
(CAMINEO.INFO)- ITALIA- El martes 24 de julio, en Auronzo di Cadore, en la iglesia de Santa Justina Mártir, Benedicto XVI se reunió con cerca de 200 sacerdotes de la diócesis de Belluno, Feltre y Treviso, y respondió a diez preguntas sobre temas diversos.
En la última pregunta, un sacerdote expresó su desilusión por tantos sueños suscitados por el Concilio Vaticano II que después se esfumaron, y Benedicto XVI respondió con estas interesantes reflexiones:
«Gracias, es un tema muy interesante y que conozco muy bien. Yo también he vivido los tiempos del Concilio Vaticano II, estando en la basílica de San Pedro con grande entusiasmo y viendo cómo se abrían nuevas puertas. Parecía realmente ser el nuevo Pentecostés, donde la Iglesia podía nuevamente convencer a la humanidad. Después del alejamiento del mundo de la Iglesia en el siglo XIX y XX, parecía que se reencontraban de nuevo Iglesia y mundo que renacía nuevamente un mundo cristiano y una Iglesia del mundo y verdaderamente abierta al mundo.
Habíamos esperado tanto, pero las cosas en realidad se revelaron más difíciles. Sin embargo permanece la gran herencia del Concilio, que ha abierto un camino nuevo y es siempre una “carta magna” del camino de la Iglesia, muy esencial y fundamental.
¿Pero por qué sucedió eso? Primero quisiera comenzar con una observación histórica. Los tiempos de un postconcilio son casi siempre muy difíciles. Después del gran Concilio de Nicea – que para nosotros es realmente el fundamento de nuestra fe, de hecho nosotros confesamos la fe formulada en Nicea – no nació una situación de reconciliación y de unidad como había esperado Constantino, promotor de tan grande Concilio, sino una situación realmente caótica de luchas de todos contra todos.
San Basilio en su libro sobre el Espíritu Santo compara la situación de la Iglesia después del Concilio de Nicea a una batalla naval en la noche, donde nadie conoce más al otro, sino que todos se enfrentan a todos. Era realmente una situación de caos total: así describe con colores fuertes el drama del postconcilio, del post Nicea, san Basilio
Después, luego de 50 años, para el primer Concilio de Constantinopla, el emperador invita a Gregorio Nacianceno a participar en el concilio y san Gregorio Nacianceno responde: no, no voy, porque conozco estas cosas, se que de todo concilio nacen sólo confusión y batalla, por lo tanto no voy. Y no fue.
Por tanto no es ahora, en retrospectiva, una sorpresa así de grande como era en el primer momento para todos nosotros digerir el Concilio, este gran mensaje. Introducirlo en la vida de la Iglesia, recibirlo, así que se haga vida de la Iglesia, asimilarlo en las diversas realidades de la Iglesia es un sufrimiento, y sólo en el sufrimiento se realiza también el crecimiento. Crecer es siempre también sufrir, porque es salir de un estado y pasar a otro.
Y en el concierto del postconcilio debemos constatar que hay dos grandes censuras históricas.
La primera es la censura del ’68, el inicio o la explosión – osaría decir – de la gran crisis cultural de Occidente. Había desaparecido la generación de la posguerra, una generación que después de todas las destrucciones y viendo el horror de la guerra del pelearse, y constatando el drama de las grandes ideologías que habían realmente conducido a las personas hacia el abismo de la guerra, habíamos redescubierto las raíces cristianas de Europa y habíamos comenzado a reconstruir Europa con estas grandes inspiraciones. Pero terminada esta generación se veían también todos los fracasos, las lagunas de esta reconstrucción, la gran miseria en el mundo, y así comienza y explota la crisis de la cultura occidental, diría una revolución cultural que quiere cambiar radicalmente todo. Dice: en dos mil años de cristianismo no hemos creado el mundo mejor, debemos comenzar de cero en modo absolutamente nuevo. El marxismo parece la receta científica para crear finalmente el mundo nuevo.
En este – digamos – grave, gran enfrentamiento entre la nueva, sana modernidad querida por el Concilio y la crisis de la modernidad, todo se hace difícil como ocurrió después del primer Concilio de Nicea.
