PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE PRIMERA

Antes y después de la muerte

PLÁTICA VIII

El cementerio

¡Bendita y mil veces bendita sea nuestra Santa Religión! Ella que, con asidua vigilancia y ternura maternal, sigue por todas partes en el camino de la vida a sus hijos, tomando parte en sus alegrías y goces, y prodigándoles sus beneficios, y animándolos y consolándolos, no los abandona tampoco después de haber dejado este mundo; y hasta cuando la muerte los ha alcanzado y reducido a un objeto de horror a los ojos de los vivientes, ni aun entonces cesa por un momento de velar sobre ellos y de rodearlos de sus cuidados más solícitos.

Por eso no permite que sus cuerpos vayan a marchitarse sin honores en una tierra profana; sino que, viendo siempre en ellos unos vasos consagrados, que han encerrado la abundancia de dones celestiales, y tabernáculos augustos, en otro tiempo morada del Espíritu Santo, les ha deparado un lugar de descanso, y, después de haberlo bendecido y santificado con sus oraciones, lo ha colocado bajo la autoridad especial de sus ministros.

«Los sagrados cánones, según leemos en el Ritual Romano, quieren que el Obispo bendiga solemnemente estos lugares de descanso, donde duermen los fieles que han muerto en la Comunión de la Iglesia, y prohíben formalmente que los cristianos sean sepultados en un lugar profano.»

Estos lugares de descanso o reposo, donde duermen los fieles, se llaman cementerios.

¡Oh, cuan reconocidos, pues, debemos estar a la Iglesia, la cual aun en esto ha querido tener en cuenta una aspiración del corazón humano!

«No hay persona, rica o pobre, dice el dominico Padre Lacordaire, que no piense en su tumba o sepulcro, y no desee reposar en un sepulcro amado bajo la custodia de santos recuerdos. Los antepasados, aunque menos instruidos que nosotros sobre la grandeza de los restos mortales, juzgaban tremenda desgracia el verse privados de una sepultura elegida por ellos mismos; y cuando Escipión, como reprobación eterna, quiso vengarse de Roma, que, a pesar de su probada honestidad, dio oídos a sus desvergonzados acusadores, legó sus cenizas a una tierra de destierro, e hizo esculpir sobre su sepulcro esta amarga y elocuente inscripción: ¡Patria ingrata, no poseerás mis huesos!» Pero no es suficiente que nos mostremos reconocidos a la Iglesia, sino que es necesario nos sintamos penetrados de un santo respeto hacia aquellos lugares venerandos, y, revestidos del espíritu de esta buena Madre, los consideremos, no ya como reino y morada de la muerte, sino, y esto es lo más consolador, como verdaderos dormitorios, de los cuales, despiertos un día del sueño de la muerte, resucitarán para participar gloriosos de la bienaventurada eternidad.

I

Ciertamente que no podía darse al lugar destinado a sepultura de nuestros restos mortales un nombre más apropiado y al mismo tiempo más consolador que el de cementerio, palabra de profundísimo significado, de filosofía toda celestial y de faustísimo augurio, que, mientras pone el sepulcro bajo la protección de la esperanza, hace desvanecer todo horror a la muerte.

Porque ¿qué otra cosa, en efecto, quiere decir cementerio, sino lugar de reposo, dormitorio?

Ahora bien, ¿no es verdad que el dormitorio supone el sueño, y el sueño supone el despertar?

Efectivamente, para hablar con más propiedad, el cristiano no muere, sino que duerme en espera de la resurrección final; para él la muerte no es sino un sueño, un poco más prolongado que el sueño de la noche, el cual será seguido de un despertar eterno.

Y precisamente por esto en el Antiguo Testamento, para expresar la muerte de los Patriarcas, se lee a menudo esta frase: «Se durmió con sus padres». Sabemos también que Jesucristo y sus Apóstoles con frecuencia llamaron a la muerte dormición o sueño, y a los muertos, durmientes.

