PADRE CERIANI: SOBRE INDULTOS Y MOTU PROPRIO

Misterios de iniquidad

Si bien ya hemos publicado en reiteradas oportunidades nuestros análisis y reprobaciones de los Indultos de 1984 y 1988, de Juan Pablo II, así como del Motu proprio de Benedicto XVI, de 2007, con ocasión del nuevo Motu proprio no faltan quienes nos piden nuestra opinión sobre aquellos documentos.

Remito a las dos Entregas donde se puede encontrar tanto el texto como el audio:

— Respecto de los Indultos de 1984 y 1988: Ver Aquí

— Respecto del Motu proprio de 2007: Ver Aquí

Entregamos hoy el texto de esos Especiales.

LOS INDULTOS DE 1984 Y 1988

Como hemos visto en los dos últimos Especiales, después de implementar sagaces reformas preparatorias, en abril de 1969 se publicó un Novus Ordo Missæ.

Desde entonces, los católicos se vieron trágicamente divididos entre la Misa Católica y la misa bastarda.

Desde 2007, Benedicto XVI, por medio del Motu proprio Summorum Pontificum, dio la impresión de querer preparar oficialmente una “tercera misa”, es decir, la síntesis entre la Misa Romana y el fruto de la reforma protestantizante de Pablo VI.

¿Cómo hemos llegado aquí?

Pablo VI quiso, explícitamente, reemplazar el Ordo Romano Tradicional por el des-Ordo Nuevo; hacer que el Novus Ordo Missæ ocupase de hecho el lugar del Antiguo.

Pero, de derecho, Pablo VI nunca abrogó la Misa Romana, e incluso ni siquiera la prohibió.

Contrariamente a lo que muchos querían hacer creer y otros muchos creían, la Misa Romana continuó siendo, desde el punto de vista estrictamente jurídico y canónico, la Misa oficial y única del Rito Latino Romano de la Iglesia Católica.

El Misal Romano no había sido abrogado.

Era claro, para quien lo quisiera ver, que todo sacerdote tenía el deber (y, por lo tanto, el derecho) de rezar la Santa Misa conforme a ese Misal.

Pero, de hecho, desde 1969, los sacerdotes que deseaban mantener la Misa Romana fueron brutalmente perseguidos por los partidarios de la nueva misa montiniana.

Por lo tanto, el mantenimiento del Misal Romano tuvo que llevarse a cabo en una aparente y creciente desobediencia: fundación de seminarios y prioratos, ocupación de iglesias, construcción de centros de Misa, ordenaciones sacerdotales, consagraciones episcopales…

Fue entonces, y sólo para obstaculizar y reabsorber esta legítima reacción, que el Vaticano se interesó por la Misa Romana.

Las medidas adoptadas por la Roma modernista y anticristo tendían realmente a sofocar y eliminar el Misal Romano, y no a conservarlo y difundirlo.

En octubre de 1984, Juan Pablo II firmó un primer indulto, por el cual autorizaba a los obispos conceder, bajo ciertas condiciones, la Misa Romana.

De hecho, fue una acción de ahogo y de opresión, dado que la Misa Romana nunca había sido abrogada, y porque las condiciones impuestas para permitirla no eran, pues, necesarias.

Aceptar esas condiciones, equivalía reconocer la abrogación del Misal Romano.

Además, esos requisitos llevaban su veneno, porque el indulto se podía conceder únicamente a aquellos que no tenían nada en común (nullam partem) con los católicos que cuestionan la rectitud doctrinal y canónica de la nueva misa, la bastarda.

Por lo tanto, se los privaba completamente de todo argumento para el día que se decidiese retirar el indulto, la grosera e insultante autorización.

CARTA QUATTUOR ABHINC ANNOS

Dirigida por la Congregación para el culto divino a los presidentes de las conferencias episcopales sobre el uso del misal romano bajo la edición típica del año 1962

Eminentísimo Señor:

Hace cuatro años, por voluntad del Sumo Pontífice Juan Pablo II, se invitó a todos los Obispos de la Iglesia a presentar un informe sobre el modo en el cual los presbíteros y los fieles en sus diócesis, cumpliendo adecuadamente los estatutos del Concilio Vaticano II, adoptaron el Misal promulgado por el Papa Pablo VI; las dificultades sobrevinientes a la aplicación de la reforma litúrgica, y las resistencias que hubiere que superar.

El resultado de la consulta fue conocido por todos los Obispos (cfr. Notitiæ, núm. 185, diciembre de 1981). Atendiendo a sus respuestas, parecía resuelto el problema de los sacerdotes y fieles que mantenían el llamado “rito tridentino”.

Pero como el problema ha perdurado, el Sumo Pontífice, deseando ayudar a estos grupos, concede a los Obispos diocesanos la facultad de conceder el indulto a los sacerdotes y fieles, que expresamente estén suscribiendo la petición al Obispo, para que puedan seguir celebrando la Misa con el Misal Romano en su edición de 1962, guardando las siguientes condiciones:

(a) Debe constar sin ambigüedades que tales sacerdotes y fieles no tienen parte con los que dudan de la legitimidad y rectitud doctrinal del Misal Romano promulgado por el Romano Pontífice Pablo VI en 1970.

(b) Esa celebración sólo será útil para los grupos que la pidieron; en las iglesias y oratorios que el Obispo diocesano señalare (no así en templos parroquiales, a no ser que el Obispo lo conceda para casos extraordinarios); en los días y condiciones que el mismo Obispo estableciera por costumbre o por una eventualidad.

(c) Deberán celebrar siguiendo el Misal del año 1962 y en latín.

(d) No deberán mezclar los ritos y los textos de ambos Misales.

(e) Cada Obispo reportará a esta Congregación sobre las concesiones que otorgue, y al culminarse el año de la concesión del presente indulto, dará cuenta de los resultados obtenidos con su aplicación.

Esta concesión, signo de la solicitud del Padre común para con todos sus hijos, habrá de usarse en tal manera que no ocasione perjuicio alguno a la observancia fiel de la reforma litúrgica en la vida de cada una de las comunidades eclesiales.

Aprovecho la oportunidad para reiterar a su Eminencia Reverendísima mis afectos en el Señor.

En el edificio de la Congregación para el Culto Divino, a 3 de octubre de 1984.

✠AGUSTÍN MAYER, OSB, Arzobispo titular de Satriano, Pro-Prefecto

✠Virgilio Noé, Arzobispo titular de Voncaria, Secretario

+++

Como vemos, la Congregación para el Culto Divino expidió, el 3 de octubre de 1984, a los presidentes de conferencias episcopales una Instrucción en relación a la celebración de la Santa Misa según los libros litúrgicos de 1962.

Este documento es anterior a la creación de la comisión Ecclesia Dei, pero es extremadamente importante. En efecto, éste permanecerá como el documento fundamental que informará el espíritu de la futura Comisión, que siempre se referirá a éste.

Hay que remontarse, entonces, al año 1980 para contextualizar este documento y descubrir cuál era el propósito que inspiraba a la Roma anticristo, donde ya tenía una función crucial el Cardenal Joseph Ratzinger, que es uno de los actores más importantes de la historia reciente de la Misa tradicional, puesto que, desde el 25 de noviembre de 1981, desempeñará el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El 24 de febrero de 1980, primer Domingo de Cuaresma, Juan Pablo II había publicado la Carta Dominicæ Cenæ, dirigida a todos los obispos de la Iglesia sobre el misterio y culto de la Eucaristía. En ella constataba una situación sobre la cual su predecesor no quiso hacerse cargo: “No faltan, sin embargo, quienes, educados todavía según la antigua liturgia en latín, sienten la falta de esta ‘lengua única’, que ha sido en todo el mundo una expresión de la unidad de la Iglesia y que con su dignidad ha suscitado un profundo sentido del Misterio Eucarístico. Hay que demostrar, pues, no solamente comprensión, sino también pleno respeto hacia estos sentimientos y deseos y, en cuanto sea posible, secundarlos, como está previsto además en las nuevas disposiciones” (núm. 10).

Algunos autores han conjeturado que, probablemente, junto con esta Carta o por esa misma época debía darse a conocer un documento que autorizase el uso del Misal Romano de 1962, lo que finalmente no ocurrió.

La cuestión de las formas rituales anteriores era algo que interesaba a Juan Pablo II, y respecto de la cual quería encontrar alguna solución práctica concreta.

En rigor, sólo existía un “indulto” para la celebración de la Misa tradicional, que beneficiaba a la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales, el cual se conoce como “Indulto de Agatha Christie”, por ser el nombre de esa escritora el que inclinó la voluntad de Pablo VI para concederlo, y que permitía decir la Misa según el Ordo de 1965.

El 19 de junio de 1980, Juan Pablo II recibió en audiencia al Cardenal James Knox, Prefecto de la Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, y dio su aprobación al texto de una Carta preparada por ese dicasterio relativa al uso del latín en la liturgia y la ahí llamada “Misa tridentina”.

La Carta fue enviada a 2.317 obispos de rito latino, fijándose el 31 de octubre de ese año como plazo para la recepción de las respuestas. En concreto, la Roma modernista pidió a todos los obispos del mundo hacer un informe sobre la aplicación de la reforma litúrgica introducida por Paulo VI.

Este reporte debía, entre otras cosas, expresarse sobre “las dificultades encontradas en la realización de la reforma litúrgica” y “las eventuales resistencias” que se debían “haber superado”.

El texto de la Instrucción de 1984 comienza, precisamente, explicando que Juan Pablo II había solicitado a los obispos que informasen a la Santa Sede sobre la recepción del Misal promulgado en 1970 por Pablo VI de acuerdo con las decisiones del Concilio Vaticano II, y asimismo de cualquier dificultad que hubiese en la implementación de la reforma litúrgica, especialmente en lo relativo a la supervivencia de las formas rituales anteriores.

Se recibieron más o menos en término 1750 respuestas, equivalente al 75,52% de las esperadas.

Con posterioridad se recibieron otras 41 respuestas, las cuales no fueron computadas en el estudio que se publicó en diciembre de 1981 en la Revista Notitiæ, núm. 185, pp. 589-611, y al que se alude en la exposición de motivos de la instrucción Quattuor abhinc annos.

En términos generales, el informe de la Congregación para el Culto Divino concluía que en todo el mundo se había aplicado la reforma litúrgica querida por el Concilio, produciendo frutos abundantes sobre el pueblo cristiano (p. 603).

Como era evidente, la constatación era que la mayoría de las Misas se celebraban en vernáculo (p. 604), siendo muy minoritaria la demanda por el latín (p. 605), y que el canto gregoriano había prácticamente desaparecido, no obstante un renovado interés en algunos lugares (p. 605).

Sobre la Misa de siempre, el reporte decía que no era un problema de toda la Iglesia, pues se concentraba en algunos países de Europa, América y Oceanía, y que detrás existía “una exigua minoría, muy activa, que hace sentir de manera ruidosa su voz” (p. 606).

Aun así, ahí donde existía el deseo de seguir celebrando conforme al Misal anterior, la propuesta de los obispos era que se permitiese el antiguo rito bajo un régimen excepcional, parecido al que tenía la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales (p. 608).

Después de las respuestas enviadas a la Roma anticristo, parecía que el problema de los sacerdotes y los fieles apegados al rito tridentino estaba, por así decirlo, arreglado. Sin embargo, en realidad el problema de la Misa de Rito Romano subsistía completamente.

Poco después de la publicación de estos resultados, y ya en Roma, el Cardenal Joseph Ratzinger organizó una reunión en el Palacio del Santo Oficio destinada a tratar la cuestión litúrgica y el caso de Monseñor Lefebvre.

Ella tuvo lugar el 16 de noviembre de 1982 y contó con la asistencia de los Cardenales Sebastiano Baggio (Prefecto de la Congregación para los Obispos), William W. Baum (Arzobispo de Washington), Agostino Casaroli (Secretario de Estado) y Si

lvio Oddi (Prefecto de la Congregación para el Clero), así como Giuseppe Casoria (entonces Pro-prefecto de la Congregación para el Culto Divino), además del Prefecto anfitrión.

Los asistentes estuvieron de acuerdo en el hecho de que el uso del antiguo rito de la Misa debía ser admitido en toda la Iglesia para las celebraciones en lengua latina, con independencia de la solución que se diera al caso de Monseñor Marcel Lefebvre y su Fraternidad Sacerdotal.

La Roma modernista, dándose cuenta de que no podía asfixiar el movimiento en favor de la Misa Romana, decidió tratar de tomar el control.

Para lograr ese propósito era necesario preparar en los fieles la aceptación del permiso de volver a utilizar un Misal que nunca había perdido su vigencia, puesto que era plausible dudar de la plena validez jurídica de su abrogación, lo cual requería de algunas acciones prácticas concretas, en especial de un documento pontificio que rehabilitara el antiguo rito.

Esa medida sólo se concretó el 18 de marzo de 1984, cuando el Cardenal Casaroli, Secretario de Estado, remitió una carta al Cardenal Casoria, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, con el fin de que preparase una Instrucción estableciendo un régimen de “indulto” respecto de la antigua Misa, el cual debía tener como modelo la dispensa concedida por Pablo VI a la Iglesia de Inglaterra y Gales.

