Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Día de Navidad

SANTA NATIVIDAD DEL SEÑOR

Misa del Día

Las primeras palabras del Evangelio de San Juan prueban la eternidad del Verbo, cuyo Nacimiento temporal conmemoramos hoy. Contemplémoslas junto a los Padre de la Iglesia.

El Omnipotente, el Eterno, el Verbo de Dios se hizo carne, descendió hasta nosotros, con el fin de elevarnos hasta Él.

El Verbo Eterno se hizo hombre para buscar al hombre extraviado; y este mismo Señor que se hizo hombre por nosotros, siempre ha sido Dios en el seno de su Padre, y lo es todavía, ya que no hay ni pasado ni futuro allí donde no existe la movilidad del tiempo.

Es el gran y divino misterio que acaba de recordarnos la lectura del Evangelio:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.

Estaba al principio junto a Dios.

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.”

Hoy el Rey de los Ángeles ha nacido en medio de los pecadores con el fin de concederles el perdón de sus faltas.

“¡Que los cielos se alegren! ¡Que la tierra exulte de alegría!”, ya que el verdadero Creador descendió de los Cielos para levantar al mundo de sus ruinas; y para que por María se repare lo que Eva desgraciadamente había destruido.

En otro tiempo, una mujer había llevado el mundo a su perdición; y he aquí que María lleva el Cielo en su seno virginal.

La primera mujer probó el fruto del árbol, lo dio a su esposo, introdujo la muerte en el mundo… María mereció engendrar al Salvador, fruto del Eterno Padre…

El que es coeterno con su Padre, nació, pues, después de su Madre.

Por esta razón celebramos hoy el alumbramiento de la Virgen, de esta Virgen que declaramos también Madre; en quien la gloria de la fecundidad vino a aumentar el resplandor de la virginidad, y cuya fecundidad se encontró ennoblecida por una virginidad inalterable.

Esta Virgen tuvo el privilegio de la fecundidad, pero nunca ha perdido el de la virginidad; su parto fue de tal modo que nunca habría sido fértil si hubiera debido perder la integridad de su inocencia.

Ella fue la única en recibir esta gracia singular de un carácter totalmente divino.

A Ella sola le fue concedido este favor particular de formar en su seno y por su sangre al Creador de todas las cosas; de concebir, sin participación de ningún hombre, al que formó a la mujer; y, por fin, de engendrar en el tiempo al Dios engendrado desde toda eternidad.

San Pablo nos presentó este misterio bajo su aspecto más agradable y más apto para excitar nuestra admiración.

¿Por qué este misterio es tan admirable? Porque se realizó de este modo.

¿Por qué es tan agradable? Porque se realizó en nuestro favor.

¿Por qué es digno de nuestra admiración? Porque el que es verdadero Dios de Dios, también nació verdadero hombre de mujer.

¿Hay algo comparable a esta maravilla, que un verdadero Dios, naturalmente nacido del Padre, y por derecho de nacimiento Señor de todas las cosas, también haya nacido de la Virgen en la condición de esclavo?

¿Hay algo comparable a esta maravilla, que se haya creado en el tiempo al Creador de todos los tiempos?

¿Por qué este misterio es tan agradable? Es que el Hijo único, que está en el seno del Padre, se dignó hacerse verdadero hombre y nacer de mujer, para hacernos nacer de Dios.

Dios hizo estallar su amor por nosotros cuando su Hijo único, por Quien todas las cosas fueron hechas, fue formado en medio de todas las cosas; y cuando Aquél que había hecho todos los tiempos fue engendrado llegada la plenitud de los tiempos.

Es necesario comprender con exactitud cómo ha podido formarse Aquél por Quien todas las cosas fueron hechas; o como se puede decir que Aquél que hizo todos los tiempos se hizo hombre en la plenitud de los tiempos.

Los santos Profetas y los santos Apóstoles avanzaron estas dos aserciones, y los discípulos de la misma Verdad nos enseñaron eso con mayor verdad aún.

He aquí la doctrina de los Profetas y de los Apóstoles.

Cuando al hablar del Hijo de Dios lo designan al mismo tiempo como Creador y como criatura, como haciendo y como formado, como teniendo tiempo y como eterno, no hay nada discordante en su manera de expresarse; la falsedad no vicia su enseñanza, sino que su profesión de fe sobre uno y otro nacimiento es la expresión verdadera de la verdadera fe.

Es, en efecto, evidente, que del Señor, Hijo único de Dios, se puede siempre afirmar un doble nacimiento, puesto que en Él se encuentran realmente unidas la naturaleza divina y la naturaleza humana.

Por esta razón la Iglesia católica reconoce, sin vacilar, en un solo y propio Hijo de Dios a su Creador y a su Redentor.

Su Creador, porque, como Dios, le dio la existencia. Su Redentor, porque, como Hombre, se hizo a causa de la redención.

Esta casta Esposa reconoce en Él, sin sombra de duda, a su Esposo, ya que se le une en la plenitud y en la verdad de las dos naturalezas.

Ella confiesa que es su Cabeza y que esta Cabeza no solamente permanece en el Padre, es el Eterno e Inmutable Señor, sino que se hizo Hombre, permaneciendo Dios, un Hombre perfecto, nacido en el tiempo de la Santísima Virgen María.

La Iglesia sabe que tiene con el Padre una única naturaleza divina, y con su Madre la naturaleza humana, es decir, un cuerpo y un alma.

