PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE CUARTA

Principales maneras de sufragar por las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXXIX

Rayos de luz del Purgatorio, o medios para evitarlo

Si la devoción a las Almas del Purgatorio es saludable para ellas mismas a causa de las reales ventajas que les proporciona, no lo es menos para nosotros por las importantes enseñanzas que ella nos ofrece para la conducta práctica de nuestra vida; enseñanzas que por sí solas bastarían para hacerla profundamente cristiana.

En efecto, de las meditaciones sobre el Purgatorio brotan tales destellos de luz, que iluminan por completo el camino que debemos seguir para alcanzar el cielo; porque esa luz divina nos hace ver claramente lo que debemos practicar y lo que debemos evitar para no desviarnos del recto camino.

¿No dice, acaso, el Espíritu Santo: «Memorare novissima tua et in æternum non peccabis»? Ahora bien, el Purgatorio ¿no puede, por ventura, contarse entre estos novísimos? ¡Cuántos, en efecto, deben su salvación eterna a la meditación del Purgatorio y de las penas que en él se padecen! ¡Oh, sí, fue el pensamiento de esta cárcel de fuego, creado por Dios para multiplicar el fruto de la Pasión de su Hijo, lo que les determinó a abandonar el pecado, a hacer penitencia, a mortificar sus propias pasiones y a vivir como perfectos cristianos!

Siendo esto así, bueno será que habiendo, en el decurso de estas pobres páginas, dejado bien sentado en nuestra mente el dogma del Purgatorio, y animándonos a practicar el culto que este dogma pide de nosotros indicándonos las diversas prácticas piadosas que se pueden hacer en sufragio de estas almas santas, bueno será, repito, que escuchemos las principales enseñanzas morales que el Purgatorio nos da, a fin de conocer mejor los medios que debemos emplear para preservarnos de él.

Porque, notémoslo bien, y el autor de la Imitación de Cristo nos lo advierte, no debemos confiar demasiado en los sufragios que nuestros amigos y parientes hayan de hacer por nosotros después de nuestra muerte, sino que nosotros mismos debemos preocuparnos con mucha solicitud por nuestros eternos intereses.

«No os fieis demasiado, dice él, de vuestros amigos y parientes, porque ellos se olvidarán de vosotros más presto de lo que pensáis. Si no os preocupáis por vosotros mismos ahora que todavía estáis en vida, ¿quién lo hará por vosotros después que hayáis desaparecido?»

Después escuchemos el consejo del Espíritu Santo, que nos dice: «Todo lo que ahora puedes hacer apresúrate a cumplirlo; porque ni la voluntad ni las energías para el trabajo te acompañarán después de muerto.»

Ahora bien, como entre las más obvias, naturales y espontáneas enseñanzas que nos brinda el Purgatorio están en primer lugar las de huir del pecado venial, y hacer espontánea penitencia de todos nuestros pecados mortales y veniales, en la presente plática procuraremos tratar de ello del modo más práctico que nos sea posible.

I

¡Oh!, cuán doloroso es oír a tantos cristianos, por otra parte virtuosos y devotos, al advertirles que se pongan en guardia contra las pequeñas transgresiones voluntarias de la ley de Dios, repetir negligentemente esta expresión: «Pues, ¿qué? ¡En fin de cuentas no es más que un pecado venial, y el pecado venial no nos condena al infierno, ni nos hace perder la gracia de Dios!»

Sí, verdad es; el pecado venial no nos condena al infierno, pero nos hace merecedores de las penas del Purgatorio, cuyos tormentos, al decir de los Santos y Doctores de la Iglesia, son, en cierto modo, semejantes a los del infierno.

Y a la verdad, si muchas almas se encuentran en el Purgatorio alejadas de Dios y en medio de un mar de penas, es precisamente porque salieron de esta vida manchadas con pecados veniales, tal vez, según nuestro modo de ver, insignificantes.

Vicente de Beauvais, en el libro séptimo de Specchio storico, refiere que a un monje benedictino, hallándose moribundo, le fue mostrado el Purgatorio de los religiosos, en el cual vio a algunos de ellos rodeados de llamas devoradoras, que penetraban en sus carnes como afilados dientes; a otros, tendidos sobre parrillas ardientes que causaba horror sólo el verlas; y a otros, atormentados de otros diversos modos. Como preguntase a su Ángel custodio, le respondió: «Aquellos que ves presa de tan grandes martirios son religiosos pertenecientes a todas las Órdenes, los cuales, aunque jamás habían cometido pecados mortales, no obstante, se hicieron culpables de muchas negligencias leves, que ahora están expiando severísimamente antes de ser admitidos a la presencia de Dios.»

