ni una sola palabra. No es que haya sido uno de esos seres que no hablaban nada, pero seguramente fue un hombre que cumplió aquel mandato del profeta antiguo: “Sean pocas tus palabras”. Quizás Dios ha permitido que de tan grande amigo del Señor no se conserve ni una sola palabra, para enseñarnos a amar también nosotros en silencio. “San José, Patrono de la Vida interior, enséñanos a orar, a sufrir y a callar”.
ORACIÓN AL GLORIOSO SAN JOSÉ
POR S.S. LEÓN XIII

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A Vos recurrimos en nuestra tribulación, bienaventurado San José, y después de implorar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro Patrocinio. Por el afecto que os unió la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, por el amor paternal que profesasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que con su que Jesucristo conquistó con su Sangre y que nos socorráis con vuestro poder en nuestras necesidades.
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Proteged, oh prudentísimo Custodio de la Sagrada Familia, el linaje escogido de Jesucristo; preservadnos Padre amantísimo, de todo contagio de error y corrupción, sednos propicio y asistidnos desde el Cielo, poderosísimo Protector nuestro, en el combate que al presente libramos contra el poder de las tinieblas. Y del mismo modo que, en otra ocasión, librasteis del peligro de la muerte al Niño Jesús, defended ahora a la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y contra toda adversidad. Amparad a cada uno de nosotros con vuestro perpetuo patrocinio; a fin de que, siguiendo vuestros ejemplos y sostenidos por vuestro auxilio, podamos vivir santamente, morir piadosamente y obtener la felicidad eterna del Cielo. Amén..

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DEVOCIÓN A SAN JOSÉ EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA
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La devoción a San José se fundamenta en que este hombre “justo” fue escogido por Dios para ser el esposo de María Santísima y hacer las veces de padre de Jesús en la tierra. Durante los primeros siglos de la Iglesia la veneración se dirigía principalmente a los mártires. Quizás se veneraba poco a San José para enfatizar la paternidad divina de Jesús. Pero, así todo, los Padres (San Agustín, San Jerónimo y San Juan Crisóstomo, entre otros), ya nos hablan de San José. Según San Callistus, esta devoción comenzó en el Oriente donde existe desde el siglo IV, relata también que la gran basílica construida en Belén por Santa Elena había un hermoso oratorio dedicado a nuestro santo.

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San Pedro Crisólogo: “José fue un hombre perfecto, que posee todo género de virtudes” El nombre de José en hebreo significa “el que va en aumento. “Y así se desarrollaba el carácter de José, crecía “de virtud en virtud” hasta llegar a una excelsa santidad.
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En el Occidente, referencias a (Nutritor Domini) San José aparecen en el siglo IX en martirologios locales y en el 1129 aparece en Bologna la primera iglesia a él dedicada. Algunos santos del siglo XII comenzaron a popularizar la devoción a San José entre ellos se destacaron San Bernardo, Santo Tomás de Aquino, Santa Gertrudiz y Santa Brígida de Suecia. Según Benito XIV (De Serv. Dei beatif., I, iv, n. 11; xx, n. 17), “La opinión general de los conocedores es que los Padres del Carmelo fueron los primeros en importar del Oriente al Occidente la laudable práctica de ofrecerle pleno culto a San José”.
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En el siglo XV, merecen particular mención como devotos de San José los santos Vicente Ferrer (m. 1419), Pedro d`Ailli (m. 1420), Bernadino de Siena (m. 1444) y Jehan Gerson (m. 1429). Finalmente, durante el pontificado de Sixto IV (1471 – 84), San José se introdujo en el calendario Romano en el 19 de Marzo. Desde entonces su devoción ha seguido creciendo en popularidad. En 1621 Gregorio XV la elevó a fiesta de obligación. Benedicto XIII introdujo a San José en la letanía de los santos en 1726.
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San Bernardino de Siena
“… siendo María la dispensadora de las gracias que Dios concede a los hombres, ¿con cuánta profusión no es de creer que enriqueciese de ella a su esposo San José, a quién tanto amaba, y del que era respectivamente amada? ” Y así, José crecía en virtud y en amor para su esposa y su Hijo, a quién cargaba en brazos en los principios, luego enseñó su oficio y con quién convivió durante treinta años.
