DIGITALIZACIÓN DE LA FE

El padre Malachi Martin (1921-1999), nació en Irlanda, fue sacerdote jesuita que dejó posteriormente la orden. Estudioso de Sagradas Escrituras y lenguas orientales, fue, entre otras cosas, secretario particular del Cardenal suizo Augustin Bea, S. J. (durante el período de 1958 a 1964) importante consejero de los papas Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Fue  encargado y asignado por parte de la Santa Sede a dirigir todos los Exorsismos rituales durante 25 años aproximadamente. Participó en el Concilio Vaticano II y conoció a muchos de sus autores.

com0404j.jpgMalachi Martin ha visto la destrucción paulatina de la fe católica, producida por la corrupción en muchos de los miembros de la jerarquía romana y por la infiltración masónica. Quizás, la ha visto desde muy cerca. Se ha percatado notablemente de los cambios y novedades que han sido introducidos como consecuencia de la aplicación de los oscuros documentos conciliares. En la novela, que a continuación vamos a citar, hay varios y breves comentarios sobre los errores que han acarreado dichos documentos.

Tomaremos, para éste artículo, un fragmento del capítulo treinta y siete, de la segunda parte titulada “Crepúsculo Papal”, páginas 459-464 de la novela “Windswept House” título en inglés que significa “La casa azotada por el viento”, o, como se la conoce en español, “El último Papa” (Editorial Planeta, Córcega, Barcelona). Capítulo que muestra la pérdida de la fe mediante las palabras. Un fragmento sin desperdicio.

El padre Christian Gladstone, sacerdote “tradicionalista” y personaje protagónico de la novela, comienza su misión secreta, enviado por el Papa “eslavo” (Juan Pablo II), con el deber de compilar información sobre los casos de homosexualidad, pedofilia y satanismo ritual organizado, en el clero de la diócesis de Centurycity de Estados Unidos, descubrir a los farsantes y encontrar cuál es el problema que engendra dicha corrupción. Gladstone, luego de haber hecho sus primeras entrevistas, decide visitar a Monseñor McGregor, un obispo conservador.

Veamos que dice:

“El día en que Chris llegó a la cancillería de McGregor y el obis­po empezó a percatarse del género de información que su joven amigo buscaba, lo acompañó a un espacioso jardín. Era preferible hablar de aquel asunto, le dijo, donde nadie los molestara. En el aislamiento soleado de aquel lugar, Chris contó todo lo que pudo sobre lo que tantos obispos consideraban ahora «la Iglesia esta­dounidense». Habló francamente sobre el creciente número de clé­rigos homosexuales, la complicidad de algunos obispos y la conni­vencia de quienes no estaban directamente implicados. Sobre todo, esbozó un amplio perfil de la Iglesia estadounidense, un per­fil de fe diluida y mentes alteradas entre una jerarquía católica an­tes robusta. (sigue)

—Escúcheme, Christian —respondió McGregor, que hurgaba aquí y allá en el suelo mientras paseaban hacia el fondo del jar­dín—. Si es la corrupción de la fe lo que intenta comprender, la pri­mera lección que debe aprender es sobre el efecto corrosivo de la autoprotección. La mayoría de los obispos son buenos en el sentido ordinario de la palabra. Como la mayoría de las demás personas respetables, lo único que pretenden es conservar su empleo y pro­gresar. Su corrupción consiste en no levantar la voz contra la co­rrupción a su alrededor. Son corruptos en el sentido que toleran la decadencia de la Iglesia, mientras sus feligreses sangran como corderos conducidos por perros al matadero.

—Pero ¿por qué? ¿Qué les ha ocurrido a nuestros obispos? Us­ted no se ha rendido, excelencia, y ellos tampoco tenían por qué hacerlo.

—¿No me he rendido? —exclamó McGregor con las manos en los bolsillos—. Sí, claro, todavía celebro la misa romana discretamente en mi capilla privada. Logro consagrar con toda validez su­ficientes hostias para ofrecer a mis feligreses el cuerpo de Jesucris­to. Juego a menudo al golf con mis sacerdotes y les inculco dieciocho agujeros de teología para mantenerlos en el buen cami­no. En otras palabras, hago lo que puedo para emular a san Pablo y transmitir la fe como yo la he recibido de los apóstoles.

