P. GARRIGOU-LAGRANGE: LA PROVIDENCIA, LA JUSTICIA Y LA MISERICORDIA – 1º PARTE

Estimados en Cristo Nuestro Rey:

Comenzamos aquí una nueva entrega de los trabajos eruditos y piadosos del P. Garrigou-Lagrange, esta vez destinados a la Providencia, la Justicia y la Misericordia. El mismo se compone de 6 entregas, una cada viernes, si Dios Nuestro Señor nos lo permite.

LA PROVIDENCIA Y LA CONFIANZA EN DIOS

R. P. Réginald Garrigou-Lagrange, O. P.

LA PROVIDENCIA, LA JUSTICIA

Y LA MISERICORDIA

CAPITULO I

LA PROVIDENCIA Y LA JUSTICIA DIVINAS

Habiendo tratado de la Providencia en sí misma y de sus designios sobre las almas, tócanos ahora considerar sus relaciones con la Justicia divina y con la Misericordia.

Así como en nosotros la prudencia va unida con la justicia y gobierna las demás virtudes, así también en Dios la Providencia se une con la Justicia y la Misericordia, que son las dos grandes virtudes del Amor divino para con el hombre.

La Misericordia tiene por fundamento el soberano Bien en cuanto que es difusivo, comunicativo de sí mismo. La Justicia estriba en los imprescriptibles derechos del soberano Bien a ser amado sobre todas las cosas.

Estas dos virtudes, dice el Salmista, van juntas en todas las obras de Dios: Omnes viæ Domini misericordia et veritas (Ps, 24, 10). Pero, como advierte Santo Tomás (I, q. 21, a. 4), en ciertas obras divinas, como los castigos, se manifiesta más la Justicia; en otras, como en la justificación o conversión del pecador, resplandece la Misericordia.

La Justicia, que atribuimos a Dios por analogía, no es la justicia conmutativa, que regula las transacciones humanas, pues nada podemos ofrecer a Dios que no le pertenezca. La Justicia que se le atribuye es la justicia distributiva, semejante a la del padre para con sus hijos, a la del rey para con los súbditos.

Tres cosas hace Dios por medio de su Justicia: 1ª, da a cada criatura lo necesario para alcanzar su fin; 2ª, premia los méritos; 3ª, castiga las faltas y los crímenes, mayormente cuando el culpable no implora misericordia.

Nos interesa examinar cómo dirige la Providencia los actos de la Justicia: 1º, durante nuestra vida; 2º, en el momento de la muerte; 3º, después de esta vida.

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La Providencia y La Justicia durante nuestra vida

La Providencia y la Justicia se unen para darnos durante la vida presente los medios necesarios para conseguir nuestro fin, es decir, para vivir honradamente, según la recta razón, conocer a Dios de una manera sobrenatural, amarle, servirle, y obtener la vida eterna.

Hay sin duda entre los hombres gran desigualdad de condiciones naturales y sobrenaturales. Unos son ricos, otros pobres; éstos poseen buenas dotes naturales, aquéllos, temperamento áspero, salud precaria, carácter melancólico. Pero el Señor nunca obliga a lo imposible, y nadie es tentado sobre sus fuerzas ayudadas de la gracia.

El salvaje del centro de África o de América ha recibido sin duda mucho menos que nosotros; pero de cumplir cuanto su conciencia le dicta, la Providencia le concederá gracias sobre gracias, hasta la de la buena muerte, por donde llegara a alcanzar la vida eterna.

Jesús murió por todos los hombres; y sólo serán privados de la gracia necesaria para la salvación quienes a ella resisten. Dios, que nunca manda lo imposible, a todos ofrece las gracias necesarias para su salvación.

Y todavía es más; porque no es cosa extraordinaria que la Providencia y la Justicia compensen la desigualdad de los dones naturales mediante la distribución de bienes sobrenaturales. No es raro que el pobre agrade más a Dios y reciba de Él mayores gracias que el rico.