El mismo lenguaje hallamos en boca de San Pablo, el cual en todas sus Cartas, y más claramente en su Primera a los Tesalonicenses, llama a la muerte sueño y a los difuntos adormecidos: «En orden a los que se duermen, no queremos, hermanos, dejaros en ignorancia, porque no os entristezcáis, del modo que suelen los demás hombres, que no tienen la esperanza de la vida eterna. Porque si creemos que Jesús murió, y resucitó; también debemos creer que Dios resucitará, y llevará con Jesús a la Gloria a los que hayan muerto en la fe y amor de Jesús.» (IV, 13.)

Y por este motivo también los antiguos cristianos, hablando de sus difuntos, decían «que se habían adormecido con el sueño de la muerte, que se habían puesto a descansar por algún tiempo, pero para despertarse muy presto»; y, dominados por este pensamiento, habían adoptado la costumbre de disponer los cadáveres en sus loculi, o pequeñas moradas, de forma que tuvieran el rostro vuelto hacia oriente, como para esperar el retorno de la luz y saludar a los primeros rayos de aquel nuevo día que no tendrá crepúsculo.

La sola palabra cementerio, por lo tanto, recapitulando en sí misma aquellas hermosas palabras de los Libros Santos en que se dice: «Aquellos que duermenen el polvo de la tierra se despertarán un día», nos recuerda aquel dogma de nuestra santa fe, tan consolador para las almas fieles y tan terrible para los malos e impíos, esto es, la resurrección de la carne.

Ahora bien, si la muerte es un sueño, los lugares sagrados donde reposan, donde duermen, los cuerpos de los fieles, en espera de la resurrección final, ¿qué otra cosa son sino dormitorios? Considerándolo así los Padres de la antigua Iglesia no podían menos que sentirse henchidos de santa alegría: «¡Oh, dormitorio, exclama uno de ellos, nombre divino, nombre revelador, nombre digno de eterna bendición, cuán bello y justo eres, y lleno de consolación y de filosofía! ¡Es, pues, cierto que la muerte no es la muerte, sino un sueño, un adormecimiento transitorio! En memoria del día de Viernes Santo, en que Nuestro Señor descendió a los muertos, nos congregamos en este lugar, el cual se llama cementerio, a fin de que sepáis que los muertos y los que reposan no están ya muertos, sino sólo adormecidos. Antes de la venida del Redentor, la muerte se llamaba muerte, pero después de la venida del Hijo de Dios, y después que Él padeció la muerte para dar la vida al mundo, la muerte no se llama ya muerte, sino sueño y adormecimiento. Fue Él mismo quien le dio este nombre, y sus Apóstoles le imitaron. ¿Qué dijo cuando fue llevado al sepulcro de su amigo Lázaro? «Nuestro amigo Lázaro duerme»; no dice: ha muerto, aunque realmente así era. Y que esta denominación de sueño para designar la muerte fuese nueva, podémoslo deducir de la turbación que sintieron los Apóstoles, los cuales, aunque aceptaran súbitamente aquel significado, dicen a Jesús: «¡Señor, si duerme sanará!» ¡Oh, sí, por todas partes la muerte es llamada sueño! Y por eso el lugar en donde reposan los difuntos es llamado cementerio, que quiere decir dormitorio. Así, pues, cuando aquí traéis un difunto, no os desoléis, que no lo traéis a la muerte, sino al sueño: este nombre baste para consolaros. Tened siempre presente el lugar adonde le habéis traído: al dormitorio, y el tiempo en que lo habéis traído: esto es, después de la muerte de Cristo, cuando ya todas las ataduras de la muerte han sido destruidas.»

II

En el lenguaje de la Iglesia el cementerio tiene todavía otros dos nombres más, por los cuales merece de nuestra parte igualmente respeto y veneración, porque también éstos nos recuerdan y predican elocuentemente el dogma de la resurrección.

Estos nombres son: Camposanto  y  Campo de Dios.

¡Oh, sí! Santo es el lugar donde reposan los fríos restos de nuestros queridos difuntos; santo, porque está solemnemente consagrado con las augustas ceremonias de la Iglesia por mano de sus Obispos; santo, porque es lugar de reposo de cuerpos que fueron templos vivos del Espíritu Santo, miembros de Jesucristo, regenerados y santificados por la gracia y los Sacramentos; santo, finalmente, porque está dominado por la Cruz, símbolo sagrado de nuestra Redención, que se alza majestuosa en medio del sagrado recinto y parece que congregue a los que ya no son de este mundo «bajo las grandes alas del perdón de Dios».

