PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE PRIMERA

Antes y después de la muerte

PLÁTICA XI

La cremación

Sin duda que no hay nada tan grande, tan noble y precioso en la naturaleza del hombre como su alma inmortal, creada a imagen y semejanza de Dios, redimida con la Sangre de Jesucristo, destinada a la gloria eterna del Paraíso, Pero el alma no es todo el hombre: ella está unida a un cuerpo; el cual, por la perfección y belleza de su organismo, por su origen, habiendo sido formado directamente por las manos del Omnipotente en la creación del primer hombre, por su fin, habiendo sido asociado a los mismos destinos del alma, contribuye a nuestra grandeza y superioridad sobre todos los seres del universo sensible.

Por eso, si digna de honor y de respeto es el alma, no lo es menos por estas razones el cuerpo; y no lo es solamente en vida, cuando está unido con el alma, sino también cuando por la muerte se halla separado de aquélla y se ha convertido en frío cadáver.

Es ésta una verdad que fue común a todos los pueblos de la tierra, los cuales profesaron siempre gran respeto y reverencia a los restos mortales de los difuntos, y los monumentos que nos han legado lo atestiguan tan ampliamente, que no es necesario hacer aquí de ello largo discurso.

La Iglesia Católica, que ha promovido siempre todo aquello que es piadoso y honesto, no podía menos de tomarse especial cuidado de los cadáveres de sus hijos, de aquellos cuerpos que Ella lavó en las aguas del Santo Bautismo, que ha santificado tantas veces con la Carne del divino Redentor, que han sido templos vivos del Espíritu Santo, y en los cuales veía además lo que no veían los paganos, ventajas preciosas del hombre destinado a resucitar para unirse nuevamente a las almas que habían sido sus compañeras en el tiempo, y a vivir inmortales ceñidos de resplandeciente gloria.

He ahí por qué Ella, como hemos visto, tuvo siempre exquisito cuidado de ellos, los hizo llevar a sus templos, los perfumó con su incienso santo, los roció con el agua lustral y tomó especialísimo cuidado de custodiarlos en lugar sagrado, en sus cementerios.

«Y la Iglesia tributa todos estos honores a los difuntos, dice San Agustín, no porque pretenda que los fieles atribuyan una importancia exagerada a los despojos mortales, sino más bien para que sepan que estos cuerpos pertenecen a Dios y que un día serán restituidos a la vida.»

Pero, ¡ay de mí, que todo esto no podía ser del agrado de los modernos enemigos de la Iglesia! Y he aquí que, desde unos lustros a esta parte, existe una ralea, no sé cómo llamarlos, de filósofos o de impíos que quisieran retraer a la Iglesia de todos estos actos de piedad, y, apoyándose en especiosas razones de decencia, higiene y conveniencia, proclaman a los cuatro vientos que es mucho mejor el quemar los cadáveres, y así hacerlos desaparecer más prontamente de en medio.

Pero frente a tan insana y sacrílega innovación, la Iglesia no podía permanecer indiferente y silenciosa; y así Ella levantó la voz protestando y demostrando lo impías, fútiles y extrañas que son las razones aducidas en apoyo de la cremación de los cadáveres, mereciendo bien una vez más de la religión y de la humanidad, defendiendo sus derechos y dignidad.

I

Es un hecho que la primera y principal razón de todas las maniobras de la moderna impiedad es el suprimir a Dios de la vida de los individuos, de la familia y de la sociedad.

Pero, como semejante fin no se podrá obtener absolutamente mientras en los corazones y en los espíritus viva y reine la fe, por eso vemos hoy que la impiedad se esfuerza en destruir esta fe, desautorizando a la Iglesia, que es la única que la posee, la propaga y la forma en el corazón de los hombres.

Y no sólo la desautoriza en los actos más solemnes y en las manifestaciones más importantes que tienen lugar en la vida, en las cuales debería intervenir absolutamente la divinidad, sino hasta en la muerte, impidiendo al sacerdote que administre los últimos auxilios espirituales al alma que está ya para abandonar este mundo, y prohibiendo a la Iglesia que tribute al cuerpo funerales religiosos.

Pero no bastaba esto todavía a la moderna impiedad; la muerte no era bastante profanada todavía; le faltaba otra profanación mayor, a saber: el retorno al paganismo, en lo que él tiene de menos moral, menos noble; al paganismo, que no sabe respetar en el cuerpo humano la mansión del alma inmortal; quiero decir, la cremación de los cadáveres.