Recordemos la parábola del rico epulón (Luc. 16, 19-31): «Hubo cierto hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino finísimo, y tenía cada día espléndidos banquetes. Al mismo tiempo vivía un mendigo, llamado Lázaro, el cual, cubierto de llagas, yacía a la puerta de éste, deseando saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico, mas nadie se las daba; pero los perros venían y lamíanle las llagas. Sucedió, pues, que murió dicho mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico, y…, como estuviese en los tormentos, invocaba a Abrahán…, el cual le respondió: Hijo, acuérdate que recibiste bienes durante tu vida, y Lázaro, al contrario, males; y así, éste ahora es consolado, y tú atormentado.»

Esto demuestra que a veces la Providencia y la Justicia divinas compensan la desigualdad de las condiciones naturales por medio de la distribución de los bienes sobrenaturales. Nos dicen las bienaventuranzas evangélicas que quien se ve privado de las alegrías terrenas, se siente a veces más atraído que los demás por las alegrías de la vida interior. Nos lo da a entender Nuestro Señor cuando dice: Bienaventurados los pobres de espíritu…, bienaventurados los mansos…, bienaventurados los que lloran…, los que sufren persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. (Cf. el Cántico de Ana (I Reg. 2, 1-10) y el Magníficat).

Jesús quiere que algunos de sus siervos vivan crucificados, porque se asemejen a Él en la oblación efectiva de todo su ser por la salud de los pecadores. Continúa viviendo en ellos; su oración y sus padecimientos, y sobre todo su amor, perduran en ellos en cierta manera hasta el fin del mundo, porque el amor perfecto es la entrega completa de sí mismo.

Hay personas que en ciertos momentos encuentran cerrados todos los caminos de la vida; ninguna esperanza humana se vislumbra. Este suele ser a veces el momento en que se les concede una vocación superior. Otras personas languidecen largos años en el lecho del dolor. Sólo hay para ellas un camino abierto: el de la santidad.

Así ocurrió recientemente al santo P. Girard, de Coutances, cuya vida llena de dolores refiere Myriam de G. en Vingt-deux ans de martyre.

Otras veces el progreso espiritual tiene su origen en atroces calumnias. Bajo el pontificado de Pío X vivió en Roma un ferviente cristiano, llamado Arístides Leonori, arquitecto que había construido bellas iglesias en diversos países y que fundó en Roma una obra de protección para niños huérfanos. Fue calumniado de la manera más infamante ante los tribunales civiles de Roma por uno de los huérfanos, comprado por los enemigos de aquella obra de caridad. Con tan duro golpe la obra parecía condenada al fracaso. Leonori, cuyos cabellos encanecieron en una noche, se presentó ante el tribunal y oyó la acusación formulada públicamente contra él por aquel joven a quien había colmado de beneficios. Terminado que hubo el joven, Leonori le dirigió una mirada profunda y se limitó a decirle: Amigo mío, ¿cómo hablas así después de todo lo que he hecho por ti desde tu infancia? No pudo el joven contener su emoción, y deshecho en llanto declaró que le habían pagado para calumniar en aquella forma a Leonori y destruir su obra. En esta tribulación encontró de una manera definitiva el camino real de la cruz; era amigo de Pío X y murió en olor de santidad.

De esta manera la Providencia y la Justicia, dando a cada uno lo necesario, compensan a menudo por medio de la gracia la diferencia de las condiciones naturales.

También nos recompensan nuestros méritos, aun en esta vida, y nos recuerdan nuestros graves deberes por medio de saludables advertencias y de correcciones bien merecidas, que vienen a ser penas medicinales para hacernos volver al buen camino.

No de otra manera corrige la madre al hijo a quien ama con amor racional y fuerte. Recibiendo bien estas correcciones saludables expiamos nuestras faltas, de las cuales se sirve Dios para inspirarnos humildad más sincera, amor más puro y firme.

