UN SORPRENDIDO

 A MI ME PASÓ ANTES. Y NO FUE CON EL PÁRROCO. FUE CON EL PAPA JUAN PABLO II. DECIDIÓ OMITIR UN DOGMA DE FE PARA NO CONTRARIAR A LOS «HERMANITOS» ORTODOXOS. Y SUCEDIO EN ROMA, EN LA BASILICA DE SAN PEDRO. EL PAPA OMITIÓ UNA SOLA PALABRA… EL «FILIOQUE» DOGMA DE FE. DE MODO QUE YA NO ME SORPRENDE NADA.

 DE TODOS MODOS VALE EL COMENTARIO:

La semana pasada vi algo que me escandalizó bastante. El día de la Inmaculada fui a misa a la parroquia que me corresponde territorialmente, a una misa celebrada por el párroco. Acostumbro a ir a misa a otra parroquia diferente y, cuando voy a ésta, suele ser a las misas presididas por otros sacerdotes, por lo que es raro que coincida con el párroco. Quizá por eso me sorprendió que se inventara un credo suyo particular, que venía a decir (cito de memoria):

¿Creéis en Dios Padre, que nos creó y nos quiere mucho?
¿Creéis en Jesucristo, que nos dijo que nos amásemos unos a otros y dio la vida por nosotros?
¿Creéis en el Espíritu Santo, que nos inspira para que construyamos la comunidad?

Cuando, al terminar la celebración, me acerqué a hablar con el párroco y a decirle que no me había gustado nada que se cambiara el Credo, se molestó bastante. Me dijo que pensaba que este credo decía lo mismo que el otro y que, además, a la gente le gustaba. De hecho, no conseguía entender que me pareciese algo importante y me echó rápidamente de la sacristía.

La verdad es que no me escandalizó tanto el hecho de que este sacerdote decidiese cambiar el Credo, cuanto sobre todo la terrible ignorancia que demostraba con ello y con sus explicaciones. Me pareció increíble que pensara sinceramente que un credo que podría recitar perfectamente un testigo de Jehová o un mormón era una adecuada expresión de la fe de la Iglesia. Aún peor me resultó que pensase que tenía derecho a cambiar los Credos de la Iglesia como le diera la gana y a imponernos a los fieles el pobre resultado del estrujamiento de sus meninges. Quizá lo más absurdo de todo era que creyese que el Credo no era algo importante y que estuviese convencido de que el criterio para la profesión de fe es lo que le pueda gustar o no a la gente (al margen de que está por demostrar que esos inventos realmente gusten a alguien que no sea el autor de los mismos).

Como los lectores sabrán, la palabra Credo viene del latín y significa simplemente “creo”. Los que recuerden la Misa en latín, probablemente aún podrán cantar el “Credo in unum Deum…”.

El hecho de que el Credo siempre se haya cantado es algo importante. Los programas o discursos políticos no se cantan, tampoco se cantan los textos filosóficos ni los teoremas científicos. El Credo se canta porque no es ninguna de esas cosas, sino mucho más: es la expresión de la fe que nos da la vida a los cristianos, la riqueza por la que los mártires soportaron la muerte, la herencia impagable que hemos recibido los católicos. Como decía San Ambrosio de Milán, es el sello espiritual, es la meditación de nuestro corazón y el guardián siempre presente, es, con toda certeza, el tesoro de nuestra alma.

Un término sinónimo de Credo, algo menos habitual pero que también habrán oído los lectores, es Símbolo de la Fe. Esta expresión viene del griego, lengua que siempre nos resulta algo más ajeno a los españoles. Symbolon, en lengua griega, significa “sello” y, por extensión, “contraseña”. En la antigüedad, existía la costumbre de tomar un sello estampado en plomo o en otro material y partirlo en dos, de manera que sirviese de contraseña para un mensajero. Si éste presentaba la pieza que correspondía perfectamente a la otra mitad del sello, se sabía con seguridad que su mensaje era auténtico y no una falsificación.

De la misma forma, el Credo servía para que los católicos se reconocieran entre sí como tales al viajar lejos de su lugar de origen. Si, al entrar en una iglesia, escuchaban el Credo de la Iglesia, podían estar seguros de que estaban en una iglesia católica y no en una de las múltiples sectas heréticas que, como sucede ahora, surgían y desaparecían vertiginosamente.

Este significado se refleja muy bien en una pequeña anécdota que contaba San Ireneo de Lyon sobre su maestro San Policarpo, obispo de Esmirna (que era un Padre Apostólico, ya que había recibido el cristianismo del Apóstol Juan). Un día, Policarpo se encontró con Marción, el fundador de la herejía marcionita, que afirmaba que el Yahvé del Antiguo Testamento era un dios malo, enfrentado con el Dios bueno del Nuevo Testamento. Fue una herejía bastante popular en su tiempo, ya que permitía prescindir de todo lo que a uno no le gustara en la Escritura como producto de ese “dios malo”. Marción, sabiendo el prestigio que tenía Policarpo como discípulo de un Apóstol, se acercó a él y le dijo: Reconóceme. Es decir, reconóceme públicamente como un católico, como alguien que mantiene la fe católica transmitida por los Apóstoles. Policarpo, sin dudarlo un momento, le dijo con fuerte voz, para que todos lo oyeran: Te reconozco… como el primogénito de Satanás.