Un mes más tarde, el 19 de abril de 1984, se celebró una nueva reunión en la que participaron los Cardenales Casaroli, Ratzinger y Casoria, y cuyo cometido fue tratar las condiciones concretas de la autorización para celebrar según el Misal Romano previo a la reforma posconciliar, el cual no fue una réplica exacta del indulto inglés.

El resultado de esta reunión fue la redacción de la Instrucción Quattuor abhinc annos, datada el 3 de octubre de ese año, por parte de la Congregación para el Culto Divino, que va con la firma de monseñor Augustin Paul Mayer, como Pro-Prefecto del dicasterio, dado que el 8 de abril de 1984 había cesado en el cargo, por edad, el Prefecto, el Cardenal Giuseppe Casoria.

Ella contenía un régimen de “indulto”, a modo de “dispensa”, vale decir, de relajación de una ley meramente eclesiástica en un caso particular, que se dejaba en manos del obispo diocesano.

Las condiciones para beneficiarse de este “indulto” eran cuatro:

(a) Que constase sin ambigüedades que los sacerdotes y fieles que se beneficiasen del mismo no tuviesen parte (nullam partem) con los que dudan de la legitimidad y rectitud doctrinal del Misal Romano promulgado por Pablo VI en 1970.

(b) Que la celebración sólo fuese en beneficio de los grupos que la pidieron, la cual debía tener lugar en las iglesias y oratorios que el obispo diocesano señalare (no así en templos parroquiales, a no ser que el obispo lo concediese para casos extraordinarios) y en los días y condiciones que el mismo obispo estableciera por costumbre o por una eventualidad.

(c) Que la Misa fuera celebrada conforme al Misal Romano del año 1962 y en latín.

(d) Que no hubiese mezcla de ningún tipo entre los ritos y los textos de ambos Misales, el antiguo y el reformado.

Jean Madiran hizo sobre este “indulto” interesantes comentarios. Remarcó, entre otras cosas, la naturaleza particularmente ofensiva de ese “nullam partem”, para un acto que se presentó como una mano tendida

Él escribió:

“La contradicción más violenta está entre el dispositivo casi de excomunión instituido contra los tradicionalistas y los sentimientos atribuidos dos veces a Juan Pablo II. Al final de su texto, la circular se presenta como signo de la solicitud del Soberano Pontífice por todos sus hijos; al principio, incluso precisa que el Papa quería mostrarse favorable a los grupos de sacerdotes y fieles que permanecen apegados al rito tradicional; lo que hizo que La Croix del 17 de octubre dijera que era “una mano tendida a los cristianos tradicionalistas”. Y al mismo tiempo, por la primera de las condiciones promulgadas, se ordena no tener nullam partem con ellas. NULLAM PARTEM… Todas las traducciones dicen: “nada en común”, “nada que ver” o “ninguna connivencia” con quienes dudan de la misa de Pablo VI. Opté por una traducción un poco menos abrumadora: mantenerlas alejadas. De todos modos, son parias. Esto no es lo que comúnmente se llama una “mano tendida” (Itinéraires No. 288).

Por lo tanto, quedó bien establecido que un sacerdote no podía beneficiarse de la Misa de Rito Romano más que a condición de abandonar el combate contra la misa de Paulo VI, y que esta posición fuera pública y conocida por todos.

Quedaba claro también que esta concesión no podía tener la pretensión de suplantar la misa de Paulo VI, y que ésta debía conservar todos sus derechos de “primacía” litúrgica.

Señalamos que las condiciones impuestas por la Congregación del Culto Divino para la celebración de la Misa de Rito Romano eran muy similares a aquellas que había sugerido Monseñor Annibale Bugnini a Pablo VI en 1976 como una manera de restablecer la concordia litúrgica en la Iglesia y solucionar los problemas derivados del llamado “caso Lefebvre”, quien por entonces fue suspendido a divinis.

Aquella propuesta de “indulto general” había sido rechazada por Pablo VI, puesto que su propósito era confirmar la unidad y exclusividad en torno a su Ordo Missæ.

Hay que sacar varias conclusiones de este “indulto”:

1ª) Su publicación hizo creer al mundo entero que la Misa de San Pio V estaba prohibida, siendo que no lo estaba ni podía estarlo.

2ª) Hizo creer, en consecuencia, que era necesario un permiso especial para celebrar la Misa de Rito Romano.

3ª) Lejos de ser liberada, la misa antigua estaba, en razón de las condiciones a cumplir para beneficiarse de ella, instrumentalizada para lograr la aceptación de la nueva misa de Paulo VI.

Se trata, pues, de un retiro práctico, de ninguna manera doctrinal.

El Vaticano concede el uso de la Misa de Rito Romano, pero sin reconocer, por eso, las deficiencias doctrinales del nuevo rito.

Siempre se lo presenta como “legítimo” y “de recta doctrina”. Es más, no pueden beneficiarse de este indulto quienes dudan de la legitimidad y rectitud doctrinal del misal de Pablo VI.

Por lo tanto, los únicos autorizados para pedir el permiso son aquellos que no tienen ninguna razón doctrinal para hacerlo.

La Roma modernista retrocede en el plano práctico, pero no en el nivel doctrinal. Flexibiliza la legislación, pero no cambia nada en el aspecto doctrinal.

Ha sido la presión de los fieles lo que hizo que cambiase la práctica.

Y, sin embargo, intentaron minimizar esta presión, ya que presentaron este indulto como un signo de la solicitud paternal de Juan Pablo II.

Además, hay en este texto una estrategia, una política, una astucia, para dividir, pues el indulto se otorgaría sólo a aquellos que no mantuviesen relación con aquellos que continúan criticando la reforma litúrgica.

Roma da con una mano para retomar con la otra.

El propósito de esta legislación no es noble

Pero la división deseada, intentada y esperaba no tuvo lugar. Todos los verdaderos tradicionalistas permanecieron unidos. Nadie cedió ante la tentación del chantaje. Todos continuaron rezando o asistiendo a la Misa de Rito Romano, rechazando la nueva misa montiniana debido al peligro que implica para la fe católica y su pureza.

La legítima y necesaria resistencia continuó, y la Roma apóstata no pudo evitar preocuparse por eso.

En 1986 Juan Pablo II nombró una Comisión de nueve cardenales, y les formuló la pregunta de si la Bula Quo primum tempore de San Pío V había sido abrogada o no.

Ocho de los nueve cardenales respondieron que la Bula Quo primum tempore no fue abrogada por Pablo VI en su Constitución Missale Romanum; y, por lo tanto, todavía está en vigor.

En consecuencia, siempre es legal y lícito rezar la Misa codificada por este documento romano de San Pío V.

Como podemos comprobar, la respuesta fue y es importante.

Sin embargo, nadie tomó en cuenta esta respuesta, y todos recordaban la decisión de Pablo VI pronunciada en el Consistorio de mayo de 1976 a favor de la nueva misa; éso fue suficiente para ellos, hubiera o no una abrogación formal de la Bula de San Pío V.

Y aún más, los obispos aplicaban la Carta Quottuor abhin annos con gran resistencia y daban pocos permisos para rezar la Misa de Rito Romano.

Hubiera sido normal que se conociera y fuese divulgada la respuesta de los nueve cardenales en 1986.

Pero no fue así; ella permaneció desconocida hasta julio de 1995…, en que se tuvo conocimiento de rumores sobre la existencia de aquella Comisión de cardenales y su respuesta.

Pero fue recién en mayo de 2000 que se supo todo, y fue a través de la difusión de un pequeño folleto editado por el C.I.E.L. (Centro Internacional de Estudios Litúrgicos), que publicó todas las intervenciones del Cardenal Stickler sobre el problema de la Misa, sus homilías, sus conferencias y estas declaraciones.

Allí nos enteramos de que el Cardenal dio una conferencia el 20 de mayo de 1995, en los Estados Unidos, Fort Lée, Nueva Jersey, cuyo título era Los beneficios de la misa tridentina.

Al final de esta conferencia, el Cardenal aceptó responder ciertas preguntas, entre otras, esta: El Papa Pablo VI, ¿realmente prohibió la antigua misa?

Y el cardenal respondió: En 1986, el Papa Juan Pablo II hizo dos preguntas a una comisión de nueve cardenales: Primera, la celebración ordinaria de la misa tridentina, ¿fue jurídicamente prohibida por el Papa Pablo VI o cualquier otra autoridad competente? La respuesta dada por ocho cardenales (de un total de nueve) fue que no, que la Misa de San Pío V nunca ha sido prohibida. Yo fui uno de esos cardenales. Sólo uno estuvo en contra. Todos los demás estaban a favor de una libre autorización, para que todos pudieran elegir la antigua misa. Pienso que el Papa aceptó esta respuesta”.

La segunda pregunta era si el indulto propio reconocido por cada sacerdote por la Bula Quo primum tempore siempre estaba en vigencia. Ya conocemos la respuesta…

Regresando al tema del “indulto” de 1984, comprobamos que se trató de una “trampa doctrinal”.

Así, aquellos que pretendieron gozar de la misa de San Pio V “legalmente” hicieron, en realidad, una profesión “legal” de aceptar oficialmente la nueva misa que ellos habían rechazado hasta ese momento.

En consecuencia, este Indulto, lejos de ser una victoria para los sostenedores de la liturgia antigua, constituyó en realidad un triunfo de la Roma modernista en favor de la reforma litúrgica conciliar, puesto que la Misa de Rito Romano permanece como una misa sospechosa, sujeta a autorización previa…

¡Es un escándalo enorme e insensato!…

La Misa codificada por San Pío V sigue siendo una costumbre inmemorial en la Iglesia.

¿Cómo puede ser objeto de una condición previa?

Es una profunda falta de respeto al ser histórico de la Iglesia.

¡Es una impiedad!

Estaba claro, entonces, que un sacerdote católico no podía, de ninguna manera, valerse de tal insulto a la Misa.

Ningún sacerdote hubiera debido pedir nunca el permiso para celebrar su Misa en virtud de este insulto.

A quienes lo solicitaron, las condiciones impuestas les prohibieron, de todas maneras, la obtención de esta facultad, pues su posición respecto a la nueva misa no les permitió cumplir con los requisitos.

De todos modos, promulgada la Instrucción, los obispos diocesanos rechazaron muchas solicitudes porque estimaron que las personas que deseaban acogerse al régimen de dispensa no habían cumplido con las condiciones previstas en la Instrucción.

Por otra parte, diversos grupos que conservaban la Misa Romana (especialmente la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X) sostuvieron que no necesitaban permiso para celebrar el rito de siempre, por lo que condenaron el documento y su estrechez refiriéndose a las Misas celebradas bajo la Instrucción Quattuor abhinc annos como las “Misas del indulto”, en realidad “del insulto” o “Misas insultadas”.

Varios de estos grupos, como la Sociedad Sacerdotal San Pío V, que había sido fundada en 1983 por el Rvdo. Clarence Kelly en Nueva York, preferían celebrar la Misa de acuerdo con las ediciones del Misal Romano anteriores a 1962, pues consideraban que esa edición era canónicamente dudosa, si bien podía reputarse sacramentalmente válida.

La reunión convocada por el Cardenal Ratzinger en noviembre de 1982 (a la cual hemos hecho referencia más arriba) había trazado un plan de acción mucho más amplio respecto de la Misa de siempre, pues también preveía una segunda etapa consistente en la promulgación de un documento pontificio que tratase sobre la identidad del misal bastardo montiniano y el Misal Romano Católico; lo que los apóstatas modernistas califican de forma ordinaria de celebración y la nuevamente permitida de manera extraordinaria, que, según ellos, no se oponen, sino que expresan una misma fe.

La tercera etapa consistía en efectuar una síntesis entre los dos Misales, el nuevo y el antiguo, donde se conserven lo que ellos llaman “logros de la restauración litúrgica”.

De hecho, esta idea de “enriquecimiento mutuo” estará presente en la Carta a los obispos que Benedicto XVI añadió al Motu proprio Summorum Pontificum.

Todo este siniestro plan no prosperó debido a la negación de numerosos sacerdotes y fieles a entrar en esta estratagema diabólica.

Así llegamos, en julio de 1988, a las consagraciones episcopales realizadas por Monseñor Marcel Lefebvre y Monseñor de Castro Mayer.

Con ocasión de ellas, la operación es nuevamente intentada; y Juan Pablo II promulga el Motu proprio Ecclesia Dei afflicta, fechado el 2 de julio de ese año.

+++

CARTA APOSTÓLICA ECCLESIA DEI

1. La Iglesia de Dios con gran aflicción ha tenido conocimiento de la ilegítima ordenación episcopal que el arzobispo Marcel Lefebvre confirió el pasado 30 de junio, de forma que han resultado inútiles todos los esfuerzos realizados desde hace años para asegurar la comunión da la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, fundada por el mismo reverendísimo monseñor Lefebvre, con la Iglesia. En efecto, para nada han servido esos esfuerzos, tan intensos de los meses pasados, con los que la Sede Apostólica ha manifestado paciencia y comprensión hasta el límite de lo posible.

2. Esta tristeza la siente de modo especial el Sucesor de Pedro, el primero a quien corresponde tutelar la unidad de la Iglesia, por muy pequeño que sea el número de las personas directamente implicadas en estos sucesos, ya que cada hombre es amado por sí mismo por Dios, y ha sido redimido por la Sangre de Cristo, derramada en la cruz por la salvación de todos.