Una parte era de la opinión que esta revolución cultural era lo que había querido el Concilio. Identificaba esta nueva revolución cultural marxista como la voluntad del Concilio. Decía: este es el Concilio; en la letra y textos son todavía un poco anticuados, pero detrás de las palabras escritas está este “espíritu”, esta es la voluntad del Concilio, así debemos proceder. Y por otra parte, naturalmente, la reacción: así están destruyendo la Iglesia. La reacción – digamos – absoluta contra el Concilio, la anticonciliaridad, y – digamos – la tímida, humilde búsqueda de cómo realizar el verdadero espíritu del concilio. Es como dice un proverbio: “si se cae un árbol hace mucho ruido, se crece una selva no se escucha nada”, durante estos grandes rumores del progresismo equivocado y del anticonciliarismo absoluto crecía muy silenciosamente, con tanto sufrimiento y también con tantas pérdidas en la construcción de un nuevo pasaje cultural, el camino de la Iglesia.
Y después la segunda censura en el ’89, la caída de los regimenes comunistas. Pero la respuesta no fue el regreso a la fe, como se podía quizá esperar, no fue el redescubrimiento que precisamente la Iglesia con el Concilio auténtico había dado respuesta. Por el contrario, la respuesta fue el escepticismo total, la llamada post-modernidad. Nada es verdad, cada uno debe ver cómo vive. Se afirma un materialismo, un escepticismo pseudo-racionalista ciego que termina en la droga, termina en todos esos problemas que conocemos y de nuevo cierra los caminos a la fe, porque es así de simple, así de evidente: no, no hay nada de verdad; la verdad es intolerante, no podemos seguir este camino.
En este contexto de dos rupturas culturales, la primera, la revolución cultural del ’68, la segunda, la caída en el nihilismo después del ’89, la Iglesia con humildad, entre las pasiones del mundo y la gloria del Señor, toma su camino.
Por este camino debemos crecer con paciencia y debemos ahora en un modo nuevo aprender que cosa quiere decir renunciar al triunfalismo.
El Concilio había sostenido renunciar al triunfalismo – y había pensado al Barroco, a todas estas grandes culturas de la Iglesia. Se dijo: comencemos en modo moderno, nuevo. Pero había crecido otro triunfalismo, el de pensar: ahora nosotros hacemos las cosas, nosotros hemos encontrado el camino y por este camino encontramos el mundo nuevo.
Pero la humildad de la Cruz, del Crucificado excluye precisamente este triunfalismo. Debemos renunciar al triunfalismo según el cual ahora nace realmente la gran Iglesia del futuro. La Iglesia de Cristo es siempre humilde y precisamente así es grande y alegre.
Me parece muy importante que ahora podamos ver con ojos abiertos cuanto de positivo ha crecido también en el postconcilio: en la renovación de la liturgia, en los sínodos, sínodos romanos, sínodos universales, sínodos diocesanos, en las estructuras parroquiales, en la colaboración, en las nuevas responsabilidades de los laicos, en la gran corresponsabilidad intercultural e intercontinental, en una nueva experiencia de la catolicidad de la Iglesia, de la unanimidad que crece en humildad y sin embargo es la verdadera esperanza del mundo.
Y así debemos, me parece, redescubrir la gran herencia del Concilio, que no es un “espíritu” reconstruido detrás de los textos, sino son precisamente los grandes textos conciliares vueltos a leer hoy con la experiencia que hemos tenido y que han dado fruto en tantos movimientos, en tantas nuevas comunidades religiosas. A Brasil llegué sabiendo como se expandían las sectas y como parece un poco esclerotizada la Iglesia católica; pero una vez allí he visto que casi cada día en Brasil nace una nueva comunidad religiosa, nace un nuevo movimiento, no sólo crecen las sectas. Crece la Iglesia con nuevas realidades plenas de vitalidad, que no llenan las estadísticas – esta es una esperanza falsa, la estadística no es nuestra divinidad – sino crecen en los ánimos y crean la alegría de la fe, crean presencia del Evangelio, crean así también verdadero desarrollo del mundo y de la sociedad.