»Pero eso es todo. En todos los demás sentidos, me he inclina-do ante los preceptos de la Iglesia conciliar. Sus compañeros de Roma se han asegurado de que lo hiciera. Sus compañeros del RRCA han cambiado la carne y los huesos de los ritos católicos. Y sus compañeros del CILC nos han obligado a tragar una liturgia nueva. Entre unos y otros, han cambiado mi Iglesia para mí y no hay gran cosa que yo pueda hacer al respecto aquí en las praderas.

No obstante, razonó Chris, McGregor había encontrado cierta solución. Era cierto que se había visto obligado a elaborar una se­rie de subterfugios, para conservar cierta sensatez. Por lo menos se aseguraba de que sus feligreses recibieran sacramentos válidos, y de que los sacerdotes y los laicos bajo su responsabilidad oyeran las verdades de su fe católica. ¿Entonces por qué, se preguntaba Christian, no podían otros obispos hacer otro tanto?

—Yo le mostraré por qué —respondió McGregor, mientras re­gresaban a su despacho—. Usted ya ha descubierto que la mayoría de los obispos viven y trabajan ahora, como si existiera algo deno­minado «Iglesia estadounidense». Pero hay más tras esa idea que la independencia de Roma.

»La simple realidad es que un credo diferente se impone en dicha Iglesia. Es una dialéctica desprovista de su lógica. No es el cre­do del evangelio de san Juan, la palabra que era Dios y con Dios. No es el credo del Verbo hecho hombre. En este credo expurgada de la denominada «Iglesia estadounidense», el hombre se ha convertido en verbo. Y el verbo es «digital».

McGregor abrió la puerta de su estudio y se dirigió a una hilen de ficheros.

—Aquí lo tiene, padre Chris. Vea el nuevo evangelio con elle vivimos ahora los obispos. Eche una ojeada al aspecto de la nueva atención pastoral. —Con cada palabra, McGregor amontonaba papeles, documentos impresos electrónicamente e ilustraciones—. Vivimos dominados por encuestas, cuadros, diagramas, informes estadísticos y evaluaciones financieras. Se elaboran perfiles sicose­xuales y curvas de abuso de las drogas y del alcohol. Cuadros ana­líticos y diagramas de todos los males sociales que pueda imaginar. Recibimos esta información todos los días de las juntas litúrgicas. De las juntas sacramentales. De las juntas de mujeres, juntas de ni­ños, juntas medioambientales, juntas demográficas y juntas de po­lítica económica. La recibimos de juntas a nivel parroquial, nivel diocesano y nivel archidiocesano, así como de las conferencias episcopales regionales y de la nacional. En realidad, recibimos tanta porquería y nuestras mentes están tan saturadas de la misma, que acaba por cambiar la forma en que uno piensa.

»Usted ha venido aquí en busca de la verdad, Chris —dijo Mc-Gregor, después de separarse por fin de los ficheros—. Y en mi opi­nión la verdad es que la vida, el pensamiento y la propia fe se están digitalizando. Seguimos todos la misma infovía, del mismo modo en que los buscadores de oro se precipitaron sobre Sutter’s Mill. Pero ahora no es el oro la gran atracción. Incluso los mejores obis­pos que conozco avanzan por la autopista estimulados por una palabra que brilla y resplandece en todas su facetas. Digital. La infor­mación de la que dependemos para el funcionamiento de nuestras diócesis y parroquias, procede de una red informática que lo mez­cla todo en un solo modo. La religión, así como la moral basada en la misma, se están reduciendo a una retahíla interminable de ceros y unos. Y algo en dicho proceso, o tal vez en la forma de utilizarlo, despoja los hechos de su significado sobrenatural, del mismo modo en que el maíz de Kansas se separa de los zuros.