Las particulares circunstancias, objetivas y subjetivas, en las que se ha realizado el acto del arzobispo Lefebvre, ofrecen a todos la ocasión para reflexionar profundamente y para renovar el deber de fidelidad a Cristo y a su Iglesia.

3. Ese acto ha sido en sí mismo una desobediencia al Romano Pontífice en materia gravísima y de capital importancia para la unidad de la Iglesia, como es la ordenación de obispos, por medio de la cual se mantiene sacramentalmente la sucesión apostólica. Por ello, esa desobediencia —que lleva consigo un verdadero rechazo del Primado romano— constituye un acto cismático. Al realizar ese acto, a pesar del monitum público que le hizo el cardenal Prefecto de la Congregación para los Obispos el pasado día 17 de junio, el reverendísimo mons. Lefebvre y los sacerdotes Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta, han incurrido en la grave pena de excomunión prevista por la disciplina eclesiástica.

4. La raíz de este acto cismático se puede individuar en una imperfecta y contradictoria noción de Tradición: imperfecta porque no tiene suficientemente en cuenta el carácter vivo de la Tradición, que —como enseña claramente el Concilio Vaticano II— arranca originariamente de los Apóstolos, “va progresando en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo; es decir, crece con la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón, cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad”.

Pero es sobre todo contradictoria una noción de Tradición que se oponga al Magisterio universal de la Iglesia, el cual corresponde al Obispo de Roma y al Colegio de los Obispos. Nadie pude permanecer fiel a la Tradición si rompe los lazos y vínculos con aquél a quien el mismo Cristo, en la persona del Apóstol Pedro, confió el ministerio de la unidad en su Iglesia.

5. Teniendo presente la mala acción realizada, nos sentimos en el deber de recordar a todos los fieles algunos aspectos que este triste acontecimiento pone en evidencia de modo especial.

a) En efecto, el éxito que ha tenido recientemente el movimiento promovido por mons. Lefebvre puede y debe ser, para todos los fieles, un motivo de reflexión sincera y profunda sobre su fidelidad a la Tradición de la Iglesia, propuesta auténticamente por el Magisterio eclesiástico, ordinario o extraordinario, especialmente en los Concilios Ecuménicos desde Nicea al Vaticano II. De esta meditación todos debemos sacar un nuevo y eficaz convencimiento de la necesidad de ampliar y aumentar esa fidelidad, rechazando totalmente interpretaciones erróneas y aplicaciones arbitrarias y abusivas en materia doctrinal, litúrgica y disciplinar.

Corresponde sobre todo a los obispos, por su misión pastoral, el grave deber de ejercer una vigilancia clarividente, llena de caridad y de fortaleza, de modo que en todas partes se salvaguarde esa fidelidad.

Sin embargo, es necesario que todos los Pastores y los demás fieles cristianos tomen nuevamente conciencia, no sólo de la legitimidad sino también de la riqueza que representa para la Iglesia la diversidad de carismas y tradiciones de espiritualidad y de apostolado, la cual constituye también la belleza de la unidad en la diversidad: esa “sintonía” que, bajo el impulso del Espíritu Santo, eleva la Iglesia terrestre al cielo.

b) Quisiera, además, llamar la atención de los teólogos y de otros expertos en ciencias eclesiásticas, para que también se sientan interpelados por las circunstancias presentes. En efecto, las amplias y profundas enseñanzas del Concilio Vaticano II requieren un nuevo empeño de profundización, en el que se clarifique plenamente la continuidad del Concilio con la Tradición, sobre todo en los puntos doctrinales que, quizá por su novedad, aún no han sido bien comprendidos por algunos sectores de la Iglesia.

c) En las presentes circunstancias, deseo sobre todo dirigir una llamada a la vez solemne y ferviente, paterna y fraterna, a todos los que hasta ahora han estado vinculados de diversos modos con las actividades del arzobispo Lefebvre, para que cumplan el grave deber de permanecer unidos al Vicario de Cristo en la unidad de la Iglesia católica y dejen de sostener de cualquier forma que sea esa reprobable forma de actuar. Todos deben saber que la adhesión formal al cisma constituye una grave ofensa a Dios y lleva consigo la excomunión debidamente establecida por la ley de la Iglesia.

A todos esos fieles católicos que se sienten vinculados a algunas precedentes formas litúrgicas y disciplinares de la tradición latina, deseo también manifestar mi voluntad —a la que pido que se asocie la voluntad de los obispos y de todos los que desarrollan el ministerio pastoral en la Iglesia— de facilitar su vuelta a la comunión eclesial a través de las medidas necesarias para garantizar el respeto de sus justas aspiraciones.

6. Habida cuenta de la importancia y complejidad de los problemas indicados en este documento, en virtud de mi autoridad apostólica, establecemos la siguiente:

a) se constituye una Comisión, con la tarea de colaborar con los obispos, con los dicasterios de la Curia Romana y con los ambientes interesados, para facilitar la plena comunión eclesial de los sacerdotes, seminaristas, comunidades, religiosos o religiosas, que hasta ahora estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por el arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al Sucesor de Pedro en la Iglesia católica, conservando sus tradiciones espirituales y litúrgicas, según el protocolo firmado el pasado 5 de mayo por el cardenal Ratzinger y por el arzobispo Lefebvre;

b) esta Comisión está formada por un cardenal Presidente y por otros miembros de la Curia Romana, en el número que se considere oportuno según las circunstancias;

c) además, se habrá de respetar en todas partes, la sensibilidad de todos aquellos que se sienten unidos a la tradición litúrgica latina, por medio de una amplia y generosa aplicación de las normas emanadas hace algún tiempo por la Sede Apostólica, para el uso del Misal Romano según la edición típica de 1962 (Nota 9 = Cf. Congregación para el Culto Divino, Carta Quattuor abhinc annos, 3 de octubre de 1984).

7. Al acercarse ya el final de este Año dedicado especialmente a la Santísima Virgen, deseamos exhortar a todos para que se unan a la oración incesante que el Vicario de Cristo, por intercesión de la Madre de la Iglesia, dirige al Padre con las mismas palabras del Hijo: Ut omnes unum sint!

+++

Como podemos apreciar, en este Motu proprio Juan Pablo II pide que se respete “la sensibilidad de todos aquellos que se sienten unidos a la tradición litúrgica latina, por medio de una amplia y generosa aplicación de las normas emanadas hace algún tiempo por la Sede Apostólica, para el uso del Misal Romano según la edición típica de 1962”; y remite a la Carta Quattuor abhinc annos, del 3 de octubre de 1984.

Fue entonces que, apoyándose sobre esta aparente “voluntad generosa” y esta no menos “generosa paternidad”, aquellos que querían permanecer fieles a la llamada Misa de San Pío V, sin aceptar las consagraciones episcopales de Monseñor Lefebvre por temor al cisma, acudieron a Roma.

Y recibieron, de hecho, muy buena acogida. Prueba de ello están los testimonios de Dom Gérard, del Padre de Blignière, etc.

El Padre Bisig, superior de la Fraternidad San Pedro, dijo:

“Nunca olvidaremos la profunda alegría de aquellos días romanos cuando pudimos celebrar la Santa Misa de acuerdo con el misal de 1962 sobre la tumba de San Pedro, después de haber sido completamente reconciliados con la Iglesia” (Encuesta sobre la misa tradicional, pág.95).

Pero pocos, por no decir ninguno, prestaron atención a la nota 9, del parágrafo 6, inciso c) de esta Carta Ecclesia Dei adflicta.

Es cierto que Juan Pablo II pide que se haga una amplia y generosa aplicación de las normas emanadas hace algún tiempo por la Sede Apostólica, para el uso del Misal Romano según la edición típica de 1962.

Pero, ¿cuál es la directiva romana en materia litúrgica para el uso de dicho Misal Romano?

Sólo había una en este momento: la Carta Quattuor abhinc annos de 1984.

Y, de hecho, es a este texto que re-envía el Motu proprio de 1988.

Es cierto que Juan Pablo II pide que este texto de 1984 se aplique, finalmente, con amplitud y generosidad.

Pero también es cierto que, para poder beneficiarse de ese rito romano de 1962, se exige como necesario reconocer “la legitimidad y la rectitud doctrinal” del nuevo rito, resultante del Concilio Vaticano II.

Las autoridades romanas, por el momento, no insisten sobre la cuestión. Aluden a esto sólo por una simple nota, la número nueve del texto. Antes era necesario atraer la mayor cantidad posible de sacerdotes, y alejarlos de Monseñor Lefebvre, como en 1984.

¡Tampoco era el momento de las precisiones claras, sino de la generosidad!

El Vaticano mantiene la delantera sobre la tendencia “tradicionalista”. Su poder no se comparte…

Y la carta Quattuor abhinc annos es citada en el texto…; lo cual hizo posible asegurar el futuro y esperar sin temor días mejores…

Estos días llegarían inevitablemente. Lo esencial estaba a salvo.

Sus “hijos traviesos” estaban llenos de alegría; a punto tal que algunos de ellos incluso pensaron que habían tenido éxito, precisamente allí donde Monseñor Lefebvre había fallado…

Retengamos esto…, pues en 2007 y 2009 se repetirá la misma historia…

Por el momento, comprobamos que, en los papeles, las condiciones son las mismas de 1984: no se declara obligatoria la Misa Romana; ni siquiera se la permite universalmente, sino sólo para algunos grupos de fieles y para algunos sacerdotes.

Además, tanto unos como otros son impelidos a admitir la nueva misa bastarda, la protestantizante, la que viene de la herejía y conduce a la herejía…

El espantapájaros de la excomunión y del cisma iba a cumplir su papel eficaz para precipitar a los pusilánimes en los “generosos brazos abiertos” de la Roma conciliar.

Es así como Juan Pablo II decretó la institución de una Comisión con la tarea de colaborar con los obispos, con los dicasterios de la Curia Romana y con los ambientes interesados, para facilitar la plena comunión eclesial de los sacerdotes, seminaristas, comunidades, religiosos o religiosas, que hasta ahora estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por el arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al Sucesor de Pedro en la Iglesia católica, conservando sus tradiciones espirituales y litúrgicas.

Por lo tanto, se trataba de una operación de recuperación de sacerdotes y fieles que frecuentaban la antigua FSSPX.

Algunos de ellos cayeron en la trampa; y la Roma apóstata los autorizó a fundar la Fraternidad San Pedro con el fin de estar en la legalidad…, pero en la legalidad conciliar y modernista, por supuesto…

Queda claro que la ComisiónEcclesia Dei continuaba la línea original: sólo estará en la legalidad aquél que no combata la misa bastarda de Paulo VI, aquél que no cause perjuicio a la reforma litúrgica conciliar; y todo esto si su posición es conocida públicamente por todo el mundo.

Así que la comisión Ecclesia Dei tenía como finalidad:

– 1°) Marginalizar la obra de Monseñor Lefebvre y volverla inaccesible.

– 2°) Alejar de ella a los sacerdotes, religiosos y fieles.

– 3°) Hacer aceptar la nueva misa bastarda a todos los recalcitrantes.

– 4°) Ya no permitir a nadie la exclusividad de la Misa de Rito Romano.

– 5°) Hacer cesar el combate de la Tradición y por la Tradición.

De este modo, la corriente Ecclesia Dei se convirtió en el refugio de los “católicos sentimentales”, que prefieren la Misa antigua por gusto personal, pero que han cesado el buen combate, que consiste en rechazar la nueva misa por motivos de fe y conservar la Misa Romana por la misma razón.

Desde entonces, y hasta el pérfido Motu proprio de Benedicto XVI, se planteó la cuestión de un falso dilema: o “en la Iglesia, con Ecclesia Dei, o “fuera de la Iglesia, con la Tradición”.

No se trataba más que de un escrúpulo de conciencia inventado por los apóstatas modernistas conciliares para hacer triunfar su iglesia conciliar, con su revolución doctrinal y litúrgica, sus herejías en el plano dogmático y su herejía antilitúrgica.

+++

En aplicación de la Instrucción Quattuor abhinc annos y del Motu proprio Ecclesia Dei, algunos obispos emitieron autorizaciones para celebrar la Misa de Rito Romano.

Estos dos textos reciben comúnmente el nombre de “indultos”.

Sin embargo, el término parece bastante inadecuado, si uno recuerda que designa en principio una derogación, personal y revocable, de una regla ordinaria.

Recordemos que una ley puede ser derogada, es decir, que la ley sigue vigente, pero parcialmente modificada.

La derogación significa propiamente, en lenguaje canónico, la restricción o disminución, provisoria o definitiva, de la obligación impuesta por una ley.

En el caso del indulto, la derogación es personal y revocable.

Entonces, es difícil ver cómo la Misa de Rito Romano, que pertenece a la regla ordinaria ya que no se ha abolido, pueda ser autorizada en virtud de un indulto.

Cuando la Roma anticristo la autoriza, es a título de permiso transitorio, como el permiso de libertad condicionada que se da al preso que se porta bien; porque, por definición, es ésa la esencia del indulto: una concesión, un privilegio, una excepción, que se concede respecto a la norma general y universalmente obligatoria que, para los modernistas, es la misa bastarda.

De hecho, los llamados indultos, al limitar la celebración de la Misa Romana a unos pocos casos específicos y provisorios, si tuvieran el poder para hacerlo actuarían como una prohibición general.

