Padre Juan Carlos Ceriani: PASCUA DE RESURRECCIÓN

 

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Pasado el sábado, María Magdalena, María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, fueron al sepulcro. Se decían unas otras: ¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro? Y levantando los ojos vieron que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: No temáis. Buscáis a Jesús de Nazaret crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que os precederá en Galilea; allí le veréis, como os lo dijo.

La Resurrección de Nuestro Señor es un suceso histórico, el suceso sostenido por mayor peso de testimonio histórico que ningún otro en el mundo.

Los cuatro Evangelistas narran los hechos del Domingo de Pascua en forma enteramente impersonal, lo mismo que el resto de la vida de Cristo; no hay exclamaciones, comentarios, afectos, asombros ni gritos de triunfo.

Los Evangelios son cuatro crónicas enteramente excepcionales: el cronista anota una serie de hechos en forma enteramente enjuta y escueta. Aquí los hechos son las apariciones de Cristo resucitado; al cual vieron, oyeron y tocaron los que habían de dar testimonio.

Este testimonio se puede resumir brevemente en los siguientes puntos:

1°) Hay cuatro documentos diferentes, escritos en diferentes tiempos y sin connivencia mutua, cuyos autores no tenían el menor interés en fabricar una enorme e increíble impostura; al contrario, arriesgaban la vida contando lo que contaron.

2°) Los Fariseos y Pilatos no hicieron nada; y tenían que haber hecho cosas, de ser una impostura; sería una impostura facilísima de refutar: bastaba exponer el cuerpo, y juzgar y sentenciar a los impostores. Al contrario, hicieron trampas y violencias para hacerlos callar.

3°) En la mañana de Pentecostés, los antes amilanados Apóstoles salieron audazmente a predicar a la multitud que Jesús era el Mesías y había resucitado. En la multitud había muchos testigos presenciales de los hechos de Cristo, incluso de su pasión y muerte. La multitud creyó a los Apóstoles.

4°) En el espacio de la vida de un hombre, en todo el vasto Imperio Romano existían grupos de hombres que creían en la Resurrección de Cristo, y se exponían por creerlo y confesarlo a los peores castigos. Tres siglos más tarde todo el Imperio Romano, es decir, todo el mundo civilizado, creía en la Resurrección de Cristo; y la religión cristiana era la Religión oficial de Roma; para llegar a eso, millares y aun millones de mártires; y entre ellos los doce primeros Testigos, habían dado la vida en medio de tormentos atroces.

Había incrédulos en el Imperio Romano; por supuesto, y siempre los habrá.

Contra ellos hacía San Agustín su famoso argumento de «Los Tres Increíbles’’:

Increíble es que un hombre haya resucitado de entre los muertos;

Increíble es que todo el mundo haya creído ese increíble;

Increíble es que doce hombres rústicos, sencillos y plebeyos, sin armas, sin letras y sin fama, hayan convencido al mundo, y en él a los sabios y filósofos, de aquel primer Increíble.

El primer Increíble no lo queréis creer; el segundo Increíble no tenéis más remedio que verlo; de donde tenéis que admitir el tercer Increíble.

Pero ese tercer Increíble es un portento tan asombroso como la Resurrección de un muerto.

Así decía San Agustín; y esto es lo que el Concilio Vaticano llama «el milagro moral» de la Iglesia.

De San Agustín acá, ese hecho histórico asombroso que es el cristianismo siguió adelante; conquistó el mundo, modeló la Europa y después la América, creó la admirablemente adelantada raza blanca, y todas las ventajas y comodidades de lo que hoy llamamos “la civilización».

Se puede decir que la mejor parte del mundo ha creído siempre en la Resurrección; y que esa creencia ha producido los mayores sabios, los mayores artistas, los mayores gobernantes y los mayores moralistas, que son los Santos.

Supongamos ahora que, por un imposible, todos los hombres del mundo actual dejaran de creer en la Resurrección de Cristo y la dieran como una impostura.

Si aconteciese una total apostasía (y algo de eso puede suceder), ¿borraría ese hecho nuevo el otro hecho secular de la universal fe cristiana y de la existencia imperturbable y progresiva de la Iglesia durante veinte siglos?

Es imposible; ni Dios mismo puede hacer que un hecho deje de haber sido hecho.

Simplemente los apóstatas tendrían que tergiversar, como hicieron los judíos y Herodes después del Domingo de Pentecostés; tendrían que ocultar los hechos, imponer silencio por la fuerza, y dar muerte a los que hablaran; mas en el fondo de su alma tendrían conciencia de que no niegan o descreen por un acto del entendimiento sino por un acto de voluntad; no por la razón sino por un capricho.

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Impresionados Pedro y Juan con el relato de María Magdalena, acudieron al sepulcro de Jesús. Juan, más joven y más ágil, llegó el primero; se asomó al interior del monumento, vio los lienzos por tierra, pero no entró.