¡Oh, sí, los restos mortales, una vez que el alma ha salido de ellos, son entregados a las llamas, para que no sean “contaminados” por las manos del sacerdote, por las honras de la Iglesia y por las oraciones de los fieles!

Ésta, y no otra, es la razón última, por la que los impíos, los incrédulos y los libertinos de nuestros días quieren introducir y cohonestar en medio del pueblo cristiano la abominable práctica de la cremación de los cadáveres; porque de ningún valor y absolutamente faltas de fundamento son las otras que ellos aducen en sostenimiento de su bárbara innovación.

Y, en efecto, ¿cómo se puede aceptar por buena aquella que nos dan como primera, esto es, que el quemar los cadáveres es más conforme a la decencia?

Y aquí cito al Padre Franco, maestro excelente en la refutación de los errores modernos:

«Verdaderamente esta razón es un poco nueva, y yo creo sea la primera vez que se eche en cara a la Iglesia la falta de decoro, cuando es a todos notoria la suma delicadeza con que ella trata a sus fieles, lo mismo en cuanto al cuerpo que en cuanto al alma. Pero, ¡ea!, veamos en qué consiste esta decencia mayor que tiene la cremación de los cadáveres, sobre la sepultura que hasta ahora se ha usado. Los cadáveres sepultados, sin duda alguna, se pudren bajo tierra, según la sentencia divina: Pulvis es, et in pulverem reverteris; esto ocurre en la soledad y en el silencio del sepulcro, fuera de la vista de los hombres y sin intervención ninguna por parte de ellos, los cuales mientras les tienen sobre la tierra les traían con todo honor, conservándolos reverentemente en casa, llevándolos a la iglesia, en donde, además de las oraciones y el divino sacrificio por ellos ofrecidos, reciben todos los honores de que es capaz un cuerpo mortal. Ahora bien, en la cremación ¿qué ocurre? Se arroja un cuerpo en un horno o en otro artefacto cualquiera a este fin preparado, en donde se ve con grandísimo horror borbollar y retorcerse las carnes y las vísceras, liquidándose en parte, y en parte socarrándose, hasta que, invadido y penetrado de todas partes por las llamas, arden hasta consumirse los mismos huesos, ni más ni menos que si se tratara de un trozo de carroña de un jumento que se quisiera reducir a cenizas por apestoso. Que en todo esto haya una gran decencia, un exquisito decoro, acaso habrá quien lo vea; yo, por mi parte, confieso que no veo en ello más que una repugnantísima operación. Y mirando más arriba, y considerando el supremo dominio que Dios tiene tanto sobre las almas como sobre los cuerpos, paréceme mucho más decoroso el dejarle a Él el cuidado así de los unos como de las otras. Como es Dios, que acoge a las almas y usa con ellas de la autoridad que es propia suya, tanto si son dignas de premio como de castigo, así es más conforme a la reverencia que se le debe el dejarle también la suerte de nuestros cuerpos, para que en ellos se cumpla cuanto Él tiene establecido».

Hasta aquí el ilustre jesuita; y por lo demás, ¿no es acaso verdad que el mismo sentido moral se rebela al pensar que el hombre ose convertirse en agente del aniquilamiento de aquellos a quienes él mismo ha amado?

Monseñor Freppel, hablando sobre este tema en la Cámara francesa el año 1884, se expresaba de esta elocuente manera:

«Que la naturaleza lleve a cabo su obra silenciosa de destrucción inevitable, que el cuerpo humano se convierta después de la muerte, según la definición de Tertuliano, «en un no se sabe qué, que no tiene nombre en ninguna lengua», es un hecho ante el cual nos reconocemos impotentes, porque es una consecuencia de la sentencia pronunciada contra el género humano ya en su origen: «Eres polvo, y en polvo te convertirás». Es el orden natural de las cosas. Pero someterse uno por sí mismo, o permitir que otros nos sometan, a una operación cuyo fin es hacer desaparecer lo antes posible y del modo más completo los restos mortales de las personas que nos fueron más queridas en la vida, y eso en el mismo día de los funerales y en medio de las lágrimas de toda la familia, es éste un acto de salvaje barbarie, que repugna a cuanto hay de más noble y elevado en el alma humana. Porque una de dos: o estas escenas de barbarie tienen lugar en presencia de otras personas, y en ese caso no se puede imaginar nada tan contrario a la decencia y honestidad pública; o, por el contrario, se han de realizar en secreto y clandestinamente, y esto abre la puerta a multitud de abusos y es autorizar una práctica odiosa para aquellos que han conservado el respeto a los muertos».