Por eso insistimos en calificarlos de verdaderos insultos proferidos contra la Misa de Rito Romano.

El Motu proprio de 1988 es considerado por algunos en el sentido de ampliar las disposiciones de la Instrucción de 1984.

De hecho, dice pocas cosas sobre el problema planteado por la misa bastarda.

Sólo declara que se debe respetar “la sensibilidad de todos aquellos que se sienten unidos a la tradición litúrgica latina”.

El documento de 1988 simplemente envía al documento de 1984, que sigue siendo la norma.

Sin embargo, se les pide a los obispos que hagan una aplicación amplia y generosa.

Eso no significa mucho, ya que una ampliación del campo de aplicación sólo puede provenir del aumento del número de solicitudes y no de una iniciativa de los obispos.

Por otro lado, corresponde a los obispos responder “generosamente” a estas solicitudes.

Si bien la generosidad puede favorecer la concesión de las autorizaciones requeridas por las reglas, no es concebible que ella pueda afectar el examen objetivo de las condiciones precisas estipuladas en el texto de 1984.

Por lo tanto, las autorizaciones posteriores a Ecclesia Dei permanecen, a pesar de toda la generosidad que se emplee, subordinadas a las prescripciones de Quattuor abhinc annos.

Pero, la primera de estas condiciones es que “debe constar sin ambigüedades que tales sacerdotes y fieles no tienen parte con los que dudan de la legitimidad y rectitud doctrinal del Misal Romano promulgado por el Romano Pontífice Pablo VI en 1970”.

Dado que el motu proprio de 1988 se dirige particularmente a “todos los que hasta ahora han estado vinculados de diversos modos con las actividades del arzobispo Lefebvre”, los demandantes deben romper sin ambigüedad, e incluso públicamente, con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

Por supuesto, esto no era suficiente, pues los demandantes debían separarse de la misma manera de cualquier persona, sacerdote o laico, que no juzgase a la nueva misa tanto legítima como perfectamente ortodoxa.

En particular, la solicitud sólo debe incluir a personas que aceptan esta legitimidad y ortodoxia sin reservas, comenzando, por supuesto, por el sacerdote que presenta la solicitud.

Básicamente, las demandas sólo pueden provenir de personas que tienen un apego meramente sentimental o estético a la Misa Romana y cuya “sensibilidad” no encaja bien con el nuevo rito bastardo.

Las otras condiciones estipuladas en 1984, y aún válidas en 1988, fueron tan restrictivas como la primera.

Las misas tradicionales, precariamente autorizadas y sujetas a la arbitrariedad episcopal, debían reunir sólo a los miembros de los grupos solicitantes.

Se trataba, pues, de oficios privados, celebrados en lugares cuasi privados, y, en todo caso, fuera de las iglesias parroquiales (excepto “ocasiones excepcionales”).

Si comparamos estas diversas condiciones, entendemos que la restauración de la Misa de Rito Romano ciertamente no era de importancia para las oficinas romanas.

Ya sea en 1984 o en 1988, se trataba de “fracturar” a los tradicionalistas al tratar de aislar a los más firmes mediante la recuperación de los menos combatientes.

A estos se les dio provisionalmente cierta satisfacción, al mismo tiempo que se aseguraba de que las misas insultadas otorgadas no pudieran ser utilizadas para un proselitismo contra las reformas posconciliares siempre en vigencia.

Muchos sacerdotes se acostumbraron a la coexistencia de ritos y, por lo tanto, a la aceptación pasiva de la nueva misa.

Y en el fondo de toda esta cuestión, es necesario tener bien cuenta que, si se autoriza la Misa de Rito Romano, ella debe ser “vivida según el espíritu del concilio Vaticano II, y aceptando lo bien fundado de la reforma litúrgica querida por el Concilio Vaticano y puesta en marcha por el Papa Pablo VI”, según lo ha dicho explícitamente Juan Pablo II (ver, L’Osservatore Romano, edición castellana del 20 de octubre de 1984).

Luego seguirían otras etapas del plan…

Conviene recordar un cuento de Raffard de Brienne, publicado en Controverses, No 21, septiembre de 1990, Diálogo en un automóvil:

Un gran automóvil negro circula por una avenida; tiene matrícula del Vaticano. En el asiento trasero viajan un prelado y su flamante secretario, un joven sacerdote. Entre ellos se desarrolla esta conversación.

– ¿Es pues una verdadera Misa de San Pío V la que usted va a celebrar con esa gente, Monseñor? No entiendo muy bien: ¿no proclamamos durante años que esa Misa estaba prohibida?

Confío en que usted no lo habrá creído, Padre. En verdad, no podíamos prohibirla realmente. Hubiéramos podido cumplir nuestros planes, aun conservándola. Pero pensábamos que imponiendo casi brutalmente un nuevo rito crearíamos una ruptura con el pasado que favorecería nuestros proyectos.

– Perdóneme, Monseñor, pero sigo sin comprender.

– Usted es demasiado joven. En aquella época, quiero decir hace cuarenta años, se producía el ascenso del comunismo. El viejo Pío XII, como sus predecesores, sólo contaba con la firmeza de la doctrina para oponérsele. En el fondo, creía que la roca de la Iglesia resistiría la tempestad. En cambio, nosotros, con Montini y Casaroli, pensábamos que el comunismo sumergiría totalmente al mundo y que, si dejábamos las cosas como estaban, la Iglesia zozobraría o tendría, en el mejor de los casos, que refugiarse en las catacumbas. En nuestra opinión, se necesitaba flexibilizar a la Iglesia, adaptarla a todas las circunstancias. En cierta manera, queríamos cortar las amarras con un pasado demasiado cargado y con una doctrina demasiado pesada para que la Iglesia pudiera flotar como un corcho en la marejada.

– Ah, ya comprendo. Como las previsiones no se realizaron, Uds. Ahora se proponen reanudar los lazos con la Tradición.

– No es así exactamente. Por supuesto, nuestro pronóstico resultó falso. Pero ya era imposible volver atrás, porque si reculábamos no podíamos evitar que se hiciera un balance de nuestro accionar; y ese balance nos resultaría catastrófico. Por lo tanto, nos vimos forzados a la huida hacia adelante. Eso concuerda muy bien, en definitiva, con nuestros nuevos proyectos. En nuestra opinión, el mundialismo va a imponerse y tendremos el reinado de una nueva oligarquía financiera planetaria sobre un mundo socialista. El nuevo orden mundial, que le dicen. En esa perspectiva, las religiones tenderán también a unificarse y la Iglesia – si no se muestra demasiado delicada – desempeñará un papel federativo como en Asís, e incluso más.

– Pero entonces, Monseñor, ¿por qué esta Misa?

– Ya le he dicho que tuvimos que elegir la ruptura litúrgica, tanto para contribuir como para disimular la totalidad de la maniobra. Eso resultó para un 99 %, lo cual quiere decir que hay un 1 % de individuos que, sin comprender jamás de lo que se trata, se han aferrado a la antigua Misa. Por supuesto que esa proporción no puede molestarnos, pero su posición sí, porque puede ofrecer reparos a los que querrían juzgar nuestra política y hacer el balance del que le hablé. Por lo tanto, hemos intentado eliminarlos aislándolos, castigándolos, ridiculizándolos. Pero ha sido en vano. Así, pues, hemos emprendido la operación seducción. ¿Querían su Misa? Pues bien, la tendrán, al menos durante algún tiempo, a condición de que vuelvan al redil y, sobre todo, de que se callen. El asunto habría resultado en 1988 si nuestros negociadores hubieran sido más hábiles, y hubieran logrado que Mons. Lefebvre firmara no sólo el Protocolo sino también el Acuerdo. En resumen, hemos recuperado algunos sacerdotes y algunos laicos, los suficientes para hacer de ellos “llamadores”.

– ¿“Llamadores”, Monseñor? ¿Hay por lo tanto una relación con los “apelantes” de la cuestión jansenista?

– ¡Pero no, caramba! No con los jansenistas, sino con la caza de patos. Para conseguir que los patos vuelen al alcance de sus rifles, los cazadores agregan a su equipo algunas aves: son los llamadores, cuyos gritos atraen a sus congéneres.

– ¿Y eso resulta?

– Con los patos, sí. Con los integristas recalcitrantes, no del todo. Pero eso nos permite, en cambio, aplicar un viejo truco de los comunistas. Cuando ellos encuentran ante sí algún obstáculo, no lo atacan de frente, trazan una línea de posible ruptura y tratan a los de un lado como “buenos” y a los del otro como “malos”. Como resultado, los “buenos”, muy contentos de ser reconocidos como tales, tratan de diferenciarse de los “malos“, y los otros se reafirman en su posición. En una palabra, la fractura se hace sola y, en el caso de los integristas, basta con inyectarles algunas viejas palabras como cisma o herejía, que para nosotros ya no tienen sentido, pero que lo conservan para ellos. Mientras “buenos” y “malos” disputan, nosotros descansamos.

– Me parece que los “buenos” son muy ingenuos.

– Tal vez no lo sean tanto, pero ellos se imaginan que van a aprovecharse de nuestras tácticas para volver a poner la Tradición dentro de la Iglesia institucional. En realidad, lo que sucede es que los iremos transformando poco a poco, desde dentro. Ya no nos combaten más; aceptan incluso cohabitar en nuestras iglesias y asistir a nuestras liturgias renovadas; lo demás vendrá solo.

– Y si el análisis de ellos fuera bueno, ¿no correríamos cierto riesgo?

– Pero no, Padre. Sujetamos nuestros pequeños regalos con un elástico: nuestras concesiones son siempre limitadas y revocables. Por otra parte, los obispos están alertas, cuidan sus intereses, no ven nuestra política con buenos ojos, no la comprenden; pero no es culpa de ellos porque no los hemos elegido muy inteligentes. Además, sin saberlo, crean con eficacia una conveniente oposición dialéctica en la que nosotros desempeñamos el papel de “buenos”.

– Dicho de otra manera, Monseñor, somos los “buenos” del Vaticano que vamos a reconfortar a los “buenos” integristas.

– Exactamente, Padre, y ya verá que nos recibirán muy bien. Han sido tan maltratados durante veinte años que se sienten halagados y se muestran agradecidos ante nuestra amabilidad. Bastará una Misa y algunas frasecitas que he preparado para que crean que estamos de su lado. Ni siquiera se inquietarán por lo que yo haga o diga el resto del tiempo.

– ¿Y Dios, Monseñor? ¿Qué pasa con Dios en todo esto?

– Ah, ustedes los jóvenes. Hay momentos en que me preocupan…

El cuento responde a una realidad. Como prueba tenemos los siguientes extractos de una homilía del Cardenal Castrillón Hoyos, del 24 de mayo de 2003, en la Basílica Santa María Mayor de Roma, con ocasión de la reunión de las diversas comunidades Ecclesia Dei:

Ustedes, muy queridos fieles, particularmente sensibles a este rito que durante siglos constituyó la forma oficial de la Liturgia romana, han tomado la iniciativa de esta celebración de hoy.

No podemos considerar que el rito llamado de San Pío V se extinga, y la autoridad del Santo Padre ha expresado su benevolente bienvenida a los fieles que, al tiempo que reconocen la legitimidad del rito romano renovado de acuerdo con las indicaciones del Concilio Vaticano II, permanecen apegado al rito anterior y encuentran allí un alimento espiritual sólido en su camino de santificación.

Además, el mismo Concilio Vaticano II declaró que “… la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos, y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios” (Const. Sacrosanctum Concilium, 4).

El antiguo rito romano conserva así en la Iglesia su derecho de ciudadanía dentro de la multiformidad de los ritos católicos, tanto latinos como orientales.

Lo que une la diversidad de estos ritos es la misma fe en el misterio eucarístico, cuya profesión siempre ha asegurado la unidad de la Iglesia, santa, católica y apostólica.

Juan Pablo II, al celebrar el décimo aniversario del Motu proprio Ecclesia Dei, instó a “todos los católicos a realizar gestos de unidad y a renovar su adhesión a la Iglesia, para que la legítima diversidad y las diferentes sensibilidades, dignas de respeto, no los separen unos de otros, sino que los exhorten a proclamar juntos el evangelio; así estimulados por el Espíritu, que reúne todos los carismas en la unidad, todos pueden glorificar al Señor y la salvación será proclamada a todas las naciones” (OR, 26-27 de octubre de 1998, p. 8).

Todos estamos llamados a la unidad en la Verdad, en el respeto recíproco de la diversidad de opiniones, sobre la base de la misma fe.

Queda claro que, para beneficiarse de la Misa de Rito Romano, es necesario aceptar la legitimidad de la nueva misa, así como la fe modernista del Vaticano II.

El bi-ritualismo no es otra cosa que un Asís litúrgico, peor que la Pachamama en el Vaticano…

Se hace coexistir, ecuménicamente, a dos ritos opuestos. Como en Asís, donde las religiones opuestas han cohabitado adúlteramente.

El Motu Proprio de Benedicto XVI expresará la misma idea anunciada en 2003 en este sermón.

La famosa liberación de la Misa, que Monseñor Fellay dice haberse obtenido es, por lo tanto, una falsedad.

Llegamos así al 7 de julio de 2007 y al pérfido Motu proprio Summorum pontificum, de Benedicto XVI, la serpiente Ratzinger, como lo llamaba Monseñor Lefebvre.