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Los franciscanos fueron los primeros en tener la fiesta de los desposorios de La Virgen con San José. Santa Teresa tenía una gran devoción a San José y la afianzó en la reforma carmelita poniéndolo en 1621 como patrono, y en 1689 se les permitió celebrar la fiesta de su Patronato en el tercer domingo de Pascua. Esta fiesta eventualmente se extendió por todo el reino español. La devoción a San José se arraigo entre los obreros durante el siglo XIX. El crecimiento de popularidad movió a Pío IX, el mismo un gran devoto, a extender a la Iglesia universal la fiesta del Patronato (1847) y en diciembre del 1870 lo declaró Santo Patriarca, patrón de la Iglesia Católica. San Leo XIII y Pío X fueron también devotos de San José. Este últimos aprobó en 1909 una letanía en honor a San José.
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San Alfonso María de Ligorio nos hace reflexionar: “¿Cuánto no es también de creer aumentase la santidad de José el trato familiar que tuvo con Jesucristo en el tiempo que vivieron juntos?” José durante esos treinta años fue el mejor amigo, el compañero de trabajo con quién Jesús conversaba y oraba. José escuchaba las palabras de Vida Eterna de Jesús, observaba su ejemplo de perfecta humildad, de paciencia, y de obediencia, aceptaba siempre la ayuda servicial de Jesús en los quehaceres y responsabilidades diarios. Por todo esto, no podemos dudar que mientras José vivió en la compañía de Jesús, creció tanto en méritos y santificación que aventajó a todos los santos.
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En aquel tiempo viniendo Jesús a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María..? (Mt 13, 54)
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“Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria” (Quamquam Pluries, León XIII)

2 comentarios sobre “Nuestro excelso Patriarca San José

  1. El gran sabio Ernest Hello nos comparte esta meditación sobre San José en su libro «Fisonomías de Santos»:

    SAN JOSÉ
    ¡San José! ¡la sombra del Padre! ¡aquél sobre quien la sombra del Padre se proyectaba densa y profunda! ¡San José! ¡el hombre del silencio! ¡aquel a quién la palabra apenas toca! El Evangelio no dice de él más que esto: “Era un hombre justo”; el Evangelio tan sobrio siempre en palabras, es más sobrio aún que de costumbre al hablar de san José. Diríase que este hombre, envuelto en el silencio, inspira silencio. El silencio de San José produce silencio alrededor de San José. El silencio es su alabanza, su genio, su atmósfera. Donde él está, el silencio reina. Dicen algunos viajeros que cuando el águila se cierne, el peregrino sediento adivina una fuente en el lugar del desierto donde la sombra del águila se proyecta. El peregrino escarba la tierra en aquel lugar, y el agua brota, El águila lo había dicho en su lenguaje, esto es, cerniéndose. La belleza se convertía en utilidad: y el que tenía sed, entendiendo el lenguaje del águila, buscaba entre la arena, y encontraba el agua.
    Haya lo que haya de verdad natural en ella, esta preciosa leyenda es fecunda en grandes símbolos. Cuando la sombra de San José se proyecta en alguna parte, el silencio no está lejos de allí. Escárbase la arena, que en su significación simbólica representa la naturaleza humana, y el agua brotará. Y el agua será aquel silencio profundo en que están contenidas todas las palabras; aquel silencio vivificante, refrescante, apaciguante, saciante: el silencio substancial. De donde la sombra de San José es proyectada, la substancia del silencio, profunda y pura, brota de lo más hondo de la naturaleza humana.
    No hay palabra suya en la sagrada escritura. Mardoqueo, que hizo florecer a Ester a su sombra, es uno de los precursores del Santo. Abraham, padre de Isaac, representa también al padre putativo de Jesús. José, hijo de Jacob, es su imagen más expresiva. Este primer José fue en Egipto el guardador del pan natural. El segundo José fue en Egipto el guardador del pan sobrenatural. Ambos fueron los hombres del misterio: el sueño les dijo sus secretos. Ambos fueron instruidos en sueños y ambos adivinaron las cosas ocultas. Asomados al abismo, sus ojos veían a través de las tinieblas. Viajeros nocturnos descubrieron sus caminos al través de los misterios de la sombra. El primer José vio el sol y la luna posternados ante él. El segundo José mandaba a María y a Jesús: María y Jesus le obedecían.