Por lo tanto me parece que debemos aprender la gran humildad del Crucificado, de una Iglesia que es siempre humilde y siempre contrastada por los grandes poderes económicos, militares, etc. Pero debemos aprender, junto con esta humildad, también el verdadero triunfalismo de la catolicidad que crece en todos los siglos. Crece también hoy la presencia del Crucificado resucitado, que tiene y conserva sus heridas. Está herido, pero precisamente así renueva el mundo, da su soplo que renueva también a la Iglesia no obstante toda nuestra libertad. En este conjunto de humildad de la Cruz y de la alegría del Señor resucitado, que en el Concilio nos ha dado un gran indicador de camino, podemos seguir adelante con alegría y llenos de esperanza».
+ Benedicto XVI

Aleccionador… a menos que le busquemos la quinta pata al gato.
muy buenas reflexiones del Santo Padre al respecto, Concuerdo con Adalberto, a menos que busquemos cinco patas al pobre gato…
Cuando yo era muchacho muy joven, se celebró el Concilio Vaticano II. En aquella oportunidad, mi padre, quien muriera octogenario hace algunos años, me dijo: “-algo muy malo está ocurriendo, la Iglesia piensa abrirse a los aires del mundo y renovarse con él, pero el mundo es enemigo de Cristo y de su Iglesia, y su príncipe es Satanás…”
Tiempo más tarde S.S. Paulo VI clamaba alarmado porque que el humo de Satán se había filtrado en la Iglesia; graves términos que expresaban una realidad de horror.
“la Iglesia quería renovarse”… ¿quíenes la Iglesia?, pues los Padres Conciliares o autoridades eclesiásticas con potestad de hacer cambios.
Pero ocurría que el clero en general estaba dividido entre buenos y malos, entre los que eran fieles a Nuestro Señor Jesucristo, y los que le eran infieles, es decir los herejes.
Esto lo sabíamos desde hace muchos años; dentro de la Iglesia surgió y se extendió con vigor, una herejía que inspiró un proceso conspirativo organizado contra la Iglesia desde adentro. Y lo sabemos bien porque fue motivo de una encíclica que escribiera S.S. PÍO X en el año 1907, en ella a esta herejía la llama modernismo, la describe señalando sus errores y la condena.
En su próologo nos dice:
“…es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo.”
Más adelante:
“Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.
Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.”
Más adelante:
“Y como una táctica de los modernistas (así se les llama vulgarmente, y con mucha razón), táctica, a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes; ante todo, importa presentar en este lugar esas mismas doctrinas en un conjunto, y hacer ver el enlace lógico que las une entre sí, reservándonos indicar después las causas de los errores y prescribir los remedios más adecuados para cortar el mal.”
El S.S. Pío X dispuso que en los ritos de consagraciones sacerdotales y episcopales se agregara un juramento antimodernista por parte del postulante, lo que nos hace tomar conciencia de la gravedad del asunto y del celo del Pontífice.
Ahora bien, ante las necesidad de producir reformas en la Iglesia, los eclesiásticos fieles las concebirían de una manera y los eclesiásticos infieles de otra manera.
Con anterioridad al evento conciliar, estudiosos en Roma habían preparado los esquemas a discutir durante las reuniones, mientras que por su parte un nutrido grupo de modernistas arribó al concilio con libreto propio, el que logró imponerse en gran medida.
La documentación resultante y la posterior, que lleva rótulo del “Espíritu del Concilio” no son la síntesis de dos maneras de decir Una Verdad; han sido calificadas de ambiguas o ambivalentes. Muchas personas católicas, seglares y sacerdotes celosos de su fe se han pasado años en la dura tarea de demostrar penosamente cuán tradicional es el contenido de la documentación, mientras muchísimos más, sin ningún esfuerzo y los mismos textos, desviaron la doctrina acomodándola al espíritu de un mundo cada vez más desacralizado y materialista, y de a poco cada vez más perverso y cruel.
Los Modernista no se esfumaron, no se convirtieron ni se fueron de la Iglesia a hacerse una propia. Si la Iglesia visible y jerárquica no se reconvierte desde adentro, estaríamos ante un claro signo Apocalíptico. Nuestro Señor no se va a quedar sin Iglesia, tal vez la reconstruya en otra parte, tal vez venga pronto antes que los pocos que queden con fe, la puedan perder.
