SAN ROBERTO BELARMINO- EL ARTE DE BIEN MORIR

LIBRO I.
PRECEPTOS PARA CUANDO ESTAMOS SANOS.
CAPITULO VII.

Del séptimo precepto del arte de bien morir, que es la oración

En los capítulos pasados señalamos tres virtudes teologales, y tres morales, necesarias para aprender el arte de bien vivir y bien morir; ahora quiero poner en los siguientes otras tres virtudes no menos útiles que las pasadas, las cuales enseñó el ángel San Rafael al Santo Tobías, cuando le dijo Buena es la oración con el ayuno, y la limosna más que tesoros de oro escondidos.

Adonde le encarga la oración, el ayuno y la limosna, virtudes utilísimas, hijas legítimas de la religión, misericordia y templanza, de que hablamos en el capítulo pasado con nombre de piedad, justicia y templanza, con las cuales se hermanan de manera que no parecen diferentes. Porque así como la piedad y religión miran a Dios especialmente, de la misma manera la oración es un acto de religión con que le reconocemos y honramos; y como la justicia y misericordia miran al prójimo, de la misma manera la limosna con que le socorremos y ayudamos; y como la templanza mira a nosotros mismos, de la misma suerte el ayuno, que es acto de abstinencia y de mortificación para el cuerpo, y libertad para el espíritu. Y porque hay mucho escrito de la oración, nosotros tocaremos tres puntos solos, acomodándonos con la brevedad acostumbrada: el primero, de la necesidad de la oración, el segundo, de su utilidad, y el tercero del modo con que se ha de orar para conseguir los frutos de ella. Y cuanto a lo primero, la necesidad de la oración es tan sabida y manifiesta, que no hay cosa más notoria. Porque aunque es verdad que Dios sabe y conoce mejor que nosotros nuestras necesidades, y lo que le queremos pedir, pero gusta tanto de la oración, que no quiere darnos nada sino es por medio de ella, como lo testificó por San Mateo en el capítulo sexto, usando los fieles de la oración como de mano é instrumento para alcanzar las cosas que deseamos. Lee las sagradas Escrituras, y hallarás esta verdad estampada en todas ellas. Porque, lo primero, por San Lucas dice: Conviene orar siempre, sin cesar en ningún tiempo. Y más abajo añade: Estad siempre en vela y orando. Lo mismo dice el Apóstol San Pablo: Orad siempre sin intermisión. Sentencia que dijo también el Eclesiástico: No dejes de orar siempre, ni des lugar a cosa que te impida la oración. En lo cual, si atentamente lo miramos, nos persuade que no siempre estemos ocupados en la oración sin atender a otra cosa ninguna, ni ocuparnos en los negocios píos del servicio de Dios y bien de los prójimos; sino que sea tal nuestro afecto a la oración, que siempre que pudiéremos vaquemos a ella, usándola frecuentemente, y recurriendo a nuestro recogimiento de todas las acciones exteriores, entretejiéndolas continuamente con la oración. Así leemos que lo enseñaron y practicaron Cristo, nuestro Redentor, y sus sagrados Apóstoles, enseñándonos de palabra y obra; pues salían de la oración a las obras exteriores de piedad y religión, y
de estas tomaban a la oración, encadenando las unas con las otras, y nunca cesando de alabar a Dios con la palabra o con la obra. Conforme a esta doctrina se entiende aquello que repite tantas veces el Profeta David: Mis ojos están siempre en Dios, y sus alabanzas se oyen siempre en mi boca. Y lo que San Lucas dice de los Apóstoles: Que estaban siempre en el templo alabando y bendiciendo a Dios, no porque nunca saliesen de él a diligenciar el bien de las almas de sus prójimos, sino porque eran tan frecuentes en la oración, que parecía continuarla siempre, y que nunca cesaban, volviendo con presteza del obrar al orar, del siglo al templo, y de las obras exteriores al trato interior. Todo lo cual nos declara la necesidad que tenemos de oración, que es lo que al principio propusimos; pues la sagrada Escritura y el ejemplo de Cristo y los Santos nos lo enseñan: y como dice San Juan Clímaco, es el pan del espíritu, porque sustenta el alma, y se ha de comer con todos los manjares, acompañando la oración con todas nuestras obras, para que sean perfectas y santas en el acatamiento de Dios. 

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SAN ROBERTO BELARMINO- EL ARTE DE BIEN MORIR

LIBRO I.
PRECEPTOS PARA CUANDO ESTAMOS SANOS.
CAPITULO VI.

Del sexto precepto del arte de bien morir, en el cual se ponen tres virtudes morales

Aunque, como queda dicho, las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, encierren con eminencia los preceptos de toda ley para saber el arte de bien vivir, y consiguientemente de bien morir, pero la Divina Providencia del Espíritu Santo, autor de los libros sagrados, nos enseñó tres virtudes morales para aprender con mayor facilidad este arte celestial, tan importante como necesario para conseguir la vida eterna. Estas son la templanza, la justicia y la piedad, de las cuales habló el Apóstol San Pablo en la carta que escribió a su discípulo Tito, por las siguientes palabras: Apareció la gracia de Dios nuestro Salvador a todos los hombres, enseñándonos que, negando la impiedad, y los deseos seglares, vivamos en este siglo templada, justa y piadosamente, esperando la dichosa promesa, y venida gloriosa de nuestro gran Dios, nuestro Salvador Jesucristo. En las cuales palabras nos da el sagrado Apóstol el sexto precepto de bien vivir y bien morir, que es vivir templada, justa y piadosamente; con templanza, justicia y piedad. Lección que comprendió el Profeta David en dos palabras, diciendo : Apártate del mal, y obra bien. Dos cosas hay en el pecado: apartarse de Dios, y convertirse a las criaturas, según aquello de Jeremías: Dos males cometieron los de mi pueblo; dejáronme a mí, y abrieron cisternas para sí, que no pueden tener el agua. ¿Pues qué hará el que desea excusar estos dos males? Huir de la impiedad, y refrenar los apetitos desordenados de los deseos temporales; porque la impiedad nos aparta de Dios, y los malos deseos nos convierten a las criaturas. Con esto evitará el mal, y con la tercera virtud de la piedad hará bien y cumplirá toda la ley; y así, dice San Pablo, que vivamos con templanza, justicia y piedad, lo cual cumpliremos siendo templados para con nosotros, justos para con nuestros prójimos, y píos con Dios.