No menos elocuente es el otro nombre del cementerio: Campo de Dios.

El creador, el conservador, el restaurador de todas las cosas, Dios, es un sembrador; Él mismo se da a Sí mismo este nombre: «Salió aquel que siembra a sembrar…; ¿por ventura no sembraste buen grano?» Ahora bien, como todo sembrador tiene su campo, así también Dios tiene el suyo, y éste es el cementerio.

Pero a diferencia del sembrador ordinario, que siembra diferentes especies de semilla en su campo, Dios, por su parte, no siembra más que de una sola especie, que siempre es la misma.

¿Qué hace el grano en la tierra? Comienza por alterarse y marchitarse. Este grano está desnudo; salido de la espiga, no tiene nada que lo proteja, está cubierto apenas de una tenuísima película, de la cual muy pronto se desembarazará. Reducido así a su más simple expresión, el sembrador, con un acto de fe increíble en la resurrección, lo confía resueltamente a la tierra, en cuyo seno sufrirá rápidamente una gloriosa transformación. Y su fe no le engañará; transcurren pocos meses, y he aquí que el campo se cubre maravillosamente. Aquel grano muerto resucita, y de una sola semilla nacen otras muchas. Y estos nuevos granos no están ya desnudos, como su padre, nacidos también como él del seno de la tierra; sino que se muestran a los rayos del sol y se elevan hacia el Cielo. Se manifiestan ricamente vestidos, circundados de follaje, adornados de flores, sostenidos por lindos tallos que el viento ondea levemente, como la madre, moviéndola para acá y para allá, mece la cuna en donde reposa su hijito.

¿Y cuál es el grano que Dios siembra en su campo? El más bello, el más precioso, el más amado de todos los granos: el cuerpo del hombre formado a imagen suya, rescatado con la Sangre del Cordero inmaculado, heredero de su gloria y felicidad.

Y este cuerpo depositado en el seno del Campo de Dios, después de haber sufrido, bajo el ojo amoroso y la vigilante y celosa custodia de su divino Sembrador, las mismas transformaciones que el grano en el seno de la tierra, en virtud del germen divino depositado allí por el Redentor, se alzará también a su vez, como mies inmensa, en el día de la resurrección final, brillante y glorioso por toda una eternidad.

¡Oh, cuan consolador y reconfortante es este pensamiento, especialmente para aquellas almas afligidas que lloran sobre el sepulcro de sus parientes o amigos difuntos!

«Vosotros estáis tristes y desconsolados, decía el gran Obispo de Hipona, porque habéis visto llevar al sepulcro aquel a quien amabais y no oís ya su voz. Él vivía, y ahora está muerto; él comía, y ahora no come. Ya no toma parte en las alegrías y regocijos de los vivos. Pero ¿por ventura vosotros lloráis la semilla después que la habéis confiado al surco? Si un hombre fuera tan ignorante que llorase el grano que se siembra en la tierra, que se arroja en el campo, que es sepultado en el terreno movido por el arado, y dijese entre sí: «¡Oh! ¿Por qué han sepultado este grano, cogido con tantas fatigas, pulido y conservado en el granero? Nosotros lo habíamos visto, y su hermosura constituía nuestro gozo…, ¡y ahora ha desaparecido de nuestros ojos!…» Si existiese un hombre que así llorase, se le podría decir: «¡Ea, no te aflijas! Ciertamente que este grano sepultado ya no está en el granero, no se halla ya en nuestra mano; pero, cuando más tarde vengamos a visitar este campo, nos regocijaremos viendo la riqueza de la mies, allí en donde tú llorabas la aridez del surco.» Las mieses se ven cada año, pero aquella del género humano no se la verá más que una sola vez, al fin de los siglos, esto es, cuando al sonido de la trompeta del ángel, aquellos qui dormiunt in somno pacis, evigilabunt, se despertarán, y, saliendo del seno de la tierra, vivirán para no dormirse más».