Santa María Magdalena de Pazzi refiere de una religiosa detenida durante dieciséis días en el Purgatorio, en pena de faltas que a nosotros nos parecerían ligerísimas, por ejemplo: haber hecho sin necesidad ciertas laborcillas, propias de mujer, en día festivo, y haber sentido demasiado afecto a sus parientes. Y hubiera sido condenada a penas más largas si no hubiera sido tan grata a Dios su fidelidad en la observancia de la Regla, su pureza de intención y su caridad para con sus hermanas.

El Venerable Bernardino Busto refiere que un hermano suyo, por nombre Bartolomé, muerto a la edad de ocho años, todavía puro e inocente, fue, no obstante, también condenado al Purgatorio, por haber rezado distraídamente las oraciones de la mañana y de la noche.

Y de San Severino, Arzobispo de Colonia, narra San Pedro Damiano que fue condenado a un severísimo Purgatorio por haber rezado el Oficio sin la debida devoción, a causa de muchísimas ocupaciones en la Corte, por lo cual se creía bastante dispensado de la rigurosidad de aquel deber.

Y multitud de otros ejemplos semejantes podríamos aducir que nos demuestran que muchas almas fueron al Purgatorio y muchas otras se hallan todavía en él únicamente debido a los pecados veniales.

¡Ahí, demasiado me consta que la narración de estos hechos será acogida con una sonrisa de desprecio por ciertas personas mundanas, a las cuales, para excusar su incredulidad, paréceme oírlas exclamar: «Pero ¿cómo es esto posible? ¿Es creíble que un Dios todo bondad y misericordia haya de mostrarse tan severo y tan cruel por una nonada cual es el pecado venial?»

¡El pecado venial una nonada! Desdichadamente así lo piensan, y así razonan estos tales, dominados por un prejuicio harto material y común, como es el creer que el pecado venial, precisamente porque es leve, es cosa de nada, que se puede cometer a ojos cerrados sin poner empeño ninguno en evitarlo.

II

Pero bien otra cosa es la realidad; cierto que, si ponemos el pecado venial en parangón con el mortal, entonces sí, aquél resulta ser un mal pequeño; pero que sea un mal pequeño en sí mismo es falso absolutamente.

¿Qué nos dice, en efecto, la fe? Que el pecado venial, aunque leve a nuestro modo de ver, es, no obstante, una injuria hecha al más perfecto de todos los seres; una rebelión contra la más sublime de todas las grandezas, un desprecio de la voluntad del más amante de los amigos; es un mal sobre el cual no hay más que otro que sea mayor, el pecado mortal.

Es un mal esencialmente opuesto a Dios, tanto que, si con un pecado venial se pudiese salvar la propia vida, hacer desaparecer los azotes más terribles —cuales son la guerra, la peste, el hambre—, impedir la destrucción de todo el mundo, trocar los demonios en serafines inflamados de amor de Dios, librar a todos los condenados del infierno, no nos sería lícito cometerlo.

¿Qué más? La gloría que todas las buenas obras posibles podrían proporcionar a Dios mediante un pecado venial no podría contrabalancear el ultraje que le infiere un solo pecado de este género.

Y esta doctrina, comúnmente enseñada por todos los teólogos siguiendo el ejemplo del apóstol San Pablo, no debe parecer en modo alguno exagerada, ensenándonos la misma razón que el bien no debe ser jamás el resultado voluntario y previsto del mal.

En segundo lugar, para demostrar la malicia del pecado venial, además de los graves daños que acarrea al alma, a la cual insensiblemente dispone a caer en el mortal, sirven muchísimo los castigos con que el Señor lo castiga ya en esta vida.

¿Quién no sabe que la mujer de Lot fue herida de muerte repentina y transformada en estatua de sal por una sencilla curiosidad, esto es, por haberse vuelto a mirar hacia atrás para contemplar el terrible espectáculo que presentaba la ciudad en llamas, contraviniendo la orden del Señor?

