PADRE CERIANI: EL SUPERIOR DE LA NEO-F₪₪PX Y EL PERRO DE MI VECINO…

Misterios de iniquidad

LADRA EL POBRETE PORQUE ES SU DEBER

El 22 de julio, el Superior General de la NEO-F₪₪PX, Padre Davide Pagliarani, publicó una Carta a propósito del Motu proprio de Decimejorge Traditiones custodes.

Como dice el título de este artículo, el pobrete ladra porque es su deber…; pero ya veremos que en la voz se le conoce la vergüenza, la angustia, la falta de convicción y algo más…

Para comprender bien esta aseveración, a primera vista dura, leamos primero algunos textos de documentos que no podemos olvidar ni dejar de lado.

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Respecto del Motu proprio Summorum pontificum (celebrado con un Te Deum por la Neo-F₪₪PX).

Artículo 1:

“El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la “Lex orandi” de la Iglesia católica de rito latino.

El Misal Romano promulgado por San Pío V y reeditado por el bienaventurado Juan XXIII debe considerarse como la expresión extraordinaria de la misma “Lex orandi” y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo.

Estas dos expresiones de la “lex orandi” de la Iglesia no inducen ninguna división de la “lex credendi” de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.

Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgada por el bienaventurado Juan XXIII en 1962, y nunca abrogada, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia”.

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De la Carta de Benedicto XVI a los obispos que acompaña al Motu proprio:

“Es necesario afirmar en primer lugar que el Misal, publicado por Pablo VI y reeditado después en dos ediciones sucesivas por Juan Pablo II, obviamente es y permanece la Forma normal –la Forma ordinaria– de la Liturgia Eucarística.

La última redacción del Missale Romanum, anterior al Concilio, que fue publicada con la autoridad del Papa Juan XXIII en 1962 y utilizada durante el Concilio, podrá, en cambio, ser utilizada como Forma extraordinaria de la Celebración litúrgica”.

“El nuevo Misal permanecerá, ciertamente, la Forma ordinaria del Rito Romano, no sólo por la normativa jurídica sino por la situación real en que se encuentran las comunidades de fieles”.

“No es apropiado hablar de estas dos redacciones del Misal Romano como si fueran “dos Ritos”. Se trata, más bien, de un doble uso del mismo y único Rito”.

“No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum”.

“Por lo demás, las dos Formas del uso del Rito romano pueden enriquecerse mutuamente”.

“Obviamente para vivir la plena comunión los sacerdotes de las Comunidades que siguen el uso antiguo no pueden, en principio, excluir la celebración según los libros nuevos. En efecto, no sería coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo”.

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Nuestros comentarios:

Entonces, queda más que claro, que el Rito romano de la Santa Misa nunca había perdido su derecho. Pero, con el Motu Proprio del 7 de julio de 2007, perdió, de jure, su condición de única forma ordinaria y oficial.

La Roma anticristo y modernista, por medio del Motu proprio, humilló el Rito romano de la Santa Misa, relegándolo a la condición de “forma extraordinaria” y uniéndolo al “rito bastardo”, que sería la “forma ordinaria” del único rito romano.

Por lo tanto, el Misal romano promulgado por S. Pío V no es ya la expresión ordinaria; y, de manera implícita, debe ser considerado derogado como expresión ordinaria de la Liturgia de la Iglesia.

Entonces, para ajustarse a la realidad del impío Motu proprio, es necesario decir:

— La Misa Tradicional no se abrogó nunca como forma extraordinaria.

— La Misa Tradicional se abrogó como forma ordinaria.

— Está permitido celebrar la Misa Tradicional como forma extraordinaria.

— Está prohibido celebrar la Misa Tradicional como forma ordinaria.

Resumiendo, el estado de Derecho de la Misa Tradicional, como Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia, es el siguiente:

1) Hasta 1969, por la Bula Quo primum, la Misa tradicional era la única Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia.

2) De 1969 hasta el 7 de julio de 2007, en la realidad y en la verdad del Derecho, la Misa tradicional era la única Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia.

3) Según el Motu Proprio y la Carta a los Obispos de julio de 2007, la Misa tradicional ya no es la Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia. Es la forma extraordinaria…

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Declaraciones de Monseñor Fellay:

Antes del Motu proprio de 2007:

“La Misa nueva es considerada la ley general de la Iglesia. Para evitar cualquier aislamiento y cualquier división, pedimos que la Misa antigua sea también la ley general”.

