«PERROS MUDOS QUE NO SIRVEN PARA LADRAR»
El 3 de Septiembre ppdo. Monseñor Bergoglio, Arzobispo de Buenos Aires, Primado de la Argentina y Presidente de la Conferencia de Obispos Argentinos, Mons. Agustín Radrizzani, Obispo de Lomas de Zamora y vicepresidente segundo de la misma Organización y otros Monseñores y sacerdotes, presentaron en conferencia de prensa el documento de la 5ta. Conferencia General del Espiscopado Latinoamericano y del Caribe en su versión final aprobada por la Santa Sede.
Durante la presentación Mons. Radrizzani, con el consentimiento de todos los demás asistentes, declaró que “si bien es cierto que bajó el número de fieles, no estamos pensando en una actitud proselitista para contrarrestar esa situación, sino en una mayor conversión nuestra”.
Por otra parte, el Padre Galli, Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Católica «dijo que la idea no es salir a confrontar con los nuevos movimientos religiosos, sino procurar que los católicos asuman mejor su condición de discípulos y misioneros.» No se librará «una guerra» contra los nuevos movimientos religiosos -resume la noticia el diario «Clarín» (edic. del 4/9/2007, pag.31).
El Decano Padre Galli agregó que «faltó fidelidad al Evangelio en el comportamiento de ciertos laicos en política».
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La noticia me ha dejado estupefacto. Es como si los Obispos, representados por sus más altas autoridades locales y por uno de sus teólogos más destacados, renunciara a la misión que les encomendó Nuestro Señor Resucitado antes de subir al cielo:
«Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, se salvará. Más el que no creyere, se condenará» (Marc. 16,15)
Es como si hubieran olvidado las numerosas exhortaciones del Apóstol de las Gentes, ejemplo de fidelidad al deber de anunciar el Evangelio hasta la muerte a filo de espada:
«Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús que ha de juzgar a vivos y muertos por su aparición y por su reino – escribía a su discípulo Timoteo-: predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, vitupera, exhorta con toda longanimidad y doctrina, pues vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes por el prurito de oir, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas» (2 Timot. 4, 1-4)
«¡Ay de mí si no evangelizare!» (I Corint. 9-16)
«Te recomiendo. hijo mío Timoteo, que…sostengas el buen combate con fe y buena conciencia» (1 Timot. 1-18) «Combate los buenos combates de la fe, asegurate la vida eterna» (1 Timot. 6 -12)
Y cercano ya a sufrir el martirio por no traicionar su misión de predicar a Jesús Crucificado, escribe:
«Cuanto a mí, a punto estoy de derramarme en libación, siendo ya inminente el tiempo de mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe.» (2 Timot. 4, 6-7)
¿En qué queda todo esto cuando las más altas autoridades del Episcopado nacional y un teólogo Decano de los Maestros de Teología renuncia a «hacer proselitismo» que equivale a la renuncia a predicar el Evangelio?
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La Iglesia tiene tres estados:
La Iglesia militante que es la de esta vida y que se caracteriza por luchar contra el mundo. “Militante” viene de «miles», que quiere decir «soldado» en latín.
La Iglesia purgante, que la componen las almas del Purgatorio y la Iglesia Triunfante que es la de los bienaventurados que han llegado al Paraíso para gozar eternamente de la visión de Dios.
Aquí nadie puede decirse católico si no combate, porque en esta vida sólo se puede pertenecer a la Iglesia militante.
Enemigos no le faltan a nuestra fe. Los hay de todo tipo y tamaño y todos ellos se empeñan en perder a las almas engañándolas con diversos errores. Los Obispos reunidos en Aparecida, Brasil, reconocen que esos malditos enemigos han tenido éxito en su horrible tarea porque el número de fieles ha descendido y el número de sectas y de ateos prácticos ha aumentado.
Siendo esa la situación el primer deber de todo católico es defender la propia fe y la de su prójimo porque, como enseña San Pio X en su Carta «Notre Charge Apostolique» enseña que «el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o práctica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material». (BAC, Documentos Politicos, pag. 413) Es decir, el primer deber de un católico no es tolerar el error sino convertir a los que yerran. ¿Cómo se puede hacer eso sin refutar los errores?
Desde muy antiguo la Iglesia ha desarrollado la ciencia y el arte sagrados de la Apologética mediante la cual ha triunfado de todos los errores. ¿Renuncian a ella los pastores que resolvieron no «contrarrestar» los errores que han desangrado la Iglesia quitándole miles y aún millones de hijos que eran fieles y ya no lo son?
Muchos mártires ha tenido la Iglesia por defender su libertad de predicar la verdadera fe. Nunca tiranía alguna ha conseguido silenciarla. Es inconcebible que algunos pastores resuelvan silenciarla por propia decisión.
¿Y los niños inocentes, primeras víctimas del error y de la obscenidad reinante? ¿Ni siquiera por ellos están dispuestos a romper lanzas los señores Obispos?¿No se acuerdan de aquella orden de Nuestro Señor: «Dejad que los niños vengan a Mí» (Mat. 19, 14)?
¿No tienen miedo del Dios de las venganzas que dijo, por boca de Isaías:
«Mis guardianes son ciegos todos, no entienden nada. Todos son perros mudos, que no sirven para ladrar; visionarios de vanidades, dormilones, y amantes del sueño. Son perros voraces, insaciables, son pastores que no entienden, sigue cada uno su camino, cada cual busca su interés» (Isaías, 56, 10-11)?
Los talentos que Dios les dió los entierran como aquel siervo infiel del Evangelio que recibió uno y devolvió el mismo, sin fruto. ¿No se acuerdan qué le dijo Dios a ese siervo infiel?
«Siervo malo y haragán.¿con que sabías que yo quiero cosechar donde no sembré y recoger donde no esparcí?…Quitadle el talento…y a ese siervo inútil echadle a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y crujir de dientes» (Mat. 25, 226-30).
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El reproche a los católicos por su falta de fidelidad al Evangelio en política es justo, pero recae en primer lugar sobre los Señores Obispos mismos.
Para hacer política católica hay que conocer la doctrina de la Iglesia sobre la sociedad, la autoridad, la Justicia, la política. la iglesia tiene un tesoro de enseñanzas en esas materias contenidas en decenas de importantísimos documentos pontificios. No empezó con el Concilio Vaticano II sino un siglo antes.
¿Cuándo los Señores Obispos enseñaron esa doctrina? Nunca.
¿Cuándo dieron el ejemplo de fidelidad a esa doctrina excomulgando a los políticos que apoyan el aborto, como lo hicieron los Obispos de EEUU y de otros países.? Nunca.
¿Cuándo se quejaron de la gigantesca injusticia que significa que una banda de malhechores monopolice todo el poder mediante el fraude y la violencia pseudo-legal? Nunca.
¿Cuándo ayudaron, aunque más no sea, con una palabra de aliento a un católico que quiera ser fiel a su fe en el terreno político, desafiando a los tiranos de la «dirigencia» contra toda posibilidad y perdiendo mucho en el intento?. Nunca.