Así habla este santo Doctor; y a ejemplo suyo, contemplando nuestros cementerios, verdaderos campos de Dios, decimos también nosotros: Y es en esta tierra, santificada por las oraciones litúrgicas, en donde germina la futura mies de los elegidos. Ellos no están muertos, no; pues no es posible que los hombres, hechos a imagen y semejanza de Dios, mueran para no resucitar nunca más; sino que descansan en la fe y en la esperanza común. Pero vendrá un día en que, según la palabra del Creador, resucitarán a nueva vida, y entonces, ¡oh dicha! ¡oh felicidad!, mors ultra non erit.

He ahí qué cosa es el cementerio; he ahí lo que con su mudo lenguaje dice al corazón del cristiano.

No debemos, pues, maravillarnos de que haya sido siempre, y todavía lo sea, objeto de universal respeto y veneración.

«En todos los pueblos del mundo, dice un autor moderno, esta idea se había abierto paso a medida que aquéllos avanzaban en el camino del progreso, es decir, que, ya en los albores de la civilización, ha habido dos cosas que han ocupado siempre un puesto preeminente en la estimación de los hombres; y ante la una o la otra de las cuales no pueden por menos que experimentar un sentimiento, al cual no pueden substraerse, sentimiento que triunfa de todos los odios y de todas las pasiones. Y estas dos cosas son la cuna y el sepulcro. Un día de ciego furor el populacho podrá llegar al exceso de demoler el palacio real y poner su mano sacrílega sobre nuestras iglesias y altares, pero es muy difícil que se atrevan a profanar las sepulturas colocadas bajo la sombra y protección de la cruz. ¿No es verdad, por ventura, que siempre y en todo lugar el pequeño rinconcito de tierra que abriga los restos mortales del hombre es tratado con el mayor respeto, y la violación de una sepultura ha sido y es considerada como una enorme profanación?»

Hablando del cementerio oíd cómo se expresa un escritor cristiano: «¡Oh, patria nuestra, tú nos serás amada, no sólo por las auras que hincharon nuestros pulmones en nuestra niñez, por nuestros risueños jardines, por la casa que nos albergó; sino también por el campo bendito en donde han hallado asilo parientes, allegados y amigos! ¡Cuántos son los que, habiendo muerto lejos del lugar nativo, dejan ordenado terminantemente que sus restos mortales sean llevados allá donde la voz de la patria parece que reclame vivos o muertos a sus hijos! Una ley de naturaleza, y ciertamente una ley de amor, impulsa a los hombres a reunirse en un mismo asilo, a fin de que después de muertos perdure entre ellos aquella comunión que mantuvieron en vida y que no se rompe con la muerte. Sin duda que la perspectiva del cementerio engendra un sentimiento tal que os obliga a acercaros de vez en cuando al túmulo de aquel a quien habéis amado; que os obliga a descubriros la cabeza y a doblar la rodilla; que hace brotar de vuestro corazón una plegaria y de vuestros ojos una lágrima. ¿No es verdad esto? La santidad del lugar unida a tantos recuerdos os infunde un dolor tan suave, que se transforma en un consuelo alentador; es una triste pero suave música aquella que se forma en torno a la cruz de aquel asilo solitario.»

¡Cuántos motivos, pues, coinciden para hacernos amados y sagrados estos asilos de la muerte, colocados a las puertas de nuestras ciudades o a la entrada de los templos, solicitando nuestros sufragios o recordándonos que somos polvo!

Aquí reposan con sueño tranquilo miles y miles de generaciones, mejores que la nuestra: duermen bajo esta tierra bendita los que fueron los bienhechores de los pobres y de las iglesias; los fundadores de nuestros hospicios, de nuestras escuelas, de nuestras instituciones caritativas, de todos los establecimientos de pública utilidad, cuyos frutos recogemos nosotros, sin pensar, acaso, en la mano espléndida que nos los ha proporcionado, sin que nuestra memoria conserve los nombres de estos hombres generosos; aquí aguardan el día del despertar aquella serie interminable de pastores vigilantes y desinteresados, que han instruido, consolado, dirigido de edad en edad las extinguidas generaciones, y que nos iniciaron a nosotros mismos en la ciencia del deber y en la conciencia de la fe.