Oremos sin cesar como recomienda el Apóstol, oremos por S.S. Benedicto XVI para que el Señor le de todas las luces en el momento más difícil de la historia: el momento del desenlace. Que le de fuerza en los brazos para seguir virando a estribor.
«una nueva experiencia de la catolicidad de la Iglesia, de la unanimidad que crece en humildad y sin embargo es la verdadera esperanza del mundo.»,dixit Benedicto XVI. Y EL ESPÍRITU SANTO RESPONDE «OS BILINGUE DETESTOR» = ANFIBOLOGÍA. Y la ESPERANZA ES UNA VIRTUD TEOLOGAL QUE SIN LA FE Y SIN LA CARIDAD (que es AMAR a Dios SOBRE TODAS LAS COSAS,incluso SOBRE EL PAPA y sobre la «esperanza del mundo» que no es otra cosa que el ESTAR BIEN CON TODOS = PÁNFILO= AMA TODO) solo se parece a un EXPERIMENTO pero no una experiencia, que ya ha dado sus frutos:»por sus FRUTOS los CONOCERÉIS». O sea un discurso para lelos QUE SON MAYORÍA Y «SU NUMERO ES INCONTABLE». ¿y EL PECADO CONTRA EL ESPÍRITU SANTO que hoy parece ser la «esperanza del mundo», es CATOLICIDAD? «Pedro,¿ ME AMAS»?
Las reflexiones de Benedicto XVI al sacerdote me dan la impresión de un arbol frutal lleno de hojas.
El Modernismo es anterior al Concilio Vaticano II, influyó en sus documentos, y sacó provecho después. El esfuerzo que hoy hace el Sumo Pontífice por revertir el curso no puede encontrar obstáculos de nuestra parte. Debemos concurrir, y a la vez exigir sin soberbia. Esta a la vista que nuestra concurrencia no está en la regresión (el cincuentismo, le llama Mons. Williamson) ni en el fundamentalismo, sino en la Tradición que enraiza en lo antiguo, en la Fe que nos han transmitido los Apóstoles y ha alumbrado al mundo cristiano hasta el siglo XIII, para luego sufrir el eclipse del falso Humanismo, el impío que corona en el marxismo, y el «pío» que ha llevado a una devoción antropocéntrica e individualista.
Hola,
Me parece interesante lo que dice el Santo Padre sobre el triunfalismo. La Iglesia debe de ser humilde, en todos los sentidos. recuerdo una frase de Santa Teresa de Ávila que dice que la «humildad es andar en la Verdad», y me da trsiteza que en la Iglesia se esté perdiendo el amor a la Verdad. Ya no hay grandes mentes en las Universidades, en lasEmpresas, que lleven la delantera, y que sin llevar una bandera de Católicos, lleven la Doctrina Católica a todos lados por medio de su actuación.
Pero no, ahora la Iglesia (bueno, algunos de la Iglesia) buscan el triunfalismo, el protagonismo, y esto, desde los «curas progresistas» que gustan de estar en las primeras filas de sus seguidores, gritando a los cuatro vientos que son pobres entre los pobres, pero protagonistas al fin. También hay sacerdotes traicionalistas que buscan el protagonismo, ataviados de riquísimas vestiduras, que buscan y disfrutan estar entre los ricos y poderosos despreciando a las gentes sencillas. Por tradicionalistas no sólo me refiero a los Lefebvristas, sino a muchos otros, incluso de otros ritos, como el Maronita en el norte de México, cuya comunidad esta llena de gente de mucho poder económico, pero que en relidad tienen de maronita solo al sacerdote, y claro, el «status». y me pregunto: ¿Dónde quedó la Iglesia Humilde?
Miren quién habla de humildad!!!!
Una caricatura es este papa nazi ostentoso y oscurantista!
Sr Juanchiti le sugiero que no hable mal de nuestro PAPA Benedicto XVI Vicario de Cristo en la tierra.
PAX ET BONUM ET GLORIA OMNIS DEUS.