Las almas se clasifican por la manera como atienden a estas advertencias de Dios.

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La Providencia y la Justicia en la hora de la muerte

Generalmente los que han vivido con la atención puesta en los avisos de la Justicia de Dios y en los imprescriptibles derechos del soberano Bien a ser amado sobre todas las Cosas, no se verán sorprendidos por la muerte, y hallarán la paz en aquel momento supremo.

De muy distinta manera sucede ordinariamente con quienes no han querido oír los avisos divinos, y en vida confundieron la esperanza con la presunción.

Si hay algo que está en manos de la Providencia, es la hora de nuestra muerte. Estad siempre prevenidos, dice Nuestro Señor, porque a la hora que menos pensáis, vendrá el Hijo del hombre (Luc, 12, 40).

También la forma en que hemos de morir, las circunstancias de nuestra muerte, todo ello es completamente desconocido para nosotros, y depende de la divina Providencia, en la cual hemos de confiar, preparándonos para una buena muerte mediante una vida edificante.

Cuán distintas son, miradas por el lado de la Justicia divina, la muerte del justo y la del pecador impenitente.

El Apocalipsis (20, 6, 14) llama «segunda muerte» la del pecador impenitente; porque el pecador ya había muerto espiritualmente a la vida de la gracia; y si su alma se separa del cuerpo en tal estado, será privada para siempre de la vida sobrenatural. Líbrenos Dios de esta «segunda muerte».

El pecador impenitente, dice Santa Catalina de Sena, se presenta al sumo Juez con su injusticia y con la antorcha de la fe apagada. Habíala sacado encendida del Bautismo; mas la apagó con el soplo de la soberbia y de la vanidad. De su corazón hizo una vela que desplegó a los vientos que eran contrarios a la salvación: la vela del amor propio, expuesta a los vientos de la adulación; con la cual corría por el río de las delicias y grandezas mundanas, abandonándose a las seducciones de la carne frágil, a las astucias y a los lazos del demonio.

Los remordimientos de conciencia, (que no se deben confundir con el arrepentimiento) se despiertan entonces con tal vehemencia, dice la Santa, que roen al pecador lo más íntimo de su ser. En aquella hora suprema reconoce la verdad de lo que antes desatendió. El conocimiento de su error le pone en gran aprieto, y allá está el demonio…, para arrastrarle a la desesperación.

¿Qué decir, leemos en El Diálogo, de la lucha que sorprende al pecador desarmado, privado de la fe viva que está como apagada en él, privado también de la firme esperanza que no procuró alimentar en sí mismo por medio de la confianza en el Señor y de las buenas obras? El desventurado puso la confianza en sí mismo, sin advertir que cuanto poseía era prestado y que algún día tendría que rendir cuenta de ello. También se ve privado de la llama de la caridad, del amor de Dios que ha totalmente perdido. Se encuentra solo con su desnudez espiritual, sin ninguna virtud, y habiéndose negado a oír tantos avisos que en vida le fueron dados, doquiera que mira sólo encuentra motivos de confusión. En vida nunca meditó bastante en la Justicia divina, bajo cuyo peso ahora se siente agobiado, mientras el enemigo del bien le representa que para él ya no hay Misericordia.

¡Cuánto debemos orar por los agonizantes! Si lo hacemos, otros rogarán por nosotros en la hora de nuestra muerte.

Todavía en aquellos últimos momentos se inclina al pecador la Misericordia divina, como se volvió a Judas, cuando Nuestro Señor le dijo en la Cena (Matth. 26, 24): ¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado! ¡Mejor le fuera no haber nacido! No dice Jesucristo quién sea el que le va entregar; es demasiado bueno para revelarlo. Tomando la palabra Judas, que era el que le entregaba, dijo: ¿Soy quizá yo, Maestro? Tú lo has dicho, respondió Jesús.

Cuando Judas hizo el último de todos esta pregunta: ¿Soy yo quizá Maestro?, trataba de disimular, como si fuera posible ocultar nada a quien veía acá abajo los secretos de los corazones.

