CELO EMPALAGOSO… COMO EL DE LOS MEJORES PASTELEROS CONCILIARES

Celo empalagoso…

 

SACUDID EL POLVO

 En un su sermón del 29 de junio pasado, Monseñor de Galarreta expresó lo siguiente:

Los que se oponen ferozmente y por principio a todo contacto con los modernistas me recuerdan un pasaje del Evangelio. Cuando Nuestro Señor no fue recibido en una ciudad, Santiago y Juan -los hijos del trueno- le propusieron hacer bajar fuego del cielo para consumir esta ciudad. Y Nuestro Señor, indulgente, pasa por sobre este monumental orgullo de los apóstoles -¡como si Nuestro Señor tuviese necesidad de ellos para resolver problemas!-, y les dice: no sabéis de qué espíritu estáis animados. (cf. Lucas 9, 51-56). Sí, todavía no habían recibido el Espíritu Santo que difunde la caridad en el corazón, y no sabían de qué espíritu eran. Ellos habían caído en el celo amargo.

Estas palabras, a su vez, me recuerdan otro pasaje evangélico, que encontramos en San Mateo, capítulo 10, versículos 11 a 15, así como en los lugares paralelos de San Marcos, 6: 10-11 y San Lucas 9: 4-5 y 10:10-12:

En cualquier ciudad o villa en que entrareis, preguntad qué persona digna se encuentra en ella, y permaneced en ella hasta vuestra marcha. Saludad, al entrar en la casa, con las palabras: La paz sea en esta casa. Y si efectivamente fuere digna aquella casa, vuestra paz vendrá sobre ella, y si no lo fuera, vuestra paz se volverá a vosotros. Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, sacudid el polvo de vuestros pies, y marchaos de la casa o de la ciudad. Os digo en verdad, que Sodoma y Gomorra serán tratadas en el día del juicio con menos rigor que esta ciudad.

San Lucas, un poco más adelante, capítulo 10, versículos 13 a 16, completa el pensamiento de Nuestro Señor:

¡Ay de ti, Corazaim! ¡Ay de ti, Betsaida! porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho entre vosotros, tiempo ha que sentados en cilicio y ceniza hubiesen hecho penitencia. Por eso para Tiro y Sidón habrá en el juicio menos rigor que para vosotros. Y tú, Cafarnaúm, ensalzada hasta el cielo, hasta el infierno serás sumergida. Quien a vosotros oye, a mí me oye, y quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia. Y el que a mí me desprecia, desprecia a Aquel que me envió.

El manso, humilde, dulce y misericordioso Nazareno no dejó de serlo cuando pronunció estas palabras.

Podría suceder que los pueblos no recibiesen a los Apóstoles ni a su doctrina. Para este caso, va el último aviso: Y todo el que no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, al salir fuera de la casa, o de la ciudad, sacudid hasta el polvo de vuestros pies, en testimonio contra ellos…

Con lo cual los apóstoles declararían impuras y contumaces las ciudades en que hubiesen sido rechazados.

El castigo reservado a estas ciudades será más tremendo que el que sufrieron Sodoma y Gomorra, porque éstas no recibieron la visita de los evangelizadores de la buena nueva: En verdad os digo: que habrá menos rigor para la tierra de los de Sodoma y de Gomorra, en el día del juicio, que para aquella ciudad.

El pecado de Sodoma fue contra la naturaleza, y estos pecados los castiga Dios de una manera especial; por esto vino fuego del cielo para destruir las ciudades nefandas.

El pecado que se cometa contra los evangelizadores de Dios es, hasta cierto punto, un pecado contra el Dios que los envía; y Dios, que es celoso de su honra, no dejará sin gravísimo castigo a los pueblos, gobiernos, organismos que atenten contra los mensajeros de Dios.

La historia es muy elocuente en este punto. Dios suele abandonar a los pueblos que no reciben o que vejan a sus enviados; y el mayor castigo que pueda sufrir un pueblo es que Dios le deje sin Él, es decir, sin fe, sin amor sobrenatural, sin instituciones cristianas, sin culto, sin los múltiples dones divinos de que son heraldos o intermediarios los ministros de Dios.