Ella confiesa que un sólo y mismo Cristo comenzó a existir y nunca ha tenido principio; ya que el Hijo único de Dios es, al mismo tiempo, Dios eterno de Dios eterno y Hombre temporal de Madre temporal.

Por eso Ella predica un sólo Hijo de Dios, igual e inferior al Padre; ya que sabe que no hay más que un único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, Dios y Hombre.

En efecto, el Hijo de Dios nos ha pedido prestada nuestra naturaleza para salvarla; y después de haberla asumido, la salvó por el efecto de una bondad inconmensurable.

Así sucedió que Dios Padre concedió la salvación al hombre por los méritos de Dios Hijo, con Quien comparte la divinidad.

De ahí sigue, por fin, que, para los fieles, la verdadera fuente de salvación se encuentra en el mismo y único Hijo de Dios.

Tal es la verdadera norma de la fe católica, en esto consiste la divina y sana doctrina: creer que hay verdaderamente dos naturalezas en la única Persona del Hijo de Dios, y confesar, con no menos seguridad, la verdad de los dos nacimientos del único Hijo de Dios.

Mis hermanos, que este punto de fe sea, pues, bien cierto para nosotros; que la creencia sea consolidada en nuestros corazones: Dios, el Hijo único, por quien todas las cosas fueron hechas, verdaderamente fue engendrado desde toda eternidad, antes de todos los tiempos, y verdaderamente nació una vez en el tiempo.

Una vez, sin haber comenzado, y otra vez en un tiempo determinado.

Una vez de Dios Padre, y otra vez de la Virgen María. De Dios Padre sin tener madre; de la Virgen María, no sin tener Padre, sino sin tener un hombre por padre.

En efecto, Dios Hijo tiene a Dios por Padre, no solamente en cuanto nació de Él sin haber comenzado, y que Él es Dios de Dios Padre; sino también en cuanto nació de la Virgen Madre en el tiempo, y que siendo Dios, se hizo hombre.

En su primer nacimiento, ha sido engendrado por el Padre, salió de su seno y es Dios Altísimo. En su segundo nacimiento, el mismo Dios salió de un seno virginal.

Por el primero, nos ha hecho, y por el segundo, nos dio una nueva vida.

Por uno, nos creó; y por el otro, nos redimió.

Por aquél, nos convertimos en criaturas; por éste, se nos adoptó como hijos de Dios.

Por el primero, es nuestro Creador y somos su obra; por el segundo, es nuestro Redentor y somos su herencia.

Por uno, el Hijo de Dios nos dio la existencia humana; por el otro, se dignó hacernos sus herederos.

Es por efecto de aquél que todos los hombres vienen a este mundo; es por efecto de éste que todos los justos reinarán en el Cielo.

Como consecuencia del primero, somos sus criaturas y tenemos la vida; como consecuencia del segundo, aquéllos que readquirió entrarán en posesión de la bienaventuranza eterna.

El tiempo determinado para el parto de María se cumple; por grande que sea Aquél a quien da a la luz de la vida no cambia nada las leyes que regulan el nacimiento de los hombres.

Así debió nacer el que se encarnó para redimirnos, sacrificando la naturaleza humana que asumiese en el seno virginal.

Cristo viene al mundo. Como Dios, está junto al Padre; como Hombre, nace de una Madre Virgen.

Engendrado por el Padre, es la fuente de la vida; nacido de María, es la tumba de la muerte.

En Él se encuentran el Revelador del Padre y el Creador de la Madre; el Verbo nacido antes de todo tiempo, y el Hombre nacido en el tiempo oportuno.

El Creador del sol, y la criatura formada bajo el sol; Aquél que es desde toda eternidad con el Padre, y Aquél que ha nacido hoy de la Madre; Aquél sin el cual el Padre nunca ha existido, y Aquél sin el cual la Madre nunca habría sido Madre.

La que alumbra hoy es, al mismo tiempo, Madre y Virgen. Aquél que nació es, al mismo tiempo, Niño y Verbo.

El que hizo al hombre se hizo Hombre, vino al mundo por una Madre a quien Él mismo había creado, y se amamantó de los senos que Él mismo había llenado.

El que era Dios se convirtió en Hombre, y, sin perder lo que era, quiso convertirse en su propia criatura.

En efecto, añadió la humanidad a su divinidad; pero al volverse Hombre, no dejó de ser Dios.

Por haberse revestido de miembros humanos, no interrumpió sus obras divinas; y cuando se encerró en el seno de una Virgen, no privó a los Ángeles de la sabiduría que constituye su comida.

¡Ah!, es con razón que los Cielos hablaron, que los Ángeles dieron gracias, que los Pastores se alegraron, que los Magos se convirtieron en mejores, que los reyes cayeron en el desorden, que los niños pequeños fueron coronados…

Contemplemos, pues, este inefable misterio…

“En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.

Estaba al principio junto a Dios…”

“He aquí la esclava del Señor, hágase según tu palabra…”

¡Oh María!, ¡oh Madre!, ¡oh Virgen María!, amamantáis nuestra comida, amamantáis al Pan que nos viene de lo alto de los cielos…

¡Oh muy Santa Virgen María!, le colocáis en el pesebre, como si fuese destinado a ser la comida de piadosos animales….

Amamantáis a Aquél que os creó para haceros su Madre. A Aquél que antes de nacer eligió el seno en el cual se encarnaría, así como el día en que vendría al mundo…

“Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros…”