MOTU PROPRIO SUMMORUM PONTIFICUM

Los Sumos Pontífices hasta nuestros días se preocuparon constantemente porque la Iglesia de Cristo ofreciese a la Divina Majestad un culto digno de “alabanza y gloria de Su nombre” y “por el bien de toda su Santa Iglesia”.

Desde tiempo inmemorable, como también para el futuro, es necesario mantener el principio según el cual, “cada Iglesia particular debe concordar con la Iglesia universal, no sólo en cuanto a la doctrina de la fe y a los signos sacramentales, sino también respecto a los usos universalmente aceptados de la ininterrumpida tradición apostólica, que deben observarse no solamente para evitar errores, sino también para transmitir la integridad de la fe, para que la ley de la oración de la Iglesia corresponda a su ley de fe”. (Ordinamento generale del Messale Romano 3 ed. 2002, nº 937).

Entre los pontífices que tuvieron esa preocupación resalta el nombre de San Gregorio Magno, que hizo todo lo posible para que a los nuevos pueblos de Europa se transmitiera tanto la fe católica como los tesoros del culto y de la cultura acumulados por los romanos en los siglos precedentes. Ordenó que fuera definida y conservada la forma de la Sagrada Liturgia, relativa tanto al Sacrificio de la Misa como al Oficio Divino, en el modo en que se celebraba en Roma. Promovió con la máxima atención la difusión de los monjes y monjas que, actuando según la regla de San Benito, siempre junto al anuncio del Evangelio ejemplificaron con su vida la saludable máxima de la Regla: “Nada se anticipe a la obra de Dios” (cap. 43). De esa forma, la Sagrada Liturgia, celebrada según el uso romano, enriqueció no solamente la fe y la piedad, sino también la cultura de muchas poblaciones. Consta efectivamente que la liturgia latina de la Iglesia, en sus varias formas y en todos los siglos de la era cristiana, ha impulsado en la vida espiritual a numerosos Santos y ha reforzado a tantos pueblos en la virtud de la religión, abonando su piedad.

Muchos otros Romanos Pontífices, en el transcurso de los siglos, mostraron particular solicitud porque la Sagrada Liturgia manifestase de la forma más eficaz esta tarea: entre ellos se destaca San Pío V, que sostenido por un gran celo pastoral, tras la exhortación de Concilio de Trento, renovó todo el culto de la Iglesia, revisó la edición de los libros litúrgicos enmendados y “renovados según la norma de los Padres” y los dio en uso a la Iglesia Latina.

Entre los libros litúrgicos del Rito romano resalta el Misal Romano, que se desarrolló en la ciudad de Roma, y que, poco a poco, con el transcurso de los siglos, tomó formas que tienen gran semejanza con las vigentes en tiempos más recientes.

Fue éste el objetivo que persiguieron los Romanos Pontífices en el curso de los siguientes siglos, asegurando la actualización o definiendo los ritos y libros litúrgicos, y después, al inicio de este siglo, emprendiendo una reforma general. (Juan Pablo II, Carta Ap. Vicesimus quintus annus, 4 de diciembre de 1988, 3: AAS 81 (1989), 899) Así actuaron nuestros predecesores Clemente VIII, Urbano VIII, San Pío X, Benedicto XV, Pío XII y el bienaventurado Juan XXIII.

En tiempos recientes, el Concilio Vaticano II expresó el deseo que la debida y respetuosa reverencia respecto al culto divino, se renovase de nuevo y se adaptase a las necesidades de nuestra época. Movido por este deseo, nuestro predecesor, el Sumo Pontífice Pablo VI, aprobó en 1970 para la Iglesia latina los libros litúrgicos reformados, y en parte, renovados. Éstos, traducidos a las diversas lenguas del mundo, fueron acogidos de buen grado por los obispos, sacerdotes y fieles. Juan Pablo II revisó la tercera edición típica del Misal Romano. Así, los Romanos Pontífices han actuado “para que esta especie de edificio litúrgico (…) apareciese nuevamente esplendoroso por dignidad y armonía”. (San Pío X, Carta Ap. Motu propio data, Abhinc duos annos, 23 de octubre de 1913: AAS 5 (1913), 449-450; cfr. Juan Pablo II, Carta Ap. Vicesimus quintus annus, nº 3: AAS 81 (1989), 899).

En algunas regiones, sin embargo, no pocos fieles se adhirieron y se siguen adhiriendo con tanto amor y afecto a las anteriores formas litúrgicas, que habían embebido tan profundamente su cultura y su espíritu, que el Sumo Pontífice Juan Pablo II, movido por la preocupación pastoral respecto a estos fieles, en el año 1984, con el indulto especial “Quattuor abhinc annos”, emitido por la Congregación para el Culto Divino, concedió la facultad de usar el Misal Romano editado por el bienaventurado Juan XXIII en el año 1962; más tarde, en el año 1988, con la Carta Apostólica “Ecclesia Dei”, dada en forma de Motu proprio, Juan Pablo II exhortó a los obispos a utilizar amplia y generosamente esta facultad a favor de todos los fieles que lo solicitasen.

Después de la consideración por parte de nuestro predecesor Juan Pablo II de las insistentes peticiones de estos fieles, luego de haber escuchado a los Padres Cardenales en el consistorio del 22 de marzo de 2006, tras haber reflexionado profundamente sobre cada uno de los aspectos de la cuestión, invocado al Espíritu Santo y contando con la ayuda de Dios, con las presentes Cartas Apostólicas establecemos lo siguiente:

Art. 1. El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la “Lex orandi”, de la Iglesia católica de rito latino. No obstante, el Misal Romano promulgado por San Pío V y nuevamente por el bienaventurado Juan XXIII debe considerarse como expresión extraordinaria de la misma “Lex orandi” y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo. Estas dos expresiones de la “Lex orandi” de la Iglesia no inducen de forma alguna una división de la “Lex credendi” de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.

Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgada por el bienaventurado Juan XXIII en 1962, y nunca abrogada, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia.

Las condiciones para el uso de este Misal establecidas en los documentos anteriores “Quattuor abhinc annis” y “Ecclesia Dei”, se sustituirán como se establece a continuación:

Art. 2. En las Misas celebradas sin el pueblo, todo sacerdote católico de rito latino, tanto secular como religioso, puede utilizar, ya sea el Misal Romano editado por el bienaventurado Papa Juan XXIII en 1962, ya el Misal Romano promulgado por el Papa Pablo VI en 1970, en cualquier día, exceptuado el Triduo Sacro. Para dicha celebración siguiendo uno u otro misal, el sacerdote no necesita ningún permiso, ni de la Sede Apostólica ni de su Ordinario.

Art. 3. Las comunidades de los institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica, de derecho tanto pontificio como diocesano, que deseen celebrar la Santa Misa según la edición del Misal Romano promulgado en 1962 en la celebración conventual o “comunitaria” en sus oratorios propios, pueden hacerlo. Si una sola comunidad o un Instituto o Sociedad enteros quieren llevar a cabo dichas celebraciones a menudo, habitualmente o permanentemente, la decisión compete a los Superiores mayores según las normas del derecho y según las reglas y los estatutos particulares.

Art 4. A la celebración de la Santa Misa, a la que se refiere el artículo 2, también pueden ser admitidos —observadas las normas del derecho— los fieles que lo pidan voluntariamente.

Art.5. § 1. En las parroquias donde haya un grupo estable de fieles adherentes a la precedente tradición litúrgica, el párroco acogerá de buen grado su petición de celebrar la Santa Misa según el rito del Misal Romano editado en 1962. Debe procurar que el bien de estos fieles se armonice con la atención pastoral ordinaria de la parroquia, bajo la guía del obispo como establece el canon 392, evitando la discordia y favoreciendo la unidad de toda la Iglesia.

§ 2. La celebración según el Misal del bienaventurado Juan XXIII puede tener lugar en día ferial; los domingos y las festividades puede haber también una celebración de ese tipo.

§ 3. El párroco permita también a los fieles y sacerdotes que lo soliciten la celebración en esta forma extraordinaria en circunstancias particulares, como matrimonios, exequias o celebraciones ocasionales, como por ejemplo las peregrinaciones.

§ 4. Los sacerdotes que utilicen el Misal del bienaventurado Juan XXIII deben ser idóneos y no tener ningún impedimento jurídico.

§ 5. En las iglesias que no son parroquiales ni conventuales, es competencia del Rector conceder la licencia más arriba citada.

Art. 6. En las misas celebradas con el pueblo según el Misal del bienaventurado Juan XXIII, las lecturas pueden ser proclamadas también en la lengua vernácula, usando ediciones reconocidas por la Sede Apostólica.

Art. 7. Si un grupo de fieles laicos, como los citados en el art. 5, § 1, no ha obtenido satisfacción a sus peticiones por parte del párroco, informe al obispo diocesano. Se invita vivamente al obispo a satisfacer su deseo. Si no puede proveer a esta celebración, el asunto se remita a la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”.

Art. 8. El obispo que desee responder a estas peticiones de los fieles laicos, pero que por diferentes causas no pueda hacerlo, puede indicarlo a la Comisión “Ecclesia Dei” para que lo aconseje y lo ayude.

Art. 9. § 1. El párroco, tras haber considerado todo atentamente, puede conceder la licencia para usar el ritual precedente en la administración de los sacramentos del Bautismo, del Matrimonio, de la Penitencia y de la Unción de Enfermos, si lo requiere el bien de las almas.

§ 2. A los ordinarios se concede la facultad de celebrar el sacramento de la Confirmación usando el precedente Pontifical Romano, siempre que lo requiera el bien de las almas.

§ 3. A los clérigos constituidos “in sacris” es lícito usar el Breviario Romano promulgado por el bienaventurado Juan XXIII en 1962.

Art. 10. El ordinario del lugar, si lo considera oportuno, puede erigir una parroquia personal según la norma del canon 518 para las celebraciones con la forma antigua del rito romano, o nombrar un capellán, observadas las normas del derecho.

Art. 11. La Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”, erigida por Juan Pablo II en 1988, sigue ejerciendo su misión. Esta Comisión debe tener la forma, y cumplir las tareas y las normas que el Romano Pontífice quiera atribuirle.

Art. 12. La misma Comisión, además de las facultades de las que ya goza, ejercitará la autoridad de la Santa Sede vigilando sobre la observancia y aplicación de estas disposiciones.

Todo cuanto hemos establecido con estas Cartas Apostólicas en forma de Motu Proprio, ordenamos que se considere “establecido y decretado” y que se observe desde el 14 de septiembre de este año, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, pese a lo que pueda haber en contrario.

+++

Este documento es el que condujo a muchos católicos a creer que el Misal codificado por San Pío V había sido “liberado”.

Después de aplicar falsamente a la nueva misa bastarda de Paulo VI todo lo que debe decirse, con toda verdad, del Rito Romano codificado por San Pío V, Benedicto XVI recuerda que:

“En algunas regiones, sin embargo, no pocos fieles adhirieron y siguen adhiriéndose con mucho amor y afecto a las anteriores formas litúrgicas, que habían impregnado su cultura y su espíritu de manera tan profunda, que el Sumo Pontífice Juan Pablo II, movido por la preocupación pastoral respecto a estos fieles, en el año 1984, con el indulto especial «Quattuor abhinc annos», emitido por la Congregación para el Culto Divino, concedió la facultad de usar el Misal Romano editado por el beato Juan XXIII en el año 1962; más tarde, en el año 1988, con la Carta Apostólica «Ecclesia Dei», dada en forma de Motu Proprio, Juan Pablo II exhortó a los obispos a utilizar amplia y generosamente esta facultad en favor de todos los fieles que lo solicitasen”.

La línea de pensamiento es clara: la Roma conciliar siempre está en la vía trazada por el documento del 3 de octubre de 1984.

Vienen enseguida doce artículos, de los cuales el primero dice:

Art. 1. El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la “Lex orandi”, de la Iglesia católica de rito latino. No obstante, el Misal Romano promulgado por San Pío V y nuevamente por el bienaventurado Juan XXIII debe considerarse como expresión extraordinaria de la misma “Lex orandi” y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo. Estas dos expresiones de la “Lex orandi” de la Iglesia no inducen ninguna división de la “Lex credendi” de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.

Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgado por el bienaventurado Juan XXIII en 1962, que no se ha abrogado nunca, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia. Las condiciones para el uso de este Misal establecidas en los documentos anteriores “Quattuor abhinc annis” y “Ecclesia Dei”, se sustituirán como se establece a continuación.

Siguen 11 artículos que enuncian las nuevas condiciones para beneficiarse de la Misa de Rito Romano, insultándola más que en 1984 y 1988…

Muchos creyeron que todo había cambiado, que la Misa de Rito Romano era definitivamente libre, pues las facultades acordadas parecían verdaderamente más “amplias”.

En verdad no es así, pues el artículo 11 del documento afirma sin rodeos: La Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”, erigida por Juan Pablo II en 1988, sigue ejerciendo su misión. Esta Comisión debe tener la forma, y cumplir las tareas y las normas que el Romano Pontífice quiera atribuirle.

¿Cuál es, pues, esa misión?