Moisés y Aarón ¿no fueron excluidos de la tierra prometida por una falta de confianza en Dios al golpear con la vara dos veces la piedra para hacer brotar agua?

David, aquel rey según el Corazón de Dios, vio perecer a sesenta mil súbditos suyos en el espacio de tres días a causa de un sentimiento de vanidad que le impulsó a hacer el censo de su pueblo, a pesar de los consejos de sus cortesanos, que le hicieron observar que aquel acto desagradaba a Dios.

María, hermana de Moisés, quedó cubierta de lepra por una murmuración; y Ananías y Safira, por una simple mentira, quedaron muertos repentinamente.

Pues bien, si la Justicia divina ha castigado tan severamente en esta vida culpas que, a buen seguro, no eran graves, ¿cómo pretenderemos que esta misma Justicia deba mostrarse más indulgente en la otra vida y no castigue lo que ya castiga en ésta?

¡Oh, sí! No nos forjemos ilusiones: las culpas veniales no expiadas en esta vida deberán ser expiadas necesariamente en la otra; admitiendo la misma razón de que las culpas ligeras tendrán necesidad de ser expiadas si no han sido canceladas por el arrepentimiento en esta vida.

Por donde afirma Santa Brígida que, aun las más leves culpas, como palabras ociosas, pequeños movimientos de amor propio, leves murmuraciones, ligeros impulsos de ira y otras fragilidades semejantes, serán severamente castigadas en el Purgatorio.

Y siendo esto así, ¿cómo no nos aprovechamos con el mayor interés de las enseñanzas que el Purgatorio nos da acerca del pecado venial y huimos de él con el mayor empeño? Recordemos que este pecado, por la poca importancia que se le da a causa de su menor gravedad, es un grandísimo escollo contra el que se estrellan muchas almas.

No despreciemos las cosas pequeñas y aquellas deudas leves que se van acumulando en torno nuestro diariamente, porque al fin de la vida formarán un número espantoso. Pensemos que de todo hemos de dar cuenta a Dios, hasta de una palabra inútil.

Por eso, si verdaderamente queremos evitarnos aquellas llamas expiatorias apropiémonos aquella máxima de Santa Catalina de Génova: «Dios mío, para huir de un pecado, aunque sea leve, me arrojaría, si fuese necesario, en un abismo de llamas, y antes que cometerlo para salir de él, allí permanecería por toda una eternidad.»

III

La segunda enseñanza que debemos sacar del Purgatorio, la cual no nos será de menor utilidad que la primera para evitarlo, es el hacer penitencia.

«Es una verdad indiscutible, dice un autor de la antigüedad, que todos aquellos que antes de morir no han satisfecho la pena debida por sus pecados ya perdonados, se verán obligados a expiarlos en el Purgatorio.

Y, entretanto, la mayor parte de los cristianos pusilánimes y enemigos de la penitencia tienen la temeridad de exclamar: “¡Dichoso del que no tenga que sufrir más que este fuego!”

¡Felicidad funesta, siendo cierto que no hay otra desgracia mayor sino la de ser precipitado en el infierno!

¿A quién jamás se le ha podido ocurrir que sea un bien el haber de asarse vivo durante mucho tiempo sin morir? No lo pensaba así San Gregorio Magno, cuando decía: «Porque yo considero este fuego pasajero como la más insoportable de todas las tribulaciones de la vida, yo no sólo tiemblo de que Dios me condene al fuego eterno, sino que tiemblo también de haber de sentir los efectos de su justicia pasando por este fuego pasajero.»

San León Papa no podía pensar sin horror en los tormentos que se padecen en el Purgatorio; y así, todo espantado, exclamaba: «¡Oh tormentos, por más que seáis tormentos de misericordia, cuán crueles sois!» «¡Dios mío! Vos me decís que amáis a las almas que purificáis en el Purgatorio, y entretanto ¿cómo las abrasáis en el mismo fuego con que abrasáis a los condenados del infierno? ¡Ah! Si vuestra misericordia nos reserva en el otro mundo suplicios tan rigurosos, ¿no somos harto imprudentes dejando para hacer después de la muerte una expiación tan dura, pudiendo hacer en esta vida una penitencia tal que en comparación de aquellas penas es como una sombra? Aquí vuestra misericordia no es más que dulzura, pero en el otro mundo es puro rigor. El que aguarda a ser castigado antes que castigarse a sí mismo, podrá decir sin error que, de Padre misericordioso que sois, durante nuestra vida, os convertís en juez severo en el Purgatorio.»

