Padre Juan Carlos Ceriani: DECIMOSEPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Hace ya nueve Domingos que llevamos dicho que es importante y necesario tener presente que, de la misma manera que Nuestra Reina y Madre auxilió a los creyentes de todas las épocas, lo mismo hará con los fieles de hoy en día, ya sea guardándolos de algunos acontecimientos, o bien dándoles la fortaleza necesaria para sobrellevarlos.

Es indispensable destacar que María Santísima domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia y, particularmente, el período más temible para las almas: el momento de la venida del Anticristo… Estos son los tiempos de la victoria, de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.

Bienaventurados los que participan y profesan esta Fe; bienaventurados los que escudriñan las Sagradas Escrituras (cómo se nos ha mandado, en vez de perder el tiempo luchando contra lo que ya no hay tiempo de combatir), y por eso saben, aunque en el claroscuro de la Fe, que el final es hermoso. Ellos son bendecidos por tener Fe, ya que los mismos eventos serán insoportables para los incrédulos.

La comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensará mucha luz e infundirá mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispondrá las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.

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La Bienaventurada Virgen María intercede por todos los viadores, es decir, los que están en camino al Cielo.

Los hombres, mientras viven en la tierra, pueden hallarse en diversos, estados: en gracia, en pecado, en herejía, en el cisma, en la apostasía y en la infidelidad.

Es indudable que la Santísima Virgen intercede por todos en general, puesto que a todos los hombres que tienen uso de razón se les da la gracia próxima o remotamente suficiente para conseguir la salvación.

Y, por todo lo visto anteriormente, consta que María Mediadora coopera, intercediendo en la concesión de todas las gracias.

Pero, para que resalte aún más el poder de María Reina, es conveniente estudiar esta cuestión de un modo más especial, tratando separadamente de cada uno de aquellos estados.

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Que Nuestra Señora intercede por los justos y les ayude maternalmente lo enseña San Bernardo: “Conoce con toda certeza y ama a los que le aman, y está muy cerca de los que sinceramente la invocan, principalmente de los que ve semejantes a sí misma en castidad y humildad, si, a la vez, unen la caridad y ponen en Ella, después de en su Hijo, toda su esperanza y la buscan de corazón, orando y diciendo con frecuencia: «Socorre, ¡oh Señora!, a los que continuamente claman a ti»”.

María Santísima, no sólo se entretiene y se recrea en aquellos que están en estado de gracia, sino que, además, los retiene a ellos en la santidad para que ésta no disminuya; es decir, retiene las virtudes para que no huyan, los méritos para que no se pierdan, y detiene a los demonios para que no los dañen.

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De la misericordiosísima intercesión de María, Refugio de los pecadores, en favor de los que ha perdido la gracia, habla San Efrén de este modo: “Eres patrona de los pecadores; pues tal te constituyó Dios, como defensa, refugio y auxilio de ellos”.

San Germán de Constantinopla: “Tu patrocinio es más grande que lo que puede alcanzar la inteligencia humana. Tú diariamente tiendes tu mano ayudadora a los que fluctúan en el piélago de los pecados”.

Ahora bien: que María tienda su mano a los pecadores no es otra cosa que conseguirles de Dios los auxilios de la gracia para que se enmienden y vuelvan al buen camino.

San Pedro Damiano se dirige así a Nuestra Señora: “Doblega al rebelde, atrae al obstinado, y que tu piedad no rechace al delincuente, ya que tu virginidad purísima dio a luz al autor de la vida misericordiosa”.

De aquí que Teófilo Raynaud sabiamente diga: “La Santísima Virgen tiene por enemigos a todos los enemigos del Hijo. La misma flecha con que hieren al Hijo hiere también a la Madre, tan estrechamente unida a Él. Por tanto, son enemigos de la Madre de Dios todos los que son rebeldes a Cristo, todos los violadores de la ley, todos los pecadores. Todos, sin embargo, experimentan las bondades y caridad inmensa de la Madre de Dios cuando, por su intercesión, piden perdón y son liberados de la eterna ruina, en la que, de otro modo, quedarían envueltos. Y no espera, por lo general, a prestar su ayuda a los que a Ella se acogen solamente cuando se la piden, sino que también se adelanta en ocasiones y previene los ruegos de los miserables, a impulsos de la caridad en que por nosotros se abrasa”.