Entonces, Señores Prelados, no acusen a los laicos de lo que Uds. mismos son culpables.
Con esto no pretendo eximir a los laicos porque cada uno es responsable ante Nuestro Señor Jesucristo del cumplimiento de sus deberes y no puede excusarse en la desidia de sus Pastores. Pero seamos claros y llamemos a las cosas por su nombre. Dejemos de lado ese lenguaje esotérico que está de moda en los medios eclesiásticos con el cual se llenan páginas y páginas sin decir nada o, peor aún, insinuando errores de los que no quieren hacerse responsables pero sí quieren que arraiguen y se impongan. «Sea vuestra palabra: si, si; no, no; todo lo que pasa de esto, de mal procede» (Mat. 5, 37). Quien que no habla claro es porque algo oculta.
¡Deus ultor affulge! (¡Acude oh Dios de las venganzas!)
Cosme Beccar Varela
Original de La botella al mar

Estimados hermanos en Cristo, el artículo de esta nota en general es muy bueno, pero hay qe hacer aclaraciones y por supuesto comentarios a el: en primer lugar quien lo escribe por un punto específico, actúa mas bien como judío y no como cristiano-católico, llama al DIOS DE LA VENGANZA, ese es el DIOS del AT (Antigua Alianza), porque el DIOS que nosotros adoramos y tememos (Santo Temor de DIOS= Respeto y Amor) es un DIOS lleno de AMOR y MISERICORDIA,JESÚS, cuando vino a la tierra nos dijo, «YO NO HE VENIDO A CAMBIAR LA LEY, HE VENIDO A DARLE SU VERDADERO SENTIDO» y ese es el cambio entre las dos Alianzas, la Antigua y la Nueva (NT). ahora, soy consciente que nuestro deber es EVANGELIZAR, y conozco a muchas gentes, que lo hacemos, pero el gran problema radica, en que hay pocas personas lo suficientemente instruídas para realizar esta labor, y en ese sentido comprendo a los señores Obispos, en el sentido de que primero se debe enseñar a los católicos que quedan, para que al enseñar (valga la redundancia), no salgan a propalar errores, porque en ese caso, el remedio sería peor que la enfermedad. Indudablemente que la Iglesia, que la formamos todos, y por tanto a todos nos cabe responsabilidad en la situación por la que pasa, no se ha preocupado debidamente de inculcarle a los fieles, tanto LA PALABRA, LA TRADICIÓN, EL MAGISTERIO y los Documentos Pontificios, por comodidad o desidia, no propugna que toda nuestra riqueza, debe ser transformada en vida en nosotros y eso es lo que hay que hacer desde ya, para que a futuro las personas al hacer vida su religión, actúen en consecuencia, yo llamo a quienes participen en este foro, a que no escriban sólo para criticar, sólo para condenar los errores, si no que propongan soluciones al problema, somos libres y podemos manifestar lo que nos parezca mal, dentro del debido respeto, pero no nos quedemos sólo en ello, sino que veamos como lo podemos solucionar. Que JESÚS los bendiga. Juan.
Señor Juan Rags: Ud actúa como un típico liberal, ejemplificado con todo detalle en la Encíclica «Pascendi» de San Pío X, publicada por Radio Cristiandad, que le recomiendo la lea y la estudie para salir de ciertas inmanencias,de las que creo Ud. adolece ,a tenor de algunos comentarios suyos que tienen como característica la dialectica del «solve et coagula» alquímicohegeliana (tesis-antítesis-síntesis) condenada por la Iglesia de Siempre (no por la Nueva del Vat.II, a menos que Ud adhiera inadvertidamente de buena fe, sin habere estudiado en profundidad lo que ocurrió en la Iglesia delConcilio). Como no voy a extenederme sobre los párrafos de la «Pascendi», le alcanzo este magnífico resumen que hiciera Mons.Lefevre en su librito «El golpe maestro de Satanás» : «Es típico del liberal afirmar la tesis Y QUEDARSE CON LA HIPÓTESIS. Que Dios lo ilumine.
Hermanos de Radio Cristiandad, permítanme una réplica al comentario de Ruizdíaz, en primer lugar no entiendo que Ud. escriba para criticarme a mí y no escriba absolutamente nada del artículo sobre el que yo sí comento, y sí, he leído al revés y al derecho y meditado la Encíclica y no veo por donde he de encajar ni en los modernistas, ni en los liberales, diferente es que yo condene determinadas situaciones que ocurren en la Iglesia y, otra muy diferente que condene a toda la Iglesia, y sí, adhiero, respeto y apoyo por completo el CVII, por algo soy católico, apostólico y romano, no me ando como otros con medias tintas, no veo que tiene de malo, solicitar a los que opinen en este artículo, que propongan soluciones y no se dediquen sólo a las críticas destructivas, que es lo que Ud. hace, que MÍ SEÑOR JESÚS lo perdone, cosa que yo ya comencé a hacer. Bendiciones, Juan.
El artículo de Radio Cristiandad es CORRECTÍSIMO Y CATÓLICO, no así sus piruetas semánticas sr. JuanRags. La solución YA ESTA PUESTA DESDE EL PRINCIPIO (Prólogo del Evangelio de San Juan). «Su» Señor Jesús no es el del Evangelio sino un Jesús INMANENTE, creado a SU imagen y semejanza por falta de Magisterio. Pero TIENE LA OBLIGACIÓN DE ESTUDIAR
SI TIENE ESA INQUIETUD DE OPINAR, y si no debe llamarse a silencio y seguir con su fe de carbonero.Se lo digo`para su bien,BUSQUE CONSEJO que es uno de los Dones del Espíritu Santo.
El Santo Cura de Ars decian en el Seminario que no servia para ser cura y llego a los altares por su constancia en la busqueda de la Santidad y sus largas horas en el Confesionario. Todos aquellos buenos Sacerdotes que se ordenaron con el no tuvieron ese regalo a pesar de ser muchisimo mas aventajados y de ESTUDIAR MAS Y SABER MAS. Acuerdense de que DIOS no llama a los capacitados sino que capacita a los llamados. Y cuando hacemos dentro de la Iglesia algo debemos decir que solo hemos cumplido con la encomienda y que somos siervos inutiles. Hay que ser humildes. Que es la humildad? Decia Santa Teresa de Avila que la humildad es la verdad. Y que es la verdad pregunto Pilato a nuestro Senor. La verdad es DIOS y todo lo que viene de el, todo lo que es Santo y entre esas cosas el PERDON. El Per-donar. El Senor Perdona a todos en el Sacramento de la Reconciliacion.
se nos da de nuevo, se nis DONA despues de la absolucion. Asi tenemos que ser con los hermanos. Darnos de nuevo, perdonando, ayudandonos porque en fin de cuentas todos somos Catolicos y hermanos en Cristo.
Si, tenemos TODOS que buscar consejo y dejarnos llevar mas por DIOS y tener coloquios con El DIOS de amor y callarnos para que nos hable y oirlo. Es un ejercicio que requiere paciencia y mucho tiempo. Tambien nos podemos pasar todo el dia hablando con nuestro Senor en el trabajo y darle las gracias continuamente por todas sus bendiciones.
