Sobre el comunismo tenía razón el Papa Wojtyla: el Concilio no debía callar
(pp. 184-186)
Comunismo: el Concilio no habla de él. Si se recorre con atención el índice sistemático, impresiona chocarse con este categórico silencio.
El comunismo ha sido sin duda el fenómeno histórico más imponente, más duradero, más desbordante del siglo XX; y el Concilio, que además había propuesto una Constitución sobre la Iglesia y el mundo contemporáneo, no habla de él.
El comunismo, a partir de su triunfo en Rusia en 1917, en medio siglo ya había logrado provocar muchas decenas de millones de muertos, víctimas del terror de masa y de la represión más inhumana; y el Concilio no habla de él.
El comunismo (y era la primera vez en la historia de las insipiencias humanas) había prácticamente impuesto a las poblaciones sometidas al ateísmo, como una especie de filosofía oficial y de paradójica «religión de estado»; y el Concilio, que si de explaya sobre el caso de los ateos, no habla de él.
En los mismos años en que se desarrollaba la cumbre ecuménica, las prisiones comunistas eran todavía lugares de indecible sufrimiento y de humillación infringida a numerosos «testigos de la fe» (obispos, presbíteros, laicos convencidos creyentes de Cristo); y el Concilio no habla de él.
Aparte de los supuestos silencios en relación a las criminales aberraciones del nazismo, ¡que luego inclusive algunos católicos (también entre aquellos activos en el Concilio) han echado en cara a Pío XII!
En aquellos años, aun percibiendo la gran anomalía de esta reserva sobre todo de parte de una asamblea que había discutido casi de todo, no me escandalicé. Más aún, debo decir que entendía los aspectos positivos de aquella línea. Y no tanto por la posibilidad, que así se perfilaba, de tratar con los regímenes comunistas la auspiciosa participación en el Concilio de los obispos controlados por ellos, cuanto por la previsión que una toma de posición cualquiera, también la más blanda y la más vigilada, habría desencadenado un aumento en la aspereza de las persecuciones, de modo que se haría más pesada la cruz que aquellos hermanos nuestros perseguidos.
En el fondo, había en todos, al menos inconscientemente, la convicción de que el comunismo era un fenómeno tan consistente que era ya irreversible: necesariamente estábamos obligados a acostumbrarnos a negociar, quién sabe por cuanto tiempo todavía.
Viéndolo bien esta era en esencia la justificación también del Ostpolitik («política de diálogo y de deseables entendimientos con los Países del Este») de la Santa Sede (de Juan XXIII y de Pablo VI); tal política nos parecía sanamente realista e históricamente oportuna.
Quien jamás compartió esta perspectiva fue Juan Pablo II (como entendí a partir de un diálogo tenido en el 1985). Tuvo razón él.
Sobre el «mea culpa» Juan Pablo II se corrigió, pero muy poco
(p. 536)
El 7 de julio de 1997 Juan Pablo II tuvo la amabilidad de invitarme a almorzar y extendió la invitación también al ceremoniero arzobispal, Don Roberto Parisini, que me acompañaba y permaneció como precioso testigo del episodio.
A la mesa el Santo Padre en un determinado momento me dijo: ‘»Ha visto que hemos cambiado la frase de la ‘Tertio millennio adveniente’? El borrador, que había sido enviado con anticipación a los cardenales, traía esta expresión: «La Iglesia reconoce como propios los pecados de sus hijos»; expresión que – hice presente con respetuosa franqueza – no se podía proponer. En el texto definitivo el razonamiento apareció cambiado de la siguiente manera: «La Iglesia reconoce siempre como propios a sus hijos pecadores». Para el Papa era importante recordármelo en aquel momento, sabiendo que me habría dado gusto.
Respondí diciendo que estaba muy agradecido y manifestando mi plena satisfacción desde el punto de vista teológico. Pero me pareció que también tenía que agregar una reserva de índole pastoral: la iniciativa inédita de pedir perdón por los errores y las incoherencias de los siglos pasados desde mi punto de vista escandalizaría a los «pequeños», los preferidos del Señor Jesús (cfr. Mt 11,25): porque el pueblo fiel, que no sabe hacer muchas distinciones teológicas, a partir de esas autoacusaciones vería amenazada su serena adhesión al misterio eclesial, que (nos lo dicen todas las profesiones de fe) es esencialmente un misterio de santidad.
Entonces, el Papa textualmente dijo: «Sí, eso es verdad. Será necesario pensar sobre ello». Lamentablemente no lo pensó lo suficiente.
Conclave 2005, qué le dije al futuro Papa
(pp. 614-615)
Los días más trabajosos para los cardenales son aquellos que preceden inmediatamente al cónclave. El Sacro Colegio se reúne diariamente desde las 9:30 a las 13:00h., en una asamblea donde cada uno de los presentes es libre de decir todo lo que cree.
Pero se intuye que no se puede tratar públicamente el argumento que está más lo más íntimo de los electores del futuro obispo de Roma: ‘a quién debemos elegir?
Y así esto va a terminar en que cada cardenal es tentado de citar más que otro sus problemas y sus dificultades: o mejor, los problemas y las dificultades de su cristiandad, de su nación, de su continente, del mundo entero. Es sin duda muy útil esta general, espontánea, incondicionada reseña de información y de juicios. Pero sin duda el cuadro que resulta de ello no es un hecho alentador.