Y, finalmente, el Cardenal Sfondrato dice: “El pecador es el centro de María, pues Dios creó a María por los pecadores; ni existiría siquiera ella si éstos no existiesen. Ángeles, justos, inocentes, perdonadme si digo que María ha sido dada, no a vosotros, sino a los pecadores. Quita el pecado, y la redención es innecesaria: quita la redención, y el Redentor huelga; quita el Redentor, y la Madre del Redentor no existiría. Luego los pecados y los pecadores hicieron que la Madre del Redentor existiera; desdichados son como pecadores, felices porque tal cosa hicieron. Ved cuánto se debe a María. Es grande, es Reina, es Madre; quitados los pecados, nada de esto existiría. ¿Qué maravilla, por tanto, que los mire como su centro y emplee en su ayuda cuanto de poder y amor lleva consigo?”.

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Pero de los pecadores, unos son comunes y otros son obstinados.

Comunes son los que, aunque privados de la gracia santificante, no perdieron totalmente el temor de Dios.

Obstinados son los que, sobre la privación de la gracia, que les constituye en estado de pecado, añaden la voluntad de seguir pecando, aunque quede en ellos alguna posibilidad de arrepentimiento.

La obstinación comprende la obcecación y el endurecimiento.

La obcecación, en cuanto que se opone a la iluminación de la mente en las cosas relativas a la salvación, no consiste solamente en la falta de sensibilidad para percibir todo lo que a la salvación se refiere, sino más bien en la perversión o trastorno positivo del juicio, del que habla el Profeta Isaías: ¡Ay de vosotros los que a lo malo decís bueno, y a lo bueno malo; poniendo tinieblas por luz, y luz por tinieblas; poniendo lo amargo por lo dulce, y lo dulce por amargo!

El endurecimiento nace de la pertinacia de la voluntad, adherida obstinadamente al pecado.

Es, al menos, próximo a la fe que a los pecadores comunes se les conceden gracias próxima o remotamente suficientes, para que, arrepintiéndose de los pecados, puedan volver al camino de la salvación.

Por lo que hace a los pecadores obstinados, se discute entre los teólogos si, en castigo del pecado, se les niega todo auxilio suficiente con que puedan deponer la dureza de su corazón, o si, al menos, se les da a veces alguna gracia sobrenatural, aunque débil y ligera.

Los teólogos afirman más comúnmente que a todos los pecadores se les dé la ayuda suficiente para que puedan convertirse.

Por tanto, podemos decir que la intercesión de la Santísima Virgen, Refugio de los pecadores, se extiende a unos y otros, aunque en distinta forma, como veremos más adelante.

Porque María, constituida por Cristo, al morir en la cruz, Madre de todos los fieles, a todos los abraza con maternal afecto; y es tanta su benignidad que a nadie, ni aun al más desesperado, niega su Patrocinio.

Por eso San Efrén la invoca diciendo: “¡Oh María, Virgen y Madre de Dios!, Reina de todos, esperanza de los desesperanzados…”

Como ya hemos dicho, San Pedro Damiano ruega a la Santísima Virgen que tienda su mano auxiliadora a los pecadores empedernidos: “Doblega al rebelde, acoge al contumaz, y que tu piedad no rechace al delincuente, ya que tu virginidad purísima dio a luz al autor de la vida misericordiosa”.

San Bernardo escribe: “Con razón es llamada Reina de la misericordia la que se cree que abre el abismo de la piedad divina para quien quiere, cuando quiere y como quiere, a fin de que ni el más enorme pecador perezca, al que la Santa de los santos otorga los favores de su patrocinio”.

Y Godofredo Vindoniense dice: “No hay herida de pecado o crimen alguno tan grave para el que no exista medicina, si María lo quiere”.

Cuádrale aquí bien a María, Auxilio de los cristianos, aquel proverbio: La gota, horada la piedra, en cuanto que, con su influjo, es decir, con sus continuas súplicas a su Hijo, con las ilustraciones del entendimiento e inspiraciones con que toca el corazón, va ablandando la dureza de los pecadores.

De aquí que Teófilo Raynaud diga: “Así también el corazón de piedra, endurecido por las cosas terrenales, va quebrantándose por la constante y asidua, aunque blanda penetración de las influencias con que la Madre de Dios obra en los pecadores, de tal modo que, al fin, ceden y se rompen. Bien conocidas son las historias de muchos que, empedernidos en sus pecados, se rindieron, al fin, ablandados por la ayuda de la Santísima Virgen”.

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Que María preste sus auxilios a los infieles para que lleguen al conocimiento y a la luz del Evangelio aparece del tantas veces citado testimonio de San Cirilo de Alejandría, en el que se dice a la Santísima Virgen: “Por ti predicaron los apóstoles la salvación a las gentes…; por ti la preciosa Cruz es adorada en todo el orbe…; por ti toda criatura hundida en la idolatría se ha convertido al conocimiento de la verdad…; por ti llegaron al santo bautismo todos los fieles y se han fundado iglesias en todo el mundo”.