Conviene advertir, nota Santo Tomás en su comentario a estas palabras, la mansedumbre con que Jesús le llama todavía amigo y le contesta: Tú lo has dicho, como si le dijera: No lo afirmo ni lo revelo yo, tú mismo lo has dicho.

Nuestro Señor se muestra una vez más lleno de longanimidad y de misericordia, disimulando los pecados de los hombres para darles un saludable aviso y traerles a penitencia. Nos lo dice la Escritura con estas palabras tan conmovedoras: Longanimis est Dominus et multum misericors (Ps. 102, 8): dissimulans peccata hominum propter pœnitentiam (Sap. 11, 24). Escuchen los mansos y se alegrarán: Audiant mansueti et lætentur.

Este último aviso de Dios nos permite preguntar: ¿Se atreverían a afirmar los pecadores que Dios es tirano con ellos? Los tiranos son ellos mismos; ellos son quienes no tienen benevolencia para consigo mismos ni para con Dios, negándole la alegría de decir de ellos como del hijo pródigo: mi hijo se había perdido, y lo he encontrado: perierat et inventus est (Luc. 15, 32).

¡Oh! si el pecador descarga su conciencia por medio de una confesión sincera, por un acto de fe, de confianza en Dios, se salva en aquel último minuto por la Misericordia divina, que viene a unirse a la Justicia.

De quererlo y de no poner resistencia, todos podemos en la hora de la muerte recuperar la esperanza por medio de la Misericordia. A los remordimientos sigue entonces el arrepentimiento.

De otra suerte, el alma sucumbe al remordimiento y se abandona a la desesperación: pecado más grave todavía que los anteriores, que ni siquiera admite la excusa de la flaqueza ni de la seducción de la sensualidad; pecado que consiste en juzgar que sus crímenes exceden la Misericordia divina. Y una vez cometido este pecado, el alma sólo se duele de su propia desdicha, y no de la ofensa inferida a Dios; y este dolor dista mucho del de atrición y del de contrición.

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¡Oh! bienaventurado el pecador que entonces se arrepiente, como el buen ladrón, pensando que la Misericordia divina es, como lo dice Santa Catalina de Sena, incomparablemente mayor que todos los pecados que pueden cometer todas las criaturas juntas.

Más bienaventurado aún el justo que durante toda su vida meditó en el deber que debía cumplir por amor, y después de haber merecido y luchado en este mundo, ansía la muerte para gozar de la visión divina, a semejanza de San Pablo que anhelaba morir para vivir con Cristo, cupio dissolvi et esse cum Christo (Philip. 1, 23).

La paz inunda en la agonía el alma de los justos en la medida de la perfección de cada uno; y a veces de manera especial el alma de los que más temieron en vida la Justicia divina. Su muerte es tranquila porque en vida triunfaron de los enemigos. Sujetaron la sensualidad por medio del freno de la razón. La virtud triunfa de la naturaleza, reprime el temor natural de la muerte, por el deseo de alcanzar el último fin, el Bien soberano. La conciencia de quien ha vivido en conformidad con la justicia, permanece tranquila, por más que el demonio intente perturbarla y espantarla.

Verdad es que entonces se pone más de manifiesto el valor del tiempo de la prueba y el precio de la virtud; con lo que el alma del justo se duele de no haber empleado bien el tiempo. Pero esta pena no le agobia, antes bien le aprovecha, inclinando el alma al recogimiento, antes de ponerse en presencia de la preciosa sangre del Salvador, del Cordero de Dios que borra los pecados del mundo.

La Misericordia y la Justicia se unen de modo admirable en este paso del tiempo a la eternidad. El justo presiente al morir la felicidad que le está preparada y se goza ya en su dicha, que a veces se le manifiesta reflejada en el rostro.