En nuestra mano está el escoger lo que más conveniente sea.

Se siente, es verdad, gran repugnancia a castigar un cuerpo que ama naturalmente y busca sus comodidades y todo cuanto deleita a los sentidos; pero las privaciones que se les pueden hacer sufrir no son nada en comparación del fuego del Purgatorio.

No hay nada que tanto asuste como la pena del fuego; cualquiera otro suplicio nos parecería mucho más tolerable. Por eso en otros tiempos la justicia humana solía recurrir a esta pena para castigar a los grandes culpables con el fin de aterrorizar a los espectadores e impedir así que llegaran ellos también a merecer el mismo suplicio. Bastaría haber visto morir abrasado a un hombre para estremecerse de espanto cada vez que semejante espectáculo se presentase a la imaginación.

¿Qué penitencia, por dura que fuese, rehusaría cualquiera criminal que fuera condenado a morir en la hoguera? ¿Verdad que consideraría como insigne merced el que le fuese conmutada la pena por la de cadena perpetua en lóbrego calabozo? Dormir sobre un poco de paja aunque fuera podrida, comer un trozo de pan duro y apagar su sed con un poco de agua aunque fuera corrompida, verse privado continuamente de la luz del día y del trato con sus semejantes, todo esto le parecería cosa de juego comparado con el espantoso suplicio del fuego.

Y, no obstante, la misericordia divina no nos exige semejantes penitencias para evitarnos un suplicio infinitamente más de temer por su intensidad y por su duración que el de la hoguera: y ¿nosotros cerraremos los oídos y nos haremos sordos a sus voces maternales? ¿En dónde estaría, pues, nuestra prudencia?

«Si los penitentes, exclama el abate Clot, pudiesen comprender cuán útil les es satisfacer aquí en la tierra por sus pecados, ¡oh!, ciertamente que no se contentarían con cumplir con fervor la penitencia que les impusiera el ministro de la reconciliación, sino que ellos mismos se impondrían otros nuevos actos de satisfacción.»

«Cuando un penitente, dice otro autor piadoso, se lamenta de la penitencia que le han impuesto en el santo tribunal, y murmura y critica contra la severidad del confesor, demuestra que no conoce ni la enormidad del pecado, ni la grandeza de las obligaciones que ha contraído cometiéndolo.»

San Gregorio Magno, comentando las palabras de San Juan Bautista, referidas en el Evangelio: Haced frutos dignos de penitencia, decía al pueblo romano: «Os ruego, dilectísimos hermanos, observéis que San Juan no dice solamente que es preciso hacer penitencia, sino frutos dignos de penitencia. ¿Qué pretendía con estas palabras? Hacernos comprender que las almas inocentes que por el pecado no han contraído deuda ninguna con la Justicia divina, sobre todo con pecados graves, pueden libremente usufructuar de los bienes de la creación y usar de ellos bendiciendo la mano liberal que con tanta prodigalidad se los distribuye. Mas, tratándose de aquellos de entre nosotros que han ofendido gravemente al Señor, que han pisoteado los divinos preceptos de la caridad cristiana, ésos deben privarse de los goces permitidos a las almas inocentes, para satisfacer por sus pecados y hacer penitencia. Cuanto más hayamos ofendido a la Majestad divina y seamos deudores a su justicia, tanto más obligados estamos a imponernos privaciones. A esto precisamente es a lo que el Bautista llama frutos dignos de penitencia. Cada uno de nosotros, por tanto, se interrogue y examine su conciencia; que el castigo que se imponga sea proporcionado al número y a la gravedad de las culpas.»

IV

¿Cuáles son los cristianos de nuestros días que se adaptan a la enseñanza tan exacta de este gran Papa?¿No es verdad que la mayor parte de los cristianos, cuando han confesado sus pecados y cumplido la ligera penitencia que les impuso el confesor, creen haber hecho lo suficiente para desquitarse con la divina Justicia, y no piensan en agregar alguna penitencia voluntaria a la sacramental? ¿Qué maravilla, pues, que el Purgatorio, un duro y largo Purgatorio, no deba intervenir para suplir nuestra vileza y negligencia, y hacernos expiar en aquellas llamas la pena temporal por aquellos pecados que no hemos tenido interés en expiar en vida?