Mas, fuere lo que fuere de estas consideraciones nada despreciables, existe otra razón mucho más profunda y digna de tenerse en cuenta para no permitir que sean quemados los cadáveres, y es ésta la prohibición de la Santa Iglesia.

En efecto, un decreto del Santo Oficio advierte a todos los fieles que no está permitido dar su nombre a sectas o asociaciones que tengan por fin la propagación de tan detestables costumbres, y prohíbe a todos los pastores de las almas el celebrar funerales religiosos en sufragio de los que disponen que sus cuerpos sean quemados.

Por donde, quien, sabiendo tal disposición de la Iglesia, dejase consignado en su testamento que su cuerpo sufra la cremación, comete un acto de rebelión procurando el fuego no sólo a su cuerpo, sino también a su alma; y no un fuego que destruye en pocos instantes a su víctima, sino un fuego que la atormenta siempre sin cesar, y no acaba de consumirla nunca.

¡Ah! Demasiado sé, por desgracia, que entre los que no respetan a la Iglesia no tendrá ningún valor tampoco su sentencia; pero, para aquellos que reconocen su autoridad, la asistencia que recibe del Espíritu Santo, y la morada que hace en Ella el divino Redentor, esta prohibición será de gran peso, como es justo, tanto más si pensamos que está apoyada en la autoridad de la Sagrada Escritura, la cual es contraria a la incineración de los cadáveres.

En efecto, en el capítulo III, versículo 19, del Génesis se lee: «Mediante el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a confundirte con la tierra de que fuiste formado; puesto que polvo eres, y a ser polvo tornarás.»

Pues bien, el hombre ha sido formado de la tierra, como lo significa la misma palabra homo (hombre), que viene de otra palabra latina, humus, que significa tierra. Así, pues, si el hombre viene de la tierra, debe tornarse en tierra y no en cenizas.

Otra razón hay, a saber: que Dios mismo no ha dejado de darnos a conocer explícitamente su voluntad, cuando a Tobías, que recogía y luego enterraba (no quemaba) a los muertos, dio larga recompensa y declaró obra de misericordia el entierro.

Así se ve que entre los hebreos era casi desconocida la cremación de los cadáveres, y la inhumación estuvo siempre y en todas partes en vigor, como cosa de más respeto.

Antiquísimos pueblos, en verdad, como los etruscos, tenían en sus sepulcros los columbarios para las urnas cinerarias, pero tenían también los lóculos excavados en la roca, en los cuales sepultaban el cuerpo entero embalsamado, siendo probable que este honor fuese reservado al jefe de la familia; lo cual demostraría que la hoguera o pira no debía ser tenida en tan gran honor como pregonan los nuevos apóstoles de la cremación.

A todos es notorio el cuidado meticuloso con que los antiguos egipcios trataban los cadáveres de sus difuntos; tan grande era, que aun hoy día atrae nuestra admiración cuando penetramos en el interior de sus sepulcros.

No de otra manera se portaban los persas, «a los cuales parecía cosa nefanda el entregar los cuerpos muertos al fuego para ser consumidos, siendo el fuego uno de los dioses a quienes ellos adoraban» (Moroni).

Los mismos Cicerón, Séneca, Minucio Félix no fueron en modo alguno partidarios de la cremación.

Cicerón, en efecto, en el segundo libro De leg. (cap. XXII), dice: «Antiquísimo me parece aquel género de sepultura que encontramos usada en tiempo de Ciro, según narra Jenofonte: el cuerpo es restituido a la tierra, y es depositado y colocado de modo como si hubiera sido cubierto de un velo o sudario por la madre».

Séneca dejó escrito en sus obras ser un derecho de los más ciertos, por más que no conste por escrito: humum porrigere cadaveri.

Y, finalmente, Minucio Félix escribió: «En el sepelio de los cadáveres nosotros nos atenemos a la más antigua y mejor usanza.»

Ahora bien, ¿nos atreveremos a decir que ninguno de éstos entendió que era faltar a la decencia el enterrar los cadáveres y que, por lo tanto, debían haber defendido su cremación?