    ¡Qué abismo interior debió habitar el hombre que sentía a Jesús y a María obedecerle, el hombre a quien tales misterios fueron familiares, a quien el silencio revelaba la profundidad del secreto que guardaba! Cuando aserraba sus maderas y veía al Niño trabajar a sus órdenes, sus sentimientos, ahondados por esta situación inaudita, se entregaban al silencio que los ahondaba más todavía; y desde la profundidad donde vivía con su trabajo, tuvo la fortaleza de decir no a los hombres: “El Hijo de Dios está aquí”
    Su silencio parece un homenaje a lo inefable: es como la abdicación de la Palabra ante lo insondable y ante lo Inmenso. El Evangelio, que tan pocas palabras dice, tiene los siglos por comentadores y hasta se puede decir que tiene los siglos por comentario. Los siglos ahondan en sus palabras y hacen brotar del pedernal la chipa de luz viva. Los siglos tienen por misión sacar a la luz las cosas del secreto. San José ha sido desconocido durante mucho tiempo; pero desde Santa Teresa, especialmente encargada de revelarlo, es mucho menos ignorado. Y ¡cosa extraña! Cada siglo tiene dos aspectos, el cristiano y el ante-cristiano; aquel se opone a este por un contraste directo y admirable. El siglo XVIII, siglo de la risa, de la frivolidad, de la ligereza, del lujo, tuvo un Benito José Labre. Este mendigo llega a alcanzar gloria, hasta gloria humana, mientras cuantos brillaron en su tiempo han caído en una bajeza histórica, que no se parece a ninguna otra, y ante la cual son glorias las bajezas ordinarias. Yo no sé qué Dios habrá hecho con las almas de muchos que brillaron en el siglo XVIII; pero la ciencia humana, a pesar de su imperfección y de su lentitud, ha hecho justicia a sus nombres. Los representantes del siglo XVIII quedan enterrados en un olvido especial.
    José Labre que es su contradicción viviente, brilla hasta a los ojos de los hombres; y aquellos mismos que intentan burlarse de él se ven obligados a considerarle un personaje histórico.
    El siglo XIX es, sobre todos, y en todos los sentidos del vocablo, el siglo de la palabra. La Palabra buena o mala, llena toda nuestra atmósfera. Una de las cosas que nos caracterizan es el ruido. Nada más ruidoso que el hombre moderno: ama el ruido, le gusta hacerlo alrededor de los demás, y le gusta sobre todo que los demás lo hagan alrededor suyo. El ruido, es su pasión, su vida, su atmósfera: la publicidad remplaza en él muchas otras pasiones que mueren ahogadas en esta pasión dominante, a no ser que viva de ella y se alimenten de su luz para brillar con mayor violencia, el siglo XIX habla, llora, grita, se alaba y se desespera: y todo lo convierte en exhibición. Detesta la confesión secreta, y estalla a cada momento en confesiones públicas, vocifera, exagera, ruge. Pues bien, este siglo de estrépito será el que haya visto elevarse y engrandecerse en el cielo de la Iglesia la gloria de San José. San José acaba de ser oficialmente elegido patrón de la Iglesia entra el fragor de la tempestad; y es más conocido, invocado, y honrado que en tiempo alguno. Entre rayos y truenos prodúcese insensiblemente a la revelación de su silencio.
