PADRE CERIANI: EL VATICANO CONSULTA – LA NEO-F₪₪PX SE INQUIETA

Misterios de iniquidad

CONSULTA DEL VATICANO SOBRE EL RITO EXTRAORDINARIO

El 7 de marzo de 2020, el cardenal conciliar Luis Ladaria Ferrer, prefecto de la congregación para la doctrina de la fe de la iglesia conciliar, envió un cuestionario a todas las conferencias episcopales modernistas que cada obispo conciliar debe completar y devolver antes del 31 de julio de 2020.

El documento se refiere a la aplicación del Motu proprio de Benedicto XVI del 7 de julio de 2007 que ha humillado a la Misa Tradicional, rebajándola al carácter de rito extraordinario.

Recordemos que dicho documento dice textualmente en su artículo 1°:

El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la “Lex orandi” de la Iglesia católica de rito latino.

El Misal Romano promulgado por San Pío V y reeditado por el bienaventurado Juan XXIII debe considerarse como la expresión extraordinaria de la misma “Lex orandi” y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo.

Estas dos expresiones de la “lex orandi” de la Iglesia no inducen ninguna división de la “lex credendi” de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.

Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgada por el bienaventurado Juan XXIII en 1962, y nunca abrogada, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia.

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Las nueve preguntas formuladas a los obispos conciliares de todo el mundo son las siguientes:

1ª) ¿Cuál es la situación en su diócesis del rito romano extraordinario?

2ª) Cuando se practica el rito extraordinario, ¿satisface una necesidad pastoral real o es obra de un solo sacerdote?

3ª) Según usted, ¿cuáles son los aspectos positivos o negativos en el uso del rito romano extraordinario?

4ª) ¿Se respetan las normas y condiciones establecidas por el motu proprio Summorum Pontificum?

5ª) ¿Sucedió que en su diócesis el rito ordinario adoptó elementos del rito extraordinario?

6ª) Para la celebración de la misa, ¿utiliza usted el misal promulgado por el Papa Juan XXIII en 1962?

7ª) Además de la celebración de la misa según el rito extraordinario, ¿hay otras ceremonias (bautismo, confirmación, matrimonio, penitencia, sacramento de los enfermos, ordenación, oficio divino, triduo pascual, funerales) que siguen los libros litúrgicos anteriores a Vaticano II?

8ª) ¿Summorum Pontificum tiene influencia en la vida de los seminarios (los de la diócesis) y otras casas de formación? 

9ª) Trece años después del motu proprio Summorum Pontificum, ¿cuál es su opinión sobre el rito romano extraordinario?

LA NEO-F₪₪PX SE INQUIETA

El sitio oficial de la Neo-F₪₪PX (https://fsspx.news/fr) manifiesta su preocupación…, y sigue adormeciendo a sus sacerdotes y feligreses…

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Ver Aquí

La traducción al castellano es oficial del sitio:

Preocupaciones y preguntas

El cuestionario enviado por la Congregación para la Doctrina de la Fe parece reducir la evaluación de un rito inmemorial de la Iglesia por el criterio de su utilidad para satisfacer una “verdadera necesidad pastoral”. Aquí encontramos una constante del Movimiento Litúrgico Desviado, donde el aspecto pastoral se ha convertido en el principal en la liturgia – cf. nuestros artículos.

El Vaticano quiere saber qué obispo celebra según el misal de 1962, si la nueva misa ha adoptado elementos de la misa de siempre, si ejerce un poder de atracción sobre los seminaristas y las casas de formación, si los libros litúrgicos desde 1962 – se utilizan breviarios y rituales de todos los sacramentos. ¿Es para alegrarse, para apoyar un movimiento de retorno al sentido de lo sagrado, para rectificar los errores y las desviaciones litúrgicas posconciliares? ¿O es preocuparse por ello, y seguir ocultando todos los intentos de corregir un nuevo rito incapaz, dada su pobreza, de satisfacer la aspiración de las almas de convertir a Dios en un verdadero culto católico?

Benedicto XVI fue lo suficientemente honesto como para reconocer que la reforma litúrgica había dejado un campo de ruinas. No dudó en hablar de la demolición de la liturgia. Sin embargo, creía que era posible reformar una reforma fallida. Trece años después, esta preocupación apenas es más actual en el Vaticano, y los partidarios de la revolución litúrgica tienen la intención de mantenerla.