Como ejemplos claros y de dos épocas bien distantes, tenemos la intercesión de Nuestra Señora, tanto en Zaragoza, por medio del Pilar bendito, como en el Tepeyac, por la tilma sagrada de la Guadalupana.

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Finalmente, que también la Santísima Virgen interceda por los herejes, apóstatas y cismáticos, para que retornen a la unidad de la Iglesia católica, lo enseña San Germán de Constantinopla, quien la dirige este ruego: “Acuérdate de los cristianos, que son tus siervos; recomienda las preces de todos, sostén sus esperanzas, afianza la fe, estrecha en la unidad a las Iglesias”.

Y así, Su Santidad León XIII, dejándose llevar de su amor a los disidentes, exhorta fervorosísimo a todos que pidan con todas sus fuerzas a la Santísima Virgen por el retorno a la Sede Romana de las iglesias separadas: “Por tanto, así como a María, autora y guardadora eximia de la unidad, se unió la primitiva Iglesia en las preces, también es oportunísimo en estos días hacerlo así por todo el orbe cristiano. Conviene que todos aquellos a quienes las calamidades de los tiempos separaron en vano de esta unidad, esta misma Madre, cuya fecundidad es perpetuamente aumentada por Dios con santa prole, los engendre de algún modo otra vez para Cristo”.

También Pío XI lo recomienda diciendo: “Ojalá que el Salvador, Dios nuestro, que desea que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, escuche nuestros fervientes ruegos, a fin de que se digne llamar a la unidad de la Iglesia a todos los extraviados. Y en este asunto, ciertamente gravísimo, acudamos a la Santísima Virgen, Madre de la divina gracia, vencedora de todas las herejías y auxilio de los cristianos; y queremos que a ella se acuda para que cuanto antes nos alcance el advenimiento del día, tan anhelado por Nos, en que todos los hombres oigan la voz de su divino Hijo, guardando la unidad del espíritu en vínculo de paz”.

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Sin embargo, la Santísima Virgen María no intercede igualmente por todos los hombres.

El modelo de oración de María es la oración de Cristo. Y como Jesucristo no oró igualmente por todos los hombres, otro tanto debe decirse de María.

Orar no es otra cosa que expresar a Dios el deseo o la voluntad propia para que Él la cumpla; y como la voluntad absoluta de María, según se ha dicho, está siempre conforme con la de Cristo, las preces de uno y otra tienen que asemejarse en todo.

Ahora bien: Cristo Jesús, en la misma noche de la Pasión, expresó claramente el objeto total de su interpelación hablando al Padre de este modo: He manifestado tu nombre a los hombres que me diste del mundo. Tuyos eran y me los diste, y guardaron tu palabra… Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que me diste, porque tuyos son.

Enseña San Agustín: “Por el mundo se entiende los que viven según la concupiscencia del mundo”.

¿Por qué Cristo no ora por el mundo, o, mejor, por qué ruega de distinto modo por el mundo y por los fieles, habiéndose llamado a sí mismo Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, siendo propiciación por los pecados de todos, queriendo que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad; y habiendo orado por los mismos que le crucificaban, quienes ciertamente eran del mundo?

Lo explica Maldonado de este modo: “Podría preguntarse, ¿cómo dice que no ora por el mundo, cuando poco después oró por los que le crucificaban, que, en realidad, eran del mundo?

El morir supone caridad más intensa que el orar. Bien claro está que Cristo murió y oró por todos; pero, la muerte de Cristo puede considerarse bajo dos aspectos:

– o por lo que hace a su virtud y fuerza y a la voluntad que llaman antecedente del mismo Cristo que muere, y del Padre, que le envía a morir,

– o por lo que se refiere al efecto y fruto que de su muerte había de seguirse y a la voluntad que llaman eficaz y consiguiente.

Así también hay que distinguir en Cristo dos clases de oración:

– una suficiente, pero no eficaz,

– y otra suficiente y eficaz en todo.

Consideradas la muerte y oración de Cristo en el primer aspecto, ciertamente que Cristo murió y oró por todos, pues su muerte tuvo mérito y fuerza suficientes para salvar a todos los hombres, y su voluntad primera y antecedente fue que todos se salvaran, y por eso se dice en San Lucas que oró por todos.

Pero, si se atiende al efecto, como éste no dependía de la sola voluntad de Cristo, sino también de la de los hombres que habían de salvarse, y no todos quisieron recibir el beneficio de la redención ofrecida por Cristo, no todos se salvaron ni rogó por todos, sino por aquellos que habían de creer”.

Así también María, aunque Corredentora de todos los hombres, no ora igualmente por todos, a semejanza de Cristo, sino de manera suficiente por unos y eficazmente por otros, según que rechacen o no el beneficio de la redención, se adhieran a Cristo y acudan a ella como Madre.