Ave Maria Purisima ! Sin Pecado Concebida !
Bestia! no se dice Sacramento de la RECONCILIACIÓN sino dela PENITENCIA por la CONFESIÓN. «Si no hicieres PENITENCIA IGUALMENTE PERECERÉIS». Palabra de Dios ( como les gusta decir a uds). ¿De que religión eres? Busca en el Diccionario esa palabreja a ver si es lo mismo que la verdad católica!
Pues sí, es el SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN y NO de la CONFESIÓN, porque sí bien es cierto, que al sacerdote le mencionamos nuestros pecados, de los cuales nos arrepentimos, a DIOS acudimos para RECONCILIARNOS con ÉL, ÉL ya conoce nuestras faltas y la PENITENCIA corresponde a la reparación que se debe hacer para RECONCILIARNOS con DIOS, ignorante, te haces llamar en latín y no sabes ni siquiera acerca de lo que escribes, que JESÚS te perdone y te bendiga. Juan.
MIlITANTEINMENTIRATE ya somos dos los bestias tu por no saber que asi tambien se le dice y yo por responderte. Se le dice de las dos formas. Cuando tu vas al Sacramento de la Confesion te confiesas y obtienes la absolucion pedazo de borrico te RECONCILIAS con DIOS.
Cierto hermano Sergio,tiene Ud. razón, pero son tres los nombres que puede recibir, SACRAMENTO DE LA RECONCILIACION, o de LA CONFESIÓN, o de LA PENITENCIA, por supuesto que suena mas bonito RECONCILIACIÓN, porque creo que eso es lo buscamos, Bendiciones, Juan. (Fuente: Instituto de Catequesis, Arzobispado de Santiago.)
De acuerdo con el hermano Juan.
El nombre del sacramento es Sacramento de la Penitencia, tal como la Iglesia lo ha enseñado siempre. Llamar «reconciliación» a la confesión es o una insensatez o bien producto de ignorar la sana doctrina.
Los modernistas con su teología antropocéntrica del Concilio Vaticano II han sustituido este nombre (como «Unción de los enfermos» en lugar de Extrema Unción) por uno más edulcorado que no hace explícito el sentido propiciatorio del Sacrifio de Nuestro Señor y de la gracia del perdón gratuito que se sigue de su aplicación en aquel que se arrepiente. En efecto la palabra reconciliación, totalmente ajena a la Teología Católica (como la tan mentada palabreja «solidaridad» en lugar de Caridad) tiene la explícita intención de mostrar un Dios solo «amor» pero no Justicia, que es uno de los atributos divinos y por lo tanto inseparable de Dios en cuanto se identifica con Él. Los ideólogos del Vaticano II, sustentados por sus mentores, especialmente Paulo VI y Juan Pablo II, en un afán naturalista y de falso ecumenismo han elaborado toda una compleja trama semántica para hacer parecer más amistosa la única doctrina verdadera a los herejes (falsos cristianos como los protestantes y ortodoxos) , judíos y paganos. Lo único que han logrado es deformar el dogma, haciéndolo irreconocible, y confundir a la grey, teniendo el dudoso mérito de haber borrado prácticamente la Fe Católica de la faz de la tierra, especialmente durante el pontificado escandaloso de Juan Pablo II.
Haciéndoles el juego solo se contribuye a destruir el Reino de Dios sobre la Tierra.
Por otra parte, la palabra reconciliación es equívoca (y por algo desechada por los pontífices verdaderamente católicos) porque entraña un acuerdo, y aquí no cabe tal. Es el pecador quien arrepentido suplica a Cristo Nuestro Señor, en la persona del sacerdote (esto es dogma de Fe), que le conceda el perdón inmerecido por sus graves faltas a sabiendas de que en justicia solo merece el Infierno. Para esto basta la atrición (arrepentimiento imperfecto) porque el sacramento suple la contrición perfecta. No hay ningún acuerdo. Dios otorga el perdón inmerecido al pecador por misericordia y no por algún mérito que éste pudiera tener (porque los ha perdido todos con el pecado mortal), sino por que ve al pecador en cuanto se ha ordenado a integrar el Cuerpo Místico de su Hijo (La Iglesia Católica, fuera de la cual es imposible salvarse) y solo en atención a los méritos de Nuestro Señor.
EXURGE DOMINE ET JUDICA CAUSAM TUAM
Cuanto problema por una sola palabra. Efectivamente en el Catecismo del PASTETE para primero, segundo y tercer grado publicado en PAMPLONA en 1942 se le llama Sacramento de la Confesion. Ahora bien, uno va y se confiesa asi que vox populi le llama confesion y tambien uno se reconcilia con DIOS porque el el Sacramento de la Penitencia se perdonan los pecados despues del Bautismo. Y se perdonan pecados mortales y veniales. Antes del Sacramento de la Penitencia usted rompio su amistad con DIOS, despues que fue a ese Sacramento y recibio la absolucion usted esta reconciliado con DIOS por eso que tambien la Vox Populi le llama de la Reconciliacion. Ahora digame usted Senor Cristian en que Universidad usted dicta conferencias para yo asistir. Si las dicta por Internet mejor. Todo aclarado. Yo creo que ya despues de esto y entendiendo usted que yo se el nombre correcto del Sacramento no vamos a seguir dandole vueltas a la palabrita. Verdad?
Toda la vida se ha llamado el Sacramento de uncion de los enfermos Extrema Uncion. Todavia no he visto en la Iglesia a donde asisto que la palabra Caridad sea substituida por Solidaridad. Yo no se que tiene que ver el Concilio Vaticano II con todo esto.
Fe de erratas: Quise escribir sobre el Sacramento de la Penitencia precisamente ese nombre pero tambien en ese Catecismo se le llama de la Penitencia o Confesion.
Sin embargo leamos esto tomado del Catecismo de la Iglesia Catolica que es como le llama el Catecismo de la Iglesia Catolica postconciliar:
ARTÍCULO 4
EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN
1422 «Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones» (LG 11).
I El nombre de este sacramento
1423 Se le denomina sacramento de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión (cf Mc 1,15), la vuelta al Padre (cf Lc 15,18) del que el hombre se había alejado por el pecado.
Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador.
1424 Es llamado sacramento de la confesión porque la declaración o manifestación, la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento. En un sentido profundo este sacramento es también una «confesión», reconocimiento y alabanza de la santidad de Dios y de su misericordia para con el hombre pecador.
Se le llama sacramento del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente «el perdón y la paz» (OP, fórmula de la absolución).
Se le denomina sacramento de reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Co 5,20). El que vive del amor misericordioso de Dios está pronto a responder a la llamada del Señor: «Ve primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,24).