La que se encuentra establecida en el documento de 1988 ya citado: alejar a los fieles de la obra de Monseñor Lefebvre; y, en referencia al documento del 3 de octubre de 1984, no conceder el Rito Romano Católico más que a los que no cuestionan la nueva misa, sin perjuicio de la reforma litúrgica y cuya posición sea públicamente conocida.

El artículo 12 prevé que “La misma Comisión, además de las facultades de las que ya goza, ejercitará la autoridad de la Santa Sede vigilando sobre la observancia y aplicación de estas disposiciones”.

Y, de hecho, los artículos 7 y 8 remiten a la mencionada Comisión en caso de litigio en las peticiones de celebrar el antiguo rito.

Por lo tanto, la línea es siempre la misma, y el Motu proprio de 2007 no hace más que ampliar materialmente la facultad de utilizar el rito antiguo; pues, formalmente, su uso es siempre condicionado por los mismos principios y el mismo espíritu: los formulados en el documento del 2 de julio de 1988, que se refieren al documento del 3 de octubre de 1984.

Por si queda alguna duda, la Carta a los obispos, que acompaña al Motu proprio, dice:

Obviamente, para vivir la plena comunión, los sacerdotes de las Comunidades que siguen el uso antiguo tampoco pueden, en principio, excluir la celebración según los libros nuevos. En efecto, no sería coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo.

A pesar de las apariencias, la Misa Romana no fue liberada, sigue estando cautiva de la reforma conciliar.

Pero, los que aceptaron, festejaron, difundieron y difunden este Motu proprio han renunciado al combate de la Fe en lo que concierne a la Santa Misa, pues han aceptado, en principio y por principio, la reforma litúrgica conciliar.

Analicemos todo esto sin precipitaciones.

Insisto en que las disposiciones presentadas en este Motu proprio siguen la lógica de los textos anteriores Quattuor abhinc annos Ecclesia Dei.

Por eso, en julio de 2007, en el Motu proprio de Benedicto XVI, encontramos una vez más el mismo desprecio por la Misa Romana…

Pero este desdén ha sido capaz de adaptarse a las circunstancias y ha sabido aceptar, con sagacidad sibilina, la realidad de la defensa del Misal Romano y del rechazo del Nuevo Misal.

De este modo, se busca distorsionar esa defensa y ese rechazo, al mismo tiempo que se ofrecen componendas.

Pero, el objetivo es siempre el mismo: eliminar el Misal Romano.

Lo veamos o no, nos guste o no, lo aceptemos o no, el hecho es innegable: la Misa Romana y el Novus Ordo Missæ son irreconciliables; uno excluye a la otra y viceversa. Si se adopta uno, eso conduce necesariamente al rechazo de la otra.

Debemos convencernos: la misa bastarda de Pablo VI no tiene otra razón de ser que la supresión de la Misa Romana.

Por lo tanto, no existen dos ritos frente a frente; el enfrentamiento es aparente: sólo existe el Rito Romano enfrentado a su destrucción…

Los dos indultos de 1984 y 1988, verdaderos insultos a la Misa Romana, fueron simples etapas de esa destrucción.

Algunos sacerdotes y laicos ilusos cayeron en la trampa de estos pasos intermedios…, necesarios al proceso revolucionario.

De todos modos, una cosa es cierta: lo que estaba bloqueando el funcionamiento de la máquina revolucionaria era el grupo de irreductibles, que mantenía la defensa de la Misa Romana y el rechazo de la bastarda, sin aceptar compromisos.

La prioridad de los revolucionarios, la supresión de la Misa Romana, los llevó a establecer una pausa, rebobinar e incluso hacer concesiones más grandes…, todo lo necesario para eliminar el grano de arena que impide que el engranaje lleve a cabo su obra funesta.

Y entonces entró en actividad ladialéctica ratzingeriana…

+++

¿En qué consiste esa dialéctica?

Todas las revoluciones avanzan del mismo modo: a la posición tradicional la denominan tesis; la enfrentan con lo que llaman la antítesis, que asusta por su carácter radical.

A continuación, proponen a los reaccionarios conservadores un acuerdo, una conciliación, la síntesis

Esta síntesis, aceptada por los conservadores ilusos, rápidamente se convierte en nueva tesis, a la cual, a su vez, se enfrenta con otra antítesis…, etc.…, y la Revolución continúa avanzando.

Comprender este derrotero por pasos, estas pausas que la Revolución está obligada a hacer para digerir su presa, es entender el retorno aparente al orden…, es comprender lo quimérico y engañoso de la luz de esperanza, de la pequeña ola, de la restauración ya comenzada… de Monseñor Fellay y su grupo comando…

Para la Revolución es necesaria la sucesión de anarquía y reorganización; reorganizar es indispensable para establecer su objetivo, como el Código de Napoleón, de apariencia conservadora, sirvió para legalizar los logros de 1789.

Este progreso dialéctico puede hacerse tan lentamente como sea necesario; lo único que importa es que se haga en la dirección correcta.

La Revolución Conciliar permitirá, si es necesario incluso por largo tiempo, que los sacerdotes celebren la Misa Romana, porque lo esencial es que acepten el rito ambiguo y protestantizante. El resto vendrá después. Todas las concesiones son posibles para lograr ese objetivo. Y si es necesario proceder por etapas para lograrlo, se hará.

Mientras la Revolución reine en la Liturgia y en la Iglesia, sólo el Rito Romano sigue siendo la referencia absoluta; y cualquier reconocimiento del rito ilegítimo es un compromiso, una traición, y, por lo tanto, una ayuda prestada a los destructores.

A la luz de estas reflexiones podemos juzgar el Motu proprio de Benedicto XVI, su función y finalidad.

La fórmula según la cual la Misa Romana nunca ha sido abrogada en cuanto forma extraordinaria de la liturgia del Rito Romano es una de las ideas más inteligentes para armonizar la Misa Romana con la doctrina modernista.

La realidad es que, si Benedicto XVI pretendía legitimar la misa bastarda y protestantizante, no podía seguir afirmando que la Misa Romana había sido abrogada.

Por lo tanto, era necesario resolver el problema con inteligencia, y hacer creer que la nueva misa es la continuación y la expresión legítima de la Liturgia del Rito Romano.

Era imperioso decir que El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la “Lex orandi” de la Iglesia católica de rito latino.

Además, en su afán de síntesis dialéctica, no era posible que Benedicto XVI dejase transparentar la más mínima sospecha de ruptura o cisma litúrgico.

Era ineludible decir que El Misal Romano promulgado por San Pío V debe considerarse como la expresión extraordinaria de la misma “Lex orandi”.

Era forzoso afirmar que Estas dos expresiones de la “lex orandi” de la Iglesia no inducen ninguna división de la “lex credendi” de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.

En consecuencia, aparece claramente lo que constituye la verdadera razón de la declaración de la no abrogación de la Misa Romana como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia: es el famoso “un paso atrás, dos pasos adelante”.

Sería ridículo pensar, y, sin embargo, no faltan cabezas mitradas que lo piensan, que el cambio de posición en el terreno de combate es debido a un inicio de restauración…

Concedemos que se trata de una estrategia de acercamiento hacia la Tradición… ¡Sí!… Pero para intentar envolverla y destruirla…

No se trata de una restauración. Es todo lo contrario: consolidar y legitimar la nueva misa protestantizante y el Concilio Vaticano II, sin fracturas trágicas o dramáticas; hacer creer que se trata de una evolución suave, y asegurarse de que ambos (conciliábulo y misa bastarda) sean universalmente reconocidos, aceptados y admitidos de forma pacífica.

Quienes pretenden demostrar que el Concilio Vaticano II no es un cisma doctrinal, quieren probar que la Nueva Misa no es un cisma litúrgico; antes bien, sostienen que ambos son el resultado de un desarrollo vital, que debe ser asumido y aceptado.

Para comprender la estrategia de Benedicto XVI con su Motu proprio, hay que referirse al discurso que dio ante la Curia Romana el 22 de diciembre de 2005.

He aquí algunos párrafos:

Por una parte, existe una interpretación que podría llamar “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”. Por otra parte, está la “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino.

La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar.

A la hermenéutica de la discontinuidad se opone la hermenéutica de la reforma.

Es claro que en todos estos sectores, que en su conjunto forman un único problema, podría emerger una cierta forma de discontinuidad y que, en cierto sentido, de hecho se había manifestado una discontinuidad, en la cual, sin embargo, hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias, resultaba que no se había abandonado la continuidad en los principios.

Precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma.

Al leer este documento y reflexionar sobre él, aparece claro que Benedicto XVI intenta hacer creer que entre la Doctrina Infalible de la Iglesia y la nueva doctrina conciliar no hay ninguna discontinuidad. En pocas palabras, nos dice que la Lex credendi hodierna e innovadora es la misma que la tradicional y perenne.

Ahora bien, sabemos muy bien que la Lex orandi es la expresión litúrgica de la Lex credendi.

Por lo tanto, después de haber resuelto en 2005 la cuestión de la Lex credendi, era necesario zanjar la cuestión de la Lex orandi.

Esta fue la misión del Motu proprio de 2007.

Algunas personas, laicos y clérigos, sacerdotes y obispos, creyeron que la batalla por la Misa se había ganado, y que ahora se debía librar la batalla por la doctrina.

Pero, considerando bien todas las cosas, lo que aparece con claridad es que para Benedicto XVI se cerró el capítulo… No se trata de un comienzo, sino del término del debate: para él, la nueva doctrina conciliar es la misma que la Doctrina Tradicional; del mismo modo que, para él, la nueva liturgia conciliar es coherente con la antigua Liturgia Romana…

Recordemos que para él la naturaleza de la verdadera reforma consiste en el conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles…

Ahora estamos en condiciones de estudiar el artículo 1º del nefasto Motu proprio.

Joseph Ratzinger con Congar

El artículo 1º del Motu proprio

Aunque resulte redundante, debemos analizar en detalle este artículo 1º, que dice lo siguiente:

El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la “Lex orandi”, de la Iglesia católica de rito latino.

No obstante, el Misal Romano promulgado por San Pío V y nuevamente por el bienaventurado Juan XXIII debe considerarse como expresión extraordinaria de la misma “Lex orandi” y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo.

Estas dos expresiones de la “Lex orandi” de la Iglesia no inducen de forma alguna una división de la “Lex credendi” de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.

Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgada por el bienaventurado Juan XXIII en 1962, y nunca abrogada, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia.

Y pensar que hay quienes dicen que la Misa de siempre ha recuperado su derecho de ciudadanía en la Iglesia…

Sabemos bien que el Rito Romano de la Santa Misa nunca ha perdido su derecho. Ya lo hemos visto en anteriores Especiales.

Pero, si se reconoce el Motu proprio del 7 de julio de 2007, es necesario aceptar que el Rito Romano perdió, de jure, su condición de única forma ordinaria y oficial.

La Roma anticristo y modernista, por medio del Motu proprio, humilló el Rito Romano de la Santa Misa, intentando relegarlo a la condición de “forma extraordinaria” y uniéndolo al “rito bastardo”, que sería la “forma ordinaria” del único Rito Romano.

Si se reconoce el Motu proprio del 7 de julio de 2007, es necesario aceptar que el Misal Romano ya no es la expresión ordinaria; y que, por lo tanto, al menos de manera implícita, debe ser considerado abrogado como expresión ordinaria de la Liturgia Romana de la Iglesia.

Expliquemos, por si es necesario…

Debemos resaltar que el Motu proprio permite una doble lectura:

a) Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgada por el bienaventurado Juan XXIII en 1962, y nunca abrogada, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia.

(Proinde licet celebrare Sacrificium Missae iuxta editionem typicam Missalis Romani a B. Ioanne XXIII anno 1962 promulgatam et nunquam abrogatam, uti forman extraordinariam Liturgiae Ecclesiae.)

Y esto es una confirmación de la conclusión anterior: el Misal romano promulgado por San Pío V debe darse como abrogado en cuanto forma ordinaria de la Liturgia de la Iglesia.

b) Por eso es lícito celebrar, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia, el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgada por el bienaventurado Juan XXIII en 1962, y nunca abrogada.

(Proinde licet celebrare, uti forman extraordinariam Liturgiae Ecclesiae, Sacrificium Missae iuxta editionem typicam Missalis Romani promulgatam a B. Ioanne XXIII anno 1962, et nunquam abrogatam.)

Pero, ¿por qué es lícitocelebrar como forma extraordinaria y no como forma ordinaria?

Se conoce la respuesta…: pues como forma ordinaria ha sido abrogada…

Por lo tanto, para ajustarse a la realidad, aquellos que aceptan el Motu proprio deberían sacar algunas conclusiones inexorables, pues es sabido que, puestas las premisas, se siguen las conclusiones.

Estimado lector, usted conoce ya esas conclusiones, pero, por las dudas, las resumo ahora:

— La Misa Romana no se abrogó nunca como forma extraordinaria.

— La Misa Romana se abrogó como forma ordinaria.

— Está permitido celebrar la Misa Romana como forma extraordinaria.

— Está prohibido celebrar la Misa Romana como forma ordinaria.

Por lo tanto, para aquellos que aceptan el Motu proprio, el estado de Derecho de la Misa Romana, como Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia, sería el siguiente:

1) Hasta 1969, la Misa Romana era la única Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia.

2) Desde 1969 hasta el 7 de julio de 2007, en la realidad y en la verdad del Derecho, la Misa Romana continuó siendo la única Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia.