Al igual que la lucha por la fe, la lucha por la masa no ha terminado. Es suficiente recordar el número de dificultades experimentadas por la implementación de Summorum pontificum y la mala voluntad encontrada por todos aquellos que quisieron extender y diseminar la santa misa en su sagrado rito. Los franciscanos de la Inmaculada, por haber querido privilegiar la misa tridentina en sus hogares, fueron severamente castigados e incluso perseguidos. Del lado de los obispos, ¿cuántos han demostrado realmente la solicitud pastoral que se les pidió tener por los sacerdotes y los fieles ansiosos por descubrir o redescubrir una verdadera liturgia católica? ¿Y cuántos se han tomado la molestia de medir su importancia para rendirle a Dios la adoración que se le debe en espíritu y en verdad? Estas serían otras preguntas que hacer, y otra investigación que se llevará a cabo, la de la historia de obstáculos y dificultades que los obispos o las conferencias episcopales se han propuesto para oponerse a cualquier “vuelta atrás”.

Finalmente, queda la cuestión de qué sucederá con esta investigación después del 31 de julio de 2020. ¿Se cuestionará, renovará o incluso ampliará y generalizará el sistema establecido por Benedicto XVI? ¡El futuro lo dirá!

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No vamos a detenernos en estas preocupaciones e inquietudes de aquellos que pensaron que este Motu proprio había “liberado” al Misal codificado por San Pío V.

Sabemos que, después de aplicar falsamente a la nueva misa bastarda de Paulo VI todo lo que debe decirse con toda verdad del Rito Romano codificado por San Pío V, Benedicto XVI recuerda que:

“En algunas regiones, sin embargo, no pocos fieles adhirieron y siguen adhiriéndose con mucho amor y afecto a las anteriores formas litúrgicas, que habían impregnado su cultura y su espíritu de manera tan profunda, que el Sumo Pontífice Juan Pablo II, movido por la preocupación pastoral respecto a estos fieles, en el año 1984, con el indulto especial «Quattuor abhinc annos», emitido por la Congregación para el Culto Divino, concedió la facultad de usar el Misal Romano editado por el beato Juan XXIII en el año 1962; más tarde, en el año 1988, con la Carta Apostólica «Ecclesia Dei», dada en forma de Motu Proprio, Juan Pablo II exhortó a los obispos a utilizar amplia y generosamente esta facultad en favor de todos los fieles que lo solicitasen”.

La línea de pensamiento es, pues, clara: la Roma conciliar siempre está en la vía trazada por el documento del 3 de octubre de 1984.

Muchos creyeron que todo había cambiado, que la Misa de Rito Romano era definitivamente libre, pues las facultades acordadas parecían verdaderamente más “amplias”.

En verdad no es así, pues el artículo 11 del documento afirma sin rodeos: La Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”, erigida por Juan Pablo II en 1988, sigue ejerciendo su misión. Esta Comisión debe tener la forma, y cumplir las tareas y las normas que el Romano Pontífice quiera atribuirle.

¿Cuál es, pues, esa misión?

La que se encuentra establecida en el documento de 1988 ya citado: alejar a los fieles de la obra de Monseñor Lefebvre; y, en referencia al documento del 3 de octubre de 1984, no conceder el Rito Romano Católico más que a los que no cuestionan la nueva misa, sin perjuicio de la reforma litúrgica y cuya posición sea públicamente conocida.

El artículo 12 prevé que “La misma Comisión, además de las facultades de las que ya goza, ejercitará la autoridad de la Santa Sede vigilando sobre la observancia y aplicación de estas disposiciones”.

Y, de hecho, los artículos 7 y 8 remiten a la mencionada Comisión en caso de litigio en las peticiones de celebrar el antiguo rito.

Por lo tanto, la línea es siempre la misma, y el Motu proprio de 2007 no hace más que ampliar materialmente la facultad de utilizar el rito antiguo; pues, formalmente, su uso es siempre condicionado por los mismos principios y el mismo espíritu: los formulados en el documento del 2 de julio de 1988, que se refieren al documento del 3 de octubre de 1984.

