P. Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Medianoche Navideña

SANTA NATIVIDAD DEL SEÑOR

Misa de Medianoche

“Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá”

Con la doctrina de los Santos Padres de la Iglesia, dispongamos nuestra alma para recibir la gracia del Nacimiento del Hijo de Dios.

¡Oh Nacimiento de una inviolable santidad!

Honorable a los ojos del mundo entero.

Agradable a todo hombre, por la grandeza del beneficio que le aporta.

Incomprensible a los mismos Ángeles, debido a su excelencia y a su novedad sin precedente, ya que no se vio nada similar antes que él, y no se verá ningún otro después.

¡Oh Alumbramiento que no sólo no conoció el dolor, que no sólo no conoció la vergüenza, sino que siguió siendo puro de toda corrupción!

¡Oh Parto que cerró, en vez de abrirlo, el santuario de un seno virginal!

¡Oh Nacimiento que excede a la naturaleza por su maravillosa excelencia y que la salva por su misteriosa virtud!

¿Quién podrá explicar esta Natividad?

Un Ángel es el mensajero que la anuncia, la virtud del Altísimo la cubre con su sombra, y el Espíritu Santo concurre para consumarla.

Una Virgen cree; por la fe, una Virgen concibe; una Virgen da a luz en la fe y permanece siempre Virgen: ¿no hay aquí de qué asombrarse?

El Hijo del Altísimo, Dios engendrado de Dios antes de todos los siglos, viene al mundo; el Verbo nace Niño: ¿quién podría no dejarse arrebatar de admiración?

Es el Nacimiento de Jesús: que aquel a quien los pecados condenaban en el fondo de su conciencia, se alegre; ya que la caridad de Jesús supera con mucho el número y el alcance de nuestros crímenes.

Es el Nacimiento de Jesús: alégrense aquellos a quienes abruman defectos antiguos, ya que con la unción de Cristo no hay enfermedad del alma que pueda durar, por muy inveterada que sea.

Es el nacimiento del Hijo de Dios; que los que aspiran a designios grandes se alegren, ya que un gran distribuidor de gracias y de dones nació para nosotros.

Mis hermanos, el que acaba de nacer es el heredero del Padre; hacedle buena recepción, ya que su herencia es nuestra; el que nos dio a su propio Hijo, ¿podrá negarnos algún bien con Él?

Ninguna duda quepa en nuestra alma, ninguna vacilación; nuestro garante es el Verbo de Dios, que se hizo carne y habitó entre nosotros.

El Hijo único de Dios quiso tener hermanos en gran número para ser su hermano mayor; y se hizo hombre, para que la debilidad y la fragilidad del hombre no sea obstáculo para nada.

El propio Padre disminuyó a su Verbo.

¿Quieres saber cuán grande era Aquél que se hizo pequeño? Escucha cómo este Verbo habla de sí mismo: “Yo lleno el cielo y la tierra”. Ahora bien, hoy se ha hecho carne, y se lo colocó en un estrecho pesebre, dentro de un miserable establo.

“Eres Dios, le dice el Profeta, lo eres desde el principio de los siglos, y lo serás hasta el final”, y he aquí que se convirtió en un Niño un día.

¿Con qué objetivo, por qué se aniquiló, por qué se humilló, se redujo de este modo, el Señor de toda majestad, si no para que hagamos así también nosotros?

Comienza Él desde ahora a predicar por el ejemplo eso mismo que debe más tarde enseñar de palabra; comienza a decir: “Aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón.”

He aquí pues por qué ha tomando la forma de esclavo el que es igual a Dios Padre.

Pero, si se disminuyó, es en cuanto al poder y a la majestad, no en cuanto a la bondad y a la compasión. En efecto, ¿qué dice el Apóstol? “La bondad y la humanidad de Dios, nuestro Salvador, apareció en el mundo”.

El poder se había manifestado en la creación del mundo; su sabiduría en la manera en que lo controla y gobierna todas las cosas; pero es sobre todo hoy, en su humanidad, que su bondad y su misericordia se muestran a nosotros.

Los judíos habían visto su poder estallar en prodigios y en milagros.

Los filósofos pudieron también por sus propios ojos comprobar a menudo cuál es su sabiduría.

Pero, por una parte los judíos temblaban al pensamiento de su poder; y el peso de su gloria aplastaba a los filósofos en sus estudios sobre Dios.

El poder exige la sumisión; la majestad, la admiración. Ni una ni otra invitan a la imitación.

¡Muestra, pues, Señor, tu bondad!; la cual el hombre creado a tu imagen pueda imitar. Ya que no podemos imitar tu majestad, ni tu poder, ni tu sabiduría.

¿Hasta cuándo tu misericordia permanecerá encerrada en medio de los Ángeles?

Que tu misericordia extienda su imperio, que aumente su bien y que con fuerza alcance de un extremo del mundo al otro, y disponga todo con suavidad.

¿Qué temes tú, hombre; por qué tiemblas ante el pensamiento de la presencia del Señor que viene? Si viene, no es para juzgarte, sino para salvarte.

No, no huyas, no tengas miedo. No viene con las armas en la mano, no quiere castigarte, sino salvarte.

Antes bien, viene hoy bajo las características de un pequeño Niño que, lejos de hablar, no hace oír sino vagidos, más conmovedores que terribles.

Se hace muy pequeño, un Niñito; una Virgen Madre envuelve sus miembros delicados en pañales, ¿puedes tú temblar aún?

Reconoce, al menos, por estas señales al que vino, no para perderte, sino para salvarte, no para encadenarte, sino para liberarte.

Observad todo lo que Dios hizo por nosotros para animarnos a acercarnos a Él.

Que una Palabra tan llena de vida y de eficacia, una visita tan digna de ser recibida con entera deferencia, una lengua tan elocuente no queden sin producir algunos frutos en nosotros.

Que Aquél que para salvarnos se dignó revestirse de la forma de un esclavo, que el Hijo único del Padre, que es Dios, aleje esta desdicha de sus humildes siervos. Así sea.

Un comentario sobre "P. Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Medianoche Navideña"

Los comentarios están cerrados.