“Se podría esperar encontrar una igualdad de derecho entre la antigua y nueva misa. Obviamente no es suficiente. Pero es un primer paso. Y probablemente, humanamente hablando, un paso necesario”.

Una vez publicado:

“El Motu Proprio Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007 restablece la Misa Tridentina en su derecho. Se reconoce claramente que ella nunca ha sido abrogada”.

“Mediante el Motu Proprio Summorum Pontificum, el Papa Benedicto XVI restableció los derechos de la Misa Tridentina, afirmando claramente que el Misal Romano promulgado por San Pío V nunca ha sido abrogado”.

“Es necesario afirmar que, si la misa nunca ha sido abrogada, ella ha conservado sus derechos”.

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Comentarios nuestros, publicados oportunamente:

Estas proposiciones son erróneas en sí mismas, no corresponden a la realidad y pueden llevar al error.

Es falso decir que la Misa Tridentina es restablecida “en su derecho” o “en sus derechos” porque el Motu Proprio dice “que nunca ha sido abrogada”.

En primer lugar, por la frase incompleta que olvida el: “como forma extraordinaria”.

En segundo lugar, porque “no ser abrogada” no significa conservar “sus derechos”. Prueba de ello es el mismo Motu Proprio, que afirma que la Misa Tridentina no ha abrogada, pero tiene un lugar secundario en la liturgia, es un rito secundario y extraordinario.

El derecho a la Misa Tridentina es un derecho incondicional. Cualquier sacerdote puede (y debe) celebrar siempre la Misa Tridentina.

Pero, con el Motu Proprio de 2077, eso se terminó, pues el significado obvio es que cualquier sacerdote puede celebrar la Misa Tridentina bajo ciertas condiciones.

El mismo Monseñor Fellay tuvo que confesarlo en el sermón de Villepreux. Tras decir que no hay condiciones, añadió: “Hay bastantes condiciones prácticas (…) También hay restricción el domingo”.

Entonces, no es porque “cualquier sacerdote pueda celebrar la Misa Tridentina” que la Misa recupera su lugar y su derecho en la Iglesia.

Encontrar “su lugar” es encontrar el lugar que es suyo; lo cual no se da con el Motu proprio, porque el lugar dado a la Misa es un lugar subordinado a la misa de Lutero.

Decir que la Misa “ha recuperado su lugar en la Iglesia” significa que ese lugar subordinado es el que normalmente le pertenece, y que ya no hay nada más que reclamar o esperar a esta Misa.

Otra cosa sería decir que la misa ha encontrado un lugar en la Iglesia.

Pero el lugar de la Misa Tridentina es mucho más alto, este lugar está definido por la Bula Quo primum tempore.

Entonces, la Misa Tridentina no ha encontrado su lugar. El motu proprio de Benedicto XVI no ha devuelto, no devuelve y no devolverá su lugar en la Iglesia a la Misa Tridentina.

¿Palabras proféticas? No. Simples conjeturas…

La Frutilla del postre

El 15 de enero de 2013 el Cardenal Antonio Cañizares Llovera, en ese momento Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, develó que Monseñor Bernard Fellay, le comentó una vez lo siguiente: “Vengo de una abadía, que queda junto a Florencia. Si Monseñor Lefebvre hubiese conocido cómo se celebra allí, no hubiese dado el paso que dio”…

Y el misal utilizado allí es el de Pablo VI en su realidad más estricta…

Respecto del levantamiento de las excomuniones (celebrado con un Magnificat por la Neo-F₪₪PX) y subsiguientes discusiones doctrinales.

De la Carta de Monseñor Fellay a los fieles, Menzingen, 24 de enero de 2009:

“El decreto del 21 de enero cita la carta del 15 de diciembre último al Cardenal Castrillón Hoyos en la que expresé nuestro apego «a la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, que es la Iglesia Católica», y reafirmando nuestra aceptación de sus dos mil años de enseñanza y nuestra fe en el Primado de Pedro. Recordé cuánto sufrimos con la situación actual de la Iglesia donde se violan esta enseñanza y esta primacía, y agregué: «Estamos listos para escribir con nuestra sangre el Credo, a firmar el juramento antimodernista, la profesión de fe de Pío IV, aceptamos y hacemos nuestros todos los concilios hasta el Concilio Vaticano II, sobre el cual expresamos reservas»”.

Recordar…:

“Pareciera que desechamos todo Vaticano II. Sin embargo, adherimos al 95%” (11 de mayo de 2001, entrevista a Mons. Fellay por el diario suizo La Liberté; publicada en DICI n° 8, el 18 de mayo del mismo año).