3) Según el Motu Proprio y la Carta a los Obispos de julio de 2007, la Misa Romana ya no sería la Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia. Sería la forma extraordinaria…

+++

La Carta a los Obispos que acompaña al Motu proprio

Queridos Hermanos en el Episcopado:

Con gran confianza y esperanza pongo en vuestras manos de Pastores el texto de una nueva Carta Apostólica “Motu Proprio data” sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970. El documento es fruto de largas reflexiones, múltiples consultas y de oración.

Noticias y juicios hechos sin información suficiente han creado no poca confusión. Se han dado reacciones muy divergentes, que van desde una aceptación con alegría a una oposición dura, a un proyecto cuyo contenido en realidad no se conocía.

A este documento se contraponían más directamente dos temores, que quisiera afrontar un poco más de cerca en esta carta.

En primer lugar, existe el temor de que se menoscabe la Autoridad del Concilio Vaticano II y de que una de sus decisiones esenciales —la reforma litúrgica— se ponga en duda. Este temor es infundado. Al respecto, es necesario afirmar en primer lugar que el Misal, publicado por Pablo VI y reeditado después en dos ediciones sucesivas por Juan Pablo II, obviamente es y permanece la Forma normal – la Forma ordinaria – de la Liturgia Eucarística. La última redacción del Missale Romanum, anterior al Concilio, que fue publicada con la autoridad del Papa Juan XXIII en 1962 y utilizada durante el Concilio, podrá, en cambio, ser utilizada como Forma extraordinaria de la Celebración litúrgica. No es apropiado hablar de estas dos redacciones del Misal Romano como si fueran “dos Ritos”. Se trata, más bien, de un doble uso del mismo y único Rito.

Por lo que se refiere al uso del Misal de 1962, como Forma extraordinaria de la Liturgia de la Misa, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que este Misal no ha sido nunca jurídicamente abrogado y, por consiguiente, en principio, ha quedado siempre permitido. En el momento de la introducción del nuevo Misal, no pareció necesario emitir normas propias para el posible uso del Misal anterior. Probablemente se supuso que se trataría de pocos casos singulares que podrían resolverse, caso por caso, en cada lugar. Después, en cambio, se demostró pronto que no pocos permanecían fuertemente ligados a este uso del Rito romano que, desde la infancia, se les había hecho familiar. Esto sucedió, sobre todo, en los Países en los que el movimiento litúrgico había dado a muchas personas una notable formación litúrgica y una profunda e íntima familiaridad con la Forma anterior de la Celebración litúrgica. Todos sabemos que, en el movimiento guiado por el Arzobispo Lefebvre, la fidelidad al Misal antiguo llegó a ser un signo distintivo externo; pero las razones de la ruptura que de aquí nacía se encontraban más en profundidad. Muchas personas que aceptaban claramente el carácter vinculante del Concilio Vaticano II y que eran fieles al Papa y a los Obispos, deseaban no obstante reencontrar la forma, querida para ellos, de la sagrada Liturgia. Esto sucedió sobre todo porque en muchos lugares no se celebraba de una manera fiel a las prescripciones del nuevo Misal, sino que éste llegó a entenderse como una autorización e incluso como una obligación a la creatividad, lo cual llevó a menudo a deformaciones de la Liturgia al límite de lo soportable. Hablo por experiencia porque he vivido también yo aquel periodo con todas sus expectativas y confusiones. Y he visto hasta qué punto han sido profundamente heridas por las deformaciones arbitrarias de la Liturgia personas que estaban totalmente radicadas en la fe de la Iglesia.

El Papa Juan Pablo II se vio por tanto obligado a ofrecer con el Motu Proprio “Ecclesia Dei” del 2 de julio de 1988, un cuadro normativo para el uso del Misal de 1962, pero que no contenía prescripciones detalladas sino que apelaba, en modo más general, a la generosidad de los Obispos respecto a las “justas aspiraciones” de aquellos fieles que pedían este uso del Rito romano. En aquel momento el Papa quería ayudar de este modo sobre todo a la Fraternidad San Pío X a reencontrar la plena unidad con el Sucesor de Pedro, intentando curar una herida que era sentida cada vez con más dolor. Por desgracia esta reconciliación hasta ahora no se ha logrado; sin embargo una serie de comunidades han utilizado con gratitud las posibilidades de este Motu Proprio. Permanece difícil, en cambio, la cuestión del uso del Misal de 1962 fuera de estos grupos, para los cuales faltaban normas jurídicas precisas, sobre todo porque a menudo los Obispos en estos casos temían que la autoridad del Concilio fuera puesta en duda. Enseguida después del Concilio Vaticano II se podía suponer que la petición del uso del Misal de 1962 se limitaría a la generación más anciana que había crecido con él, pero desde entonces se ha visto claramente que también personas jóvenes descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran en la misma una forma, particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía. Así ha surgido la necesidad de un reglamento jurídico más claro que, en tiempos del Motu Proprio de 1988 no era previsible; estas Normas pretenden también liberar a los Obispos de tener que valorar siempre de nuevo cómo responder a las diversas situaciones.

En segundo lugar, en las discusiones sobre el esperado Motu Proprio, se expresó el temor de que una más amplia posibilidad de uso del Misal de 1962 podría llevar a desórdenes e incluso a divisiones en las comunidades parroquiales. Tampoco este temor me parece realmente fundado. El uso del Misal antiguo presupone un cierto nivel de formación litúrgica y un acceso a la lengua latina; tanto uno como otro no se encuentran tan a menudo. Ya con estos presupuestos concretos se ve claramente que el nuevo Misal permanecerá, ciertamente, la Forma ordinaria del Rito Romano, no sólo por la normativa jurídica sino por la situación real en que se encuentran las comunidades de fieles.

Es verdad que no faltan exageraciones y algunas veces aspectos sociales indebidamente vinculados a la actitud de los fieles que siguen la antigua tradición litúrgica latina. Vuestra caridad y prudencia pastoral serán estímulo y guía para un perfeccionamiento. Por lo demás, las dos Formas del uso del Rito romano pueden enriquecerse mutuamente: en el Misal antiguo se podrán y deberán inserir nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios. La Comisión “Ecclesia Dei”, en contacto con los diversos entes locales dedicados al usus antiquior, estudiará las posibilidades prácticas. En la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI se podrá manifestar, en un modo más intenso de cuanto se ha hecho a menudo hasta ahora, aquella sacralidad que atrae a muchos hacia el uso antiguo. La garantía más segura para que el Misal de Pablo VI pueda unir a las comunidades parroquiales y sea amado por ellas consiste en celebrar con gran reverencia de acuerdo con las prescripciones; esto hace visible la riqueza espiritual y la profundidad teológica de este Misal.

De este modo he llegado a la razón positiva que me ha motivado a poner al día mediante este Motu Proprio el de 1988. Se trata de llegar a una reconciliación interna en el seno de la Iglesia. Mirando al pasado, a las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que en momentos críticos en los que la división estaba naciendo, no se ha hecho lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para conservar o conquistar la reconciliación y la unidad; se tiene la impresión de que las omisiones de la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones hayan podido consolidarse. Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo. Me viene a la mente una frase de la segunda carta a los Corintios donde Pablo escribe: “Corintios, os hemos hablado con toda franqueza; nuestro corazón se ha abierto de par en par. No está cerrado nuestro corazón para vosotros; los vuestros sí que lo están para nosotros. Correspondednos; … abríos también vosotros” (II Corintios, 6, 11-13). Pablo lo dice ciertamente en otro contexto, pero su invitación puede y debe tocarnos a nosotros, justamente en este tema. Abramos generosamente nuestro corazón y dejemos entrar todo a lo que la fe misma ofrece espacio.

No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum. En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura. Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial. Nos hace bien a todos conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia y de darles el justo puesto. Obviamente para vivir la plena comunión tampoco los sacerdotes de las Comunidades que siguen el uso antiguo pueden, en principio, excluir la celebración según los libros nuevos. En efecto, no sería coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo.

En conclusión, queridos Hermanos, quiero de todo corazón subrayar que estas nuevas normas no disminuyen de ningún modo vuestra autoridad y responsabilidad ni sobre la liturgia, ni sobre la pastoral de vuestros fieles. Cada Obispo, en efecto es el moderador de la liturgia en la propia diócesis (cfr. Sacrosanctum Concilium, nº 22: “Sacræ Liturgiæ moderatio ab Ecclessiæ auctoritate unice pendet quae quidem est apud Apostolicam Sedem et, ad normam iuris, apud Episcoporum”).

Por tanto, no se quita nada a la autoridad del Obispo cuyo papel será siempre el de vigilar para que todo se desarrolle con paz y serenidad. Si surgiera algún problema que el párroco no pueda resolver, el Ordinario local podrá siempre intervenir, pero en total armonía con cuanto establecido por las nuevas normas del Motu Proprio.

Además os invito, queridos Hermanos, a escribir a la Santa Sede un informe sobre vuestras experiencias tres años después de que entre en vigor este Motu Proprio. Si vinieran a la luz dificultades serias se buscarían vías para encontrar el remedio.

Queridos Hermanos, con ánimo agradecido y confiado, confío a vuestro corazón de Pastores estas páginas y las normas del Motu Proprio. Recordemos siempre las palabras que el Apóstol Pablo dirigió a los presbíteros de Éfeso: “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo” (Hechos, 20, 28).

Confío a la potente intercesión de María, Madre de la Iglesia, estas nuevas normas e imparto de corazón mi Bendición Apostólica a Vosotros, queridos Hermanos, a los párrocos de vuestras diócesis y a todos los sacerdotes, vuestros colaboradores, así como a todos vuestros fieles.

+++

Leamos ahora el artículo 1º del Motu proprio a la luz de la Carta a los Obispos:

A) Dice el Motu proprio:

El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la “Lex orandi” de la Iglesia católica de rito latino.

A’) Dice la Carta a los Obispos:

Es necesario afirmar, en primer lugar, que el Misal publicado por Pablo VI y reeditado después en dos ediciones sucesivas por Juan Pablo II, obviamente es y permanece la Forma normal – la Forma ordinaria – de la Liturgia Eucarística.

B) Dice el Motu proprio:

El Misal Romano promulgado por San Pío V y reeditado por el bienaventurado Juan XXIII debe considerarse como la expresión extraordinaria de la misma “Lex orandi” y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo.

B’) Dice la Carta a los Obispos:

La última redacción del Missale Romanum, anterior al Concilio, que fue publicada con la autoridad del Papa Juan XXIII en 1962 y utilizada durante el Concilio, podrá, en cambio, ser utilizada como Forma extraordinaria de la Celebración litúrgica (…) El nuevo Misal permanecerá, ciertamente, la Forma ordinaria del Rito Romano, no sólo por la normativa jurídica sino por la situación real en que se encuentran las comunidades de fieles.

C) Dice el Motu proprio:

Estas dos expresiones de la “lex orandi” de la Iglesia no inducen ninguna división de la “lex credendi” de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.

C’) Dice la Carta a los Obispos:

No es apropiado hablar de estas dos redacciones del Misal Romano como si fueran “dos Ritos”. Se trata, más bien, de un doble uso del mismo y único Rito.

No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum.

Por lo demás, las dos Formas del uso del Rito romano pueden enriquecerse mutuamente

D) Dice el Motu proprio:

Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgada por el bienaventurado Juan XXIII en 1962, y nunca abrogada, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia.

D’) Dice la Carta a los Obispos:

Por lo que se refiere al uso del Misal de 1962, como Forma extraordinaria de la Liturgia de la Misa, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que este Misal no ha sido nunca jurídicamente abrogado y, por consiguiente, en principio, ha quedado siempre permitido.

E) Dice el Motu proprio:

Sin embargo, las condiciones para el uso de este Misal establecidas en los documentos anteriores “Quattuor abhinc annis” y “Ecclesia Dei”, se sustituirán como se establece a continuación.

E’) Dice la Carta a los Obispos:

Obviamente para vivir la plena comunión los sacerdotes de las Comunidades que siguen el uso antiguo no pueden, en principio, excluir la celebración según los libros nuevos. En efecto, no sería coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo.

+++

Relaciones entre la Fe y la Liturgia

Se habla mucho de la llamada “liberalización de la misa por el papa Benito XVI”.

Se la presenta, incluso, como un indicio de restauración en la Iglesia y como el primer paso de una vuelta a la fe para numerosos sacerdotes y laicos.

¿Qué debemos pensar de esto?

Rezar o celebrar la Misa Romana no significa, de modo absoluto, adherir a toda la Doctrina Tradicional y rechazar todos los errores del concilio Vaticano II y del modernismo.

Por lo tanto, a partir del Motu proprio, nos vemos obligados a distinguir a los sacerdotes según su doctrina y no ya solamente según la Misa que celebran. Ahora la distinción es más sutil y difícil. Hasta ahora bastaba saber qué misa celebraban.

Por otra parte, no hay que caer en la seductora ilusión de que el rezo de la Misa Romana, por sí solo, pueda suministrar al sacerdote y a los laicos la sana doctrina.

Como prueba de esto tenemos a los ortodoxos, que nunca han cambiado la liturgia desde hace siglos y que, con todo, permanecen fuera de la Iglesia, cismáticos y herejes.