De aquí que San Buenaventura diga: “Pero, aunque la gracia de la Virgen pueda llegar a todos en su abundancia, debe entenderse en cuanto a la impetración, no en cuanto a la infusión de la misma; y aunque en todos redunde en cuanto a la suficiencia, no así en cuanto a su eficacia, sino sólo en aquellos que se preparan para recibirla”.

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Resumamos el papel de María Santísima en el Cielo intercediendo continuamente ante Dios por nosotros, sus hijos, desterrados en este valle de lágrimas.

Y lo hace por todos absolutamente: los buenos y los malos, los cristianos y los paganos, los que la conocen y los que la ignoran, los que la aman y los que blasfeman de Ella.

No olvidemos que María no es solamente nuestra dulcísima Madre, sino también la Abogada y Refugio de pecadores, de la que nunca se oyó decir que desamparase a quien la invocó y dejase de atender incluso al que no se acordó de acudir a su bondad y misericordia inagotables.

Su estado glorioso le permite desempeñar con mayor perfección su misión maternal. Desde el Cielo puede hacer por todos lo que sólo a favor de un reducido número hubiera podido realizar en este mundo; puede preocuparse de cada uno en particular con una continua solicitud.

En cierto modo puede afirmarse que la Asunción ha multiplicado su Corazón, haciéndolo presente en todas partes.

A través de la luz divina conoce todas las necesidades y asiste a todas las situaciones de los hombres; se informa de sus deseos y escucha sus plegarias por insignificantes que sean.

No existe sufrimiento humano cuyo eco no repercuta en Ella y quede socorrido y aliviado.

Ininterrumpidamente presenta a Dios el cuadro de miserias del mundo para volcar sobre él su misericordia, ofreciéndole las súplicas y demandas de los hombres para transmitirles favorable acogida.

La intimidad de que goza ante la Santísima Trinidad la pone al servicio de cuantos siguen luchando y sufriendo. Cuanto más cerca de Dios está su Corazón glorioso, tanto más inmediato queda, por lo mismo, a los hombres.

En su Corazón maternal, infinitamente dilatado y adaptado a las dimensiones del universo, todos los afanes de la humanidad despiertan el más vivo interés, y todas las dificultades personales encuentran una compasiva atención.

Por encima de todo pone su solicitud en hacer triunfar la empresa del Salvador en las almas. Todo su esfuerzo se resume en dilatar la soberanía de Cristo.

Si puede afirmarse que todos los dolores de la humanidad hacen eco en su Corazón, por el que se propaga la dicha a los hombres, es necesario añadir que esta misión del Corazón de María comienza y concluye en Cristo.

La infinidad de favores por Ella dispensados no tienen otro objetivo que el de dar a Cristo, en el cual van incluidos todos los demás dones. Este don es su razón de ser: destinada María, Madre de Dios, por el Creador a dar al mundo a su Salvador, ha consagrado todo su amor y toda su gloria celestial a facilitarnos este don para unirnos con Cristo.

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Por todo esto, y como ante los eventos inminentes, los comunes e invariables (como son la familia, los hijos, lo económico, lo material, las enfermedades, la muerte…), así como los que son propios del tiempo que nos toca vivir (la apostasía generalizada, el epílogo del misterio de iniquidad y la llegada del Anticristo…), en vista de estos sucesos es muy probable que muchas o todas nuestras “seguridades” se pierdan…, y con ellas “nuestras esperanzas”…, e incluso La Esperanza…, repetimos que la Santísima Virgen ejerce en el Cielo el oficio de Abogada del género humano, orando e intercediendo por los hombres ante el trono de Dios.

Ella intercede desde el Cielo por todos los hombres del mundo, buenos y malos, justos y pecadores, fíeles o infieles, sin excepción alguna.

La razón es porque, siendo Madre y Corredentora absolutamente de todos, a nadie absolutamente excluye de su oración y desvelo maternal.

A los justos les alcanza la perseverancia en el bien y el aumento de su fe, esperanza y caridad; a los pecadores, la gracia del arrepentimiento y del perdón (a no ser que ellos la rechacen obstinadamente); a los herejes, la vuelta a la integridad de la fe (si ellos colaboran a ello), y a los infieles o paganos, las gracias iluminativas suficientes para que se vuelvan al verdadero Dios y se salven.

Dios mediante, el próximo Domingo consideraremos uno de los temas más consoladores en torno al gran problema de nuestra salvación eterna, es decir, la verdadera devoción a María como una de las señales más claras e inequívocas de pertenecer al numero de los predestinados y uno de los medios más eficaces para obtener de Dios el gran don de la perseverancia final, conectada infaliblemente con la salvación eterna.