Momentos después, llegó Pedro y penetró hasta el sepulcro para darse cuenta de lo sucedido. Notó que la Santa Sábana estada aplanada y el sudario que cubría la cabeza estaba doblado y puesto aparte. Juan entró a su vez al sepulcro, hizo las mismas observaciones y creyó.

Regresaron al cenáculo, confundidos, sin poder explicarse esta misteriosa desaparición.

María Magdalena no pudo resignarse a seguirlos. Sentada cerca del sepulcro, se puso a llorar, preguntándose con ansiedad dónde habían podido ocultar el Cuerpo de su Maestro. Con sus ojos inundados en lágrimas, registraba de nuevo el interior del sepulcro, cuando dos Ángeles se presentaron a su vista, uno a la cabeza y otro a los pies de la piedra mortuoria.

Mujer, le dijeron, ¿por qué lloras?

Porque se han llevado de aquí a mi Señor, respondió, y no sé dónde le han puesto.

Al pronunciar estas palabras, oyó un ruido de pasos detrás de ella, se volvió prontamente y se encontró en presencia de un desconocido, que le preguntó también: Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas?

Era el divino Resucitado, pero ella no le reconoció. Lo tomó por el hortelano del lugar y, siempre abstraída en su primer pensamiento, respondió: Señor, si tú lo has tomado, dime dónde lo pusiste y yo me lo llevaré.

¿Cómo no abrir los ojos a esta penitente Magdalena; a quien Jesús había visto llorar al pie de la Cruz y a quien volvía a encontrar inconsolable cerca de su tumba?

Con ese acento divino, que penetra hasta lo más íntimo del alma, pronunció Él esta simple palabra: ¡María!

Al sonido de esta voz, que tantas veces la había conmovido, le reconoció: ¡Mi buen Maestro!, exclamó transportada de gozo, y en el acto se precipitó a sus pies para abrazarlos, como si temiera volver a perder a Aquél que encontraba en ese instante.

Le dijo entonces Jesús: No quieras retenerme perpetuamente, porque no he subido todavía al Padre; pero ve a encontrar a mis hermanos, y diles: voy a subir a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.

Así fue cómo Jesús apareció a Magdalena, para recompensar con este favor excelente el incomparable amor de la santa penitente.

María Magdalena fue, pues, a anunciar a los discípulos: He visto al Señor, y lo que Él le había dicho.

Apareció en seguida al grupo de Santas Mujeres que no le habían abandonado en sus dolores. El Ángel les había dicho: Volved presto a Jerusalén y decid a los discípulos y a Pedro, que Jesús ha resucitado y que Él os precederá en Galilea. Marchaban a toda prisa a anunciar esta gran noticia, cuando de repente un hombre las detuvo y les dijo: Mujeres, yo os saludo.

Era el mismo Jesús, y al reconocerle, se arrojaron a sus pies abrazándolos con el amor que profesaban a su Señor y a su Dios. El buen Maestro las consoló y les dijo antes de dejarlas: Ahora no temáis: id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea en donde me verán.

Tales son los hechos por los cuales Jesús, desde la aurora del domingo, se manifestó a las Santas Mujeres elegidas por Él para ser sus mensajeras para con los Apóstoles y los testigos de su resurrección.

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Mas, a fin de que nadie pudiera tachar de credulidad a aquellos que pronto habían de predicar por todo el mundo a Jesús resucitado, Dios permitió que los Apóstoles, obstinados en su ceguedad, desechasen tenazmente el testimonio de estas Santas Mujeres.

María Magdalena, la primera que volvió del sepulcro, con el corazón desbordando de gozo, exclamó al entrar en el cenáculo: He visto al Señor y he aquí lo que me ha encargado deciros. Pero, por más que lo aseguraba y refería los detalles más circunstanciados de la aparición con que Jesús la había favorecido, los Apóstoles y discípulos se resistieron a darle crédito.

En vano sus compañeras, que acababan de recibir el mismo favor, vinieron a afirmar que también habían visto, oído y adorado al Salvador resucitado. Las trataron de alucinadas y visionarias.

Sólo Dios podía sacar a los Apóstoles del abismo de desaliento y desconfianza en que la Pasión y la muerte de su Maestro los había sumergido.

En la tarde de este mismo día, dos de estos discípulos incrédulos tomaron el partido de volver a su casa. Habitaban en Emaús, pequeña aldea oculta en las montañas a sesenta estadios de la ciudad santa. Allí encontrarían, a la vez que un refugio, el olvido de sus amargas decepciones.

Caminaban mustios y abatidos, conversando naturalmente sobre los tristes acontecimientos de los últimos días, cuando un desconocido que seguía la misma dirección, se acerca a ellos con expresión benévola. Era Jesús, pero con un exterior que no les permitía reconocerle.