Aquí descansan, en santa paz, hermanos, amigos, un padre, una madre, hijos, a quienes prometimos en el angustioso abrazo del último adiós un recuerdo eterno; aquí, sobre todo, reposan cristianos, señalados con el sello de una adopción divina, hijos de la Iglesia, miembros de Jesucristo, cuyos huesos guarda Dios, según expresión del profeta, para resucitarlos en el último día de los tiempos…

En estos benditos lugares se hallan verdaderas reliquias, porque ¿quién puede dudar de que, entre los numerosos fieles cuyos cuerpos allí están depositados, muchos están ya en posesión de la bienaventuranza? Reliquias preciosas, restos venerandos, a los cuales nada falta, para tener derecho al mismo culto con que se veneran las reliquias expuestas en nuestros altares, más que la declaración de la Iglesia confirmando la santidad de los justos a que ellas pertenecen.

¡Ah, con cuánta verdad, pues, cada vez que pisamos la tierra de estos fúnebres asilos, podrían dirigírsenos las palabras que Dios dirigió a Moisés desde la zarza ardiente!: «La tierra sobre que caminas es santa; quítate el calzado en señal de respeto.»

Sí, es polvo de Santos el que pisan nuestros pies; es un polvo que, para reanimarse y resucitar vivo e inmortal, no espera sino el primer sonido de la trompeta del Ángel.

¡Sí, toda esta tierra que contemplan nuestros ojos ha vivido, toda esta tierra vendrá un día en que revivirá!

III

Y después de esto preguntamos: ¿Qué es lo que comunica a la sepultura ese carácter sagrado? La creencia universal del género humano que siempre ha considerado y considera a la sepultura como al umbral de la eternidad.

¿Qué otra cosa puede explicar y justificar el respeto y deferencia que se tributa a los tristes restos de la existencia humana? La sublime doctrina de la inmortalidad del alma y de la resurrección de la carne.

Sí, si el alma sobrevive al cuerpo, si el hombre todo entero está destinado a volver de nuevo a la vida al fin de los tiempos, yo comprendo la piadosa reverencia, la veneración, el culto que se tiene hacia la sepultura.

Si lo que yace bajo la fría losa sepulcral son los despojos que el alma inmortal ha dejado ciertamente un día, pero que volverá a tomar otro día, aquello es un templo que la mano del Omnipotente reordenará a su tiempo; es un santuario cuyos esparcidos miembros Dios reunirá más tarde.

Merece, por lo tanto, el honor y respeto debido a lo que es santo y sagrado.

Mas si, por el contrario, todo ha terminado con la muerte; si la nada es la última palabra de los humanos destinos; si nosotros no nos hallamos ya más que en presencia de ciertas moléculas de la materia sin nombre, sin dignidad, sin porvenir; si ya no queda de nosotros nada real y vivo a que puedan dirigirse nuestros pensamientos, afectos y recuerdos; si todo esto se ha disipado como un soplo en el aire, ¿qué significará entonces el respeto al sepulcro? ¿Para qué tanto aparato y tantas pompas fúnebres, si no queda ya más que un puñado de podredumbre más o menos ricamente envuelto, y que en adelante no se tratará más que de hacerlo desaparecer lo más presto posible, un objeto de aversión y de horror, digno de ser apartado lo más lejano posible de la vista de los hombres?

Por desgracia es indudable que así quisieran que fuese los modernos libertinos y los librepensadores.

¿Y no es acaso por eso por lo que, so pretexto falso de sanidad y de higiene pública, procuran tener bien lejos de la morada de los vivos las sepulturas de sus abuelos?

La ciencia misma lo ha probado millares de veces, y, por otra parte, ha confirmado lo mismo la experiencia de muchos siglos, que esas pretendidas morbosas emanaciones que salen de las sepulturas de los cementerios no existen más que en la imaginación de ciertas personas que temen espantosamente a la muerte.

Mas ¿qué les importa a ellos esta verdad, con tal que alcancen sus diabólicos intentos?

«Pero, ¡ay, ay de estos tales, exclama el Padre Monsabré, que sacrifican a la higiene del cuerpo la salud del alma! ¡Ya aprenderán a sus expensas lo que llega a ser un pueblo cuando olvida o encuentra demasiado largo el camino del camposanto!»