II

Otra razón que suele alegar la moderna impiedad para justificar tan bárbaro uso es que se atiende mucho mejor a la salud del pueblo con la cremación de los cadáveres que no con la inhumación, la cual le perjudica en gran manera.

Y, en efecto, dicen ellos: los gases, los miasmas que exhalan los cementerios situados cerca de lugares habitados, infectan el aire que se respira; las aguas que pasan por los cementerios se infiltran en las venas que sirven para los usos de la vida, y he ahí que, por respeto a los muertos, los vivos se suicidan.

Mas, ¡Dios mío!, ¿quién no ve que esto no es más que un fútil y mal aducido pretexto en pleno contraste, no sólo con la realidad de las cosas, sino también con la experiencia de todas las edades? Aquí cedemos gustosos nuevamente la palabra al Padre Franco: “Los cristianos de los tres primeros siglos sepultaban sus difuntos en las catacumbas, en donde pasaban muchos de ellos juntamente gran parte del día y de la noche, y, sin embargo, no hemos leído que jamás temieran fuera perjudicada su salud, o que entre ellos se propagase alguna epidemia. Las Órdenes monásticas tenían por costumbre el sepultar sus difuntos y los de otras muchas personas en los claustros de sus conventos y en las iglesias, y nunca echaron de ver que esta práctica les acarrease el más mínimo perjuicio. En Italia, muchos de los cementerios hoy día están confiados al cuidado de los hijos de San Francisco, y, no obstante, tampoco ellos se han dado cuenta nunca de que el aire o el agua estuviesen apestados. Hasta no ha mucho los cementerios se hallaban cercanos y muy próximos a las iglesias; y la experiencia siempre ha encontrado innocuas las casas circunstantes. ¿De dónde, pues, ha nacido todo este temor que deja helados de espanto a los cremacionistas? ¡Ah, la ciencia, la ciencia, que ha destruido todos los prejuicios de la barbarie y ha iluminado las inteligencias para que conocieran lo que antes ignoraban! Aunque yo creo sinceramente que es todo lo contrario, que la verdadera ciencia ha demostrado más bien que, si tales temores son sinceros, no son otra cosa sino vanas imaginaciones.»

Advirtamos desde luego, no obstante, que no hablamos de cadáveres que se han dejado corromper al aire libre, cuya pésima influencia nos guardaremos muy bien de negar; hablamos de los cadáveres que se pudren a un metro o más de profundidad, que es lo que suele usarse en los cementerios. De éstos, pues, decíamos que no ofrecen peligro ninguno, y he aquí el porqué.

El cadáver permanece encerrado dentro de la tierra, y en este estado, fuera casi de la acción del oxígeno, tiene su modo propio de licuarse, que lo hace enteramente innocuo. Esta licuación procede lentísimamente, y, por tanto, el desenvolvimiento de las exhalaciones debe también ser a hilos lentos y sutiles.

He aquí cómo habla el doctor Mantegazza, nada sospechoso de clericalismo:

«La pequeñísima parte de oxígeno que está en contacto con el cadáver humano le hace descomponer de un modo especialísimo, y con frecuencia lo transforma profundamente, sin que emane hedor ninguno, como ocurre cuando ha lugar la saponificación».

Oigamos cómo habla después, fundado en la experiencia:

«En cinco años que hace que me dedico a la antropología he tenido ocasión de poder ver cantidades de cráneos y cadáveres humanos, y puedo asegurar a los cremacionistas fanáticos que, transcurridos pocos meses después del sepelio, los establos de vacas, las letrinas, las cloacas que usan los vivos podrán ahuyentar con su hedor a los mismos muertos más aprisa que los cadáveres citados».

Y la razón de este fenómeno no es nada obscura:

«Un espesor de pocos centímetros de tierra es uno de los más poderosos desinfectantes y aisladores de los cuerpos en putrefacción, y un poco de arcilla es suficiente para hacer innocuo en torno suyo un estercolero qué contiene más materia orgánica en descomposición que un campo sembrado a profundidad de miles de cadáveres humanos».

Y en nada difieren de Mantegazza otros muchos sabios ilustres, que sería largo citar, los cuales, después de minuciosas y largas observaciones a este propósito, no dudaron en afirmar que «no hay razón alguna para sembrar el espanto entre los pueblos, afirmando, sin prueba alguna, que se exhalen del suelo del cementerio miasmas de naturaleza tal que sean capaces de hacer correr grave riesgo de infección. Los tales miasmas son absorbidos por el suelo, en donde se detienen y pierden sus cualidades nocivas».