Sobre aquellos que despreciaren los mandatos divinos de Cristo, caerá la maldición eterna, significada por la salida de los Apóstoles y por el acto de sacudir el polvo de sus pies.

Los Santos Padres comentan este pasaje del Evangelio. He aquí sus palabras:

San Hilario: Si permaneciesen en el mismo lugar, parecería que guardasen relaciones con los que viven allí; y sacudiendo el polvo de los pies, todo su pecado queda en su casa, y ningún resultado tendrá para su salvación el que sigan habitando en ella los Apóstoles.

San Jerónimo: El polvo que se sacude de los pies es un testimonio de celo apostólico: de su entrada en la ciudad y de que la predicación ha llegado hasta ellos.

Rábano: Y para que no piensen, de que es una falta ligera el no recibir a los Apóstoles, añade: En verdad os digo, que Sodoma y Gomorra, serán tratadas con menos rigor en el día del juicio, que esa ciudad.

San Jerónimo: Porque no se predicó a Sodoma y Gomorra, y a esta ciudad sí se predicó y no quiso recibir el Evangelio.

San Hilario: Nos enseña el Señor, en sentido místico, que no debemos tener intimidad entrando en las casas de aquellos que, o se declaran contra Cristo, o le ignoran.

Y debían preguntar en todas las ciudades, qué personas hay en ellas dignas de recibirlos, a fin de no ir a otra; porque merecía ésta el que se detuviesen en ella, pues su dueño es justo.

San Beda: Corozaim, Betsaida y Cafarnaúm, y también Tiberias, a la cual nombra San Juan, son ciudades de Galilea. Se lamentaba el Señor de que estas ciudades no hiciesen penitencia después de tantos milagros y predicaciones, y que fuesen peores que los gentiles, que sólo violaron la ley natural; porque, después de haber despreciado la ley escrita, no temieron despreciar también al Hijo de Dios y su gloria.

Por lo que prosigue: Porque si en Tiro y en Sidón se hubiesen hecho los milagros que se han hecho entre vosotros, tiempo ha que sentados en cilicio y ceniza hubiesen hecho penitencia, etc.

San Juan Crisóstomo: Como el Señor había hecho muchos milagros en Cafarnaúm y lo habían tenido como habitante, parecía elevada sobre las demás ciudades; pero por su incredulidad cayó en las ruinas. Por esto sigue: Y tú, Cafarnaúm, ensalzada hasta el cielo, hasta el infierno serás sumergida. Esto es, para que tu castigo sea proporcionado a tu elevación.

San Beda: Y para que no se creyese que esta repulsa sólo se dirigía a las ciudades o personas que habiendo visto al Señor en su carne le despreciaron, y no a todos los que hoy desprecian también la doctrina del Evangelio, añade diciendo: El que a vosotros oye, a mí me oye.

San Cirilo: Por medio de esto nos enseña que todo lo que nos dicen los Apóstoles debe aceptarse, porque quien los oye, a Cristo oye. Inevitable castigo amenaza, pues, a los herejes, que menosprecian las predicaciones de los Apóstoles; y por ello sigue: Y el que os desprecia, a mí me desprecia.

San Beda: Para que se comprenda que, oyendo o despreciando la predicación del Evangelio, no se oye o desprecia a unas personas cualesquiera, sino al mismo Salvador, y aun al mismo Padre. Por eso prosigue: Y el que a mí me desprecia, desprecia a Aquél que me envió, etc. Porque en el discípulo se oye al Maestro, y en el Hijo se honra al Padre.

Esa fue la actitud de Monseñor Marcel Lefebvre desde mayo de 1988 respecto de la Roma anticristo y neomodernista: sacudió el polvo de sus pies, y se marchó de la ciudad…

Pero, tanto va el cántaro a Roma…, que al final termina llenándose de su espíritu… Al menos en un 95%…

Y el celo de estos señores Obispos termina por ser empalagoso… como el de los mejores pasteleros conciliares

Padre Juan Carlos Ceriani