«So pretexto de higiene pública, escribe un docto médico, Martini, se prohibieron los entierros en los templos, y ahora se quisiera destruir hasta los mismos cementerios. Pero ¿es que acaso hoy día vivimos mucho más que antes? ¿disfrutamos de más próspera salud?… Las poblaciones, en general, nunca se vieron tan achacosas como después de tantos tratados de higiene pública. Y puede repetirse de la sanidad pública lo mismo que se dice de la libertad y de la economía política: la economía nos lleva a la bancarrota; la libertad, al despotismo, y la higiene nos hace morir tísicos. Contemplad a aquellos buenos hermanos que vivían en sus conventos, cuyas anexas iglesias estaban henchidas de sepulturas y éstas de cadáveres, vivían una vida sana y vigorosa como nunca, y alcanzaban tal número de años que es muy difícil encontrar nadie que los viva en medio de las sociedades de hoy día. Son las malas costumbres las que diezman las poblaciones, y así como el pensamiento de la muerte excita a vivir bien, así también el cementerio indirectamente favorece a la sanidad pública.»

Y a más de todo esto ¡a qué otros excesos vemos entregarse a los enemigos de los cementerios!

«¡Causa horror el decirlo! Siempre con el mismo fin oponen al camposanto el horno crematorio…, ¡cosa horrenda e insoportable para el corazón del hombre!… ¡Y lo llaman ara, templo crematorio! Horno, sí; altar y templo, no. ¿Y denominaremos altar a esta escena de horror? ¿altar a ese féretro sin Ángeles y sin Dios? ¿altar a ese lugar que no es sagrado ni está santificado, sin ritos ni incienso, sin flores ni coronas, sin perfume de devoción ni de humanidad? ¿altar a ese carbón, a esa llama abrasadora, avivada por una ciencia sin entrañas, por la idea de la nada, por el odio a la Divinidad, por el rito escarnecedor del ateo y del materialista? Mejor, mil veces mejor, aquel respeto de las piadosas y universales tradiciones; mejor el ciprés de la religión antigua, que la sombra de la acacia moderna; más que la humareda apestosa de grasa y socarrina que se eleva del hornillo crematorio; ¡oh! mucho mejor aquella atmósfera santa y severa que se exhala de las sepulturas, en donde el cuerpo devuelto a la tierra reposa naturalmente entre los brazos de la grande y antigua madre.»

He ahí por qué nosotros protestamos contra tan crueles y bárbaras innovaciones, que no tienen otra mira sino destruir en el alma del pueblo la creencia en la inmortalidad del alma; y con nosotros altamente protesta también toda la humanidad, que ahora y siempre ha honrado el culto a los muertos.

«Yo puedo perdonar muchas cosas, decía el mismísimo Napoleón, pero siento horror hacia aquel que no ve en nosotros más que la materia. ¿Cómo queréis que yo tenga algo de común con un hombre que no cree en la existencia del alma, que cree que no es más que un amasijo de fango, y que quiere que también yo sea como él un puñado de barro?»

Y aun en nuestros días, a pesar de las maquinaciones de estos innovadores, ¿no vemos cómo las mismas masas obreras de nuestras grandes ciudades, a quienes con falsas e impías teorías y falaces sofismas se ha arrebatado el respeto a las cosas grandes y santas, el respeto al deber, a la familia, a la religión misma, conservan, no obstante, en medio de tantas ruinas, vivo y vigoroso el culto a los muertos? Y no sin sentir viva y profunda conmoción, el día consagrado a la conmemoración de los fieles difuntos las vemos encaminarse silenciosas y recogidas hacia el cementerio, y allí agolparse conmovidas y enternecidas junto a las sepulturas de las personas queridas.