II Por qué un sacramento de la reconciliación después del bautismo
1425 «Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Co 6,11). Es preciso darse cuenta de la grandeza del don de Dios que se nos hace en los sacramentos de la iniciación cristiana para comprender hasta qué punto el pecado es algo que no cabe en aquél que «se ha revestido de Cristo» (Ga 3,27). Pero el apóstol S. Juan dice también: «Si decimos: `no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1,8). Y el Señor mismo nos enseñó a orar: «Perdona nuestras ofensas» (Lc 11,4) uniendo el perdón mutuo de nuestras ofensas al perdón que Dios concederá a nuestros pecados.
1426 La conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo, el don del Espíritu Santo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos como alimento nos han hecho «santos e inmaculados ante él» (Ef 1,4), como la Iglesia misma, esposa de Cristo, es «santa e inmaculada ante él» (Ef 5,27). Sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios (cf DS 1515). Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos (cf DS 1545; LG 40).
III La conversión de los bautizados
1427 Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2,38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.
1428 Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que «recibe en su propio seno a los pecadores» y que siendo «santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante,busca sin cesar la penitencia y la renovación» (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito» (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10).
1429 De ello da testimonio la conversión de S. Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc 22,61) y, tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él (cf Jn 21,15-17). La segunda conversión tiene también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia: «¡Arrepiéntete!» (Ap 2,5.16).
S. Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, en la Iglesia, «existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia» (Ep. 41,12).
IV La penitencia interior
1430 Como ya en los profetas, la llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores «el saco y la ceniza», los ayunos y las mortificaciones, sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de penitencia (cf Jl 2,12-13; Is 1,16-17; Mt 6,1-6. 16-18).
1431 La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron «animi cruciatus» (aflicción del espíritu), «compunctio cordis» (arrepentimiento del corazón) (cf Cc. de Trento: DS 1676-1678; 1705; Catech. R. 2, 5, 4).
1432 El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos» (Lc 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cf Jn 19,37; Za 12,10).
Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento (S. Clem. Rom. Cor 7,4).
1433 Después de Pascua, el Espíritu Santo «convence al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8-9), a saber, que el mundo no ha creído en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que desvela el pecado, es el Consolador (cf Jn 15,26) que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión (cf Hch 2,36-38; Juan Pablo II, DeV 27-48).
V Diversas formas de penitencia en la vida cristiana
1434 La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna (cf. Tb 12,8; Mt 6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo (cf St 5,20), la intercesión de los santos y la práctica de la caridad «que cubre multitud de pecados» (1 P 4,8).
1435 La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho (Am 5,24; Is 1,17), por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia (cf Lc 9,23).
1436 Eucaristía y Penitencia. La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios; por ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de Cristo; «es el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales» (Cc. de Trento: DS 1638).
1437 La lectura de la Sagrada Escritura, la oración de la Liturgia de las Horas y del Padre Nuestro, todo acto sincero de culto o de piedad reaviva en nosotros el espíritu de conversión y de penitencia y contribuye al perdón de nuestros pecados.
1438 Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia (cf SC 109-110; CIC can. 1249-1253; CCEO 880-883). Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras).
1439 El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el Padre misericordioso» (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.
VI El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación
1440 El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación (cf LG 11).
Sólo Dios perdona el pecado
1441 Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: «El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra» (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: «Tus pecados están perdonados» (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.
1442 Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del «ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5,18). El apóstol es enviado «en nombre de Cristo», y «es Dios mismo» quien, a través de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Co 5,20).
Reconciliación con la Iglesia
1443 Durante su vida pública, Jesús no sólo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo manifiesto de ello es el hecho de que Jesús admite a los pecadores a su mesa, más aún, él mismo se sienta a su mesa, gesto que expresa de manera conmovedora, a la vez, el perdón de Dios (cf Lc 15) y el retorno al seno del pueblo de Dios (cf Lc 19,9).
1444 Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16,19). «Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza (cf Mt 18,18; 28,16-20), recibió la función de atar y desatar dada a Pedro (cf Mt 16,19)» LG 22).
1445 Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.
El sacramento del perdón
1446 Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como «la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia» (Tertuliano, paen. 4,2; cf Cc. de Trento: DS 1542).
1447 A lo largo de los siglos la forma concreta, según la cual la Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho. Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves después de su Bautismo (por ejemplo, idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a menudo, durante largos años, antes de recibir la reconciliación. A este «orden de los penitentes» (que sólo concernía a ciertos pecados graves) sólo se era admitido raramente y, en ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica «privada» de la Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva práctica preveía la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así el camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados graves y de los pecados veniales. A grandes líneas, esta es la forma de penitencia que la Iglesia practica hasta nuestros días.
1448 A través de los cambios que la disciplina y la celebración de este sacramento han experimentado a lo largo de los siglos, se descubre una misma estructura fundamental. Comprende dos elementos igualmente esenciales: por una parte, los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción; y por otra parte, la acción de Dios por ministerio de la Iglesia. Por medio del obispo y de sus presbíteros, la Iglesia en nombre de Jesucristo concede el perdón de los pecados, determina la modalidad de la satisfacción, ora también por el pecador y hace penitencia con él. Así el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial.
1449 La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el elemento esencial de este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia:
Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (OP 102).
VII Los actos del penitente
1450 «La penitencia mueve al pecador a sufrir todo voluntariamente; en su corazón, contrición; en la boca, confesión; en la obra toda humildad y fructífera satisfacción» (Catech. R. 2,5,21; cf Cc de Trento: DS 1673) .
La contrición
1451 Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es «un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar» (Cc. de Trento: DS 1676).
1452 Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama «contrición perfecta»(contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental (cf Cc. de Trento: DS 1677).
1453 La contrición llamada «imperfecta» (o «atrición») es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia (cf Cc. de Trento: DS 1678, 1705).
1454 Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas (Rm 12-15; 1 Co 12-13; Ga 5; Ef 4-6, etc.).
La confesión de los pecados
1455 La confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro.
1456 La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia: «En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo (cf Ex 20,17; Mt 5,28), pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos» (Cc. de Trento: DS 1680):
Cuando los fieles de Cristo se esfuerzan por confesar todos los pecados que recuerdan, no se puede dudar que están presentando ante la misericordia divina para su perdón todos los pecados que han cometido. Quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos pecados, no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por mediación del sacerdote. Porque `si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora’ (S. Jerónimo, Eccl. 10,11) (Cc. de Trento: DS 1680).
1457 Según el mandamiento de la Iglesia «todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez la año, los pecados graves de que tiene conciencia» (CIC can. 989; cf. DS 1683; 1708). «Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no celebre la misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes» (CIC, can. 916; cf Cc. de Trento: DS 1647; 1661; CCEO can. 711). Los niños deben acceder al sacramento de la penitencia antes de recibir por primera vez la sagrada comunión (CIC can.914).
1458 Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia (cf Cc. de Trento: DS 1680; CIC 988,2). En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso (cf Lc 6,36):
El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados, si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador, son por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre, es Dios quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo que él ha hecho…Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas. El comienzo de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienes a la Luz (S. Agustín, ev. Ioa. 12,13).
La satisfacción
1459 Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó (cf Cc. de Trento: DS 1712). Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe «satisfacer» de manera apropiada o «expiar» sus pecados. Esta satisfacción se llama también «penitencia».