“Lejos de querer detener la Tradición en 1962, deseamos considerar el Concilio Vaticano II y el Magisterio post-conciliar a la luz de esta Tradición que san Vicente de Lérins ha definido como “lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos”, sin ruptura y en un desarrollo perfectamente homogéneo”. (Comunicado de Mons. Fellay del 12 de marzo de 2009).

“Mucha gente tiene un entendimiento del Concilio que es un mal entendimiento. Ahora tenemos autoridades en Roma que lo dicen. Nosotros hemos visto en las discusiones que muchas cosas que hemos condenado como pertenecientes al concilio, no son de hecho del concilio, sino del común entendimiento de éste” (Entrevista a Mons. Fellay en EEUU).

“La libertad religiosa es utilizada de muchas maneras, y viendo de cerca yo realmente tengo la impresión que no muchos conocen lo que realmente el Concilio dijo al respecto. El Concilio presenta una libertad religiosa de hecho muy, muy limitada. Muy limitada. Eso significa que en nuestras pláticas con Roma ellos dijeron claramente que tener el derecho al error o escoger una religión es falso” (Entrevista a Mons. Fellay en EEUU).

No olvidar…:

De la Carta del Superior General y sus dos Asistentes a los otros tres Obispos, del 14 de abril 2012:

“Leyéndoos, uno se pregunta seriamente si vosotros creéis todavía que esta Iglesia visible, cuya sede está en Roma, es bien la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, una Iglesia sin duda desfigurada horriblemente a planta pedis usque ad verticem capitis, pero una Iglesia que tiene sin embargo y todavía por cabeza a Nuestro Señor Jesucristo”.

“En la Fraternidad, se está en camino de hacer de los errores del Concilio super herejías”.

“En sí, la solución de la Prelatura Personal propuesta no es una trampa. Esto se evidencia ante todo de que la situación actual en abril de 2012 es muy diferente de la de 1988. Pretender que nada ha cambiado es un error histórico”.

De la Declaración Doctrinal, del 15 de abril 2012, que Monseñor Fellay envió al Cardenal Levada para ser firmada:

“Nosotros declaramos reconocer la validez del sacrificio de la Misa y de los Sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia según los ritos indicados en las ediciones típicas del Misal romano y de los Rituales de los Sacramentos legítimamente promulgados por los papas Paulo VI y Juan Pablo II”.

Intervención del Padre Pagliarani en el Capítulo General de 2012 para salvar a Monseñor Fellay:

Durante el Capítulo de 2012, el Padre Jorna, Director del seminario de Ecône y uno de los teólogos enviados a Roma para las discusiones doctrinales, distribuyó y comentó un texto, demostrando ante el Capítulo que la Declaración de Monseñor Fellay no era otra cosa que la hermenéutica de la continuidad. Después de esta exposición, la conclusión se impuso por sí misma: esta Declaración debía ser condenada por su autor.

El Director del seminario de La Reja, el Padre Pagliarani, se levantó para romper el silencio, e intervino en favor de Monseñor Fellay: “¡Estimados cofrades! No vamos a infligirle una bofetada a nuestro Superior exigiéndole una retractación; esto se hará implícitamente por la Declaración final del Capítulo”.

Sin embargo, la Casa General manipuló al Capítulo para que no sancionara al Superior General y logró engañar a los capitulares, haciéndoles creer que la Declaración había sido enterrada por una desaprobación implícita de su autor.

¡Vaya bofetada infligida a la Obra de la Tradición!

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Por todas estas declaraciones y actitudes, el actual Superior General, sus dos Asistentes y sus dos Consejeros, así como todos los Superiores Mayores de la Fraternidad deberían hacer un público acto de reconocimiento de sus errores, con pedido explícito de perdón a sacerdotes y fieles; y llamarse luego a silencio, en lugar de hacer vacías declaraciones como la Carta que ahora transcribimos, que sólo podría servir para una conferencia espiritual para buenas monjitas sobre la Santa Misa.

A cada uno de sus lastimeros ladridos hay que oponer una o varias de las faltas pasadas, más arriba consignadas… Lo haremos con algunos, dejando el resto del trabajo al lector.

CARTA DEL PADRE DAVIDE PAGLIARANI

sobre el motu proprio “Traditionis custodes”

Menzingen, 22 de julio de 2021

Queridos miembros y amigos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X:

El motu proprio Traditionis custodes y la carta que lo acompaña causaron gran revuelo en el llamado ámbito tradicionalista.