Cuál fue en aquella ocasión mi estado de ánimo y cuál mi reflexión prevalente emerge de la intervención que después de muchos asombros me decidí a pronunciar el viernes 15 de abril del 2005. He aquí el texto:
«1. Después de haber escuchado todas las intervenciones – justas, oportunas, apasionadas – que aquí han resonado, quisiera expresar al futuro Papa (que me está escuchando) todas mi solidaridad, mi simpatía, mi comprensión, y también un poco de mi fraterna compasión. Pero quisiera sugerirle también que no se preocupe demasiado por todo aquello que aquí ha escuchado y no se asuste demasiado. El Señor Jesús no le pedirá resolver todos los problemas del mundo. Le pedirá que lo quiera con un amor extraordinario: »Me amas más que estos?’ (cfr. Jn 21,15). En una ‘tira’ y ‘caricatura’ que nos llegaba de Argentina, la de Mafalda, he encontrado hace varios años una frase que en estos días me ha venido a la mente frecuentemente: ‘Ahora entiendo; – decía aquella terrible y aguda muchachita – el mundo está lleno de problemólogos, pero escasean los solucionólogos’.
«2. Quisiera decir al futuro Papa que preste atención a todos los problemas. Pero primero y más todavía que se dé cuenta del estado de confusión, de desorientación, de descarrío que aflige en estos años al pueblo de Dios, y sobre todo que aflige a los ‘pequeños’.
«3. Hace unos días escuché en la televisión a una religiosa anciana y devota que respondía así al entrevistador: ‘Este Papa, que ha muerto, ha sido grande sobre todo porque nos ha enseñado que todas las religiones son iguales’. No sé si a Juan Pablo II le hubiese gustado mucho un elogio como ese.
«4. En fin, quisiera señalar al nuevo Papa el caso de la ‘Dominus Iesus’: un documento explícitamente de acuerdo y públicamente aprobado por Juan Pablo II; un documento por el cual me gusta expresar al cardenal Ratzinger mi vibrante gratitud. Que Jesús es el único necesario Salvador de todos es una verdad que en veinte siglos – a partir del discurso de Pedro después de Pentecostés – no se había escuchado la necesidad de reclamar jamás. Esta verdad es, por decir así, el grado mínimo de la fe; es la certeza primordial, es entre los creyentes el dato simple y más esencial. En dos mil años no ha sido jamás puesta en duda, ni siquiera durante la crisis arriana y ni siquiera con ocasión del descarrilamiento de la Reforma protestante. El haber tenido que recordarla en nuestros días nos da la medida de la gravedad de la situación hodierna. Sin embargo este documento, que reclama la certeza primordial, más simple, más esencial, ha sido contestado. Ha sido contestado en todos los niveles: en todos los niveles de la acción pastoral, de la enseñanza teológica, de la jerarquía.
«5. Me contaron de un buen católico que propuso a su párroco hacer una presentación de la ‘Dominus Iesus’ a la comunidad parroquial. El párroco (un sacerdote por lo demás excelente y bien intencionado) le respondió: ‘Olvídalo. Ese es un documento que divide’. ‘Un documento que divide’. ¡Gran descubrimiento! Jesús mismo ha dicho: ‘Yo he venido a traer la división’ (Lc 12,51). Pero demasiadas palabras de Jesús resultan hoy censuradas por la cristiandad; al menos por la cristiandad en su partes más locuaces».

La descristianización en nombre de Cristo: la más peligrosa de todas.Lumasa
He dejado un comentario anteriormente en el primero de la serie pero parece que hay un problema tecnico.
El comentario en realidad es una pregunta. Donde puedo conseguir el Libro? Porque parece ser muy interesante. Muchisimas Gracias
Paz y Bien.
La Radio Cristiandad es muy importante para los católicos tradicionalistas e, consequentemente, es un bien grande para el mundo.
Gracias.
Un abrazo desde Mëxico.
Les informo que en días pasados celebró dos veces la Misa extraordinaria el P. D. Rafael Navas.
Les informo que al comenzar el mes de Noviembre vendrá a México el Cardenal Hoyos y con su presencia fortalecerá el Trabajo de los «Una Voce-juventutem» del país.
Y al final les informo que ya está autorizada la Misa de los Padres del Instituto de Cristo Rey a finales de Noviembre en la Catedral Primada y Metropolitana de México.
¡Muchas gracias a los amigos de Radio cristiandad por su apoyo de siempre!
Pedro Rodríguez Ocampo.
ppedror1o@gmail.com
Sacerdote «extraordinario».
Sr. Lumasa, estoy totalmente de acuerdo con Ud.
Que el Senor lo bendiga.
Eduardo.
El comunismo ha sido muy radical y asesinó a numerosas personas, además de querer una igualdad absurda niega a Dios.
El neocatolicismo vitalista está incapacitado para entender de qué se trata el marxismo.
Sòlo el verdadero católico lo puede comprender. Y lo puede combatir en serio.
La mayoría se queda estancada en el fenómeno comunista.
El marxismo avanza no cuando se vacían los estómagos. sino cuando se vacían y confunden las inteligencias.
Lumasa
tienes razon elconcilio no habla de comunismo, pero habla de marxismo, lucha de clases, clase obrera y trabajadora etc.
en realidad el concilio es la entrada directa de la iglesia a la dinamica del capitalismo, jugando el mapel más importante para la enajenación, la ideología.