    ¿Hasta qué punto penetró San José en la intimidad de Dios? No lo sabemos; pero, en medio del tumulto que nos rodea nos sentimos penetrados por el sentimiento de la paz inmensa dentro de la cual se deslizó su vida: y parece que este contraste quiere revelarnos la oculta grandeza de las cosas. Muchos, que nada tienen que decir, hablan, y bajo su lenguaje y la turbulencia de su vida disimulan la nada de sus ideas y de sus sentimientos. San José, que tanto tiene que decir, no habla: guarda dentro de sí las grandezas que contempla: dentro de él se levantan montañas sobra montañas, y las montañas son silenciosas. Los hombres son arrastrados por el hechizo de las bagatelas. Pero San José, entre las tribulaciones de su viaje a Egipto, en esta fuga de Jesús ya perseguido, permanece en paz, dueño de su alma y en posesión de su silencio. En medio de los pensamientos, de los sentimientos, de las rarezas, de los incidentes y dificultades de este viaje, el que representa a Dios Padre huye como si fuera débil y culpable a la vez: huye a Egipto, al país de la angustia: vuelve al lugar terrible del cual sus antepasados salieron bajo la protección de Dios. Anda, en dirección inversa, el camino que anduvo Moisés; mientras va a Egipto; y está en Egipto, se acuerda de cuando buscó sitio en la posada y no lo encontró.
    ¡No hay sitio en la posada!
    La historia del mundo está en esas pocas palabras; y está historia tan compendiosa, tan substancial, nadie la lee: porque leerla quiere decir comprenderla; y la eternidad no es bastante larga para tomar y dar la medida de lo que está escrito en esas palabras: “No hay sitio en la posada”. Lo hubo para otros viajeros; para aquellos no. Lo que a nadie se niega, no se da a María y José: y ¡Jesucristo iba a nacer a los pocos minutos! El panteón romano, posada de los ídolos tenía sitio para treinta mil demonios con nombres que se creían divinos; y Roma no tuvo sitio para Jesucristo en su panteón. Parece que adivinaba que Jesucristo no quería tal lugar ni tal participación. Uno se coloca más fácilmente cuanto más insignificante es. Al que lleva en sí un valor de humanidad le cuesta más el colocarse; y más todavía a aquel al que lleva en sí una cosa admirable y próxima a Dios; pero el que lleva a Dios mismo no encuentra sitio. Todos parecen adivinar que lo necesita demasiado grande, y por pequeño que él quiera hacerse, no logra desarmar el instinto de los que le rechazan; no logra persuadirles de que se parece a los otros hombres; por mucho que oculte su grandeza, esta brilla a pesar suyo, y a su proximidad las puertas instintivamente se cierran.
    Esta pequeña frase, que no dice sino: “porque no había sitio para ellos en la posada”, es tanto más terrible cuanto más sencilla. No es el acento de la queja, del reproche, de la recriminación: está en tono natural del relato, que suprime toda reflexión, pues el Evangelio deja que las reflexiones nos las hagamos nosotros mismos: Quia non erat locus in divesorio. ¿Y qué decir de esta palabra diversorio, que indica multiplicidad? Los viajeros comunes; los hombres que hacen números, habían encontrado lugar en la posada. Pero Aquel que María llevaba iba a nacer en un establo, porque Él era quien debía decir un día: “Una sola cosa hay necesaria: Unum est necessarium.”
    El diversorio había sido cerrado.
    Sería menester que un rayo iluminara nuestra noche y mostrara todos los siglos de una vez en un solo punto y en un instante, para que esta frase tan corta, tan pequeña, tan sencilla nos apareciera tal como es: para que nos apareciera tal como es esta posada en la que María y José no encuentran sitio. Sería menester un rayo iluminando un abismo. ¿Qué sucedería si nuestros ojos se abrieran?
    El P. Faber se pregunta qué pensarían las madres de los inocentes que poco tiempo después fueron degollados. Se preguntan sino meditarían sobre el hombre y la mujer que no habían encontrado sitio. Y sobre el niño que no tuvo sino un pesebre para nacer.
    Tampoco la tierra debía darle sitio para morir: al cabo de algunos años debía arrojarle a lo alto de una cruz.
    La tierra fue como la posada: fue inhospitalaria.