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La Providencia y la Justicia en la otra vida

Luego de la muerte intervienen la Providencia y la Justicia en el juicio particular. Nos lo dice claramente la Revelación en la parábola antes mencionada del rico epulón y del pobre Lázaro, cuyas almas son definitivamente juzgadas tan pronto como han salido de este mundo.

Nos lo enseña también San Pablo en diversos lugares: Es forzoso que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el pago de las buenas o malas acciones que hubiere hecho estando en su cuerpo. (II Cor. S, 10)

Tengo deseo de verme libre (de este cuerpo) y estar con Cristo. (Philip. 1, 23)

He concluido la carrera…, no me resta sino recibir la corona de justicia, que me dará el Señor en aquel día como justo Juez; y no sólo a mí, mas también a los que desean su venida. (II Tim. 4, 8)

Está decretado a los hombres el morir una sola vez, y después el juicio. (Hebr. 9, 27)

La Iglesia primitiva creía que los mártires entraban de inmediato en el cielo, y que los criminales impenitentes, como el mal ladrón, eran castigados luego de su muerte.

Explícase la naturaleza de este juicio particular por el estado en que el alma queda separada del cuerpo; en cuanto lo abandona, se ve como sustancia espiritual, como espíritu puro, y conoce al punto su estado moral; recibe una luz interior que hace inútil toda discusión; Dios pronuncia la sentencia, la cual es transmitida por la conciencia, que es el eco de la voz de Dios; entonces ve el alma con toda claridad lo que merecen sus buenas o malas obras, que en aquel momento recuerda con toda claridad.

Lo dice la Liturgia de un modo simbólico en el Dies iræ: Líber scriptus proferetur, in quo totum continetur: El alma verá todo cuanto de ella está escrito en el libro de la vida.

Newman, en The Dream of Gerontius, pone estas palabras en boca del ángel de la guarda, inmediatamente después de la muerte de Geroncio: Cuando veas a tu Juez (Jesucristo) —si te cabe esta suerte— su vista encenderá en tu corazón una gracia extraordinaria de respeto y de profunda ternura. Desfallecerás de amor y suspirarás hacia Él, incapaz de otro sentimiento que el de una intensa compasión, viendo que quien es tan amable se haya humillado hasta el punto de ser tratado tan vilmente por un ser tan vil como tú. Hay en sus pensativos ojos una mirada tan suplicante, que te turbará y te llegará a lo vivo. Y te aborrecerás y te harás odioso a ti mismo, pues aunque libre ahora de pecado, sentirás por tus pecados pasados una pena tan grande cual nunca la sentiste. Y se apoderará, de ti un doble y ardiente deseo: el de huir y ocultarte de su vista, y al mismo tiempo el de permanecer en presencia de su hermosura, soberana. Estas dos penas tan agudas, tan opuestas, la aspiración ardiente hacia Él cuando ya no Le veas y la vergüenza de ti mismo ante la idea de verle, serán para ti verdadero y dolorosísimo purgatorio… El Rostro del Dios encamado te penetrará de este dolor agudo y sutil. Sin embargo, el recuerdo de este dolor será un soberano febrífugo para curar la llaga, la llaga que ese dolor mantendrá cada vez más profunda y más abierta.

La Justicia impondrá entonces castigos proporcionados a las faltas, ya temporales, ya eternos. El pecado mortal, del cual no quiso uno arrepentirse antes de la muerte, será después de ella como una enfermedad incurable de un ser inmortal, del alma. El pecador se apartó del Bien Soberano y no quiso arrepentirse; negó prácticamente a Dios la dignidad infinita de fin último, y no se retractó de esta negación práctica cuando todavía estaba a tiempo. Es un desorden consciente e irreparable, existen los remordimientos, pero sin arrepentimiento; el orgullo y la rebeldía persisten, y también la pena merecida por ellos; la cual consiste sobre todo en la privación perpetua de la vida divina, de la gracia y de la visión de Dios, de la felicidad suprema, junto con la certeza de haber malogrado para siempre y por propia culpa su destino (Cf, Santo Tomás, Ia-IIæ, q. 87, a. 3).