Los hechos, pues, que los partidarios de la cremación suelen aducir en apoyo de su doctrina son tan escasos y tan faltos de seriedad y de valor, que no merecen ser refutados, como tampoco merece ser tenido en consideración el otro peligro que para la salud pública podría derivarse del sepelio de los cadáveres, a saber: la contaminación de las aguas.

Porque esto también es como un espantajo que, puesto frente a la verdadera ciencia, se disipa y desaparece.

Además que de las aguas que caen sobre la superficie de la tierra es bien mínima la parte que penetra en las entrañas de ella, siendo la cantidad mayor absorbida por las primeras capas del suelo. Y ¿quién no sabe que éste posee cualidades especiales para clarificar y purificar las aguas? ¿Quién desconoce el principio, por todos aceptado, de que el estrato de un suelo permeable hace las veces de filtro potente que purifica las aguas de todas las tenuísimas materias que contienen en suspensión?

Admitido lo cual, ¿a qué quedan reducidos todos los pretextos de infección de las aguas, tan cacareados por los cremacionistas, sino a puras falsedades, que no tienen otro fin, como dice el célebre doctor Bouchardat, sino el extravío de la opinión pública en odio a la Iglesia y a la verdad, y en servicio de la masonería?

Por lo demás, admitido, pero no concedido, que del sepultar los cadáveres puede nacer peligro de contaminación para la salud pública, «yo creo, dice un escritor moderno que ha estudiado a fondo este asunto, el doctor Rota, que contamos con medios suficientes para protegernos contra las emanaciones cadavéricas y de la contaminación de las aguas potables por infiltraciones en el subsuelo de líquidos de un cuerpo en descomposición. Sería hacer muy poco favor a la química y ciencia moderna de la higiene pública el admitir que no pueden proveernos de lo necesario con tanta riqueza de desinfectantes».

Así, pues, nada hay que temer del enterramiento de los cadáveres en nuestros cementerios, especialmente cuando éstos, sobre todo en el día de hoy, han sido sometidos a tales normas de higiene, que ya rayan en la exageración.

¿Y no deberíamos preguntarnos con Albertario, si no es más bien la cremación la que es nociva a la salud?

«Sentimos sonar a nuestro oído una bella palabra: higiene pública, dice él, y nada hay más deseable que el que todo vaya combinado en la sociedad, de tal modo que haga imposible o menos eficaz la acción de las causas fomentadoras de las enfermedades. Los crematorios, sin embargo, todavía no han expuesto métodos prácticos para la ejecución de sus designios, los cuales ofrezcan segura garantía de que la cremación violenta pueda considerarse como menos nociva a la salud pública que la lenta. Todos sus métodos, según ellos mismos lo confiesan, son hoy por hoy imperfectos. Reducir la substancia orgánica a sus últimos constitutivos, los cuales armonicen saludablemente en la atmósfera que respiramos, he aquí un problema sin solución y que, no obstante, es preciso sea resuelto antes de que se pueda decir cuál de ambas combustiones sea la más higiénica. Una combustión imperfecta sería homicida: un hueso, una uña, un cabello quemado apestan toda la casa. Dadnos los dos métodos con la certidumbre de que por ninguno de ellos sea posible ninguna exhalación mefítica, y entonces hablaremos de higiene. Los últimos hornillos crematorios que los ingleses proporcionaron a una secta supersticiosa de la India, también fueron conceptuados imperfectísimos.»

¿No es, por tanto, querer hacer pasar a la Iglesia como enemiga de la salud pública, sabiendo como sabemos que esta bondadosa Madre, aunque se proponga primordialmente la obtención del bien espiritual de sus hijos, no obstante, no pierde de vista tampoco su bienestar material? ¿Queréis convenceros de ello aun sin salimos de nuestro argumento?

«Suponeos, dice el susodicho Padre Franco, que ocurra el caso funesto de una mortandad de personas en el campo de batalla, de una multitud de víctimas de una grave pestilencia, en la que, por el calor o por otra razón, no se dé abasto a enterrar los cadáveres, y para evitar una pública enfermedad o un contagio en un pueblo se crea oportuno el quemarlos en una pira, ¿será lícita entonces la cremación? Ciertamente que en tal caso, no siendo una obra al servicio de la impiedad, sino en defensa de la higiene pública, la Iglesia no tendrá nada que alegar en contrario, como ya en más de una ocasión se ha practicado. La gravedad del peligro y la exclusión de aquel fin pérfido convierte en lícito aquello que fuera de esta circunstancia no debería practicarse.»