Luego de permitir que se desahogaran con sus ideas y dudas, encarándose con los dos discípulos, les dijo, con gran animación: ¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! ¿No era necesario que el Cristo sufriese así para entrar en su gloria?

Y comenzando por Moisés, y por todos los profetas, les hizo hermenéutica de lo que en todas las Escrituras había acerca de Él. Les explicó el sentido de las Escrituras con tanta gracia y autoridad, que arrebató de admiración a los dos incrédulos.

Cuando Jesús le dejó, no esperaron el día siguiente para comunicar la gran noticia a sus hermanos, sino que, volviendo en el acto a tomar el camino de la ciudad santa, se trasladaron al Cenáculo donde encontraron a los Apóstoles con algunos discípulos, que continuaban preocupados de los acontecimientos del día; contaban que, además de las apariciones a las Santas Mujeres, Jesús se había aparecido al apóstol Pedro.

Los discípulos de Emaús refirieron detalladamente lo que les había sucedido en la tarde y cómo habían reconocido al Maestro en la fracción del pan.

Estas narraciones conmovían a los incrédulos, pero sin convencerlos.

A la hora de la comida, los Apóstoles se pusieron a la mesa manteniendo las puertas cuidadosamente cerradas, pues temían que los judíos les acusasen de haber robado el cuerpo de Jesús. Pero mientras, discutían con ardor los recientes datos que venían a confirmar la verdad de la resurrección, he aquí que, de repente y a pesar de estar cerradas las puertas, Jesús aparece en medio de ellos.

Los saludó con la salutación pascual: La paz sea con vosotros, y agregó: No temáis, el que veis soy yo.

En el primer momento los Apóstoles, confundidos y espantados, no dieron crédito ni a sus ojos ni a sus oídos; le tomaron por un fantasma. Jesús se vio obligado a llamarlos al convencimiento de la realidad: ¿Por qué os turbáis y dais entrada en vuestro espíritu a vanos pensamientos? Ved mis pies y manos, tocadlos y os convenceréis de que es vuestro Maestro el que os habla. Un espíritu no tiene ni carne ni huesos como veis qué yo tengo. Y mientras hablaba, les mostraba sus manos y sus pies, y la llaga de su costado.

Y como a pesar del exceso de su gozo, parecían dudar todavía, agregó: ¿Tenéis algo que comer?

Le ofrecieron un pedazo de pescado frito y un panal de miel. Jesús comió delante de ellos y les distribuyó el sobrante de su comida. Entonces todas las dudas se desvanecieron: los Apóstoles cayeron a los pies de su Maestro, entregándose a manifestaciones de alegría y de amor imposibles de describir.

Aprovechó Jesús la ocasión para reprocharles dulcemente la obstinada incredulidad que les había impedido creer a los primeros testigos de la resurrección.

Luego, volviendo sobre los sucesos de la Pasión tan mal comprendidos por ellos, les recordó sus divinas enseñanzas: Esto es aquello que Yo os decía, cuando estaba todavía con vosotros, que es necesario que todo lo que está escrito acerca de Mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos se cumpla.

Entonces les abrió la inteligencia para que comprendiesen las Escrituras. Y les dijo: Así estaba escrito que el Cristo sufriese y resucitase de entre los muertos al tercer día, y que se predicase, en su nombre, el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas.

Y no sólo debían ser los testigos de Jesucristo, sino también los depositarios de su poder, encargados de distribuir a las almas las gracias merecidas por su muerte.

Ya en aquel mismo Cenáculo les había constituido sacerdotes y dispensadores de su Sacramento de Amor; ahora, después de haber ofrecido su Sangre por la remisión de los pecados, los hace ministros del Sacramento de la Penitencia.

Mientras conversaba con ellos, tomó de repente una actitud grave y solemne, y con un tono lleno de majestad les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Y agregó: Como mi Padre me envió, así Yo os envío.

Y dicho esto, sopló sobre ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retuviereis, quedan retenidos.

Habiendo comunicado a los Apóstoles el divino poder de purificar las almas en su Preciosísima Sangre, desapareció, dejándolos a todos en una santa alegría, la misma que debe embargar nuestros corazones esta mañana de Pascua de Resurrección.

Cuando los Apóstoles vayan a través del mundo a predicar a Jesús resucitado, nadie podrá tachar de credulidad a estos hombres que se mostraron incrédulos hasta la sinrazón; ni acusar de impostura a unos Apóstoles que, después de haber abandonado al Maestro en el momento de su Pasión, se dejan en seguida degollar para dar testimonio de su triunfo sobre la muerte.

En esta larga noche de la historia, también nosotros debemos dar testimonio, confesar a Nuestro Señor Jesucristo resucitado, vencedor de la muerte, el pecado y el demonio.