Aquí se manifiesta infinita la Justicia divina; es un misterio inescrutable para nosotros, lo mismo que el de la Misericordia.

Los conceptos que en este mundo podemos tener de la Justicia y de las demás perfecciones divinas, aun despojados de toda limitación, resultan limitados, ceñidos y restringidos. Nos imaginamos en realidad que los atributos divinos son distintos los unos de los otros, aun creyendo que no hay entre ellos distinción real. De donde se sigue que estas ideas limitadas endurecen un tanto la fisonomía espiritual de Dios, como sucede al reproducir en mosaico el rostro humano.

Teniendo nosotros de la Justicia divina un concepto distinto del de la Misericordia, nos imaginamos que la Justicia divina no sólo es infinitamente justa, mas también demasiado severa, y que la Misericordia es arbitraria.

En el cielo veremos que aun las perfecciones divinas más opuestas en apariencia están íntimamente unidas
y se identifican sin destruirse en la Deidad, es decir, en la vida íntima de Dios, que entonces conoceremos de una manera clara e inmediata.

Entonces veremos que la Justicia y la Misericordia sólo en Dios existen en estado puro, es decir, exentas de toda imperfección, y que en Él no puede existir la Justicia sin la Misericordia, como tampoco la Misericordia sin la Justicia y la Providencia; de la misma manera que en nosotros las virtudes cardinales van juntas y no se pueden separar (Cf. Santo Tomás, Ia-IIæ, q. 65, a, 1, 2, 3).

Estas cosas ven los santos luego del juicio particular, terminado el cual entran en la gloria eterna.

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Se manifiesta de nuevo la Justicia divina en el juicio universal, después de la resurrección de los cuerpos, según aquellas palabras del Credo: Credo in Jesum Christum…, qui venturus est juridicare vivos et mortuos.

Nuestro Señor dice por San Mateo (25, 31-46): Todos los pueblos de la tierra verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria. El cual enviará luego a sus ángeles con sus resonantes trompetas, y congregará a sus escogidos de las cuatro partes del mundo, desde el último cabo de la tierra hasta la extremidad del cielo.

De no ser Jesús el Hijo de Dios, ¿cómo habría podido pronunciar estas palabras, siendo un humilde obrero? Sería locura manifiesta; mas todo nos viene a demostrar que, por el contrario, en ellas se encierra la sabiduría misma.

El juicio universal es de evidente conveniencia; porque el hombre, a más de ser una persona privada, vive en sociedad; y por medio de este juicio se pondrán de manifiesto ante todo el mundo la rectitud de los caminos de la Providencia, el motivo de sus decisiones y sus efectos.

La Justicia divina aparecerá soberanamente perfecta, en tanto que la justicia humana es con frecuencia deficiente.

La Misericordia se manifestará infinita para todos los pecadores arrepentidos y perdonados.

Toda rodilla se doblará ante Cristo Salvador, triunfador del pecado, del demonio y de la muerte.

Aparecerá también la gloria de los elegidos; quien haya sido humillado, será ensalzado; y quedará para siempre establecido el reino de Dios en la lumbre de gloria, en el amor y en la paz.

Entonces se cumplirá el Cántico de Ana (I Reg. 2, 1-10): … Quebróse el arco de los fuertes, y los flacos han sido revestidos de vigor. Yahvéh es quien da la muerte y la vida; conduce al sepulcro y libra de él. Yahvéh empobrece y enriquece; abate y ensalza… Levanta del polvo al mendigo para sentarlo entre los príncipes y hacerle partícipe del tronó de gloria. Este Cántico del Antiguo Testamento es el preludio del Magníficat.

Este es el reino que pedimos al decir todos los días en el Padre Nuestro: Venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad (significada en tus mandamientos y en el espíritu de los consejos evangélicos) así en la tierra como en el cielo.