1460 La penitencia que el confesor impone debe tener en cuenta la situación personal del penitente y buscar su bien espiritual. Debe corresponder todo lo posible a la gravedad y a la naturaleza de los pecados cometidos. Puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que debemos llevar. Tales penitencias ayudan a configurarnos con Cristo que, el Unico que expió nuestros pecados (Rm 3,25; 1 Jn 2,1-2) una vez por todas. Nos permiten llegar a ser coherederos de Cristo resucitado, «ya que sufrimos con él» (Rm 8,17; cf Cc. de Trento: DS 1690):
Pero nuestra satisfacción, la que realizamos por nuestros pecados, sólo es posible por medio de Jesucristo: nosotros que, por nosotros mismos, no podemos nada, con la ayuda «del que nos fortalece, lo podemos todo» (Flp 4,13). Así el hombre no tiene nada de que pueda gloriarse sino que toda «nuestra gloria» está en Cristo…en quien satisfacemos «dando frutos dignos de penitencia» (Lc 3,8) que reciben su fuerza de él, por él son ofrecidos al Padre y gracias a él son aceptados por el Padre (Cc. de Trento: DS 1691).
VIII El ministro de este sacramento
1461 Puesto que Cristo confió a sus apóstoles el ministerio de la reconciliación (cf Jn 20,23; 2 Co 5,18), los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio. En efecto, los obispos y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
1462 El perdón de los pecados reconcilia con Dios y también con la Iglesia. El obispo, cabeza visible de la Iglesia par ticular, es considerado, por tanto, con justo título, desde los tiempos antiguos como el que tiene principalmente el poder y el ministerio de la reconciliación: es el moderador de la disciplina penitencial (LG 26). Los presbíteros, sus colaboradores, lo ejercen en la medida en que han recibido la tarea de administrarlo sea de su obispo (o de un superior religioso) sea del Papa, a través del derecho de la Iglesia (cf CIC can 844; 967-969, 972; CCEO can. 722,3-4).
1463 Ciertos pecados particularmente graves están sancionados con la excomunión, la pena eclesiástica más severa, que impide la recepción de los sacramentos y el ejercicio de ciertos actos eclesiásticos (cf CIC, can. 1331; CCEO, can. 1431. 1434), y cuya absolución, por consiguiente, sólo puede ser concedida, según el derecho de la Iglesia, al Papa, al obispo del lugar, o a sacerdotes autorizados por ellos (cf CIC can. 1354-1357; CCEO can. 1420). En caso de peligro de muerte, todo sacerdote, aun el que carece de la facultad de oír confesiones, puede absolver de cualquier pecado (cf CIC can. 976; para la absolución de los pecados, CCEO can. 725) y de toda excomunión.
1464 Los sacerdotes deben alentar a los fieles a acceder al sacramento de la penitencia y deben mostrarse disponibles a celebrar este sacramento cada vez que los cristianos lo pidan de manera razonable (cf CIC can. 986; CCEO, can 735; PO 13).
1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.
1466 El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo (cf PO 13). Debe tener un conocimiento probado del comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y delicadeza con el que ha caído; debe amar la verdad, ser fiel al magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia su curación y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia por él confiándolo a la misericordia del Señor.
1467 Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas (CIC can. 1388,1; CCEO can. 1456). Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes. Este secreto, que no admite excepción, se llama «sigilo sacramental», porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda «sellado» por el sacramento.
IX Los efectos de este sacramento
1468 «Toda la virtud de la penitencia reside en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con él con profunda amistad» (Catech. R. 2, 5, 18). El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, «tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual» (Cc. de Trento: DS 1674). En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera «resurrección espiritual», una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios (Lc 15,32).
1469 Este sacramento reconcilia con la Iglesia al penitente. El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la Penitencia la repara o la restaura. En este sentido, no cura solamente al que se reintegra en la comunión eclesial, tiene también un efecto vivificante sobre la vida de la Iglesia que ha sufrido por el pecado de uno de sus miembros (cf 1 Co 12,26). Restablecido o afirmado en la comunión de los santos, el pecador es fortalecido por el intercambio de los bienes espirituales entre todos los miembros vivos del Cuerpo de Cristo, estén todavía en situación de peregrinos o que se hallen ya en la patria celestial (cf LG 48-50):
Pero hay que añadir que tal reconciliación con Dios tiene como consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones que reparan las rupturas causadas por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en el fondo más íntimo de su propio ser, en el que recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos, agredidos y lesionados por él de algún modo; se reconcilia con la Iglesia, se reconcilia con toda la creación (RP 31).
1470 En este sacramento, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena. Porque es ahora, en esta vida, cuando nos es ofrecida la elección entre la vida y la muerte, y sólo por el camino de la conversión podemos entrar en el Reino del que el pecado grave nos aparta (cf 1 Co 5,11; Ga 5,19-21; Ap 22,15). Convirtiéndose a Cristo por la penitencia y la fe, el pecador pasa de la muerte a la vida «y no incurre en juicio» (Jn 5,24).
Sobre la Uncion de los Enfermos esto es lo que dice el Catecismo de la Igleiisa Catolica o el Catecismo Postconciliar como usted le quiera llamar:
ARTÍCULO 5
LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS
1499 «Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros , toda la Iglesia entera encomienda a os enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios» (LG 11).
I Fundamentos en la economía de la salvación
La enfermedad en la vida humana
1500 La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.
1501 La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también h acer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a él.
El enfermo ante Dios
1502 El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad (cf Sal 38) y de él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación (cf Sal 6,3; Is 38). La enfermedad se convierte en camino de conversión (cf Sal 38,5; 39,9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación (cf Sal 32,5; 107,20; Mc 2,5-12). Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: «Yo, el Señor, soy el que te sana» (Ex 15,26). El profeta entreve que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás (cf Is 53,11). Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad (cf Is 33,24).
Cristo, médico
1503 La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (cf Mt 4,24) son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados (cf Mc 2,5-12): vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan (Mc 2,17). Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.
1504 A menudo Jesús pide a los enfermos que crean (cf Mc 5,34.36; 9,23). Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos (cf Mc 7,32-36; 8, 22-25), barro y ablución (cf Jn 9,6s). Los enfermos tratan de tocarlo (cf Mc 1,41; 3,10; 6,56) «pues salía de él una fuerza que los curaba a todos» (Lc 6,19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa «tocándonos» para sanarnos.
1505 Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: «El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,17; cf Is 53,4). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal (cf Is 53,4-6) y quitó el «pecado del mundo» (Jn 1,29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con él y nos une a su pasión redentora.
“Sanad a los enfermos…”
1506 Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su vez su cruz (cf Mt 10,38). Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida pobre y humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión y de curación: «Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6,12-13).
1507 El Señor resucitado renueva este envío («En mi nombre…impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien»; Mc 16,17-18) y lo confirma con los signos que la Iglesia realiza invocando su nombre (cf. Hch 9,34; 14,3). Estos signos manifiestan de una manera especial que Jesús es verdaderamente «Dios que salva» (cf Mt 1,21; Hch 4,12).