    San José cumple en la realidad que otros cumplieron figuradamente. Después de haber guardado en Egipto el pan de vida, realizando aquello de lo cual el primer José fue la sombra, vuelve a Nazareth y hace lo mismo que Josué había hecho. Josué había detenido el sol en su curso. A aquel que era la luz del mundo abandonó a María y a José para ir a Jerusalén a defender la causa de su Padre; pero María y José van a encontrarle allí y lo vuelven a casa. El sol que parecía haber comenzado su curso queda detenido durante diez y ocho años. De los doce años a los treinta, Jesús no se mueve de su casa. ¿Qué edad tenía cuándo José murió? No se sabe; pero parece que cuando Jesús abandonó su casa José ya había muerto. Y en aquella casa, ¿qué pasó? ¿Qué misterios fueron descubiertos a los ojos de aquel hombre a quien Jesús obedecía? ¿Qué veía José en los actos de Jesucristo? En estos actos, por su misma sencillez, debieron tomar a sus ojos proporciones inconmensurables. ¿Qué no vería en el menor de sus movimientos? ¿Qué no vería en su actividad aparentemente limitada? ¿Qué no vería en su obediencia? Con qué son debió vibrar en el fondo de su alma esta frase: “Yo mando, y él obedece: ¿yo ocupo el lugar de Dios Padre?” y tras esta frase, debajo de ella, en el fondo, debía haber algo más profundo que ella misma: el silencio que la envolvía; y la frase que habría dado forma al silencio, quizá no llegó a formularse nunca. Quizás estaba oculta en el silencio que la contenía
    Cuando las palabras humanas llamadas sucesivamente por el hombre se reúnen declarándose una tras otra impotentes para dar expresión al fondo de su alma, entonces el hombre cae de rodillas y el fondo del abismo álzase el silencio. Y este silencio que sale del fondo del abismo, traspasa las nubes y sube al trono de Áquel que ha tomado las tinieblas por retiro: Sube al trono de Dios con los perfumes de la noche.
    Este gran silencio de la naturaleza que se llama el sueño, fue el templo donde los dos José oían las voces del cielo.
    El primer José fue vendido por causa de un sueño que excitó la envidia y el odio a sus hermanos. Por un sueño fue llevado a Egipto.
    Mandó. La madre y el niño obedecieron. Paréceme que aquel mandar debió inspirar a San José ideas prodigiosas. Paréceme que el nombre de Jesús debía tener para él secretos admirables. Paréceme que cuando mandaba en él, la humildad del niño debía tomar proporciones gigantescas que no podían medirse con sentimientos conocidos. Aquella humildad debía ir a reunirse con su silencio, en su lugar, en su abismo. Y aquel silencio y aquella humildad debían engrandecerse uno a otra.
    San José escapa a nuestra apreciación que no puede medir la altura de sus funciones. Dios, tan celoso le confió a la Santísima Virgen. Dios, tan celoso le confió a Jesucristo. Y la sombra del Padre caía todos los días sobre él, sobre José, tan densa, que las palabras apenas se atreven a acercarse a ella.
    Cuando estaba en su taller, ¿presentábase a su imaginación las grandes escenas patriarcales? ¿pasaban ante los ojos de su alma Abraham, Issac, Jacob y José –su sombra proyectada delante de él,–Moisés y el interior del desierto con las llamas de la zarza ardiendo, y todas las personas y todas las cosas pasadas que fueron figura de las realidades presentes? Y cuando su miraba encontraba al niño que esperaba sus órdenes para ayudarle en el trabajo ¿contemplaba en su espíritu el nombre de Dios revelado a Moisés? O ¿quedaba interiormente deslumbrado por los recuerdos y los esplendores del TETRAGRAMATON?
    La Virgen que estaba allí, bajo su protección, era la mujer prometida a la humanidad por la voz de los profetas: el universo esperaba levantando un altar misterioso:
    Virgini pariturae
    El niño a quien él daba órdenes era aquel de quien se había dicho:
    Per quem majestatem tuam laudant Angeli, adorant Dominationes, tremunt Potestates.
    Por él tiemblan. Tal vez sin él, ante la majestad tres veces terrible, ni osarían temblar siquiera
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  2. Iquitos, Perú 10 de Junio 2010
    Acabo de leer por primera vez, todo lo que se halla escrito en la Web sobre San José padre terrenal de Jesús.Pienso que José tambien fue preparado por el Creador para acompañar a María y al Divino niño en la tierra y formen La Sagrada Familia ; a quienes debemos tener siempre presente en nustra familia y seguir sus hermosos ejemplos.Carmen Rosa

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