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SAN ROBERTO BELARMINO- EL ARTE DE BIEN MORIR

LIBRO I.
PRECEPTOS PARA CUANDO ESTAMOS SANOS.
CAPITULO V.

Del quinto precepto del Arte de bien morir, en que se manifiesta el error en que viven los ricos de este siglo.

Demostrada esta verdad que acabamos de probar, conviene declarar un error y una mentira que anda muy válida entre los hijos de este siglo, y es sobremanera perniciosa para aprender el Arte de bien morir, y conseguir la vida eterna. Este error, pues, de que hablo, es una persuasión en que viven los ricos y poderosos del mundo, de que las riquezas y bienes temporales que gozan son tan absolutamente suyos, especialmente cuando los poseen con buen título, que pueden libremente disponer de ellas a su albedrío, cómo y cuando les diere gusto, sin que nadie les pueda ir a la mano, gastando pródigamente en vestidos, casas, palacios, jardines, caballos, perros y a leones, haciendo festines y banquetes superfluos; comiendo y bebiendo opíparamente sin rienda ni tasa, dando y desperdiciando lo que Dios les entregó para que le sirviesen con ello, como si fueran dueños tan absolutos de ello como él.

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SAN ROBERTO BELARMINO- EL ARTE DE BIEN MORIR

LIBRO I.
PRECEPTOS PARA CUANDO ESTAMOS SANOS.
CAPITULO IV.

Del cuarto precepto del Arte de bien morir, en que se ponen tres documentos.

Aunque la doctrina dicha de las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, era suficiente para vivir bien, y morir bien, y saber cumplidamente este Arte; pero para poder cumplirla mejor, nos da Cristo Nuestro Redentor tres documentos en su Evangelio, los cuales quiero poner en este capítulo, que son del duodécimo de San Lucas, adonde dice: Estad ceñidos, y con luces encendidas en las manos, semejantes a los criados que esperan d su Señor cuando ha de venir de bodas, para abrirle con presteza cuando llegare. Bien aventurados aquellos, que cuando venga el Señoríos hallare velando.

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SAN ROBERTO BELARMINO- EL ARTE DE BIEN MORIR

LIBRO I.
PRECEPTOS PARA CUANDO ESTAMOS SANOS.
CAPITULO III.

Del primer precepto del Arte de bien morir, que es de las tres virtudes teologales

Dijimos en el capítulo pasado que para morir bien era lance inexcusable morir primero al mundo, y que ninguno podía tener muerte feliz, si no daba primero de mano a todo lo que el mundo adora, viviendo en él como huésped y peregrino, y tratándose como muerto a todas las cosas del siglo. Resta ahora que digamos lo que deba hacer el que está muerto al mundo para vivir a Dios. Porque, como vimos en el primer capítulo, para morir bien la primera diligencia que se debe hacer es vivir bien, y aquel vive bien, que vive en Dios y para Dios; y por esta razón conviene averiguar ahora, qué debe hacer un cristiano para vivir a Dios, habiendo ya muerto al mundo.

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TRIDUO A SANTA MÓNICA.

Para alcanzar la conversión de un ser querido

(Patrona de esposas y madres cristianas)

SANTA MÓNICA,

Viuda

Argelia;

† 387 en Ostia, Italia.

Patrona de viudas; esposas; madres; amas de casa; víctimas de abusos; víctimas de adulterio; víctimas de abusos verbales; alcohólicos; madres con hijos problemáticos. Protectora contra el alcoholismo; dificultades en el matrimonio.

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SANTO TOMÁS DE AQUINO: SUMA TEOLÓGICA

TRES ARTÍCULOS ESCLARECEDORES

La sola ojeada de las siguientes sentencias de Santo Tomás invita a la lectura y reflexión de los tres artículos tomados de su Suma Teológica que presentamos más abajo. Dichas máximas se encuentran igualmente resaltadas en los artículos correspondientes.

» El pecado original se llama pecado de la naturaleza.

» A veces se castiga con pena corporal a los hijos por los padres.

» Uno es castigado a veces sin culpa, aunque nunca sin causa.

» A nadie se castiga nunca con una pena espiritual por un pecado ajeno; en cambio, uno es castigado a veces con penas temporales por un pecado ajeno.

» Según el juicio divino, los niños son castigados con castigos temporales juntamente con sus padres.

» Se toma venganza de los animales y de cualquier otra criatura irracional porque así se castiga a sus dueños.

» Por el pecado de uno se aplica a muchos un castigo general para realzar con ello su solidaridad.

Con más de setecientos años de anticipación, el Doctor Angélico refutó muchos de los sentimentales prejuicios del hombre moderno, comenzando por el de la negación del pecado original y sus consecuencias.

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