Charlando de todo un poco con un adolescente hace algunos días, le pregunté si había capilla en su colegio. «Bueno, no sé, creo que está en la quinta planta, pero me parece que nunca la abren», me respondió titubeando.
La verdad, entiendo que el chaval no lo supiera seguro: tiene que ser un chasco para un alumno subirse las escaleras de cinco pisos para hacer una visita al sagrario y, al llegar a la puerta del oratorio, encontrársela cerrada.
El colegio, en pleno centro de Madrid, lo dirige una conocida congregación religiosa.
San Juan Bosco, que de educación sabía bastante, solía repetir que para que una escuela católica funcione bien, tienen que funcionar la confesión y la eucaristía. Sin estos dos pilares, los alumnos podrán sacar unas notas estupendas o jugar al fútbol mejor que Leo Messi, pero faltará lo más importante.
Algo así vinieron a decir los obispos la pasada semana en su documento sobre la escuela católica, que debe «renovar y fortalecer su propia identidad». «El colegio católico -prosigue el texto- debe proponer, cuidar y facilitar las posibilidades de una respuesta de fe a Dios». Y añadían que «la enseñanza de la religión es básica y fundamental para llevar a cabo el proyecto educativo católico».
La renovación que piden los obispos tiene que ser profunda. Algo ocurre en los colegios católicos cuando son pocos los jóvenes que siguen en la Iglesia después de abandonar la escuela. Algo pasa en la catequesis cuando, con demasiada frecuencia, a los adolescentes no les seduce vivir plenamente en clave cristiana. (¿Qué les enseñan?) Algo raro sucede cuando un colegio católico apenas fomenta los sacramentos entre sus alumnos. Algo sorprendente pasa para que haya tanta tibieza en la respuesta de algunos ante la asignatura de la Educación para la Ciudadanía. Algo no funciona cuando un colegio católico cierra las puertas de la capilla a sus alumnos.
– Álex NAVAJAS – LA RAZON.es