1508 El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación (cf 1 Co 12,9.28.30) para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen la curación de todas las enfermedades. Así S. Pablo aprende del Señor que «mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza» (2 Co 12,9), y que los sufrimientos que tengo que padecer, tienen como sentido lo siguiente: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).
1509 «¡Sanad a los enfermos!» (Mt 10,8). La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos como por la oración de intercesión con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, médico de las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a través de los sacramentos, y de manera especial por la Eucaristía, pan que da la vida eterna (cf Jn 6,54.58) y cuya conexión con la salud corporal insinúa S. Pablo (cf 1 Co 11,30).
1510 No obstante la Iglesia apostólica tuvo un rito propio en favor de los enfermos, atestiguado por Santiago: «Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y s i hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5,14-15). La Tradición ha reconocido en este rito uno de los siete sacramentos de la Iglesia (cf DS 216; 1324-1325; 1695-1696; 1716-1717).
Un sacramento de los enfermos
1511 La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos:
Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente dicho, insinuado por Mc (cf.Mc 6,13), y recomendado a los fieles y promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor [cf. St 5,14-15] (Cc. de Trento: DS 1695).
1512 En la tradición litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente, se poseen desde la antigüedad testimonios de unciones de enfermos practicadas con aceite bendito. En el transcurso de los siglos, la Unción de los enfermos fue conferida, cada vez más exclusivamente, a los que estaban a punto de morir. A causa de esto, había recibido el nombre de «Extremaunción». A pesar de esta evolución, la liturgia nunca dejó de orar al Señor a fin de que el enfermo pudiera recobrar su salud si así convenía a su salvación (cf. DS 1696).
1513 La Constitución apostólica «Sacram Unctionem Infirmorum» del 30 de Noviembre de 1972, de conformidad con el Concilio Vaticano II (cf SC 73) estableció que, en adelante, en el rito romano, se observara lo que sigue:
El sacramento de la Unción de los enfermos se administra a los gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras: «per istam sanctam unctionem et suam piissimam misericordiam adiuvet te Dominus gratia spiritus sancti ut a peccatis liberatum te salvet atque propitius allevet» («Por esta santa Unción, y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad», cf. CIC, can. 847,1).
II Quién recibe y quién administra este sacramento
En caso de grave enfermedad …
1514 La unción de los enfermos «no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez» (SC 73; cf CIC, can. 1004,1; 1005; 1007; CCEO, can. 738).
1515 Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan.
«…llame a los presbíteros de la Iglesia»
1516 Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la unción de los enfermos (cf Cc. de Trento: DS 1697; 1719; CIC, can. 1003; CCEO. can. 739,1). Es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la ayuda de su pastor y de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas.
III La celebración del sacramento
1517 Como en todos los sacramentos, la unción de los enfermos se celebra de forma litúrgica y comunitaria (cf SC 27), que tiene lugar en familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de enfermos. Es muy conveniente que se celebre dentro de la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo permiten, la celebración del sacramento puede ir precedida del sacramento de la Penitencia y seguida del sacramento de la Eucaristía. En cuanto sacramento de la Pascua de Cristo, la Eucaristía debería ser siempre el último sacramento de la peregrinación terrenal, el «viático» para el «paso» a la vida eterna.
1518 Palabra y sacramento forman un todo inseparable. La Liturgia de la Palabra, precedida de un acto de penitencia, abre la celebración. Las palabras de Cristo y el testimonio de los apóstoles suscitan la fe del enfermo y de la comunidad para pedir al Señor la fuerza de su Espíritu.
1519 La celebración del sacramento comprende principalmente estos elementos: «los presbíteros de la Iglesia» (St 5,14) imponen -en silencio- las manos a los enfermos; oran por los enfermos en la fe de la Iglesia (cf St 5,15); es la epíclesis propia de este sacramento; luego ungen al enfermo con óleo bendecido, si es posible, por el obispo.
Estas acciones litúrgicas indican la gracia que este sacramento confiere a los enfermos.
IV Efectos de la celebración de este sacramento
1520 Un don particular del Espíritu Santo. La gracia primera de este sacramento es un gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (cf. Hb 2,15). Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios (cf Cc. de Florencia: DS 1325). Además, «si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5,15; cf Cc. de Trento: DS 1717).
1521 La unión a la Pasión de Cristo. Por la gracia de est e sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo: en cierta manera es consagrado para dar fruto por su configuración con la Pasión redentora del Salvador. El sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo, viene a ser participación en la obra salvífica de Jesús.
1522 Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben este sacramento, «uniéndose libremente a la pasión y muerte de Cristo, contribuyen al bien del Pueblo de Dios» (LG 11). Cuando celebra este sacramento, la Iglesia, en la comunión de los santos, intercede por el bien del enfermo. Y el enfermo, a su vez, por la gracia de este sacramento, contribuye a la santificación de la Iglesia y al bien de todos los hombres por los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios Padre.
1523 Una preparación para el último tránsito. Si el sacramento de la unción de los enfermos es concedido a todos los que sufren enfermedades y dolencias graves, lo es con mayor razón «a los que están a punto de salir de esta vida» («in exitu viae constituti»; Cc. de Trento: DS 1698), de manera que se la llamado también «sacramentum exeuntium» («sacramento de los que parten», ibid.). La Unción de los enfermos acaba de conformarnos con la muerte y a la resurrección de Cristo, como el Bautismo había comenzado a hacerlo. Es la última de las sagradas unciones que jalonan toda la vida cristiana; la del Bautismo había sellado en nosotros la vida nueva; la de la Confirmación nos había fortalecido para el combate de esta vida. Esta última unción ofrece al término de nuestra vida terrena un sólido puente levadizo para entrar en la Casa del Padre defendiéndose en los últimos combates (cf ibid.: DS 1694).
V El Viático, último sacramento del cristiano
1524 A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático. Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre (Jn 13,1).
1525 Así, como los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía constituyen una unidad llamada «los sacramentos de la iniciación cristiana», se puede decir que la Penitencia, la Santa Unción y la Eucaristía, en cuanto viático, constituyen, cuando la vida cristiana toca a su fin, «los sacramentos que preparan para entrar en la Patria» o los sacramentos que cierran la peregrinación.
Resumen, Unción de los Enfermos
1526 «¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometidos pecados, le serán perdonados» (St 5,14-15).
1527 El sacramento de la Unción de los enfermos tiene por fin conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad grave o de vejez. 1528 El tiempo oportuno para recibir la Santa Unción llega ciertamente cuando el fiel comienza a encontrarse en peligro de muerte por causa de enfermedad o de vejez.
1529 Cada vez que un cristiano cae gravemente enfermo puede recibir la Santa Unción, y también cuando, después de haberla recibido, la enfermedad se agrava.
1530 Sólo los sacerdotes (presbíteros y obispos) pueden administrar el sacramento de la Unción de los enfermos; para conferirlo emplean óleo bendecido por el Obispo, o, en caso necesario, por el mismo presbítero que celebra.