Puede observarse, con toda lógica, que la era de la hermenéutica de la continuidad, con sus ambigüedades, ilusiones y esfuerzos imposibles, ha sido drásticamente trastornada, barrida de un revés.

Estas medidas tan claras y directas no afectan directamente a la Fraternidad San Pío X, pero deben ser para nosotros la ocasión de una profunda reflexión.

Para ello, hemos de elevarnos a los principios y plantearnos una cuestión a la vez antigua y nueva: ¿Por qué la Misa Tridentina sigue siendo la manzana de la discordia después de cincuenta años?

Ante todo, debemos recordar que la Santa Misa es la continuación, en el tiempo, de la lucha más encarnizada que jamás haya existido: la batalla entre el reino de Dios y el reino de Satanás, esta guerra que alcanzó su punto culminante en el Calvario, por el triunfo de Nuestro Señor. Es para esta lucha y para esta victoria que se encarnó. Y puesto que la victoria de Nuestro Señor tuvo lugar a través de la cruz y por su sangre, es comprensible que su perpetuación también se realice a través de luchas y contradicciones. Todo cristiano está llamado a este combate: Nuestro Señor nos lo recuerda cuando dice que vino «a traer la espada a la tierra» (Mt 10, 34). No es de extrañar que la Misa de siempre, que expresa perfectamente la victoria final de Nuestro Señor sobre el pecado a través de su sacrificio expiatorio, sea en sí misma un signo de contradicción.

Pero ¿por qué esta Misa se ha convertido en un signo de contradicción dentro de la misma Iglesia?

La respuesta es simple y cada vez más clara. Después de cincuenta años, los elementos de respuesta son evidentes para todos los cristianos de buena voluntad: la Misa tridentina expresa y transmite una concepción de la vida cristiana y, por consiguiente, una concepción de la Iglesia, absolutamente incompatible con la eclesiología salida del Concilio Vaticano II.

El problema no es simplemente litúrgico, estético o puramente formal. El problema es a la vez doctrinal, moral, espiritual, eclesiológico y litúrgico. En definitiva, es un problema que afecta a todos los aspectos de la vida de la Iglesia sin excepción: es una cuestión de fe.

De un lado está la Misa de siempre, estandarte de una Iglesia que desafía al mundo y que está segura de la victoria, porque su batalla no es otra que la continuación de la que llevó Nuestro Señor para destruir el pecado y el reino de Satanás. Es por la Misa y a través de la Misa como Nuestro Señor alista a las almas cristianas en su propia lucha, haciéndolas partícipes tanto de su cruz como de su victoria. De todo esto se deriva una concepción de la vida cristiana profundamente militante. Dos notas la caracterizan: el espíritu de sacrificio y una esperanza inquebrantable.

Del otro lado está la Misa de Pablo VI, expresión auténtica de una Iglesia que quiere estar en armonía con el mundo, que presta oídos a los reclamos del mundo; una Iglesia que, en definitiva, ya no tiene que luchar contra el mundo, porque ya no tiene nada que reprocharle; una Iglesia que ya no tiene nada que enseñar, porque está a la escucha de los poderes de este mundo; una Iglesia que ya no necesita el sacrificio de Nuestro Señor, porque, habiendo perdido la noción del pecado, ya no tiene nada que expiar; una Iglesia que ya no tiene la misión de restaurar la realeza universal de Nuestro Señor, puesto que quiere contribuir al desarrollo de un mundo mejor, más libre, más igualitario, más eco-responsable; y todo esto con medios puramente humanos. A esta misión humanista que los hombres de Iglesia se han adjudicado debe corresponder necesariamente una liturgia igualmente humanista y desacralizada.

La batalla de estos últimos cincuenta años, que el 16 de julio acaba de conocer un momento ciertamente significativo, no es la guerra entre dos ritos: es de hecho la guerra entre dos concepciones diferentes y opuestas de la Iglesia y de la vida cristiana, absolutamente irreductibles e incompatibles entre sí. Parafraseando a San Agustín, podríamos decir que dos Misas construyen dos ciudades: la Misa de siempre ha construido la ciudad cristiana, y la Misa Nueva pretende construir la ciudad humanista y laica.

Si Dios permite todo esto, lo hace ciertamente por un bien mayor. Ante todo para nosotros mismos, que tenemos la oportunidad inmerecida de conocer y beneficiarnos de la Misa Tridentina; estamos en posesión de un tesoro del que no siempre medimos todo su valor, y que tal vez guardamos demasiado por costumbre. Alcanzamos a medir mejor todo el valor de algo precioso justamente cuando se ve atacado o despreciado.