Considerando lo cual Santa Catalina de Génova andaba exclamando: «y ¿por qué no tendré yo una voz más potente que el trueno para que me oiga todo el mundo? Yo diría a todos los que lo habitan y me creería obligada a decirlo: ¡Oh desdichados! ¿Cómo os dejáis tiranizar por el mundo? ¿Por qué no dirigís una mirada sobre la grande miseria en que os veréis a la hora de la muerte, y no os prevenís para vuestro porvenir, ahora que tenéis tiempo? ¿No habéis reflexionado jamás en que, quien satisface por sus pecados en esta vida, se asemeja a aquel deudor que, debiendo mil duros, salda su deuda con cinco céntimos, mientras que, quien espera a saldar su deuda a cuando haya dejado la tierra, deberá desembolsar miles de duros por un solo céntimo?»

Penetrados de estas verdades, los Santos consideraban ligerísimas las más austeras penitencias, y siempre andaban en busca de otras nuevas con el fin de disminuir cada vez más la pena temporal debida por sus pecados.

La venerable jovencita Sor Ángela Tolomei, dominica, se había ejercitado desde sus más tiernos años en el amor y práctica de la virtud, atesorando de este modo gran caudal de merecimientos para el Cielo. Habiendo caído gravemente enferma —y estando para exhalar el último suspiro, muchos creían que ya había expirado—, tuvo una visión. Se vio transportada a una inmensa llanura, en donde vio representadas muy al vivo las penas del Purgatorio, y reconoció el lugar que le estaba reservado y los tormentos que la esperaban si hubiera muerto entonces, y no le dieran tiempo para expiar sus faltas en esta vida. Abrió los ojos, dejando maravillados a los presentes, que la daban ya por muerta, y, temblando toda de pies a cabeza por el espanto, refirió la visión que había tenido.

¿Y cuáles eran las culpas por las que tan atroces tormentos esperaban a aquella santita? Levísimos pecados veniales que, a causa de ciertas inclinaciones no combatidas, había cometido.

Desde aquel momento su única preocupación fue hacer constantemente penitencia para desquitarse de su deuda con la divina Justicia, mientras tenía tiempo para ello. Cilicios, disciplinas, vigilias prolongadas, ayunos rigurosos, maceraciones hasta derramar sangre le parecían nada en comparación de lo que había visto. Si la reprendían de ser demasiado cruel consigo misma, y le aconsejaban moderase su rigor, respondía: «Y ¿qué es esto en comparación de los suplicios reservados en la otra vida a las infidelidades que con tanta ligereza se cometen? ¡Ojalá pudiera hacer cien veces más!» Y continuaba con sus rigores.

Finalmente, semejante al oro purificado por medio del fuego en el crisol, la llamó el Señor a la otra vida para que gozase en seguida de las eternas delicias en el Cielo.

A la vista de tales ejemplos, ¿cómo justificaremos nosotros nuestra ruindad y nuestro amor propio mal entendido?

***

He aquí las dos principales enseñanzas que nos dan las almas del Purgatorio y con amorosa solicitud nos invitan a poner en práctica, si queremos evitar después de nuestra muerte ir también nosotros a parar a aquella cárcel tenebrosa y permanecer allí largo tiempo.

He dicho principales, porque otras también no menos provechosas para la salud del alma nos dan aquellas almas santas.

Nos recuerdan, en efecto, que también nosotros un día hemos de morir, y que en seguida hemos de sufrir el juicio del que dependerá nuestra salvación o condenación eterna; razón por la cual conviene en gran manera pensemos con tiempo en mirar por nuestro capital interés, y no confiemos demasiado en nuestros supervivientes, según aquellas palabras importantísimas de San Pablo: Practiquemos el bien mientras tenemos tiempo.

Otra lección que el Purgatorio nos enseña es el deber que tenemos de hacernos santos, estimulándonos así a la conquista del Paraíso.

Si el Purgatorio ha sido creado por Dios con el fin de borrar de las almas que allí descienden toda sombra de mancha que se oponga a la pureza de una cumplida santidad, ¿no es cierto que esta cárcel no estará destinada a nosotros, si cuando llegue nuestra muerte nos hallare ya en tal estado de pureza?

