PADRE JUAN CARLOS CERIANI: ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR

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ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR

En aquel tiempo, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció Jesús y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”. Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y está sentado a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

Terminada la recitación del Evangelio de la Fiesta de la Ascensión, se apaga el Cirio Pascual, significando que Cristo ha subido al Padre.

Nuestro Señor había dicho antes de la Pasión: Padre, la hora es llegada; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti, conforme al señorío que le conferiste sobre todo el género humano … Yo te he glorificado a Ti sobre la tierra dando acabamiento a la obra que me confiaste para realizar. Y ahora Tú, Padre, glorifícame a mí junto a Ti mismo, con aquella gloria que en Ti tuve antes de que el mundo existiese.

El Padre acepta el pedido del Hijo, y Jesús se remonta a las alturas.

¡Qué sentimientos tan encontrados los de los discípulos en aquel momento! Gozo por el triunfo del Señor; al mismo tiempo que comenzaban a sentir su orfandad, la soledad en que les dejaba el Maestro adorado.

Procuremos compartir los sentimientos de los discípulos; de vivir de lleno la hora de la Ascensión; saborear sus indecibles maravillas…

Nos hemos de regocijar en el Señor por el triunfo de este día… Nos dejaremos atraer por las nostalgias de Cielo que despierta la vista de Jesús subiendo a las alturas.

Para obtener estos dos fines, vamos a considerar los principales textos de los Santos Padres que el Breviario pone a nuestra disposición este día y durante toda la Octava.

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San León Magno

Hoy se cumple el número de cuarenta días sagrados, que han transcurrido después de la dichosa y gloriosa Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, con la cual, en el espacio de tres días, el poder divino restableció el verdadero Templo de Dios, que la impiedad de los judíos había destruido.

Este número de días lo señaló la santísima disposición de la Providencia para nuestra utilidad y enseñanza, para que, prolongándose durante este tiempo la presencia temporal del Señor, la fe en la Resurrección fuese confirmada con las pruebas necesarias.

Por lo cual, los dichosos Apóstoles y todos los discípulos que se habían alarmado por la muerte de cruz, y habían vacilado en la fe de la resurrección, de tal suerte fueron confortados ante la evidencia de la verdad que, al subir el Señor a lo más sublime de los Cielos, no sólo no experimentaron tristeza alguna, sino que se llenaron de una gran alegría.

Y ciertamente había motivo de extraordinaria e inefable exultación, al ver como una naturaleza humana subía por sobre la dignidad de todas las celestiales criaturas, no teniendo ningún límite su exaltación, ya que, recibida por su eterno Padre, era asociada en el trono a la gloria de Aquél cuya naturaleza está unida con el Hijo.

Ahora bien, ya que la Ascensión de Cristo constituye nuestra elevación, y el cuerpo tiene la esperanza de estar algún día en donde le ha precedido su gloriosa Cabeza; por esto, con dignos sentimientos de júbilo, alegrémonos y gocémonos con piadosas acciones de gracias.

Hoy, no sólo hemos sido constituidos poseedores del Paraíso, sino que, con Cristo, hemos ascendido a lo más elevado de los Cielos, consiguiendo por Cristo una gracia más inefable que la que habíamos perdido por la envidia del diablo. Pues a los que el malvado enemigo arrojó del Paraíso, el Hijo de Dios, juntándolos consigo, los colocó a la diestra de Dios Padre.

Mediante su humildad, el misterio de nuestra salvación se fue realizando desde el día de su Encarnación hasta el fin de la Pasión. Y aunque bajo la forma de siervo se manifestaron muchas señales de su divinidad, con todo, su acción durante este tiempo estuvo encaminada a demostrar la verdad de su naturaleza humana.

Pero después de la Pasión, libre ya de las ataduras de la muerte, la debilidad se convirtió en valor, la mortalidad en inmortalidad, la ignominia en gloria.

Esta gloria la declaró Nuestro Señor Jesucristo mediante muchas y manifiestas pruebas delante de muchos, hasta que el triunfo de la victoria conseguida con la muerte fue patente con su Ascensión a los Cielos.

Por lo mismo, así como la Resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría en la solemnidad pascual, así su Ascensión a los Cielos es causa del gozo presente.