Mas, fuera de este caso, la Iglesia, que acompaña al hombre desde la cuna al sepulcro, se asienta radiante sobre las tumbas, adorna la morada melancólica de los muertos y planta sobre ellas su bandera; la Iglesia, que conserva los huesos de los mártires arrancados de las mandíbulas de las fieras y a la vigilancia de los verdugos; la Iglesia, que profesa un culto a las reliquias de los hombres eminentes que la honraron con su virtud y su ciencia, se opondrá siempre, y con razón, a la execrable cremación de los cadáveres.

III

La última razón que aducen los partidarios de la cremación es totalmente sentimental: «¡Oh, qué hermoso y consolador sería poder guardar en casa, encerradas en una pequeña urna, las cenizas de aquel amado esposo, de aquel hijo tan querido, pudiéndoles conservar mejor así nuestro afecto!…»

«Pero, basta, basta ya de afectaciones y sentimentalismos de fanáticos y noveleros, exclama indignado el Padre Franco. No será ciertamente ese puñado de cenizas lo que mantendrá vivo y constante en vuestro corazón el afecto y el recuerdo de vuestros difuntos. No es, ciertamente, éste el culto que ellos os piden; sino que les demostraréis mejor vuestro afecto, aun después de su muerte, rezando el Santo Rosario con frecuencia por aquellos pobres difuntos, y haciendo celebrar, o a lo menos oyendo, la Santa Misa y recibiendo la Sagrada Comunión en sufragio suyo. Pero ¿qué? ¡Eso se deja a un lado, y luego se va a suspirar tras las urnas de las cenizas! Sí, para que vayan luego a pasar al desván entre los trastos viejos e inservibles de casa. ¡Ay del mundo si se suprimiese el corazón, pero todavía peor si se suprimiese el cerebro! Los cadáveres en ningún lugar estarán con mayor decencia y honor que en donde los ha colocado la Iglesia, porque es la única que conoce el valor de aquellos cuerpos. Y así nadie turbe esta marcha tan sabia de las cosas, y confíe en la prudencia y sabiduría infinita de la Santa Iglesia.»

Tanto más cuanto que esta buena Madre, al prohibir la cremación de los cadáveres, no sólo se opone a la impiedad, sino que quiere sacar de la sentencia de muerte que Dios intimó al género humano el fruto a que ella fue ordenada.

Ella, digámoslo claramente, quiere mantener viva la memoria de los difuntos para provecho del pueblo fiel; pues nada hay tan provechoso para los cristianos como el pensamiento de la muerte: Bonum est, o mors, iudicium tuum, dice el Espíritu Santo.

Y en efecto, ¿no es eso lo que Ella se propone principalmente en todo lo que hace en honor de los difuntos, desde que cierran los ojos a la luz de este mundo, hasta que ha vertido la última gota de agua bendita sobre la removida tierra de sus sepulturas y en los piadosos sufragios que cada año celebra por ellos el día de la Conmemoración de los Difuntos? Y esto es precisamente lo que la moderna impiedad no oye ni quiere oír, antes huye de ello porque no quiere ser contrariada en el desahogo de sus pasiones. Y después de ahuyentar, como quien dice, de la cabecera del difunto al sacerdote, procura que el cadáver desaparezca lo antes posible de su vista.

Por lo tanto, ni funciones religiosas, ni oraciones de la Iglesia, ni aniversarios, ni visitas al sepulcro, porque aquellas imágenes tétricas y melancólicas amargan la suavidad de las danzas, de los convites, de los teatros y de las demás fiestas mundanas, que forman todo su amor.

Así, pues, al fuego, al fuego pronto, para que desaparezca lo antes posible de su presencia aquel cadáver, y borrar también así pronto del corazón toda memoria del difunto.

Y que éste sea el fin por ellos anhelado fácil es deducirlo, porque si desearan esta destrucción por otros fines, fuera de la impiedad, se contentarían con efectuar la cremación después de las funciones religiosas de la Iglesia, o suplicarían que, al menos, a las cenizas se les tributaran los honores que se suelen tributar a los cristianos.