»Esa sola palabra, digital, es como uno de esos virus informáti­cos que se desplazan por el mundo a la velocidad de la luz, borrando almacenes enteros de información. Sólo que ese virus elimina todo el vocabulario de la fe. Transforma el catolicismo, de religión que debe adherirse a la verdad o morir, en una cultura que debe cambiar con el mundo o quedarse marginada.

Amigo de confianza o no de la familia, Chris tuvo la impresión de que McGregor iba demasiado lejos. Una cosa era decir que el criterio profesional de los obispos había cambiado, cosa que podía ver por sí mismo, pero parecía una exageración atribuirle la culpa al lenguaje informático.

—Puede que tenga razón —dijo McGregor, que cogió unos do­cumentos de un montón que tenía delante—. Pero los mismos tér­minos aparecen en todas las conversaciones que mantengo actual-mente con mis hermanos obispos. Y todos proceden de este nuevo credo,

—¿Por ejemplo?

McGregor recitó una lista de vocabulario, que dejó a Christian pasmado.

—Resurgimiento ecuménico. Renovación social. Igualdad ge­nérica. Informatización bíblica. Facilitadores sociales. Facilitadores catequísticos. Facilitadores litúrgicos. Desarrollo pastoral programático. Fuerzas de asalto. Equipos ministeriales. Solución de problemas. Curación comunitaria. Inculturación. Oración hori­zontal. Educación de base productiva. Realidad virtual. Ministerio colaborador. Concepto de habilidad. Planificación estratégica. He aquí el vocabulario actual de la fe en Estados Unidos, mi joven amigo —dijo McGregor, sin prestar atención al intercomunicador que sonaba a su espalda—. Parece complejo, pero en realidad es un vocabulario increíblemente primitivo. Es un vocabulario que trata sólo de imágenes materiales. Y no existen imágenes materiales para expresar la dimensión inmaterial de la vida. Cuanto más pien­sa uno en dichos términos, menos capaz es de pensar en términos sobrenaturales como bases fundamentales de todo lo demás, A de­cir verdad, llega a ser imposible pensar en términos de realidad so­brenatural. Si las palabras quedan reducidas sólo a imágenes y todo se convierte en material, ¿cómo es posible pensar en términos del amor de Dios a quien nadie ha visto? ¿Cómo es posible pensar en la encarnación, el sacrificio, la resurrección y la ascensión del hijo de Dios?

»No, Chris. En este nuevo vocabulario de la fe, todo empieza a escabullirse y a flotar en el ciberespacio.

»Es imposible tratar de las revelaciones de Jesucristo sobre la Trinidad. Imposible pensar en términos del don sobrenatural lla­mado gracia. En términos de humildad y pureza. En términos de obediencia, castidad, caridad y santidad. En términos del sufrimiento y abnegación de Jesucristo en la cruz, como modelo divino de confianza en Dios. En términos de caridad como rostro huma­no del amor divino y por consiguiente perfecto. Al final resulta im­posible hablar en términos del bien y del mal, en términos de pe-cado y arrepentimiento. Todo eso procede del antiguo diccionario de nuestra fe.

»Y eso, padre Chris, nos coloca cara a cara ante las respuestas a por las que ha venido. Cara a cara ante la corrupción. Cuando todo está dicho y hecho, cuando todas las interminables capas de dureza, riqueza y sutileza comprendidas en las revelaciones divi­nas han sido eliminadas y sustituidas por los ceros y los unos de la nueva mentalidad digital, los obispos nos enfrentamos a un pro­blema sobre las enseñanzas constantes y las actitudes morales de la Iglesia, que siempre se han basado en dichas revelaciones.

»Usted sabe muy bien que incluso la presencia real de Jesucris­to en la eucaristía está desapareciendo rápidamente del credo coti­diano. La concepción inmaculada de la Virgen es un problema. Los ángeles y los santos producen vergüenza ajena. La autoridad infa­lible del papa es intolerable. El propio cielo, la idea de poder parti­cipar en la vida de un Dios al que nadie ha visto, se trata como mito cultural. Pueden estudiarse el infierno y el purgatorio en cursos de cultura comparativa. Pero no es práctico vivir, incluso a nivel se­xual, como si importaran, como si el pecado fuera tan real como, por ejemplo, la realidad virtual.