Por si queda alguna duda, la Carta a los obispos, que acompaña al Motu proprio, dice:

Obviamente, para vivir la plena comunión, los sacerdotes de las Comunidades que siguen el uso antiguo tampoco pueden, en principio, excluir la celebración según los libros nuevos. En efecto, no sería coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo.

A pesar de las apariencias, la Misa Romana no fue liberada, sigue estando cautiva de la reforma conciliar.

Pero, los que aceptaron, festejaron, difundieron y difunden este Motu proprio han renunciado al combate de la Fe en lo que concierne a la Santa Misa, pues han aceptado, en principio y por principio, la reforma litúrgica conciliar.

Analicemos todo esto sin precipitaciones.

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Insisto en que las disposiciones presentadas en este Motu proprio siguen la lógica de los textos anteriores Quattuor abhinc annos Ecclesia Dei.

Por eso, en julio de 2007, en el Motu proprio de Benedicto XVI, encontramos una vez más el mismo desprecio por la Misa Romana…

Pero este desdén ha sido capaz de adaptarse a las circunstancias y ha sabido aceptar, con sagacidad sibilina, la realidad de la defensa del Misal Romano y del rechazo del Nuevo Misal.

De este modo, se busca distorsionar esa defensa y ese rechazo, al mismo tiempo que se ofrecen componendas.

Pero, el objetivo es siempre el mismo: eliminar el Misal Romano.

Lo veamos o no, nos guste o no, lo aceptemos o no, el hecho es innegable: la Misa Romana y el Novus Ordo Missæ son irreconciliables; uno excluye a la otra y viceversa. Si se adopta uno, eso conduce necesariamente al rechazo de la otra.

Debemos convencernos: la misa bastarda de Pablo VI no tiene otra razón de ser que la supresión de la Misa Romana.

Por lo tanto, no existen dos ritos frente a frente; el enfrentamiento es aparente: sólo existe el Rito Romano enfrentado a su destrucción…

Los dos indultos de 1984 y 1988, verdaderos insultos a la Misa Romana, fueron simples etapas de esa destrucción.

Algunos sacerdotes y laicos ilusos cayeron en la trampa de estos pasos intermedios…, necesarios al proceso revolucionario.

De todos modos, una cosa es cierta: lo que estaba bloqueando el funcionamiento de la máquina revolucionaria era el grupo de irreductibles, que mantenía la defensa de la Misa Romana y el rechazo de la bastarda, sin aceptar compromisos.

La prioridad de los revolucionarios, la supresión de la Misa Romana, los llevó a establecer una pausa, rebobinar e incluso hacer concesiones más grandes…, todo lo necesario para eliminar el grano de arena que impide que el engranaje lleve a cabo su obra funesta.

Y entonces entró en actividad la dialéctica ratzingeriana…

¿En qué consiste esa dialéctica?

Todas las revoluciones avanzan del mismo modo: a la posición tradicional la denominan tesis; la enfrentan con lo que llaman la antitesis, que asusta por su carácter radical.

A continuación, proponen a los reaccionarios conservadores un acuerdo, una conciliación, la síntesis

Esta síntesis, aceptada por los conservadores ilusos, rápidamente se convierte en nueva tesis, a la cual, a su vez, se enfrenta con otra antitesis…, etc.…, y la Revolución continúa avanzando.

Comprender este derrotero por pasos, estas pausas que la Revolución está obligada a hacer para digerir su presa, es entender el retorno aparente al orden…, es comprender lo quimérico y engañoso de la luz de esperanza, de la pequeña ola, de la restauración ya comenzada… de Monseñor Fellay y su grupo comando…

Para la Revolución es necesaria la sucesión de anarquía y reorganización; reorganizar es indispensable para establecer su objetivo, como el Código de Napoleón, de apariencia conservadora, sirvió para legalizar los logros de 1789.

Este progreso dialéctico puede hacerse tan lentamente como sea necesario; lo único que importa es que se haga en la dirección correcta.

La Revolución Conciliar permitirá, si es necesario incluso por largo tiempo, que los sacerdotes celebren la Misa Romana, porque lo esencial es que acepten el rito ambiguo y protestantizante. El resto vendrá después. Todas las concesiones son posibles para lograr ese objetivo. Y si es necesario proceder por etapas para lograrlo, se hará.