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San Juan Crisóstomo

Subiendo Cristo a los Cielos ofreció al Padre las primicias de nuestra naturaleza; y el Padre apreció este ofrecimiento porque era presentado por una Persona tan digna, y lo ofrecido carecía de toda imperfección. Recibió este ofrecimiento haciéndole partícipe de su trono, y, lo que es más aún, le colocó a su diestra.

Conozcamos quien es Aquél que oyó: “Siéntate a mi diestra”, y cuál es la naturaleza de Aquél a Quien dijo Dios: “Sé partícipe de mi trono”.

Es aquella naturaleza que había oído estas otras palabras: “Polvo eres, y en polvo te convertirás”.

A la verdad, no hubiera sido suficiente para su gloria haber subido a los Cielos y hallarse en compañía de los Ángeles; hizo más: atravesó los Cielos, subió sobre los Querubines, se elevó más que los Serafines, y no se detuvo hasta haber alcanzado el trono del Señor.

Consideremos cuánta es la distancia que separa el Cielo de la tierra; y, lo que es más, cuánto dista la tierra del infierno; y el mismo Cielo del Cielo más alto, y cuánta sea la distancia del Cielo más alto a los Ángeles, a las superiores Potestades y al mismo trono del Señor.

Nuestra naturaleza fue elevada sobre todas estas cosas; de suerte que el hombre, que ocupaba un lugar tan bajo que ya no podía descender más, fue exaltado sobre un trono tan sublime que ya no podía subir más arriba.

San Pablo, proponiendo esta verdad, dijo: “El que descendió, es el mismo que ascendió”. Y añadió: “Descendió a lo más profundo de la tierra, y subió sobre todos los Cielos”.

Fijaos en Quién ascendió de esta suerte y cuál fue la naturaleza elevada.

Me detengo de propósito en este punto, a fin de que, considerando la bajeza de la naturaleza humana, aprendamos a conocer y admirar la divina clemencia, que otorgó un honor sumo y una tan grande gloria a nuestra naturaleza, elevándola en este día sobre todas las cosas.

Hoy los Ángeles y Arcángeles contemplaron a nuestra naturaleza resplandeciente de gloria en el trono del Señor.

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San Agustín

Todo cuanto hizo Nuestro Señor Jesucristo revestido de la fragilidad de nuestra naturaleza, todo es para nuestro aprovechamiento.

Subiendo nuestra naturaleza humana a los Cielos, mostró que el Cielo estaba abierto para los creyentes; y al elevarla a tal altura, después de haber vencido a la muerte, mostró a los vencedores el lugar donde habían de seguirle.

La Ascensión del Señor fue, pues, una confirmación de la fe católica; por ella creemos firmemente que obtendremos más tarde para nosotros mismos el favor de aquel milagro, del cual al presente ya percibimos el efecto.

Que cada fiel, después de haber comprendido tan grandes cosas, se disponga, por lo que sabe que ha acaecido, a esperar los bienes prometidos, y a considerar la bondad pasada y la presente del Señor, como una prenda de las mercedes futuras.

Un cuerpo formado de tierra es colocado sobre lo más sublime del cielo; aquellos huesos, poco antes encerrados en la estrechez del sepulcro, son introducidos en compañía de los coros de los Ángeles; una naturaleza mortal penetra en el seno de la inmortalidad.

Por lo que, la festividad de este día nos manifiesta los misterios del hombre y de Dios. En una misma Persona reconozcamos: en aquel que eleva, el poder divino; y en aquel que es elevado la naturaleza humana.

Nuestro es lo que tomó; de lo suyo es lo que nos dio. Confieso que era mío lo que cayó, a fin de que sea también mío lo que resucitó. Reconozco que era mío lo que estuvo en el sepulcro, a fin de que sea mío lo que subió al Cielo.

En este cuerpo, por lo tanto, que pertenece a nuestra naturaleza, la muerte de Cristo nos dio la vida, su resurrección nos levantó, su Ascensión nos consagró.

En este cuerpo, de un origen idéntico al nuestro, colocó en el Reino de los Cielos la prenda de nuestra condición futura.

Trabajemos, por lo tanto, para que, así como el Señor en este día subió con nuestro cuerpo al Cielo, así nosotros, según nuestra posibilidad, subamos en tras Él con la esperanza y le sigamos con el corazón.