Que este «choque» provocado por la dureza de los textos oficiales del 16 de julio sirva para que se renueve, profundice y redescubra nuestro aprecio y nuestra fidelidad a la Misa Tridentina; esta Misa, nuestra Misa, debe ser realmente para nosotros como la perla del Evangelio por la que renunciamos a todo, por la que estamos dispuestos a venderlo todo.

Quien no esté dispuesto a derramar su sangre por esta Misa, no es digno de celebrarla. Quien no esté dispuesto a renunciar a todo por conservarla, no es digno de asistir a ella.

Esta debería ser nuestra primera reacción ante los acontecimientos que acaban de sacudir a la Iglesia. Que nuestra propia reacción de sacerdotes y de fieles católicos, por su profundidad y su firmeza, vaya mucho más allá de los comentarios de toda clase, inquietos y a veces desesperanzados.

Dios ciertamente tiene otro objetivo en vista al permitir este nuevo ataque a la Misa Tridentina. Nadie puede dudar que, durante estos últimos años, muchos sacerdotes y muchos fieles han descubierto esta Misa, y que a través de ella se han acercado a un nuevo horizonte espiritual y moral, que les ha abierto el camino de la santificación de sus almas.

Las últimas medidas que se acaban de tomar contra la Misa obligarán a estas almas a sacar todas las consecuencias de lo que han descubierto: les toca ahora elegir –con los elementos de discernimiento que están a su disposición– lo que se impone a toda conciencia católica bien esclarecida.

Muchas almas van a enfrentarse a una elección importante respecto de la fe, porque –repitámoslo– la Misa es la expresión suprema de un universo doctrinal y moral.

Se trata, pues, de elegir la fe católica en su totalidad, y por ella a Nuestro Señor Jesucristo, su cruz, su sacrificio y su realeza. Se trata de elegir su Sangre, de imitar al Crucificado y de seguirlo hasta el fin con total, radical y consecuente fidelidad.

La Fraternidad San Pío X tiene el deber de ayudar a todas aquellas almas que se encuentran actualmente consternadas y desanimadas. Ante todo, tenemos el deber de ofrecerles, por los hechos mismos, la certeza de que la Misa Tridentina nunca podrá desaparecer de la faz de la tierra: es un signo de esperanza sumamente necesario.

Además, cada uno de nosotros, sacerdote o fiel, debe tenderles una mano amiga, porque quien no tiene el deseo de compartir los bienes de que se beneficia se hace en realidad indigno de esos bienes. Sólo así amaremos verdaderamente a las almas y a la Iglesia; porque cada alma que ganemos para la cruz de Nuestro Señor, y para el inmenso amor que Él manifestó por su Sacrificio, será un alma verdaderamente ganada para su Iglesia, para la caridad que la anima y que debe ser la nuestra, especialmente en este momento.

Estas intenciones las confiamos a la Madre de los Dolores, a Ella le dirigimos nuestras oraciones, ya que nadie ha penetrado mejor que Ella el misterio del sacrificio de Nuestro Señor y de su victoria en la Cruz. Nadie mejor que Ella ha estado tan íntimamente asociado a su sufrimiento y a su triunfo. En sus manos ha puesto Nuestro Señor toda la Iglesia; y por eso mismo, a Ella le ha sido confiado lo que la Iglesia tiene de más precioso: el testamento de Nuestro Señor, el santo sacrificio la misa.

EL PERRO DE MI VECINO

Tomado de Camperas, del Padre Castellani

Mi vecino tenía un perro overo que se entraba en casa a robarnos carnes. Nosotros los muchachos muchas veces nos entrábamos a lo del vecino a robarle higos. Y sucedía así que el perro se percataba a veces de los ladrones, mientras él mismo estaba en casa ajena merodeando la cocina.

¿Qué hacía? ¿Ladraba desde allá? Nunca. Abandonaba la presa al instante, pegaba un rodeo despacito por detrás de la casa para que no lo viésemos, se metía en su casilla a escondidas… y de golpe salía ladrando ruidosamente, muy serio, y como si en su vida hubiera roto un plato.

Pero en la voz se le conocía al pobre la vergüenza y la angustia y la falta de convicción de su conciencia sucia. Ladraba el pobrete porque era su deber, pero haciendo propósitos firmísimos de no robar más un hueso, aunque tuviese que pasar las hambres del mundo como las pasaba.