Mientras la Revolución reine en la Liturgia y en la Iglesia, sólo el Rito Romano sigue siendo la referencia absoluta; y cualquier reconocimiento del rito ilegítimo es un compromiso, una traición, y, por lo tanto, una ayuda prestada a los destructores.

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A la luz de estas reflexiones podemos juzgar el Motu proprio de Benedicto XVI, su función y finalidad.

La fórmula según la cual la Misa Romana nunca ha sido abrogada en cuanto forma extraordinaria de la liturgia del Rito Romano es una de las ideas más inteligentes para armonizar la Misa Romana con la doctrina modernista.

La realidad es que, si Benedicto XVI pretendía legitimar la misa bastarda y protestantizante, no podía seguir afirmando que la Misa Romana había sido abrogada.

Por lo tanto, era necesario resolver el problema con inteligencia, y hacer creer que la nueva misa es la continuación y la expresión legítima de la Liturgia del Rito Romano.

Era imperioso decir que El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la “Lex orandi” de la Iglesia católica de rito latino.

Además, en su afán de síntesis dialéctica, no era posible que Benedicto XVI dejase transparentar la más mínima sospecha de ruptura o cisma litúrgico.

Era ineludible decir que El Misal Romano promulgado por San Pío V debe considerarse como la expresión extraordinaria de la misma “Lex orandi”.

Era forzoso afirmar que Estas dos expresiones de la “lex orandi” de la Iglesia no inducen ninguna división de la “lex credendi” de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.

En consecuencia, aparece claramente lo que constituye la verdadera razón de la declaración de la no abrogación de la Misa Romana como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia: es el famoso “un paso atrás, dos pasos adelante”.

Sería ridículo pensar, y, sin embargo, no faltan cabezas mitradas que lo piensan, que el cambio de posición en el terreno de combate es debido a un inicio de restauración…

Concedemos que se trata de una estrategia de acercamiento hacia la Tradición… ¡Sí!… Pero para intentar envolverla y destruirla…

No se trata de una restauración. Es todo lo contrario: consolidar y legitimar la nueva misa protestantizante y el Concilio Vaticano II, sin fracturas trágicas o dramáticas; hacer creer que se trata de una evolución suave, y asegurarse de que ambos (conciliábulo y misa bastarda) sean universalmente reconocidos, aceptados y admitidos de forma pacífica.

Quienes pretenden demostrar que el Concilio Vaticano II no es un cisma doctrinal, quieren probar que la Nueva Misa no es un cisma litúrgico; antes bien, sostienen que ambos son el resultado de un desarrollo vital, que debe ser asumido y aceptado.

Para comprender la estrategia de Benedicto XVI con su Motu proprio, hay que referirse al discurso que dio ante la Curia Romana el 22 de diciembre de 2005.

He aquí algunos párrafos:

Por una parte existe una interpretación que podría llamar “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”. Por otra parte, está la “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino.

La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar.

A la hermenéutica de la discontinuidad se opone la hermenéutica de la reforma.

Es claro que en todos estos sectores, que en su conjunto forman un único problema, podría emerger una cierta forma de discontinuidad y que, en cierto sentido, de hecho se había manifestado una discontinuidad, en la cual, sin embargo, hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias, resultaba que no se había abandonado la continuidad en los principios.

Precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma.

Al leer este documento y reflexionar sobre él, aparece claro que Benedicto XVI intenta hacer creer que entre la Doctrina Infalible de la Iglesia y la nueva doctrina conciliar no hay ninguna discontinuidad. En pocas palabras, nos dice que la Lex credendi hodierna e innovadora es la misma que la tradicional y perenne.

Ahora bien, sabemos muy bien que la Lex orandi es la expresión litúrgica de la Lex credendi.

Por lo tanto, después de haber resuelto en 2005 la cuestión de la Lex credendi, era necesario zanjar la cuestión de la Lex orandi.

Esta fue la misión del Motu proprio de 2007.

Algunas personas, laicos y clérigos, sacerdotes y obispos, creyeron que la batalla por la Misa se había ganado, y que ahora se debía librar la batalla por la doctrina.