1531 Lo esencial de la celebración de este sacramento consiste en la unción en la frente y las manos del enfermo (en el rito romano) o en otras partes del cuerpo (en Oriente), unción acompañada de la oración litúrgica del sacerdote celebrante que pide la gracia especial de este sacramento.
1532 La gracia especial del sacramento de la Unción de los enfermos tiene como efectos:
— la unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia;
— el consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez;
— el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la penitencia;
— el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual;
— la preparación para el paso a la vida eterna.
Y Senor Cristian aqui lo dejo con este pensamiento
ya que como usted escribe en latin:
BENE DOCET, QUI BENE DISTINGUIT.
y le anado que:
QUI NIMIUM PROBAT, NIHIL PROBAT.
Que el Senor le Bendiga y le guarde.
Su hermano en Cristo,
Sergio
Estimado Sergio:
Sin ánimo de agria polémica me veo en la obligación de insistirle en el punto en cuestión. De entre todas las consecuencias de los errores propalados por El Concilio Vaticano II, la peor es la Nueva Teología, que pretende reinterpretar la doctrina católica para hacerla más aceptable por el Mundo (uno de los nemigos irreconciliables de Nuestro Señor y de su Iglesia). Este afán, siguiendo las trazas de los más influyentes teólogos del concilio, especialmente de Rahner (todos extremadamente progresistas y severamente sancionados por sus falsas doctrinas por Pío XII), produjo como fruto una nueva religión: Nuevas reglas para las órdenes religiosas (todas fueron relajadas mediante un capítulo extraordinario), Nueva Misa, Nuevo Derecho Canónico, Nuevo Catecismo, etc. Como era de esperar y no habiendo dejado un solo punto sin contaminar de modernismo, fueron alterados todos los Sacramentos (algunos son tremendamente dudosos en cuanto a su validez, especialmente la Confirmación), lo delicado de este aspecto es que al alterar la materia, intención o forma de un Sacramento, éste queda inválido, por ser de institución divina y por tanto irreformable en estos puntos esenciales.
Ahora bien llamar «reconciliación» a la Confesión no ha sido casualidad, la iglesia modernista o postconciliar, a diferencia de la Católica, tiene ánima aversión a todo lo que haga mención siquiera a la Justicia Divina (salvo que se la entienda como solidaridad, la cual nunca ha sido predicada por la Iglesia) y por este motivo han querido llamarla reconciliación que no es tan fuerte como penitencia, lo que además conlleva la ventaja, para los modernistas en su afán ecuménico, de acallar un tema escabroso frente a los protestantes como es el del Purgatorio; pues si bién la absolución borra la culpa no sucede así con la pena, la cual de no ser reparada en esta vida debe serlo en aquel terrible lugar de purificación.
Usted cita el Nuevo Catecismo. Lamentablemente es el fruto de una doctrina ambigua y ajena a la Católica, que asume que dentro de las falsas religiones hay «semillas de verdad», que calla la doctrina del Limbo, la perfidia de los judíos, que niega el Reinado Social de Nuestro Señor (la unión que debe existir entre la Iglesia y el Estado), que niega que la identidad de la Iglesia de Cristo con la Iglesia Católica y la necesidad absoluta de pertenecer a ella para salvarse aún existiendo ignorancia invencible, y así un larguísimo etcétera de errores condenados por los pontifices anteriores a Juan XXIII y cuyas sentencias obligan a sus sucesores aunque les pese a éstos. El Nuevo Catecismo es una tristísima obra frente al espléndido Catecismo de Trento (o el más simplificado pero no menos seguro de san Pío X), este sí infalible y que si ud. consulta difiere abismantemente en el modo y en la substancia. Y como en la Iglesia por Divina promesa e institución existe inerrancia doctrinal, no es admisible la contradicción debiendo uno quedarse con lo que ha sido enseñado «Siempre, Por Todos y en Todas Partes».
Lo que aquí le menciono no es ocurrencia mía, fue denunciado por cientos de obispos y sacerdotes durante el mismo concilio. Por una «palabrita» más o menos muchos abandonaron los hábitos (más de setenta mil) y muchísimos más han perdido la Fe. El fruto del concilio es la disminución abrumadora del catolicismo en el mundo. Lo invito a constatar como muchos católicos han sufrido lo indecible, hasta el martirio, por una «palabrita» («Filioque», «Theotokos», «Transubstanciacion», etc.). El combate por la Tradición es un combate por mantener la catolicidad de la Iglesia, que ha sido insólitamente vaciada de su substancia por las mismas autoridades encargadas de mantener el depósito de la Fe.
Me despido de Ud. en Cristo y en María.
EXURGE DOMINE ET JUDICA CAUSAM TUAM.
Yo creo que Cristian que hay muchas cosas que debo entender. Quiza juntos, en comunion en Cristo, podamos entendernos. En definitiva todos somos Catolicos.
Su hermano en Cristo.
Sergio
Estimado hermano Sergio, recién ahora he tenido el tiempo suficiente para leer todo lo que Ud. transcribió aquí del Catecismo de La Iglesia Católica, se lo agradezco mucho, todo esto nos hace mucho bien a los católicos, al hermano Cristián Yañez D. quiero decirle que él crítica mucho este catecismo, pero no se fundamenta con documentación, por lo cual le hago una proposición que indudablemete conllevará un trabajo muy arduo, esto sería una especie de comparativa, entre el actual catecismo y el anterior, y un comentario en los puntos específicos, donde se produzcan, los tan mentados por él, errores, yo al tenor de lo leído, me doy cuenta que el actual, se basa en Las Sagradas Escrituras y en El Concilio de Trento en lo sustancial, por lo cual creo que es correcto, pero como él insiste que su posición es la correcta, bueno pues, que lo pruebe, a mí vez le pido me disculpe, por ser tan poco intelegente y no poder entenderlo de otra forma.Que JESÚS los bendiga, Juan.