Christian guardó un largo rato de silencio. Tal vez para limpiar su mente de toda aquella jerga de alta tecnología, empezó a pensar en términos del antiguo diccionario de la fe. Empezó a musitar en voz alta el relato de Lucas, sobre los dos discípulos que lo habían seguido hasta Emaús precisamente el día de la resurrección de Je­sucristo. De la forma en que, sumergidos en su propia visión preci­pitada de los acontecimientos, no alcanzaron a reconocer al Señor resucitado, incluso cuando se puso a caminar junto a ellos.

—Puede que los obispos de hoy sean un poco como ellos —su­girió—, Tal vez estén cegados por su propia idea de que debería ha­ber alguna manifestación gloriosa y palpable de su fe. Tal vez…

—No lo creo —interrumpió de pronto McGregor—. Los obispos no están preocupados ni decepcionados. Si la única función de Dios es la de ser paciente y perdonar, si no existen el cielo ni el in­fierno, si el único pecado consiste por ejemplo en destruir la capa de ozono, o en contribuir a la sobrepoblación del planeta, entonces todo avanza en la dirección correcta. El problema es que si uno piensa de ese modo, ha dejado de ser católico. Si uno piensa de ese modo, ha sido afectado ya por un oscurecimiento del intelecto. Y puesto que ésta es la obra más ingeniosa de Satán, porque el oscu­recimiento del intelecto es siempre demoníaco, es la más oscura de las oscuridades.

»Si piensa de ese modo, está dispuesto a abandonar las ense­ñanzas de todos los grandes teólogos; Pedro, Pablo, Juan, Agustín, Tomás de Aquino y todos los demás. De Jerusalén al Concilio Vati­cano Primero, ninguno de los grandes concilios de la Iglesia tiene el menor significado. Pasa a ser perfectamente aceptable sustituir el conocimiento de la fe por teorías de mecánica social. La vida se convierte en horizontal. Todo lo que importa está aquí y ahora. Y el resultado final es que uno abandona las esperanzas que antes al­bergaba. Estoy convencido de que cualquier día una junta u otra nos mandará una sustitución de la Suma teológica de santo Tomás de Aquino. Probablemente la titularán Guía esencial del pastor sen­sible a una teología políticamente aceptable. Y también probablemente llegará acompañada de un manual para indicarnos cómo buscar en Internet la información específica que necesitemos.

»Y permítame recordarle, Chris, que no hablamos del lapso momentáneo de un par de discípulos que buscan cobijo en Emaús. Hablamos de la deserción de naciones enteras, lanzadas a la velocidad de la luz por las autopistas de la información. Y puede que hablemos del propio papa eslavo. Del vicario de Jesucristo.

—¡Usted también no, excelencia! —exclamó Gladstone, con las manos en alto.

—No se precipite, amigo mío —dijo McGregor, mientras cogía un documento del escritorio que aún no había archivado—. Sé que está ocupado con sus investigaciones. Pero tómese el tiempo para leer esto. Es la copia de un mensaje del papa presentado en marzo en las Naciones Unidas por el cardenal Maestroianni. El texto es seglar hasta la médula. Negociaciones, lo titula su santidad. Y no podía haber elegido mejor título, ni mejor lugar donde presentarlo, Es como si declarara que la Iglesia carece de gracia, de sabiduría o de principios para ofrecer al mundo. Es como si no tuviera nada realmente católico que decir.

El timbre del intercomunicador, más insistente en esta ocasión, obligó a McGregor a consultar su reloj. La hora que se había reser­vado para aquella entrevista se estaba convirtiendo en dos. Sin em­bargo, cuando cruzaban juntos la cancillería, ninguno (le ellos pa­recía dispuesto a concluir la conversación.

—Le he ofrecido las mejores respuestas que he podido sobre la corrupción, padre Chris. Ahora, me pregunto si puedo invertirlos términos y plantearle a usted una incógnita.

—Pregunte lo que desee, excelencia.