Pero, considerando bien todas las cosas, lo que aparece con claridad es que para Benedicto XVI se cerró el capítulo… No se trata de un comienzo, sino del término del debate: para él, la nueva doctrina conciliar es la misma que la Doctrina Tradicional; del mismo modo que, para él, la nueva liturgia conciliar es coherente con la antigua Liturgia Romana…

Recordemos que para él la naturaleza de la verdadera reforma consiste en el conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles…

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Joseph Ratzinger con Ives Congar

Y pensar que hay quienes dicen que la Misa de siempre ha recuperado su derecho de ciudadanía en la Iglesia…

Sabemos bien que el Rito Romano de la Santa Misa nunca ha perdido su derecho.

Pero, si se reconoce el Motu proprio del 7 de julio de 2007, es necesario aceptar que el Rito Romano perdió, de jure, su condición de única forma ordinaria y oficial.

La Roma anticristo y modernista, por medio del Motu proprio, humilló el Rito Romano de la Santa Misa, intentando relegarlo a la condición de “forma extraordinaria” y uniéndolo al “rito bastardo”, que sería la “forma ordinaria” del único Rito Romano.

Si se reconoce el Motu proprio del 7 de julio de 2007, es necesario aceptar que el Misal Romano ya no es la expresión ordinaria; y que, por lo tanto, al menos de manera implícita, debe ser considerado abrogado como expresión ordinaria de la Liturgia Romana de la Iglesia.

Por lo tanto, para ajustarse a la realidad, aquellos que aceptan el Motu proprio deberían sacar algunas conclusiones inexorables, pues es sabido que, puestas las premisas, se siguen las conclusiones:

— La Misa Romana no se abrogó nunca como forma extraordinaria.

— La Misa Romana se abrogó como forma ordinaria.

— Está permitido celebrar la Misa Romana como forma extraordinaria.

— Está prohibido celebrar la Misa Romana como forma ordinaria.

Por lo tanto, para aquellos que aceptan el Motu proprio, el estado de Derecho de la Misa Romana, como Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia, sería el siguiente:

1) Hasta 1969, la Misa Romana era la única Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia.

2) Desde 1969 hasta el 7 de julio de 2007, en la realidad y en la verdad del Derecho, la Misa Romana continuó siendo la única Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia.

3) Según el Motu Proprio y la Carta a los Obispos de julio de 2007, la Misa Romana ya no sería la Misa oficial y ordinaria del Rito Latino Romano de la Iglesia. Sería la forma extraordinaria…

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Joseph Ratzinger y Karl Rahner

Relaciones entre la Fe y la Liturgia

Se habla mucho de la llamada “liberalización de la misa por el papa Benito XVI”.

Se la presenta, incluso, como un indicio de restauración en la Iglesia y como el primer paso de una vuelta a la fe para numerosos sacerdotes y laicos.

¿Qué debemos pensar de esto?

Rezar o celebrar la Misa Romana no significa, de modo absoluto, adherir a toda la Doctrina Tradicional y rechazar todos los errores del concilio Vaticano II y del modernismo.

Por lo tanto, a partir del Motu proprio, nos vemos obligados a distinguir a los sacerdotes según su doctrina y no ya solamente según la Misa que celebran. Ahora la distinción es más sutil y difícil. Hasta ahora bastaba saber qué misa celebraban.

Por otra parte, no hay que caer en la seductora ilusión de que el rezo de la Misa Romana, por sí solo, pueda suministrar al sacerdote y a los laicos la sana doctrina.

Como prueba de esto tenemos a los ortodoxos, que nunca han cambiado la liturgia desde hace siglos y que, con todo, permanecen fuera de la Iglesia, cismáticos y herejes.

Sabemos que durante el Concilio Vaticano II todos los obispos celebraban la Misa Romana, y con todo se infiltró a este concilio un espíritu y unos principios contrarios a la Tradición de la Iglesia.

Más recientemente, los institutos que se acogieron a los indultos de 1984 y 1988 y entraron en la Comisión Ecclesia Dei, después de su acuerdo con Roma, poco a poco, aceptaron la rectitud canónica y doctrinaria de la nueva misa, así como las nuevas doctrinas resultantes del concilio Vaticano II, celebrando, al mismo tiempo, la Misa Romana.