Ojalá todos los que tenemos por oficio predicar la virtud al prójimo, tuviésemos por lo menos la honradez del perro de mi vecino.

Aplicación

Había unos Obispos y Sacerdotes de la Tradición y para la Tradición que trataban con la Roma anticristo, modernista y liberal, cuando no deberían haberlo hecho.

Si bien los romanos de vez en cuando y maquiavélicamente miraban del rabillo del ojo hacia el lado de la Tradición y les arrojaban, de tanto en tanto, un hueso pelado, sin embargo, seguían adelante con su plan de destruir la Iglesia.

Y sucedió que, mientras estos Obispos y Sacerdotes de la Tradición y para la Tradición andaban declarando que deseaban que la Roma modernista los reconozca como obispos y sacerdotes legítimos, se percataron que los romanos parecían contradecirse entre sí, recuperando el hueso más grande que les habían ofrecido…

¿Qué hizo el nuevo Superior General de ellos?

Abandonó por el momento sus ilusiones romanas, pegó despacito por detrás de Roma un rodeo diplomático, político, sabiendo que Roma entiende bien de política…, volvió sigilosamente a Menzingen, y de golpe salió ladrando ruidosamente, muy serio, y como si jamás en su vida hubieran roto un plato…, aunque ya habían destrozado toda la cristalería de la Tradición con el Te Deum por el Motu proprio, el Magnificat por el Decreto del levantamiento de la excomunión y la aceptación de todos los otros huesitos recibidos (jurisdicción para confesiones y matrimonios, autorización para ordenaciones, ser jueces de primera y segunda instancia …).

Ladró, sí… Pero en la voz se le conoce al pobre la vergüenza, la angustia y la falta de convicción de su conciencia sucia…

Ladra el pobrete porque es su deber…

Esperemos que sea con el firmísimo propósito de comportarse como un buen pastor, y de no volver a tratar ni pactar con la Roma anticristo, modernista y liberal, aunque tenga que pasar las hambres del mundo como las pasaba antes.

Distinto era el ladrido de la Fraternidad en otros tiempos. Recordemos, por ejemplo, la Carta Abierta al Cardenal Gantin, firmada por todos los Superiores de la Fraternidad el 6 de julio de 1988:

“Eminencia, reunidos en torno a su Superior general, los Superiores de los distritos, seminarios y casas autónomas de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, piensan conveniente expresarle respetuosamente las reflexiones siguientes. Usted creyó deber suyo, por su carta del 1º de julio último, hacer saber su excomunión latae sententiae a Su Excelencia Monseñor Marcel Lefebvre, a Su Excelencia Monseñor Antonio de Castro Mayer y a los cuatro obispos que ellos consagraron el 30 de junio último en Ecône. Quiera usted mismo juzgar sobre el valor de tal declaración, que viene de una autoridad que, en su ejercicio, rompe con la de todos sus antecesores hasta el papa Pío XII, en el culto, enseñanzas y el Gobierno de la Iglesia.

En cuanto a nosotros, estamos en plena comunión con todos los Papas y todos los Obispos que han precedido el Concilio Vaticano II, celebrando exactamente la Misa que ellos codificaron y celebraron, enseñando el Catecismo que ellos compusieron, oponiéndonos contra los errores que ellos condenaron muchas veces en sus encíclicas y cartas pastorales. Quiera usted entonces juzgar de qué lado se encuentra la ruptura. Estamos extremadamente apenados por la ceguera de espíritu y el endurecimiento de corazón de las autoridades romanas.

En cambio, nosotros jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de Iglesia Conciliar y se define por el Novus Ordo Missæ, el ecumenismo indiferentista y la laicización de toda la sociedad. Sí, nosotros no tenemos ninguna parte, nullam partem habemus, con el panteón de las religiones de Asís; nuestra propia excomunión por un decreto de Vuestra Eminencia o de otro dicasterio no sería más que la prueba irrefutable. No pedimos nada mejor que el ser declarados ex communione del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace veinticinco años; excluidos de la comunión impía con los infieles.

Creemos en un solo Dios, Nuestro Señor Jesucristo, con el Padre y el Espíritu Santo, y seremos siempre fieles a su única Esposa, la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.

El ser asociados públicamente a la sanción que fulmina a los seis obispos católicos, defensores de la fe en su integridad y en su totalidad, sería para nosotros una distinción de honor y un signo de ortodoxia delante de los fieles.

Estos, en efecto, tienen absoluto derecho de saber que los sacerdotes a los cuales se dirigen no están en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal y sincretista”.

Padre Juan Carlos Ceriani