¡Oh, sí! Los incrédulos y libertinos en vano predicarán a nuestro pueblo que la cuestión de los novísimos no es más que una pura cuestión de química y de física; es posible que, en ciertos momentos de odio y de pasiones alborotadas, les escuchen; pero cuando se presente el momento de manifestar su verdadera creencia con un acto solemne de fe, irán en tropel a protestar contra ellos y contra sí mismos ante el sepulcro de sus difuntos, por haberlos querido alejar, en su insensatez, del consorcio de los vivos; allí depositarán conmovidos los emblemas de la inmortalidad; a través del tiempo y del espacio darán la mano a los que ya no viven en la tierra, su corazón se lanzará hacia ellos, y con su corazón su fe y su esperanza en un futuro mejor: Spes illorum immortalitate plena est.

¡Bendita seas, oh Religión Católica, eterna consoladora, que ostentas la antorcha de la resurrección y velas entretanto en defensa de los huesos desecados! Bastante mejor eres tú, que aquella terrible nada, martirio y espanto de los escépticos, que mientras favorece toda suerte de crímenes y delitos en la tierra, borra de su alma hasta aquel último confortamiento que nos espera en el sepulcro.

Yo quisiera que una triste y humilde violeta brotara de mi túmulo desierto; fecundada por el hálito sereno y vivificador de la Cruz, por la luz del sol y por las oraciones de todos, diría a cuantos me sobrevivan que brota de sobre la cabeza de un durmiente, el cual espera el soplo de la nueva vida y el sonido de la trompeta angélica.

Cuanto en esta plática se ha dicho acerca del cementerio es más que nunca a propósito para hacerlo aparecer desde un aspecto tranquilizador y colmado de santas esperanzas.

No quisiera, no obstante, que se desvaneciera por completo aquel santo terror que necesariamente debe producir, en cuanto él es el reino de la muerte, en el cual esta violenta niveladora de las grandezas humanas reina cual señora soberana, y desde su severo trono distribuye lecciones que, además de hacernos comprender la nada de la vida, nos enseñan también a bien vivir.

¡Ah! Yo sé demasiado que los hombres de nuestros tiempos, que tienen horror a la muerte, y para muchos de los cuales los mismos sepulcros, que para nosotros, los cristianos, son cuna de la inmortalidad, no existen sino como cátedras de inmoralidad y de corrupción, quisieran borrar de las inteligencias hasta el recuerdo, y destruir para eso cuanto podría hacernos sentir demasiado vivamente su voz, para que no hable demasiado alto al corazón de los vivientes.

Pero, ¡vive Dios!, en vano cubrirán de flores las sepulturas de los suyos; en vano intentarán reducir nuestros cementerios a sitios de lujo y de vanidad, de curiosidad y de recreo, y los presentarán como exposiciones permanentes de bellas artes; jamás podrán impedir que la muerte reine en ellos como soberana, y que hasta de los sepulcros cerrados salga grave y amonestadora esta voz: «Morieris et tu! ¡Tú también morirás! Todos cuantos te han precedido ya han rendido homenaje a su poder y ya han formado en sus filas bajo su cetro… ¡Lo mismo ocurrirá contigo!»

Y ¡quisiera el Cielo que semejante voz hallara eco en sus corazones! Porque, mientras de este modo aprenderían a bien morir, tomarían ánimos para terminar santamente su vida.

EJEMPLO

La predicación sobre el cementerio

Se daba la santa misión en una parroquia de Italia. También allí los incrédulos intentaron cuanto pudieron para desviar a los devotos de acudir a escuchar la palabra de Dios. Entre éstos se distinguía un famoso herrero llamado Angelotto, el cual tenía su taller próximo a la iglesia.

Era tan grande el odio que encerraba su corazón para todo lo más sagrado y santo, que cada vez que el misionero subía al pulpito hacía él tal estrépito, cantando las canciones más obscenas y hacía resonar el yunque con tan formidables golpes, que el misionero muchas veces tenía que fatigarse en extremo a fin de dominar aquellos ruidos y que su voz fuera oída por todos.

Una tarde, a la hora del sermón, Angelotto salió a dar un paseo, cuando he aquí que la densa niebla que hasta entonces tenía obscurecido el sol, lejos de desvanecerse, se condensó en un momento, formando una nube que comenzó a dejar caer una fina lluvia que penetraba hasta la medula de los huesos.

Angelotto al principio no hace caso, y continúa su paseo; pero, ¿qué?, apenas ha andado unos cuantos pasos, cuando se siente todo mojado y ve que su sombrero chorrea agua por todas partes.