Más recientemente, la neo F₪₪PX, que aceptó, festejó, difundió y difunde el Motu proprio de 2007, llega a sostener la validez y legitimidad de la nueva misa, así como el 95 % del conciliábulo, celebrando, al mismo tiempo, la Misa Romana.

Todos estos hechos muestran que la santidad de la Misa no basta para conservar la fe o recuperarla.

¿Cuál es la razón?

Se puede conservar del rito y de las ceremonias de la Misa lo que aportan a la sensibilidad religiosa, a las preferencias estéticas por un rito antiguo, al “deseo espiritual” y a las “justas aspiraciones” de un alma sedienta de cosas bellas y sagradas.

Pero allí no se tiene en cuenta la doctrina, ni incluso la religión. Sólo cuenta lo que satisface a algunos deseos y aspiraciones religiosas. Es el sentimiento el que guía y no la fe. No se ve o no se quiere ver la relación entre la liturgia y la doctrina.

Se podrá objetar que la buena liturgia está necesariamente vinculada con la doctrina buena, según el proverbio Lex orandi, lex credendi es decir, la ley del rezo, es la ley de la fe.

Sí, los dos están vinculados, pero no en el sentido que se querría hacernos admitir. La verdad es que la ley de la fe es la que establece la del rezo, pero no a la inversa, salvo que sea para deformar la fe por medio de una liturgia espuria.

Pio XII lo señaló muy bien en su encíclica Mediator Dei.

Este texto de Pío XII indica claramente que la Liturgia está en dependencia de la Fe y no al revés; es decir, se puede honrar a Dios por la Liturgia, si se tienen de antemano la Fe recta, la Esperanza verdadera y la Caridad genuina.

Dicho de otro modo: la Liturgia y la Misa no pueden hacer profesar y alimentar la Fe sino en los que ya la poseen.

Por otra parte, si bien la Misa da a conocer algunas verdades de la fe, conocer no es creer. Todo depende de las disposiciones del que asiste a la Misa o la reza.

Si en una mentalidad modernista y liberal introducimos lo que la Misa Romana enseña sobre la Fe y la doctrina, el resultado será semejante (con la diferencia abismal que existe) a lo que sucedería si ponemos un buen vino en una botella que contenía perfume o nafta.

Esto da una mala mezcla, que no es otra cosa que el Vaticano II: la relativización de toda verdad.

Teniendo cada uno su herencia, sus valores y su sensibilidad (para hablar como lo hacen los modernistas, con Juan Pablo II y Benedicto XVI a la cabeza), ese perfume y esa nafta relativizarán y echarán a perder aquello con lo cual la Misa Romana pudiese enriquecerlos.

Insisto: la liturgia es la expresión de la fe.

Un cambio en la fe implica un cambio en la liturgia.

Es por eso que, después del Concilio de Trento, el Papa San Pío V emprendió la restauración de los libros litúrgicos.

El Concilio, condenando los errores y abusos en curso, se sentía en el deber de rectificar en la santa liturgia las desviaciones introducidas por abusos.

Era necesario restaurar la liturgia en la pureza de la fe.

Es lo que impulsó también a muchos “padres conciliares” a pedir una reforma de la liturgia durante el Segundo Concilio del Vaticano…

No que éste haya condenado los errores y abusos modernos, sino que la liturgia tradicional no era adecuada para expresar la “fe” que los “periti”, los expertos…, habían inculcado en muchos “padres conciliares”, y éstos expresado en los documentos conciliares…; “fe” que permanecía latente en los miembros del Movimiento Litúrgico desviado… y actuaban en la Santa Sede…

Era necesario, pues, cambiar la liturgia para que su errónea doctrina se manifestase y se mantuviese en el espíritu de los fieles.

Debemos, pues, más que nunca seguir siendo prudentes.

Un hereje que celebra una liturgia herética es menos peligroso que un hereje que celebraría la liturgia romana, ya que en este segundo caso nada manifestaría sus errores.

El problema de la Liturgia es un problema sobre todo de Fe; en consecuencia, incluso si la antigua liturgia fuese mañana obligatoria, eso no podría bastar a solucionar el problema de la crisis.

Es necesario que la verdadera fe sea proclamada nuevamente y profesada en su integridad.

Padre Juan Carlos Ceriani