Pero en manera alguna piensan en esto; no solamente no exigen las oraciones eclesiásticas, sino que se vanaglorian, por el contrario, de excluirlas y rechazarlas.

¿Qué quiere, pues, decir todo esto? Que la cremación está constituida precisamente por odio a todos los efectos saludables y ceremonias mortuorias que los funerales y ritos de la Iglesia católica, según la fe, están destinados a producir.

Ahora bien, ¿quién es el que razonablemente pueda pretender que la Santa Iglesia acepte la cremación, concurriendo así a un fin tan perverso?

Para los mundanos que, tocante a las cosas de Dios, no ven un palmo más allá de sus narices, como vulgarmente suele decirse, es completamente indiferente que un cadáver sea sepultado bajo la tierra o quemado; pero la Iglesia, que ve adonde va a parar esta introducción de un nuevo paganismo, no se dejará en manera alguna arrastrar al engaño, ni amará tan imperfectamente a sus hijos que quiera hacerles una tan negra traición como sería ésta.

Y nosotros, hijos muy obedientes de esta misma Iglesia, sometámonos gustosos a su divina autoridad, manteniéndonos fieles a sus prescripciones durante la vida, y de este modo merecer tenerla propicia en la muerte y después de ella.

***

En Florencia, pasando un santo religioso por delante del Camposanto, preguntó al conductor de la tartana que le llevaba, qué era un armatoste que allí adosado a la tapia del cementerio se veía.

«Es el horno en donde se queman los cadáveres», respondió el bueno del cochero, y luego, poniendo una cara en la que se reflejaba la triste impresión de un funesto recuerdo, añadió: «Yo presencié una vez esa operación, y, ¡oh Dios mío, qué horror! ¡Si hubierais visto cómo se retorcía y agitaba aquel cuerpo!… ¡Parecía como si Dios hubiese enviado el alma para que fuese compañera del cuerpo durante la cremación!…»

Los sentimientos de aquel buen cochero deberían animar a todos los buenos cristianos.

Sí, ¡horror a la diabólica invención de los hornos crematorios, horror y repugnancia por la vejación inhumana con que tratan los cadáveres de nuestros hermanos, los cuales, al quemarse, se agitan y retuercen como si estuviesen animados! ¡Horror y repugnancia a esta pretendida ciencia, que se arroga un derecho exclusivo y tirano al condenar a las llamas los miembros de un cristiano, cuya propiedad ha adquirido la Iglesia en virtud de un derecho incontrastable durante veinte siglos por medio de los Sacramentos!

¡Bendita sea esta Iglesia, que, devolviendo a la tierra, de la que fueron formados, estos nuestros cuerpos, mira más por nuestra dignidad, apreciando su valor, y haciéndolos descansar en tierra consagrada a la sombra de la Cruz, que con los brazos extendidos parece que congregue a los muertos… «bajo las grandes alas del perdón de Dios», nos asegura la resurrección final!

Credo carnis resurrectionem…

EJEMPLO

Una lección bien dada

No sólo la Iglesia Católica, sino también las iglesias disidentes, se muestran contrarias a la cremación de los cadáveres, como aparece en el hecho siguiente referido por la revista Cittadino Italiano di Udiñe:

En el mes de febrero de 1869 moría en un pueblo bastante importante del Friul un señor que profesaba la religión cismática griega. Pensó la familia en que presidiera los funerales un ministro de dicha religión, y a este fin lo hizo venir de Trieste.

El sacerdote cismático, llegado a la casa del difunto y dado el pésame a la viuda, se revistió de las vestiduras de ritual, y estaba ya para dar comienzo a las preces ante el féretro, cuando entreoyó algo de cremación del cadáver. Suspendió la ceremonia, y quiso le informasen sobre aquello de la cremación que le parecía haber oído.

Y oída la respuesta de que, por expresa voluntad del difunto, su cadáver debía ser quemado, no quiso oír más; se despojó de las vestiduras de rúbrica y, dirigiéndose a la viuda, la reprendió por su falta de religión y su crueldad, añadiendo que él jamás bendeciría un cadáver destinado a ser quemado en un horno.

Todas las publicaciones liberales narraron este hecho; y, si se hubiese tratado de un sacerdote católico, hubieran, a buen seguro, puesto el grito en el cielo; pero como el protagonista era un pope cismático griego, ninguna habló de intolerancia ni de fanatismo.