La última lección que podemos sacar del Purgatorio es que hagamos más aprecio del tiempo y de la gracia divina.

El Santo Cura de Ars, cada vez que dirigía su mirada al cementerio, exclamaba: «¡Cuánto compadezco a aquellos pobres muertos que yacen allá sepultados, los cuales no tienen ya tiempo de trabajar por Dios!»

Y, ciertamente, dignas son de compasión aquellas pobres almas, las cuales, a pesar de sufrir con paciencia y amor heroico y sublime, ya no pueden merecer nada para sí mismas, mientras que, para nosotros, una oración, una lágrima, un pequeño sacrificio, un acto de amor, todo esto puede convertirse en un tesoro para la eternidad.

¡Ah, desdichados de nosotros si dejásemos perder los minutos del tiempo, y las gotitas del rocío celeste, con que cada cual puede labrarse una felicidad eterna!… Día vendrá en que lo lloremos amargamente, pero, ¡ay, será demasiado tarde!

EJEMPLO

El Purgatorio de San Patricio

Para animarnos a servirnos de los medios que el Purgatorio nos sugiere a fin de poderlo evitar, no estará fuera de propósito poner ante nuestra consideración el fervor y la generosidad de los cristianos de la Edad Media.

Aquí viene bien, como en su propio lugar, la descripción de la famosa penitencia vulgarmente conocida con el nombre de Purgatorio de San Patricio, del que hablan numerosos historiadores irlandeses, que hacen remontar su origen al siglo V.

En medio mismo de aquella grande isla, que hasta el siglo XIII se llamó Ibernia y que hoy se llama Irlanda, hay un lugar llamado Déarg, en el cual hay algunas islas en donde existían todavía hasta mediados del pasado siglo antiquísimos monasterios.

Una de estas islas se llamaba isla de San Dabeoce, y el prior del monasterio que allí había llevaba el título de prior del Purgatorio.

No lejos de ésta, en el mismo lago, había otra pequeñísima isla, que es precisamente la que constituye el objeto de nuestra narración, y se llamaba Isla del Purgatorio de San Patricio.

Allí se veía, dice un autor del siglo XVII, una pequeña capilla con un pequeño monasterio llamado Ragles, custodiado por un religioso de San Dabeoce. En medio de la isla existe una cueva de dieciséis pies de largo, demasiado baja y estrecha para que un hombre de regular estatura pudiera estar en ella cómodamente.

En este antro es donde se hacía el Purgatorio.

Sobre la playa había tiendas de campaña para recibir a los peregrinos, y próximo a la cueva o antro, llamado algunas veces Pozo de San Patricio, había fabricadas siete celdas redondas de tres pies de diámetro, que eran como otras tantas celdas de rigor para ejercitarse los peregrinos. Cuando éstos desembarcaban en la isla provistos de un permiso del Obispo y del Prior del Purgatorio, el religioso de la isla los acogía, les interrogaba, y, si los consideraba bien dispuestos para entrar en el Purgatorio, los sometía por nueve días a un riguroso retiro.

Señalaba a cada uno como morada una de aquellas pequeñas celdas, que se llamaban lechos, irónicamente tal vez, pues no era posible, a causa de sus reducidas dimensiones —tres pies de diámetro, según hemos dicho—, extenderse en ellas.

No se salía de las celdas más que tres veces, para ir a la iglesia.

Durante los primeros ocho días no se daba por alimento y bebida a los penitentes más que un poco de pan y agua, sin ningún condimento, y aun esta pequeña cantidad de alimento no se daba más que cada veinticuatro horas.

El día noveno no se tomaba ningún alimento.

Después de esta preparación, el religioso conducía al penitente así dispuesto a la caverna, que era cerrada con llave y no se abría hasta pasadas veinticuatro horas, durante las cuales el penitente pasaba su Purgatorio.

No cabe duda que este género de penitencia no encaja ya en nuestras costumbres; nuestra educación y formación tan flaca, y acaso la debilidad de nuestro temperamento, nos la haría imposible; pero si nosotros la hemos referido ha sido para animarnos al menos a hacer penitencias más suaves y más en relación con nuestras costumbres.