JOEL HUGO ZULUAGA GIRALDO: REMOZAR LAS GLORIAS DE LA COLOMBIA INMORTAL

Conservando los restos

DISCURSO EN EL DÍA DE LA HISPANIDAD

Manizales, Colombia

12 de Octubre de 1954

Uno de nuestros apreciados lectores colombianos,
hijo del autor del presente Discurso,
nos lo envía como generosa colaboración.
Con agradecimiento, damos lugar a la publicación.

Debéis disculpar a mis compañeros el yerro cometido al encomendarme la ponderosa tarea de representarlos en este acto y perdonarme a mí también las faltas de mi mal hilvanado discurso. Espero que me cobije la gracia de vuestra generosa comprensión.

¡Cómo son de inescrutables los designios de Dios! ¡Cuán escondidos los senderos por donde la Providencia camina, trastrocando el curso de la Historia. La más sagaz humana inteligencia no osaría tratar de penetrarlos sin correr el peligro de quedar confundida.

No os extrañéis de que pretenda darle una interpretación Providencialista al humano acontecer; porque ante el Materialismo Histórico, que procura condicionar y determinar la conciencia del hombre al factor social de vida, ¿qué otra explicación podría obtener el espíritu cristiano? Muchos acontecimientos quedarían sin solución de continuidad; se fragmentaría la Historia sin el vínculo de la Previsión Divina, y sin ésta no hay interpretación posible.

En momentos en que el Renacimiento Neo-pagano incubaba en su pútrido seno el horrible engendro de la herejía Protestante, que habría de escindir la Cristiandad, suscita Dios en tierras de la soleada Italia un hombre que, rodando el tiempo, sería el actor principal del más trascendental acontecimiento de la humanidad, después de la Encarnación del Verbo y de la Redención del género Humano, según dice, y no sin razón, Francisco López de Gómara.

Era éste el hombre enviado para dar a Europa otro mundo, y resarcir con ello a la Iglesia de su menoscabo. Que era un predestinado lo dicen su nombre, Cristoforo o Christophorus: que lleva a Cristo; y su sobrenombre, Colombo o Columbus, Colón, que quiere decir: paloma o poblador de nuevo.

Su origen y su adolescencia están envueltos en el velo del misterio: tal la suerte de los que Dios ha señalado como hitos de la humanidad. Pero, ¿qué importa su patria? Colón es del mundo. “Para él la patria no era más que el país tras un puerto donde le esperaban tres carabelas”.

Aparece de repente en el escenario de España, procedente de Portugal, cuando está para culminar la lucha contra la morería, y los Reyes Católicos tratan de unificar políticamente su reino. Consciente de la misión que el Cielo le ha deparado, devoró toda la ciencia que se relaciona con el menester del hombre de mar: Cartografía, Matemáticas, Astronomía, etc.; el Imago Mundi del Cardenal D’Ailly, Marco Polo, Toscanelli, la Historia Rerum de Eneas Piccolomini.

Su mente se puebla de fantasías: Pitágoras habló de tierras que existen más allá de la estrecha garganta por donde el mar interior se vuelca en el océano, y Séneca afirmó en su “Medea” que “vendrán los tardos años del mundo, ciertos tiempos en los cuales el mar océano aflojará los atamientos de las cosas, y se abrirá una grande tierra y un nuevo marinero, como aquel que fue de Jasón, que hubo nombre Thyphis, descubrirá nuevo mundo; y entonces no será la isla de Thule la postrera de las tierras”.

Su imaginación de poeta elucubra sobre estas quimeras y viene a ofrecer a Castilla y León fabulosas tierras allende el mar tenebroso, que ha entrevisto en el confín de sus sueños; tierras opimas, próvidas, más ricas que las Islas de las Especias, que Cipango o Catay.

Pero el tiempo no ha llegado aún. Serán ocho años de angustiosa espera, en los que su corazón se desazona en la incertidumbre, en la incomprensión, en la miseria.

Cuando caen los últimos pendones de la Media Luna, que flamean airosos en las torres de la Alhambra, y Boadvil deja por siempre su infeliz Granada, bajo el ardiente sol de Andalucía se firman las capitulaciones: al fin halla reposo el corazón de Colón; se preludia la aurora de América.

Con la primera luz del alba del día 3 de agosto de 1492 zarpan las carabelas. Allá van. Sus velas se comban con el entusiasmo del elegido; su meta es lo ignoto; su égida la Fe. No lo arredran los largos días sin viento en alta mar; no lo acobarda la sedición de sus marineros. Todo se resuelve en la inmensa sed de perennidad. Al fin… Rodrigo de Triana grita: ¡Tierra! Los cañones retumban alborozados en el esplendoroso amanecer de las Antillas. Cristoforo, transfigurado, erguido en su chalupa como una enhiesta bandera, llora en su exultación. Y puesto pie en tierra, entre aclamaciones de la marinería, clava la Cruz de Cristo y el pendón de Castilla: queda formado así el imperio español; se descorre el telón en otro acto de la historia; y en aquel espléndido escenario se consumarán las memorables hazañas de Cortés, Pizarro, Quesada, Valdivia; abiertos están los surcos que fertilizarán con su amor los Motolinia, los San Luis Beltrán, los De las Casas, los San Pedro Claver, para repoblar la cristiandad.