Sabemos que durante el Concilio Vaticano II todos los obispos celebraban la Misa Romana, y con todo se infiltró a este concilio un espíritu y unos principios contrarios a la Tradición de la Iglesia.

Más recientemente, los institutos que se acogieron a los indultos de 1984 y 1988 y entraron en la Comisión Ecclesia Dei, después de su acuerdo con Roma, poco a poco, aceptaron la rectitud canónica y doctrinaria de la nueva misa, así como las nuevas doctrinas resultantes del concilio Vaticano II, celebrando, al mismo tiempo, la Misa Romana.

Más recientemente, la neo F₪₪PX, que aceptó, festejó, difundió y difunde el Motu proprio de 2007, llega a sostener la validez y legitimidad de la nueva misa, así como el 95 % del conciliábulo, celebrando, al mismo tiempo, la Misa Romana.

Todos estos hechos muestran que la santidad de la Misa no basta para conservar la fe o recuperarla.

¿Cuál es la razón?

Se puede conservar del rito y de las ceremonias de la Misa lo que aportan a la sensibilidad religiosa, a las preferencias estéticas por un rito antiguo, al “deseo espiritual” y a las “justas aspiraciones” de un alma sedienta de cosas bellas y sagradas.

Pero allí no se tiene en cuenta la doctrina, ni incluso la religión. Sólo cuenta lo que satisface a algunos deseos y aspiraciones religiosas. Es el sentimiento el que guía y no la fe. No se ve o no se quiere ver la relación entre la liturgia y la doctrina.

Se podrá objetar que la buena liturgia está necesariamente vinculada con la doctrina buena, según el proverbio Lex orandi, lex credendi es decir, la ley del rezo, es la ley de la fe.

Sí, los dos están vinculados, pero no en el sentido que se querría hacernos admitir. La verdad es que la ley de la fe es la que establece la del rezo, pero no a la inversa, salvo que sea para deformar la fe por medio de una liturgia espuria.

Pio XII lo señaló muy bien en su encíclica Mediator Dei:

Este inconcuso derecho de la jerarquía eclesiástica se prueba también por el hecho de que la sagrada Liturgia está íntimamente unida con aquellos principios doctrinales que la Iglesia propone como parte integrante de verdades ciertísimas, y, por consiguiente, tiene que conformarse a los dictámenes de la fe católica, proclamados por la autoridad del Magisterio supremo, para tutelar la integridad de la religión por Dios revelada.

A este propósito, venerables hermanos, juzgamos necesario poner en su punto una cosa que creemos que no os será desconocida: nos referimos al error y engaño de los que han pretendido que la Liturgia era como un experimento del dogma, de tal manera que, si una de estas verdades hubiera producido, a través de los ritos de la sagrada liturgia, frutos de piedad y de santidad, la Iglesia hubiese tenido que aprobarla, y, en el caso contrario, reprobarla. De ahí aquel principio: Lex orandi, Lex credendi (La ley de la oración, es ley de la fe).

No es, sin embargo, esto lo que enseña o manda la Iglesia. El culto que ella tributa a Dios es, como breve y claramente dice San Agustín, una continua profesión de fe católica y un ejercicio de la esperanza y de la caridad: «Dios debe ser honrado con la fe, la esperanza y la caridad» (Enchiridion c.3).

En la sagrada liturgia hacemos explícita y manifiesta profesión de fe católica, no sólo con la celebración de los misterios divinos, con la consumación del Sacrificio y la administración de los Sacramentos, sino también rezando y cantando el Símbolo de la fe, que es como insignia y distintivo de los cristianos; con la lectura de otros documentos y de las Escrituras Sagradas, escritas por inspiración del Espíritu Santo. Toda la Liturgia tiene, por consiguiente, un contenido de fe católica, en cuanto que testimonia públicamente la fe de la Iglesia.

Por este motivo, cuando se ha tratado de definir un dogma, los Sumos Pontífices y los Concilios, recurriendo a las llamadas «Fuentes Teológicas», muchas veces han deducido también argumentos de esta sagrada disciplina; como hizo, por ejemplo, nuestro predecesor, de inmortal memoria, Pío IX, cuando definió la Inmaculada Concepción de la Virgen María. De la misma manera, también la Iglesia y los Santos Padres, cuando se discutía sobre una verdad controvertida o puesta en duda, nunca han dejado de pedir luz a los ritos venerables transmitidos por la antigüedad.

Así se obtiene también el conocido y venerado adagio: “Legem credendi lex statuat supplicandi” (La ley de la fe determine la ley de la oración) (De gratia Dei “Indiculus”).

La sagrada Liturgia, por consiguiente, no determina ni constituye en sentido absoluto y por virtud propia la fe católica, sino más bien, siendo como es una profesión de las verdades divinas, profesión sujeta al supremo Magisterio de la Iglesia, puede proporcionar argumentos y testimonios de no escaso valor para aclarar un punto determinado de la doctrina cristiana.

De aquí que, si queremos distinguir y determinar de manera general y absoluta las relaciones que existen entre fe y liturgia, se puede con razón afirmar: “Lex credendi legem statuat supplicandi” (Que la ley de la fe establezca la ley de la oración).

Lo mismo hay que decir también cuando se trata de las otras virtudes teologales: “En la… fe, en la esperanza y en la caridad oramos siempre con deseo continuo” (San Augustin. Epist. 130, ad Probam, 18).

Se ve, pues, por este texto de Pío XII, que la Liturgia está en dependencia de la Fe y no al revés: se puede honrar a Dios por la Liturgia, si se tienen de antemano la Fe recta, la Esperanza verdadera y la Caridad genuina.

Dicho de otro modo: la Liturgia y la Misa no pueden hacer profesar y alimentar la Fe sino en los que ya la poseen.

Es importante recordar que la Misa no tiene por finalidad enseñar. Esto corresponde a los cursos de Catecismos y a los sermones.

En pocas palabras, la finalidad de la Misa es unir al Sacrificio de Jesucristo al que ya cree en este misterio.

Es prácticamente imposible que cumplan con los cuatro fines del Sacrificio de la Misa, y sobre todo con la adoración y la satisfacción por los pecados, los que, deformados por el Vaticano II y la misa bastarda, sólo honran al progreso de la Humanidad y ya no creen en el pecado y sus penas.

Por otra parte, si bien la Misa da a conocer algunas verdades de la fe, conocer no es creer. Todo depende de las disposiciones del que asiste a la Misa o la reza.

Si en una mentalidad modernista y liberal introducimos lo que la Misa Romana enseña sobre la Fe y la doctrina, el resultado será semejante (con la diferencia abismal que existe) a lo que sucedería si ponemos un buen vino en una botella que contenía perfume o nafta.

Esto da una mala mezcla, que no es otra cosa que el Vaticano II: la relativización de toda verdad.

Teniendo cada uno su herencia, sus valores y su sensibilidad (para hablar como lo hacen los modernistas, con Juan Pablo II y Benedicto XVI a la cabeza), ese perfume y esa nafta relativizarán y echarán a perder aquello con lo cual la Misa Romana pudiese enriquecerlos.

Insisto, porque es necesario: la liturgia es la expresión de la fe.

Un cambio en la fe implica un cambio en la liturgia.

Es por eso que, después del Concilio de Trento, el Papa San Pío V emprendió la restauración de los libros litúrgicos.

El Concilio, condenando los errores y abusos en curso, se sentía en el deber de rectificar en la santa liturgia las desviaciones introducidas por abusos.

Era necesario restaurar la liturgia en la pureza de la fe.

Joseph Ratzinger y Karl Rahner

Es lo que impulsó también a muchos “padres conciliares” a pedir una reforma de la liturgia durante el Segundo Concilio del Vaticano…

No que éste haya condenado los errores y abusos modernos, sino que la liturgia tradicional no era adecuada para expresar la “fe” que los “periti”, los expertos…, habían inculcado en muchos “padres conciliares”, y éstos expresado en los documentos conciliares…; “fe” que permanecía latente en los miembros del Movimiento Litúrgico desviado… y actuaban en la Santa Sede…

Era necesario, pues, cambiar la liturgia para que su errónea doctrina se manifestase y se mantuviese en el espíritu de los fieles.

Debemos, pues, más que nunca seguir siendo prudentes.

Un hereje que celebra una liturgia herética es menos peligroso que un hereje que celebraría la liturgia romana, ya que en este segundo caso nada manifestaría sus errores.

El problema de la Liturgia es un problema sobre todo de Fe; en consecuencia, incluso si la antigua liturgia fuese mañana obligatoria, eso no podría bastar a solucionar el problema de la crisis.

Es necesario que la verdadera fe sea proclamada nuevamente y profesada en su integridad.

Leamos una de las últimas reflexiones de Monseñor Lefebvre:

Ciertamente, la cuestión de la Liturgia y de los Sacramentos es muy importante, pero esto no es lo más importante. Lo más importante es la Fe.

Para nosotros este tema no está resuelto.

Nosotros tenemos la Fe de siempre, la del Concilio de Trento, del Catecismo de San Pío X, de todos los Concilios y de todos los Papas anteriores al Vaticano II.

No es solamente la Liturgia lo que queremos defender. Naturalmente la Liturgia es la expresión de nuestra Fe, y no queremos que sea atacada o desfigurada, pero los problemas de la Fe son aún más importantes.

El problema de fondo de nuestra perseverancia en la Tradición, a pesar de las órdenes dadas por Roma para abandonarla, es el problema de un grave y profundo cambio en el trato de la Iglesia con el mundo…, de bajar las armas y entrar en diálogo de paz y entendimiento…, de una tregua falaz, que permitirá al enemigo penetrar por todas partes y corromper las fuerzas adversas.

Esta tregua es el ecumenismo liberal, instrumento diabólico de la autodestrucción de la Iglesia.

No puede uno aceptar tal contradicción, un “ilogismo” tan singular. Es una situación de lo más incómoda, y es la dificultad de todos esos grupos que se encuentran actualmente en un callejón sin salida.

La única actitud lógica para conservar la Fe católica es conservar también la Misa católica.

Esta misa es contraria el Concilio, contraria al ecumenismo, e igualmente contraria al liberalismo que se encuentra en el Vaticano II.

(De la última entrevista realizada a Monseñor Lefebvre por la revista Fideliter, con ocasión del 20º aniversario de la fundación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, publicada en el número 79 de dicha publicación, en enero-febrero de 1991, dos meses antes de la muerte del Fundador).

Conclusión

La Misa no basta para corresponder a la Fe.

¿La vuelta a la Fe por medio del birritualismo?

¡No!, sino más bien, por la verdadera Fe, la llegada o la vuelta a la única Misa Romana.

Si no se regresa a la profesión íntegra de la Fe, sin rupturas con la Tradición, la dialéctica con el Misal Romano no dejará de ser una diabólica astucia.

Por esta razón, después de librarse de la trampa del Protocolo y de haber transmitido el episcopado por las consagraciones de junio de 1988, hablando sobre las posibles futuras relaciones con Roma, Monseñor Marcel Lefebvre dijo:

Plantearía la cuestión a nivel doctrinal: “¿Están de acuerdo con las grandes Encíclicas de todos los Papas que los precedieron? ¿Están de acuerdo con Quanta Cura de Pío IX, Immortale Dei, Libertas de León XIII, Pascendi de Pío X, Quas Primas de Pío XI, Humani Generis de Pío XII? ¿Están en plena comunión con estos Papas y con sus afirmaciones? ¿Aceptan aún el Juramento Antimodernista? ¿Están a favor del Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo?”

Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar. Mientras no hayan aceptado reformar el Concilio considerando la doctrina de estos Papas que los precedieron, no hay diálogo posible. Es inútil. Las posiciones quedarían así más claras.

No es una pequeña cosa la que nos opone.

No basta que se nos diga: “pueden rezar la Misa antigua, pero es necesario aceptar esto”.

No, no es solamente eso lo que nos opone, es la Doctrina. Queda claro.

Creíamos que había quedado claro…

Pero, desde el año 2000, las cosas se enturbiaron…

Más particularmente, desde el 7 de julio de 2007, las cosas son muy oscuras…

Y después de la aceptación del levantamiento de las excomuniones, en enero de 2009, la situación tiene un negro porvenir.

Ahora, la Neo F₪₪PX reconoce abiertamente que, manteniendo las relaciones doctrinales con Roma, se aparta de esas palabras del fundador después de las consagraciones de junio de 1988.

En efecto, en el artículo Roma y Ecône: Preguntas y Respuestas, publicado en la revista Fideliter Nº 189, mayo-junio de 2009, páginas 64-66, que he analizado en septiembre de 2009, se lee:

Aquello en lo cual la Fraternidad se aparta es que, allí donde Monseñor Lefebvre preconizaba un cuestionamiento de orden doctrinal, veinte años después, la Fraternidad ha optado por tres etapas, de las cuales:

— la primera es a la vez disciplinar y litúrgica (libertad para la misa),

— la segunda disciplinar (decreto del 21 de enero),

— la tercera a la vez doctrinal y experimental (discusiones doctrinales).

Nosotros, por nuestra parte, queremos seguir la Tradición doctrinal y litúrgica: No es una pequeña cosa la que nos opone.

No basta que se nos diga: “pueden rezar la Misa antigua, pero es necesario aceptar esto”.

No, no es solamente eso lo que nos opone, es la Doctrina.