Hermano Juan: Yo tengo El Catecismo de Baltimore que es un Catecismo pre-conciliar y lo compre para comparar. Esta en Ingles. Yo quisiera ver un Catecismo preconciliar asi de completo como los que he publicado, si los postconciliares que parece que estan plagados de errores y no se cuales son. Todos los catecismos que he visto hasta ahora son para ninos o jovenes. Yo tambien quisiera hacer la comparacion entre los dos catecismos para aprender. Por eso escribi: «Yo creo que Cristian que hay muchas cosas que debo entender. Quiza juntos, en comunion en Cristo, podamos entendernos. En definitiva todos somos Catolicos». De verdad que me pica la curiosidad de ver un Catecism preconciliar en forma. Asi de grande como el que yo tengo. Si alguien me orientara yo haria el sacrifcio de comprarlo para hacer la comparacion. Hay varia palabras (”Filioque”, “Theotokos”, “Transubstanciacion”, etc) que nosotros por supuesto que usamos. Quien va a dudar nada de eso escrito. Aqui los estudios Bilblicos son muy buenos en las parroquias. En donde unico yo no veo nada de eso, sin animo de ofender, es en las capillas tradicionalistas. A no ser que sea una cosa muy pero que muy entre los curas y algunas personas selectas. Solo dan Catecismo de la primera Comunion y Confirmacion y perdon de nuevo. No hay comparacion con lo que Yo he ensenado en mi epoca de Catequsta. Si aqui ofrecieran esos cursos en esas Iglesias yo fuera para aprender. Para ver el porque de tanta vehemencia en decirme e insistirme que estoy equivocado y hablamos de las mismas cosas y somos Catolicos. Hasta algunos me miran con aire de superioridad y hasta se han burlado de mi. Eso yo le llamo poca Caridad. Pero en fin, eso es tema de otro comentario. A mi eso si que no me gusta porque ninguno de nosotros vale nada. Todo lo que tenemos es por las gracias que DIOS derrama y su infinita misericordia. Siempre les recuerdo que tanto amo DIOS al mundo que entrego a su hijo por nuestros pecados y fue la victima perfecta, libre de pecado, entregada por nuestros pecados. No se hermano Juan. Hay muchas preguntas que quisiera obtener una respuesta honesta. NO eso de que eso que tu escribes no pero lo que yo escribo SI. Ya llegara alguien a aclarar. Estoy seguro. En fin estamos en las manos de DIOS.
Ave Maria Purisima ! Sin Pecado Concebida !
No existe «catecismo Preconciliar» , el Catecismo Católico es UNO SOLO, y su fuente es EL CATECISMO DE TRENTO. Ahora, si desean tener un CATECISMO CATÓLICO fundado en aquel de Trento (publicado «para los Sacerdotes») tienen el que redactó SAN PIO X PAPA, y que ha sido reeditado recientemente. Consulten en alguna librería de la FSSPX.
Y , caro Sergio, POR UNA «PALABRITA «HUBO UN CISMA.
Yo sugiero a mis hermanos de la Tradición a no intervenir más en este blog, en cumplimiento del mandato evangélico. «sacudid el polvo de vuestras sandalias e idos» ya que ha sido ocupado por cuanto servicio de inteligencia episcopal pulula por los blogs católicos tradicionales. EN ESPECIAL POR DOS INDIVIDUOS DE POSICIONES AMBIGUAS que en distintos comentarios sostienen opiniones confusas y contradictorias. los Sres.Sergio y un tal Juan RajsG. que conversan epistolarmente ocupando en modo ubicuo y compartiendo condenas a determinadas personas qu desean informarlos para su bien. Pero ellos NO QUIEREN porque su objetivo ES CONFUNDIR a los incautos. Así dejarlos solos y que al no tener oposición se confundan ellos mismos más de lo que están COMO CASTIGO A SU MALA FE.
Hermano JuanCarlos recientemente publique secciones del Catecismo de la Iglesia Catolica y lo que publique fue descalificado por un blogista. Dada esa razon he querido hacer la salvedad de preconciliar y postconciliar ya que si me descalifican publicado que para mi es el Catecismo corriente entonces es que alguien tiene otro Catecismo y usted me lo acaba de confirmar cuando me habla del de La Fraternidad Sacerdotal San Pio X . Los voy a contactar para comprarlo. Como dije anteriormente tengo dos catecismos vamos a llamarlos antiguos para no ofender a nadie. Uno del 1941 y otro de finales del siglo XIX reimpreso en Ingles. Si, por una palabrita la Iglesia de Oriente y Occidente se excomulgaron mutuamente hasta el dia de hoy. A veces una palabrita es muy importante para mas de uno. En fin rezo por la unidad de todos los cristianos empezando por nosotros mismos primero que q veces parece poco menos que posible. Increble !
En cuanto al comentario del hermano alejandro me da mucha pena pero usted esta equivocado con respecto a mi persona y casi segurisimo que con respecto al hermano Juan tambien. Aqui nadie trata de confundir a nadie, Mas bien se trata de aclarar las cosas con lo que uno sabe. Tanto derecho tengo yo como usted a hacer un intercambio de opinion con un blogista. Usted hace peor, usted esta creando un estado de opinion de todos los blogistas en contra mia y de Juan. Ninguno de los blogistas somos Teologos ni nada por el estilo, todos escribimos, incluyendolo a usted basado en lo que sabemos y los que nos sale del corazon. Yo al menos busco la verdad y la voy a encontrar pero figurese usted me salen al paso pero que muy fuerte y ahora usted me quiere dar el mismo trato que le han dado a los Tradicionalistas, del que tanto se han quejado con respecto a la Santa Madre Iglesia. Esa postura suya y ese llamado suyo lo que hace es alejarme de la Iglesia Tradicionalista. Imaginese si usted trata de esa forma a todos los que se quieren acercar a la Iglesia Tradicional pocos vendran .O es que usted busca personas incautas para embaucarlas y confundirlas. Verdad que no le gusto lo que le escribi ? Claro que no, aunque lo niegue, Solo le estoy dando a probar de su propia medicina para que se de cuenta de lo que escribio. Aqui hay uno que escribe y usa al menos como cuatro pseudonimos reconocidos y es el mismo pero como es tan virulento en sus ataques usted no dice nada. Donde esta su caridad cristiana Senor? O es que su caridad es relativa dependiendo de con quien sea.? Le Pregunto, no estoy afirmando nada. Contesteme por favor. Mire le hago una proposicion que le hize a otro blogista, pero hagamoslo en serio si usted puede y tiene agallas. Vamos a leer la Epistola del Apostol Santiago TODOS desde el principio hasta el final y despues seamos honestos con nosotros mismos, sin enganos eh? Se atreve usted hermano alejandro a aceptar el reto? Perdoneme si le molesta que le llame hermano. En este sitio he hablado mucho sobre como se sienten los hermanos tradicionalistas con respecto a la Santa Madre Iglesia y de verdad que he expresado que les tengo compasion porque muchos han sido tratados duramente. Ya se que usted me va a decir que me ahorre la compasion. Lo siento es mia y la tengo, No haga usted lo mismo, no sea como esos catolicos del Novus Ordo que no los entienden a ustedes. Otra cosa yo creo que si tan daninos somos Juan Rajs G. y Yo Radio Cristiandad nos puede contactar y darnos de baja y asi vivira usted mas contento. YO de todas maneras seguire entrando a leer lo que se escribe aqui. Usfed se esta equiparando a los Castristas con su posicion. Digame si usted me quiere hacer tambien un acto de repudio como hacen los Comunistas en Cuba a las personas que se quieren marchar del pais o los opositores del gobierno. Si, como el que le hicieron a muchos por el solo hecho de querer marcharse de ese pais opresivo. Yo lo vi, amuchos los arrastraron y golpearon solo por pensar distinto y querer marcharse de esa pesadilla que se llama Cuba. A ver Senor por favor digame si estas palabras le confunden, Piense la tamana hazana que esta proponiendo hernano. Reflexione y sobre todo hagalo leyendo la Epistola del Apostol Santiago que yo hare lo mismo.
Cuidese y que DIOS le acompane.