Subamos con Él por nuestro afecto, por nuestros progresos en la virtud; porque, ciertamente con el Autor del bien no sube la malicia, ni con el Hijo de la Virgen la liviandad y la lujuria. No suben los vicios en seguimiento del Autor de las virtudes, los pecados tras el Justo, ni las enfermedades y dolencias pueden ir con el Médico.

Por lo mismo, si queremos entrar en el Reino del mismo médico, debemos curar antes nuestras dolencias. Ordenemos y conservemos en nosotros el orden que debe reinar en las dos sustancias de nuestro ser, a fin de que la parte inferior no precipite al infierno a nuestra alma, que es la parte más noble del hombre; antes bien la naturaleza más noble atraiga y eleve al Cielo el cuerpo santificado.

Con todo, debemos saber que con Cristo no sube la soberbia, ni la avaricia, ni la lujuria; ningún vicio nuestro sube con nuestro Médico. Por lo cual, si deseamos subir detrás del Médico, debemos deponer los pecados y los vicios.

La Resurrección del Señor constituye nuestra esperanza; su Ascensión, nuestra glorificación. Por consiguiente, si celebramos la Ascensión del Señor recta, fiel, devota, santa y piadosamente, subamos con Él y elevemos también nuestros corazones.

No obstante, con esta ascensión no nos envanezcamos, ni presumamos de nuestros méritos como si fuesen propios. Debemos tener levantados nuestros corazones al Señor. Tener el corazón levantado, pero no hacia el Señor, es soberbia; tener el corazón elevado al Señor es tenerlo en un refugio seguro.

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San Máximo

Compararé al Salvador con aquella águila de la cual leemos en los Salmos que renovó su juventud. Esta semejanza se extiende a muchos aspectos.

Así como el águila, dejando las cosas bajas se dirige a lo alto y sube a las regiones próximas al cielo, así el Salvador, dejando las profundidades del limbo, se dirigió a lo más alto del Paraíso y penetró en lo más excelso de los cielos.

Y así como el águila, dejadas las inmundicias de la tierra, volando a lo más sublime se goza con la salubridad del aire más puro, así el Señor, dejando la hediondez de los pecados terrenos, elevándose en medio de los Santos, se goza con la sencillez de una vida más pura.

La comparación del águila conviene, pues, en todas las cosas al Salvador. Mas, ¿cómo compararla con el Salvador, cuando vemos que el águila con frecuencia arrebata la presa y que muchas veces se apodera de lo ajeno?

Con todo, ni en esto es desemejante al Salvador; pues, de alguna manera, tomó la presa cuando introdujo en el Cielo al hombre que había arrebatado de las fauces del infierno; y, librándolo del poder del maligno, le llevó cautivo a lo más alto, como está escrito en el Profeta: “Al subir Cristo a lo alto, condujo cautiva a la cautividad; dio dones a los hombres”.

Cuando dice, a lo alto condujo cautiva a la cautividad, ¡qué bien describe el Profeta el triunfo del Señor!

Según dicen, era costumbre que los cortejos de cautivos precedieran a las carrozas de los reyes victoriosos; y he aquí que, al subir el Señor a los Cielos, la cautividad gloriosa no le precede, sino que le acompaña; no es conducida ante su carroza, sino que ella misma le sirve de carroza.

Por un admirable misterio, cuando el Hijo de Dios elevó hasta el Cielo al Hijo del hombre, la cautividad fue conducida y, al mismo tiempo, condujo.

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San Gregorio Magno

Y dice aún: “Al subir a lo alto llevó consigo a la cautividad; dio sus dones a los hombres”.

A la verdad, subiendo a lo alto condujo cautiva la cautividad, ya que, con la virtud de su incorrupción, anonadó nuestra corrupción.

Y lo que seriamente debemos considerar es que Aquél que subió lleno de dulzura, volverá con aspecto terrible, y que todo cuanto con mansedumbre nos ha prescrito, lo exigirá con severidad.

Por lo que nadie menosprecie el tiempo de hacer penitencia, nadie descuide el negocio de su salvación, ya que Nuestro Redentor vendrá entonces con tanto más rigor, cuanto nos ha sufrido con más admirable paciencia antes de juicio.