«¡Maldito tiempo!», exclama, y, profiriendo entre dientes una blasfemia, vuelve atrás para entrar en su casa; pero, advirtiendo que la puerta estaba cerrada, lanza una imprecación contra su mujer, que estaba en la iglesia oyendo el sermón. Después de lo cual, lleno de ira, entra en la iglesia para guarecerse de la lluvia y dejar pasar el tiempo.

El misionero ya estaba en el pulpito, y aquellos buenos fieles escuchaban con compostura y recogimiento la palabra divina.

Angelotto se sentó en un banco, y comenzó, para engañar el tiempo, a mirar a todas partes, lanzando ceñudas miradas a las personas que más se distinguían por su compostura. Él no había doblado la rodilla, ni siquiera hecho la señal de la cruz, desde que entrara en el templo, ni había saludado a aquel Jesús que estaba allí encerrado en el tabernáculo por su amor. Parecía haber echado en olvido que aquélla era la casa de Dios, la casa de oración; y, no obstante, el Señor bondadoso le esperaba allí al paso para usar con él de misericordia y concederle la mayor de las gracias, la gracia del arrepentimiento.

Entretanto el predicador había llegado a buen punto de su sermón: «Hermanos míos, decía con voz dulce y suave, hermanos míos, el cementerio es una hermosa y saludable escuela para nosotros. Todos iremos a parar a aquel lugar al final de nuestros días, e iremos muy en breve: Hodie mihi, cras tibi; hoy me toca a mí, mañana a vosotros. Hijitos, concluyo el predicador, si ha de ser así, no dudéis más en daros a Dios; pensad en el cementerio, y ahora procurad lo antes posible que el Señor no os coja desprevenidos; pensad en el cementerio, ¡es la hora!; para muchos de vosotros será ésta quizá la última hora, a la cual se seguirá luego una felicidad o una desdicha eterna.»

Por más que Angelotto había buscado el medio de distraerse, no había podido por menos que entrar dentro de sí por unos instantes, y, dirigiendo la mirada a su interior, dijo: «¿Acaso el misionero ha hablado de mí?… ¡Oh Dios! ¡Qué vida he llevado desde hace diez años a esta parte!…»

Al pensar en aquellas palabras: «el cementerio», «es la hora», ya no pudo más, se arrojó al suelo de rodillas, puso la cabeza entre sus manos y rompió a llorar…

Terminado ha el sermón; el templo ha quedado desierto, y Angelotto no se mueve. No obstante, no llueve ya; pero «el cementerio» suena todavía tremendamente en sus oidos, y él continúa aún de rodillas.

El sacristán recorre el templo agitando un manojo de llaves para indicar a los pocos que todavía en él permanecen que se va a cerrar.

Angelotto se pone entonces en pie, toma el sombrero; pero, en lugar de salir, se va derecho a la sacristía y se dirige al predicador: «¡Ah, Padre mío! ¡Hace diez años que no he reflexionado!… ¡Quiero confesarme en seguida, ayudadme vos!»

El buen misionero le acoge lleno de caridad, le abraza.

Angelotto se postra, hace su confesión, y gruesas lágrimas vierten sus ojos, lágrimas de arrepentimiento y de consolación.

Recibida la absolución, se levanta y, besando la mano del bondadoso misionero: «¡Era hora, le dice, Dios os bendiga!»

Sale del templo, pero Angelotto no piensa ya en la bodega, en los amigos, en la crápula, y repitiendo para sí «el cementerio, es la hora», entra en su casa…

Desde aquel día fue otro hombre.

Cada día, antes de comenzar el trabajo, asistía a la santa Misa, y los días de fiesta de precepto su tienda se veía cerrada y Angelotto en la iglesia practicando sus devociones.

Llega la primera Dominica de Cuaresma, y la campana de la iglesia toca a muerto.

¿Quién es ese pobrecillo que ha dejado de existir? Es Angelotto, es el herrero…; una enfermedad que le ha durado cuatro días lo ha llevado al sepulcro.

¡Dichoso de él, que pensó a tiempo en el cementerio!