El Credo o Símbolo, entonces como ahora, permite que los cristianos nos reconozcamos en lo que se va a celebrar en la liturgia. La fe manifestada en el Credo y la Eucaristía están íntimamente ligados. Recordemos lo que afirma el sacerdote después de la consagración: Éste es el sacramento de nuestra fe.

No es extraño, pues, que los Credos sean siempre los mismos y no se cambien constantemente ni estén a merced de interpretaciones particulares. Cuando lo considera oportuno para responder a nuevas dificultades que hayan surgido, la Iglesia elabora nuevos Símbolos de la Fe, pero sin desechar los antiguos, ya que son una expresión de la misma y única fe.

Ningún sacerdote ni ningún laico pueden modificar el Credo. No les pertenece. Es una riqueza de toda la Iglesia. La fe, entendida católicamente, no es algo meramente individual, sino algo que nos une a la totalidad de la Iglesia, desde los Apóstoles. Por eso señala el Catecismo: Quien dice «Yo creo», dice «Yo me adhiero a lo que nosotros creemos». La comunión en la fe necesita un lenguaje común de la fe, normativo para todos y que nos una en la misma confesión de fel católico que llega a una parroquia con un credo inventado no puede reconocer la fe de la Iglesia, que es la suya propia, en lo que se está diciendo.

Un credo inventado por un sacerdote es simplemente lo que él personalmente cree u opina, no es lo que nosotros creemos. No es la fe de la Iglesia. Por eso no tiene ningún derecho a imponérselo a los fieles, como si fuese el dueño de su fe. Lo único que consigue con eso es crear su propio grupo aparte, fundamentado en sus propias opiniones subjetivas, rompiendo la unidad de toda la Iglesia que se plasma en el Credo. Al igual que el Credo, como decía San Cirilo de Jerusalén, no es un resumen de la fe hecho según las opiniones humanas, la unidad de la Iglesia no es algo construido por la sabiduría o el compromiso de los hombres, sino que es un don de Dios.

Cuando oigo proclamar el Credo en la liturgia, siempre soy consciente de que estoy presenciando un milagro. El hecho de que toda la gente que está a mi alrededor, con edades, aficiones, opiniones, procedencias, historias y circunstancias totalmente distintas, pueda proclamar públicamente una misma fe y encuentre en ella la vida eterna sólo se explica por el poder del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia.

Por eso, cuando se lee el Credo de la Iglesia en forma dialogada, el presbítero proclama al terminar: Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús. Y todo el pueblo, junto con todos los mártires y santos, los católicos de tiempos pasados y los que aún estén por venir, responde gozosamente: Amén.

Tomado de http://blogs.periodistadigital.com/espadadedoblefilo.php/2007/12/14/esa_no_es_nuestra_fe

5 comentarios sobre “UN SORPRENDIDO

  1. Si y seguramente por ese «milagro» va a ser elevado de súbito a los altares.

    Y Mons. Lefevre por defender la FE INTEGRA fué sancionado.

    Roma locuta, iglesia perduta.

  2. Oye, ¿Ya escribiste a su Obispo y a Roma sobre el tema? Te quejas mucho, pero no dices núnca si haces ó no las presentaciones que debes…

    Se parece mucho a lo que dice el pastor de mi pueblo, que critica a los Católicos, pero cuidandosé de que ellos no cambien. Así sigue teniendo feligresía.

    ¿Será que tú eres de aquellos que lucran de la disolución de la Iglesia?

    Deberías tener verguenza.

  3. GIMENO:
    A NADIE LE GUSTA QUEJARSE. SIMPLEMENTE, DESPUES DE 40 AÑOS DE AUTODEMOLICION DE LA IGLESIA, LA SITUACION ES DE ALERTA ROJA. Y ESTO QUIEN LO QUIERA VER, QUE LO VEA, Y QUIEN NO LO QUIERA VER, QUE NO LO VEA. YO HE CONOCIDO CLERIGOS DE ALTO RANGO, Y LE PUEDO ASEGURAR, QUE EL CRISTIANISMO NO SE ESTUDIA EN NINGUN SITIO, NI EN LA GREGORIANA DE ROMA. EL MAGISTERIO LO HAN DESAUCIADO ¿POR QUE? NO LO SE, TAL VEZ, PORQUE HOY, LA FE YA ES OTRA: «LA FE EN EL MUNDO»
    MIRE, EL MUNDO NO NECESITA UN REDENTOR, Y LA IGLESIA TAMPOCO. EN LOS ULTIMOS 40 AÑOS, YA SE HA DICHO CLARAMENTE, QUE EL HOMBRE SE SALVA, POR EL MERO HECHO DE SER HOMBRE. Y ESTE ES NUEVO «RUMBO ECLESIAL» LA MAS ABSOLUTA NADA.

  4. «No hay que ser más papista, que el papa»… Anoche fui a misa, la música alegre, la participación del Pueblo de Dios muy linda, las palabras del Vicario Parroquial oportunas y sencillas… ¿qué más podemos pedir?… La eucaristía sea en ñain o español… con participación es edificante… (01-01-2008)

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