—Puede que esta investigación que lleva a cabo sea algo bueno. ¿Pero por qué ha permitido el papa que el fraude llegara tan lejos? ¿Por qué ha dejado que durara tanto? ¿Por qué no lo cortó en su momento por la raíz? Y en el seno de tanta confusión, ¿por qué se sale de su camino para ofrecer a las naciones del mundo ese men­saje titulado Negociaciones, y muchos otros parecidos?

»En lo que a mí concierne, y a muchos otros como yo que esta­mos ahí aguantando el temporal, ésas son preguntas fundamentales. Y no encontrará las respuestas aquí en Hardcastle, en Kansas.”

Hasta aquí, Malachi Martin.

Como para completar la idea de Malachi Martin sobre el “lenguaje” que se ha vuelto horizontal o “digital” –como dice McGregor-, me viene a la memoria lo que dice el epistemólogo y matemático francés ArnaudAaron Upinsky, describiendo de cómo ha cambiado el lenguaje, en éste caso, el utilizado en la arquitectura.

Veamos que dice Upinsky al respecto:

“Este cambio se ve magníficamente ilustrado en las realizaciones monumentales y prestigiosas de los últimos años, tales como el cubo de la Défense, la pirámide del Louvre, el paralilepípedo de Montparnasse, la Géode de la Villette, y el cilindro de la Bastilla, todos ellos considerados como los primeros sólidos de la geometría.

En cada época el hombre ha ido representando arquitectónicamente su pensamiento y sus modelos. Esta arquitectura actual, reduccionista y “euclideana”, es a imagen y semejanza de la geometrización del pensamiento del hombre del siglo XX, vaciado de toda referencia espiritual o vital.

La Catedral de Evry –única catedral construida en Francia durante el siglo XX-, consagrada por Juan Pablo II el 28 de agosto de 1997, ofrece una imagen arquitectónica que responde a la tendencia a la abstracción que se ha ido adueñando de la Iglesia. A tal efecto, comparando una catedral de la Edad Media con ésta, del siglo XX, el geometrizado resulta sorprendente. La catedral de Evry no es sino un ancho cilindro cortado oblicuamente, dominado por los árboles.  Como símbolo de la época la flecha ascendente, rematada por la cruz, ha desaparecido, cediendo el paso a un cilindro cortado; que señala una ruptura marcada de verticalidad.

El pasaje de la catedral medieval a la catedral de Evry, figura geométrica del siglo XX nos permite ir comprobando la creciente tendencia a la abstracción y geometrización de nuestra historia –del verbo al número– que, de acuerdo con el pensamiento actual, ha ubicado al hombre en lugar de Dios. Su análisis nos muestra cómo la geometrización de la sociedad sustituyó la visión bíblica de la historia por la visión científica del mundo”. (ArnaudAaron Upinsky, “El Enigma del Santo Sudario”, Editorial El elefante blanco, año 2000).

 

Como conclusión, vemos que Upinsky habla de “geometrización” y que el padre Malachi Martin de “digital” o –podríamos llamar- “digitalización del lenguaje”. Ambos términos reflejan una sola cosa en esencia, a saber: la horizontalidad del espíritu del hombre, su alejamiento hacia lo “vertical”, el haber apartado su mirada al cielo y a Jesucristo como Creador y Señor de la historia por las cosas de esta vida perecedera.

Como citaba un amigo, hace poco: “Que nadie desee cosa alguna de un mundo que se está muriendo.” (San Cipriano, Carta 58, 2, 1).

 
Mariano Gabriel Pérez

www.statveritas.com.ar

2 comentarios sobre “DIGITALIZACIÓN DE LA FE

  1. Yo no sabia que Malachi Martin se había salido del sacerdocio. Es muy interesante saber esto. Yo he leido varios de los libros del Sr. Martin como: Los Jesuitas, El Vaticano.

  2. Hola! Me parece apropiado señalar que Malachi Martin conservo el estado Sacerdotal y su desvinculacion de la Compañia fué con arreglo a derecho. En la Republica Argentina la prestigiosa Revista Gladius publico en diversas oportunidades notas del Sr. Randle sobre el punto. Saludos Cordiales!

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