Vinculada a esta temeraria empresa, que es pasmo de los tiempos, está Isabel de Castilla, la Católica, esto es, la Universal.

Porque no solamente hizo repasar el Mediterráneo al Islam; ni estructuró la península como un solo bloque político, ni fue codescubridora de las Indias Occidentales. También, parejo con el menester de la guerra, sentía preocupación por la cultura y sabía que sonaba ya la hora histórica de España, que iba a empezar el momento cenital de su pueblo.

Durante su reinado comenzó ese torrente de saber que inundó todos los rincones de Europa; la voz de sus eruditos se escucha en Lovaina, Rotherdam, Dilinga, Maguncia, Ingolstadio. Por doquiera prevalece el Escolasticismo español. Es la apoteósica irrupción de la Hispanidad que viene a revaluar y a remozar el pensamiento filosófico de Europa.

Después de siete centurias de hazañas legendarias que empiezan en Covadonga y siguen, ininterrumpidas, hasta la toma de Granada, tócale, ahora, repetirlas en el campo del espíritu. Así como en remotos tiempos Yahvé escogió a Israel para que fuese precioso cofre de su palabra, Cristo, ahora elige a España para que mantenga viva la catolicidad de Europa, en cargo indeclinable del que dio pujante muestra el Caudillo hace tres lustros largos, cuando el tósigo marxista instauraba en la Madre Patria la impiedad y el crimen.

Gloriosa época aquella, en la que el gran Suárez conciliaba la Providencia con el libre albedrío; cuando Francisco de Vitoria en su “RelectiÍ de Indis” sentaba las bases del actual Derecho de Gentes, del sagrado respeto a la persona humana, del derecho de los pueblos maduros a gobernarse, por lo que se puede llamar “precursor intelectual de nuestra emancipación”; cuando en el Concilio de Basilea se derramaba la elocuencia de un Fernando de Córdoba, un Alonso de Cartagena, un Juan de Segovia. Cuando Íñigo de Loyola formaba la Caballería Andante de Jesús.

Afirma Finlayson: “El gran día de la Hispanidad –que yo concibo, no como exclusiva ni exhaustiva, no por repetirse sino analógicamente como una participación en el seno de la cristiandad universal de los pueblos…- es el día del Concilio de Trento en que se proclamó la hermandad de todos los hombres, hijos de un mismo Padre Universal y de Amor, que reina en los Cielos y en todas las cosas, y la vocación de alcanzar la salvación eterna, sean blancos del Cáucaso, negros del ignoto centro de África, indígenas del Amazonas o esquimales de los Polos. Ese día también fue el de Isabel la Católica, que había ya sellado con su testamento el llamamiento Cristiano de su gran corazón, que cumple su deber religioso, no solo para puertas adentro de la Iglesia, sino fuera en la casa, en la enseñanza de sus hijos en el consuelo del afligido, en la ayuda al menesteroso, en la plegaria profunda que va del espíritu con minúscula al Espíritu por Antonomasia y Consubstancial”.

Los grandes pueblos siempre han querido perpetuarse; mas ninguno lo ha logrado como España. De la Grecia clásica solo quedan sus mármoles rotos y la enjundia de su pensamiento en Aristóteles que solo se completa con Santo Tomás. Su imperio se diversificó; cada provincia se constituyó en una nacionalidad distinta con propia realidad política, perdiendo aún, el común vínculo de la lengua.

Análoga suerte corrió Roma. España, en cambio, lo consiguió; eternizándose, no solo en el tiempo y el espacio, sino también en esa recóndita tercera dimensión, que se vive en lo íntimo del alma. Si somos de Cristo por España –permítaseme la licencia- por tal razón pertenecemos al cuerpo místico de esa España y somos llamados a la mesa de la historia a participar en el banquete de su bienaventuranza. He ahí la Hispanidad.

Que su perpetuidad no la obtendría sino siendo abanderada de Cristo, con redoblado entusiasmo en los períodos cruciales de la Historia, lo comprendió España en feliz hora. Por eso en su cultura se prolonga la Edad Media en la que el Verbo Encarnado vivifica a través de su Iglesia el espíritu humano, rescata al hombre de la miseria terrenal y lo reconforta ofreciéndole una Patria Extraterrena.

Juventud: somos nosotros la savia nutricia que mañana estallará en floración admirable. Somos nosotros los que estructuraremos la sociedad del Porvenir, la ventura de la Patria.

Desechemos el lastre de esos “ismos” modernos, que confunden y envilecen nuestro rumbo escatológico. Nuestra meta es el infinito. Ciertas son las palabras del inspirado Sweig: “El que pretende lo inalcanzable, es más fuerte que el destino; y aunque perezca en lo terrenal triunfará sobre su sino, porque en la tragedia de su heroísmo se inflama un nuevo ardor que recoge la bandera arrebatada y la lleva a través de los tiempos”.

Os invito a que formemos un apretado haz de corazones y voluntades, y que por Cristo y con la Hispanidad, remocemos las glorias de nuestra Colombia inmortal.